lunes, enero 12, 2009

Tormenta en un vaso de agua

Diario Milenio-México (12/01/09)
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Mucho he aprendido y mucho me he divertido a partir de la lectura de las entrevistas a escritores publicadas en la mítica Paris Review, revista literaria francoestadunidense fundada en 1953. Ahí —en sus páginas y en su archivo en internet, disponible en theparisreview.com— están Paul Auster y Paul Bowles, Harold Pinter y Harold Bloom, Claude Simon y Neil Simon, sometido cada uno a un interrogatorio pertinente y pertinaz, detonador de respuestas que resultan de manera invariable en una mezcla de cándido anecdotario personal, esbozo veloz pero conceptuoso de teoría literaria y fascinante visión entomológica de su proceso de trabajo.
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En algunos de los diálogos, el interrogador da en preguntar sobre los hábitos de escritura. ¿Escriben a mano o a máquina? ¿De corrido o con pausas? Y, lo más importante para los efectos que aquí nos ocupan, ¿beben algo mientras escriben? Así ha quedado establecido para el museo de las minucias —ese derrotero pedestre pero delicioso de la posteridad— que Truman Capote comenzaba el día ayudándose de café para escribir, para después pasar al té de menta, luego al jerez y finalmente a los martinis (a partir de lo cual se antoja plausible que, en sus últimos años, el borrachín paradigmático de la literatura estadunidense escribiera ya sólo de noche) y que William Faulkner —otro alcohólico literario de cepa— consideraba herramientas básicas del trabajo de escritor “el papel, el tabaco, la comida y un poco de whiskey”. (“¿Quiere decir bourbon?”, revira el entrevistador, conocedor de los hábitos del caballero sureño; “No soy tan quisquilloso”, responde un Faulkner parejero en cuestión de licores. “Entre el escocés y nada, me quedo con el escocés”.)
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La lectura de tales confesiones cotidianas, emprendida durante las vacaciones navideñas, me llevó a reflexionar sobre mis propios hábitos de escritor: un vicio “malo” (cuando menos eso dicta la moda higienista), que es el tabaco, y uno “bueno” (otra vez según los cánones de estilo de vida à la page), que es el agua. (Decía W.C. Fields, borracho por antonomasia del vodevil estadunidense, que no bebía agua por miedo a que se le volviera hábito: de haberme conocido, no habría dado crédito a la encarnación de su más aciaga pesadilla.)
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Bebo agua mientras escribo esto y lo mismo hago cuando me ocupo de un capítulo de libro, una entrada de blog, una carta de amor o un presupuesto. Lo que es más, mi consumo de agua no se limita a mis empeños de escritura: bebo agua en las antesalas, en las juntas, en los camerinos televisivos, en la cama (pero sólo mientras veo televisión, y es que cuando me entrego a otros lances prefiero otras humedades) y, claro, a la mesa, acompañe o no mis alimentos con otra bebida.
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Bebo, en suma, alrededor de tres litros de agua al día, es decir uno más de los recomendados por médicos. Bebo, pues, tanta agua, que un nutriólogo al que acudí hace poco a fin de controlar mi problema de sobrepeso arqueó las cejas al enterarse de mis hábitos en la materia, antes de detallarme una rara condición llamada hiponatremia o intoxicación por agua, en que los niveles de sodio descienden al punto de provocar la muerte. (“Bájele a dos litros”, me advirtió preocupado; “No puedo con menos de tres”, respondí desafiante; “Ni usted ni yo: dos y medio”, fue su conclusión dizque generosa. Aun así sigo bebiendo tres al día… y mintiéndole al respecto en mi cita mensual.)
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Ha quedado, pues, establecido que necesito mucha agua y que la necesito en todo momento y lugar. Así la obtengo, por fortuna (vaya aquí un agradecimiento a mi mujer, que siempre me lleva una jarra cuando me ve instalarme frente a la computadora, y otro a la generosa recepcionista que corre hacia mí, botellín de Santa María en mano, no bien me ve hacer mi entrada habitual a mi centro de trabajo.
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No pido ya volver al viejo estándar estadunidense, en que no bien tomaba uno asiento ante una mesa, fuera ésta del Four Seasons o del más modesto de los figones, se materializaba un vaso de agua helada ante cada comensal. Ni siquiera clamo por los tiempos en que uno pedía un vaso de agua con hielo a un mesero y éste lo traía ipso facto tal cual, salida de un filtro y no de una botella y sin costo adicional al de los alimentos. Estoy dispuesto, pues, a que el agua me llegue en un restaurante sólo a petición, embotellada y a un costo. A lo que no estoy dispuesto es a la misteriosa tendencia de los meseros de todo el país a no responder sino después de tres o cuatro reclamos desesperados a cualquier solicitud de agua, máxime cuando siempre están dispuestos a servir vinos, licores y refrescos sin chistar.
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Como lo he dicho, carezco de explicación para tan oprobiosa conducta. (A no ser, claro, que se trate de una conspiración urdida por mi nutriólogo en confabulación con la cámara de la industria restaurantera.)

domingo, enero 11, 2009

XXXIII

Edna quisiera ser como Roberto, tan lleno de un no sé qué, indescifrable. Nunca le han gustado las cosas que contienen una obviedad agresiva, para agresiones grotescas, las que profiere su madre cada que recuerda a su esposo-padre que los abandono por otras caderas más frescas.
Edna necesita saber que es capaz de proteger a alguien, Roberto necesita sentirse protegido. El dúo perfecto, piensa ella. Pero Roberto la ningunea, la omite, la regaña, la corrige. Para Roberto sólo existe la imposibilidad que le concede la imagen de Lucía.
Edna llora en cada una de sus entrañas. Sus ojos aprendieron a fingir hace ya varios años. Ahora sonríe para Roberto y agradece la corrección, para proseguir con la narración de sus amores fallidos.
¿Entrará Roberto en la cuenta?, se pregunta Edna. Sabe la respuesta, pero fingir demencia le resulta más sano.

Sin musicalidad no hay poeta

Por la noche me preguntaron
si no había visto al poeta
que impresionó a la crítica
en el bar que atiendo cada noche.

Respondí que no,
la poesía no es lo mío,
pero ¿qué les puedo servir?, pregunté.
Pidieron un trago de ron
que bebieron decepcionados.
Ellos buscaban al poeta,
el ron no era parte de su plan.

Horas después encontré,
detrás del espejo del baño,
a un joven delgado y taciturno:
parecía poeta.

Lo mire sin atreverme a preguntar,
entendió mi silencio y mi miedo.

No digas que me viste,
sucede que soy el que buscas,
pero extravié la música, la poesía.
Ahora soy el reflejo de lo que fue un poeta.

Un miserable poeta.

sábado, enero 10, 2009

XXXII

Tan sólo renacer como el ave fénix, para poder recomponer todo lo errado.
Después penetrar la espada a todo aquello que en vida mereció la muerte.
Hoy el abrazo, su abrazo, es la aspirina perfecta que necesito para olvidar el amargo día.
El mundo que nos toco vivir
no es el ideal para caminar juntos,
en una calle huele a rosas,
pero las siguientes cuatro
nos invaden con temible olor.

La impureza nos corroe,
unos juran que el amor que proclamamos
hace varias lunas
está putrefacto, como todo en la vida.
Pero qué van a saber ellos de impurezas,
si a duras penas, saben de avemarías y padrenuestros.

Ayer amenazaste con irte de este
mundo imperfecto
con la ayuda de una afilada navaja,
esperando encontrar en otro lugar,
quizá divino, la pureza que te mereces.

¿Acaso no sabes que esa navaja al rozar
con tu piel, te pondrán en igual de condiciones?
Morirías convirtiendo en aquello de lo que huyes.

El mundo en el que vivimos,
nunca será el correcto,
pero al menos tu abrazo
lo convierte en bello.

¿Acaso la mejor belleza no es aquella
que se impone a cualquier imperfección?

XXXI

¿De qué sirve tanta espera si al final sigues escribiendo de lo mismo?
¿Cuándo serás capaz de acabar con todos tus demonios que te carcomen las entrañas?

XXX

Roberto está sentando en un taller de escritores, esperando mamar la suficiente sabia para procrear esos párrafos atorados que esperan algún día convertirse en novela, ahora sólo son fragmentos, simples y cotidianos, juveniles. Todos hablan de Lucía ¿de quién más podrían hablar? Luciferina, la eterna mujer que la asalta en sueños. Lu de día, Mi Lu por la tarde y ayyyyy Luuuuucííííííaaaa en las noches escasas que Roberto recuerda haberla penetrado con esas ansías atoradas, acumuladas.
Ahora el sexo lo ha cambiado por la escritura, que no son más que pedazos de su vida regados en un mar de hojas.
Atrás quedo el cuerpo curvilíneo de Lucía. Ahora lo único curvo que permanece entre sus manos es una botella de refresco, lo único que no se ha esfumado aún.

jueves, enero 08, 2009

Prisión sin condena

Diario Milenio-Puebla (08/01/09)
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De los casos particulares no hablaré aquí, eso se lo dejo a los lectores que se interesen por el libro coordinado por Marco Lara Klahr, Prisión sin condena, de Debate, recientemente distribuido en casi todas las librerías de México. En el prólogo, que corre a cargo de Miguel Sarre, se expone un panorama bastante desolador acerca de los tres millones de personas que se hallan en prisión preventiva en el mundo.
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Se entiende aquí por prisión preventiva la que padecen (en la indefensión total) las personas que por algún motivo llegan a encarar un delito sin “contactos”, pobres y con defensores de oficio (públicos) saturados de trabajo. Escribe el autor del prólogo que a esa gente se le da el mismo trato que a los culpables.
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Sin embargo también se sabe, en la opinión de cualquier litigante, que todos los que llegan a pisar una prisión se declaran inocentes. ¿Cómo saber entonces quiénes son culpables de un delito y quiénes no?
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En esta edición de Debate (septiembre, 2008) se subraya, en el capítulo inicial, “Intención y legalidad” que, cito textualmente, “El artículo de la Convención Interamericana sobre Derechos Humanos establece que ‘toda persona inculpada del delito tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se establezca legalmente su culpabilidad”, y que la libertad provisional sólo se otorgará bajo caución “siempre y cuando no se trate de delitos en que, por su gravedad, la ley expresamente prohíba conceder este beneficio”.
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Los colaboradores de Prisión sin condena son Patricia Aridjis, fotógrafa documental; Humberto Ríos Navarrete, periodista quien se ha ocupado de los temas de la violencia y la muerte; Juan Veledíaz, reportero de El Universal; Alida Piñón, reportera en la sección cultural de el diario Monitor; y Alejandro Suverza, reportero de El Universal.
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Prisión sin condena contiene un apartado interesante: “Por qué es preocupante para los ciudadanos de a pie”, y ahí se explica que si la prisión preventiva sirve como una medida para afrontar el riesgo de que una persona huya, interfiera en el procedimiento penal o cometa delitos graves.
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Hay otro dato interesante: los estudios de victimización demuestran que muchos de los delitos en varios países no son denunciados, porque se piensa que es sólo una pérdida de tiempo.
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Si quiere profundizar en el tema le doy el dato: Prisión sin condena, Ed. Debate. México, 2008.
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Lo preocupante del caso son las consecuencias económicas y sociales que trae aparejada la llamada "prisión sin condena". El costo de mantener a quienes se encuentran sin sentencia condenatoria es altísimo en todos los países del mundo.

miércoles, enero 07, 2009

“¿Feliz 2009?”-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 07/01/09)

Ha empezado un nuevo año y todo empezará a tomar su absoluta rutina y cotidianeidad conforme pasen los días. Mientras eso sucede, el mundo nos ha bombardeado en estas vacaciones con su cruda y maldita realidad.
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El país se seguirá ahogando al mando de Calderón, al cual le da lo mismo si mueren más civiles en su estúpida guerra contra el narcotráfico, con tal de aumentar su popularidad y de mantener a México en calidad de traspatio ante los Estados Unidos. Pues el mundo seguirá en picada, mientras que las guerras patrocinadas por Bush no se terminen, los palestinos e israelís están condenados a la desaparición, provocado por sus enormes diferencias, aparentemente irreconciliables. Pero a nadie le importa esto. A los grandes dueños del mundo no les importa que sus consumidores se vayan a quedar sin dinero para adquirir sus productos, siguen aumentado precios y algunos hasta especulando con las finanzas de países enteros. Ahí tenemos el más vivo ejemplo en Carlos Slim, que en lugar de buscar reforzar la economía mexicana, ha aumentado su propia bolsa al adquirir a la escudería Honda y con ello la producción de los automóviles.
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Y todo esto, tiene su efecto en los pequeños núcleos sociales. Los grupos de amigos cada vez encuentras más diferencias que afinidades; las familias crecen pero en un lugar de unirse se separan. Y todo se vuelve una guerrilla de baja intensidad, donde los que menos tienen la culpa, no sólo salen manchados, sino mutilados y a veces hasta muertos.
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Todo lo anterior, sin vacilación, me lleva a seguir creyendo que Nietzsche no se equivocó al afirmar que la solución a todos los males, era acabar con Dios –entiéndase con los fundamentalismos, no con la divinidad (interpretación pésima que le han dado los malos lectores a Nietzsche)- que tanto daño le ha hecho a la sociedad y así como vamos, nos llevarán a la extinción. Y sin titubeo alguno, creo que el fundamentalismo es hermano del fanatismo.
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Pero sin duda, como dice Calderón, disfrutemos este 2009 –claro con su sueldo que recibe, cualquiera vociferaría semejante idiotez.
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El diván de los deseos
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A modo de carta a los Reyes Magos o Santa Claus, deseo y espero que a todos este 2009 nos traiga la suficientes energías para afrontar el año, que aprendamos a ser tolerantes y respetuosos de las diferencias existentes entre cada uno de nosotros y que sepamos aceptar al otro con todo y sus defectos.
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Por otro lado, espero que mi equipo del Puebla no descienda y que las aguilitas del América sigan fracasando.

martes, enero 06, 2009

Nuevas adquisiciones

Franz Kafka: El castillo (Novela).
Thomas Mann: La montaña mágica (Novela).
Faulkner: Mientras agonizo (Novela).
Faulkner: El ruido y la furia (Novela).
Cirlot: Bronwyn (Poesía).
Cirlot: En la llama (Poesía).
Octavio Paz: El laberinto de la soledad (Ensayo).
Octavio Paz: Sueños en libertad. Escritos políticos (Ensayo).
Zizek: El sublime objeto de la ideología (Sociología).
Zizek: El acoso de las fantasías (Sociología).
Sergio Pitol: El mago de Viena (Ensayo, relato y memoria).
Sergio Pitol: Domar la divina garza (Novela).
Carlos Monsiváis: El Estado laico y sus malquerientes (Ensayo).
Roberto Bolaño: 2666 (Novela).
Juan Villoro: El testigo (Novela).
Enrique Serna: El seductor de la Patria (Novela).
Rosa Beltrán: La corte de los ilusos (Novela).
Ana Clavel: Cuerpo náufrago (Novela).
Javier Cercas: Soldados de Salamina (Novela).
Santiago Gamboa: El síndrome de Ulises (Novela).
Eduardo Antonio Parra: Nostalgia de la sombra (Novela).
Fabrizio Mejía Madrid: Hombre al agua (Relato).
Santiago Roncagliolo: Abril rojo (Novela).

Re-inventando las lecturas-Recuento de libros

Libros que he leído de mi pequeña biblioteca (en negrita van resaltados los libros que leí en este perído, que comprendio la mitad del año de 2008).
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Narrativa:

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Vicente Riva Palacio: Los cuentos del General (Cuento).
Vicente Riva Palacio y Manuel Payno: El libro rojo (Crónicas).
Emilio Rabasa: La Bola-me lo prestaron (Novela).
José López Portillo: La Parcela-me lo prestaron (Novela).
Rafael Delgado: La Calandria-me lo prestaron (Novela).
Federico Gamboa: Santa-me lo prestaron (Novela).
Jorge Ibargüengoitia: Los relámpagos de agosto (Novela).
Mariano Azuela: Los de abajo (Novela).
B. Traven: Macario. (Novela).
Juan Rulfo: Pedro Páramo/El llano en llamas (Novela y cuento).
Sergio Pitol: La vida conyugal (Narrativa).
Sergio Pitol: El desfile del amor (Novela).
Elena Poniatowska: Querido Diego, te abraza Quiela (Narrativa).
José Emilio Pacheco: Los principios del placer (Cuento y Noveleta).
José Emilio Pacheco: Las batallas del desierto (Novela).
José Manuel Villalpando: Mi gobierno será detestado (Novela).
Guillermo Samperio: Ellas habitan un cuento (Cuento).
Daniel Sada: Luces artificiales (Novela).
Carlos Fuentes: La Región más transparente (Novela).
Carlos Fuentes: Aura. (Novela).
Héctor Aguilar Camín: La Guerra de Galio (Novela).
Eugenio Aguirre: Victoria (Novela).
Pedro Ángel Palou: Pequeño Museo de la Melancolía (Relato).
Pedro Ángel Palou: Los placeres del dolor (Cuento).
Pedro Ángel Palou: Música de Adiós (Cuento).
Pedro Ángel Palou: El Último Campeonato Mundial (Novela).
Pedro Ángel Palou: Bolero (Novela).
Pedro Ángel Palou: Demasiadas vidas (Novela).
Pedro Ángel Palou: Casa de la Magnolia (Novela).
Pedro Ángel Palou: Con la Muerte en los Puños (Novela).
Pedro Ángel Palou: En la Alcoba de un Mundo, Una vida de Xavier Villaurrutia (Novela).
Pedro Ángel Palou: Memoria de los Días. (Novela).
Pedro Ángel Palou: Qliphoth (Novela).
Pedro Ángel Palou: Quien dice sombra (Novela).
Pedro Ángel Palou: El diván del diablo (Novela).
Pedro Ángel Palou: Zapata (Novela).
Pedro Ángel Palou: Morelos, morir es nada (Novela).
Pedro Ángel Palou: Cuauhtémoc, la defensa del quinto sol (Novela).
Ignacio Padilla: Si volviesen sus majestades (Novela).
Ignacio Padilla: Amphitryon (Novela).
Ignacio Padilla: Espiral de artillería (Novela).
Ignacio Padilla: Una forma falsa de verdad (Selección de textos).
Ignacio Padilla: Las Antípodas y el Siglo (Cuento).
Ignacio Padilla: La Gruta del Toscano (Novela).
Jorge Volpi: A pesar del oscuro silencio (Novela).
Jorge Volpi: La paz de los sepulcros (Novela).
Jorge Volpi: El juego del Apocalipsis (Novela).
Jorge Volpi: Sangrar tu piel amarga (Novela).
Jorge Volpi: El temperamento melancólico (Novela).
Jorge Volpi: En busca de Klingsor (Novela).
Jorge Volpi: El fin de la locura (Novela).
Jorge Volpi: No será la tierra (Novela).
Jorge Volpi: El jardín devastado (Novela).
Eloy Urroz, Ignacio Padilla y Jorge Volpi: Tres bosquejos del mal (Cuento).
Cristina Rivera Garza: Nadie me verá llorar (Novela).
Cristina Rivera Garza: La muerte me da (Novela).
Cristina Rivera Garza: La frontera más distante (Cuento).
Álvaro Enrigue: Vidas perpendiculares (Novela).
Mario Bellatin: Flores (Novela).
Mario Bellatin: La jornada de la mona y el paciente (Novela-Diario).
Mario Bellatin: El Gran vidrio (Novela).
David Toscana: Lontananza (Relato).
David Toscana: Duelo por Miguel Pruneda (Novela).
Gerardo Kleinburg: No honrarás a tu padre (Novela).
Luis Humberto Crosthwaite: Instrucciones para cruzar la frontera (Relatos).
Xavier Velasco: Luna llena en las rocas (Crónicas).
Xavier Velasco: Diablo Guardián (Novela).
Xavier Velasco: Materialismo Histérico (Cuento).
Xavier Velasco: Éste que ves (Novela).
Mónica Lavín: Cambio de vías (Novela).
Beatriz Rivas: La hora sin diosas (Novela).
Sandra Becerril: La calle de las brujas (Novela).
Victoria García: Historias de otros (Novela).
Juan Gerardo Sampedro: Ojos de Entonces (Novela).
Juan Gerardo Sampedro: Nudos (Cuento).
Gabriel Wolfson: Caja (Cuento).
Mario Calderón: Destino y otras ficciones (Cuento).
Mario Calderón: Donde el Águila paró (Cuento).
Ricardo Cartas Figueroa: La Noche de Karmatrón (Cuento).
Felipe Galván: Autor anónimo (Novela).
Antología de narradores en Puebla: Varios. (Narración).
Insólitos y ufanos, antología de cuento poblano: Varios (Cuento).
Fronteras del deseo: Varios (Cuento).
El eco hecho carne: Varios (Cuento y poesía).
Julio Cortazar: Rayuela, 1era forma de leer (Novela).
Augusto Monterroso: Movimiento perpetuo.
Pedro Antonio de Alarcón: El sombrero de tres picos (Novela).
Gabriel García Márquez: Cien años de soledad (Novela).
Gabriel García Márquez: Extraños doce cuentos peregrinos (Cuento).
Roberto Bolaño: Los detectives salvajes (Novela).
José Saramago: El evangelio según Jesucristo (Novela).
Vila-Matas: Bartleby y compañía (Novela).
J. M. Coetzee: Desgracia (Novela).
Antonio Tabucchi: La Cabeza Perdida de Damasceno Monteiro (Novela).
Albert Camus: El Extranjero (Novela).
Milan Kundera: La Insoportable Levedad del Ser (Novela).
Truman Capote: A sangre fría (Novela).
Truman Capote: Música para Camaleones (Cuento).
Dashiell Hammett: Cosecha Roja (Novela).
Michael Ende: Momo (Novela).
Franz Kafka: El Proceso (Novela).
Franz Kafka: La Metamorfosis (Cuento o novela).
Lewis Carroll: Alicia en el País de las Maravillas/A Través del Espejo (Cuento o novela).
V. Nabokov: Lolita (Novela).
V. Nabokov: Desesperación (Novela).
W. Faulkner: ¡Absalón! ¡Absalón! (Novela).
Heinrich Böll: El honor perdido de Katharina Blum (Novela).
Hesse: Demian (Novela).Hesse: Lobo estepario (Novela).
Hesse: Bajo las ruedas (Novela).
Hesse: El último verano de Klingsor (Novela).
H. Melville: Bartebly, el escribiente y otros cuentos (Cuento).
Conrad: El corazón de las tinieblas (Novela).
Robert L. Stevenson: Dr. Jekyll y Mr. Hyde (Novela).
Gustave Flaubert: Madame Bovary (Novela).
Fedor Dostoievsky: Crimen y Castigo (Novela)
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Poesía:
Dante Alighieri: La divina comedia (Poesía).
Charles Bukowsky: Poemas de viejo indecente (Poesía).
Rafael Argullol: Duelo en el Valle de la Muerte (Poesía).
Eduardo Casar: Mar privado (Poesía).
Luigi Amara: Envés (Poesía).
Alí Calderón: Imago Prima (Poesía).
Mijaíl Lamas: Cuaderno de Tyler Durden seguido de Fundación de la casa (Poesía).
Varios: Nosotros que nos queremos tanto (Antología poética).
Alejandra Peart: En estas horas (Poesía).
Roberto Martínez Garcilazo: Responso ante la Ceniza (Poesía).
Roberto Martínez Garcilazo: Lumbre oscura (Poesía).
Juan Carlos Canales: Teoría (Poesía).
Juan Carlos Canales: Antología (In) necesaria (Poesía).
Enrique de Jesús Pimentel: Criatura Tú (Poesía).
Enrique de Jesús Pimentel: Catacumbas (Poesía).
Mario Calderón: Vibraciones de la Creación (Poesía).
Ignacio Sánchez Prado: Poesía para nada (Poesía).
Miguel A. Maldonado: Magia corriente (Poesía).
Miguel A. Maldonado: La Carne Propia (Poesía).
Julio Eutiquio Sarabia: Mudar de vida (Poesía).
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Ensayo, Conferencias, Memorias, Diarios y Teorías:
Faulkner, Hemingway, Capote, etc...: El Oficio del Escritor (Entrevistas).
Italo Calvino: Seis propuestas para el próximo milenio (Cátedra).
V. S. Naipaul: Leer y escribir (Memorias).
Witold Gombrowicz: Contra los poetas (Ensayo).
Hans Ulrich Gumbrecht y Antonio Ortuño: Contra las buenas intenciones (Ensayo
).
Mempo Giardinelli: Final de novela en Patagonia (Diario).
Gabriel Zaid: Los demasiados libros (Ensayo).
Sergio Pitol: Pasión por la trama (Memorias-Ensayo).
Sergio Pitol: El arte de la fuga (Narrativa).
Sergio Pitol: Ícaro (Relato, ensayo y memoria).
Carlos Monsiváis: Las Herencias ocultas de la Reforma liberal del siglo XIX (Ensayo).
Pedro Ángel Palou: Resistencia de Materiales (Ensayo).
Ignacio Padilla: El Peso de las Cosas (Ensayo).
Chávez Castañeda, Estivill, Herrasti, Padilla, Palou, Urroz y Volpi (y Tomás Regalado que no es del Crack): Crack. Instrucciones de Uso (Variado).
Guillermo Cabrera Infante, Roberto Bolaño, Jorge Franco, Rodrigo Fresán, Santiago Gamboa, Gonzalo Garcés, Fernando Iwasaki, Mario Mendoza, Ignacio Padilla, Edmundo Paz Soldán, Cristina Rivera Garza, Iván Thays y Jorge Volpi: Palabra de América (Ensayo).
Ignacio Padilla y Rubén Gallo: Heterodoxos mexicanos (Antología de narrativa mexicana a modo de ensayo-conversación).
Jorge Volpi: Mentiras contagiosas (Ensayo).
Cristina Rivera Garza: La novela según los novelistas (Antología de ensayos).
Fritz Glockner: Memoria Roja (Ensayo).
José Luis Trueba Lara: Masones en México (Ensayo).
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Otras disciplinas:
F. Nietzsche: Así habló Zaratustra (Filosofía).
F. Nietzsche: El Anticristo (Filosofía).
F. Nietzsche: Más allá del bien y del mal (Filosofía).
Cioran: Adiós a la filosofía y otros textos (Ensayo-aforismos).
Erich Fromm: El arte de amar (Filosofía).
Michel Maffesoli: El nomadismo. Vagabundeos iniciáticos (Sociología).
Michel Maffesoli: Posmodernidad (Sociología-Cátedra).
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Me faltan:
Nabokov: Curso de Literatura Europea (Memorias).
Lev Tolstói: Anna Karénina (Novela).
Fedor Dostoievsky: EL jugador (Novela).
Fedor Dostoievsky: Los Hermanos Karamazov (Novela).
Heinrich Böll: Opiniones de un payaso (Novela).
Benito Pérez Galdós: El Gran Oriente (Novela).
Julio Cortázar: El perseguidor y otros relatos (Cuento).
Jorge Luis Borges: El libro de los Seres Imaginarios.
Sergio Pitol: Adicción a los ingleses (Ensayo).
Sergio Pitol: De realidad a la literatura (Cátedra).
Ignacio Trejo Fuentes: El vaquero más auténtico que existió (Novela).
Carlos Montemayor: Minas del retorno (Novela).
Mario Bellatin: Obras completas (Novela).
Josué Barrera: Conducta Amorosa (Cuento).
James Joyce: Ulises (Novela).
F. Nietzsche: Consideraciones Intempestivas (Filosofía).
F. Nietzsche: Sobre el porvenir de nuestras escuelas (Filosofía).
F. Nietzsche: Ecce homo (Filosofía).
Cervantes: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha I y II.
Homero: La Ilíada.
Homero: La Odisea

Contra La Claridad

Diario Milenio-México (06/01/09)
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En uno de los expedientes clínicos que revisé para elaborar la historia de las prácticas psiquiátricas en México a inicios del siglo XX, un médico del Manicomio General La Castañeda acusaba a una interna —todavía no se les denominaba pacientes— de utilizar palabras rebuscadas y poco naturales a las que, para colmo de males, intentaba llenar de nuevos significados. Se trataba, de acuerdo con su descripción científica, de un discurso locuaz y oscuro (locuaz por oscuro) que, en lugar de propiciar la comunicación, conducía al resbaloso terreno del delirio. En su diagnosis de locura circular —las había también racionales, morales, a dos, violentas, entre muchas otras— el médico hizo notar una vez más que ese lenguaje oscuro y rebuscado constituía la evidencia más clara del padecimiento mental de la mujer. Una persona racional, implicaba su dictamen, se ceñiría naturalmente al lenguaje que su clase y género demarcaban, evitando así tanto el exceso de vocabulario como las aventuras extra-gramaticales. Una persona racional evitaría el balbuceo o la divagación o el grito o el exabrupto, limitándose a oraciones básicas de acuerdo al modelo sujeto-verbo-complemento. Una persona racional sería, en resumen de cuentas, clara.
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Tal vez he leído demasiados expedientes clínicos en mi vida o tal vez sea el sereno pero esta veneración, acaso unánime, por las bondades de un lenguaje claro, unívoco, de intachable conducta y amaestrados medios, a mí no sólo me produce comezón en ciertas zonas de la mano izquierda sino también algo de cotidiano terror. El que clarifica, por principio de cuentas, establece límites que, de inmediato, prohíbe traspasar. ¿A quién beneficia después de todo que los hablantes (o los escribientes) permanezcan dentro del territorio del Clarificador? El que clarifica ordena y ordenar es un verbo que tiene, al menos, dos significados. Debo confesar por principio de cuentas que pocas cosas me parecen menos claras que La Claridad. Cuando alguien se esfuerza por ser “claro” a ultranza o por comunicarse de la manera más “clara” posible, a mí usualmente me entran ganas de correr. Si fuera tan natural, me digo en esos casos, habría menos gente tratando de convencerme de los beneficios o de la corrección política o, ciertamente, de la inexorabilidad misma de tal Claridad. Esa transparencia tan cuidadosamente fraguada y más puntillosamente defendida me resulta tan artificial como el “sentido común”, o “la comunicación”, o “el entendimiento”, que dice sustentar y proteger.
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Siempre en el terreno de lo conocido, siempre dentro de su espejo más íntimo, La Claridad, ante todo, nos recuerda que la realidad tiene un límite y que tal límite está, naturalmente, impuesto por ella misma. Siempre tautológica, siempre con la sonrisa calma de quien sabe salirse con la suya, La Claridad nos advierte que en su más allá sólo se encuentra el sin-sentido, la locura, la irrealidad y, de manera por demás definitiva, la muerte. La Claridad vive de amenazas. La Claridad es el bully de la esquina. La Claridad es la piedra angular sobre la que descansa esa dictadura oscurísima que las convenciones claridosas han decidido bautizar, en un código no por irónico menos apabullante, con el nombre de transparencia. La Claridad, con su luz amenazante, no deja de producir ceguera o, lo que es peor, ese exceso de acuerdo que suele recibir el nombre de conformidad. Y conformidad es, como la misma Claridad lo sabe bien, el otro nombre de la obediencia que, en no pocas ocasiones conduce por los caminos bien conocidos y más recorridos de la mediocridad.
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Por todo eso, cada vez que La Claridad toca a mi puerta para exigirme su diezmo o su impostergable pago a plazos, suelo esconderme bajo la penumbra de los días o en los claroscuros donde se recoge, a veces, la vida —tan tímida, tan complicada, tan sin salida. Desde ahí, en un lenguaje lleno de esquinas, le dejo dicho que no estoy. Luego, nada más para hacer las cosas más difíciles que es como me gustan, coloco este recado justo sobre la mirilla: “Criticando los presupuestos de la claridad y, develando, al mismo tiempo, las políticas de las que parte y a las que encubre esa sospechosa transparencia, Judith Butler dice (y dice bien): “ni la gramática ni el estilo son políticamente neutrales. Aprender las reglas que gobiernan la inteligibilidad del discurso es dejarse inculcar el lenguaje normalizado, dentro del cual el precio de la falta de conformidad es la pérdida de inteligibilidad misma… Sería un error pensar que la gramática recibida es el mejor vehículo para expresar visiones radicales, dado los límites que la gramática le impone al pensamiento, ciertamente. Pero las formulaciones que violentan a la gramática o que implícitamente cuestionan los requerimientos de la relación verbo-sujeto le resultan claramente irritantes a ciertas personas”.
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Me gusta imaginar que esta cita textual de las páginas xviii-xix del libro Gender Trouble de Judith Butler le habría servido de algo a aquella interna delirante de inicios de siglo XX, esa mujer proclive a los términos rebuscados que tanto irritaban al ordenado científico que le tocó por psiquiatra de cabecera. En una de ésas —disculpen el delirio— hasta le resultaría de ayuda a los desbalagados del lenguaje de inicios del XXI. A saber.

lunes, enero 05, 2009

Los dominios del plomo

Diario Milenio-México (05/01/09)
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1 La paz de Tarantino
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La casa de Saddam, lleva por título la miniserie de HBO y la BBC en la que el ex dictador Saddam Hussein cuenta, al principio del tercer capítulo, la historia de aquel hombre que se extraña al ser reconvenido por buscarse problemas, justamente cuando anda por la vida en son de paz, sin armas. Según la serie cita al dictador, nadie se busca tantos problemas como el pobre infeliz que va desarmado, y encima se cree a salvo por eso. De acuerdo con esa visión, quienes vemos las armas con recelo o abierta antipatía somos los verdaderos provocadores, pues no siempre sus dueños resisten la cosquilla de imponernos con ellas su ley. La santa paz sería, en estas circunstancias, un equilibrio ideal de fusiles y fanfarronería, como en esas películas de Quentin Tarantino donde nadie dispara porque todos los que encañonan a uno están encañonados por otro. No explica esta teoría, sin embargo, cómo la paz armada puede ayudar a conciliar el sueño, si quien tiene un fusil bajo la almohada bien puede desvelarse imaginando que el vecino tiene una metralleta, y éste a su vez temer que cualquier día del cielo le caiga una granada.
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Un amigo iraní me explicó, no hace mucho, por qué incluso los persas que desprecian al palurdo Mahmud Ahmadineyad están con él de acuerdo en poseer la bomba atómica. Sin ella, tal parece, no serán mucho más que el hazmerreír de sus vecinos. Además, abundó mi relator, nadie ha dicho que quieran hacerla estallar —exceptuando, se entiende, al bravucón Ahmadineyad, que no tiene el poder suficiente para emprender acciones de ese calibre, por más que las anuncie en ciertas peroratas sedientas de exterminio—. Cosas que algunos dicen no pensando en hacerlas, sino al contrario: se anuncian, se negocian y sólo así se evitan. Hablar de democracia en estas circunstancias parece cuando menos un mal chiste. No he olvidado el respingo de mi amigo nada más escuchó la palabra a sus oídos maldita. ¿Qué mariconería era esa de tener que hacer fila silenciosa para expresar aquello que se entiende mejor a punta de plomazos?
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2 Respetos malnacidos
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La dinamita en llamas tiene la facultad de ensalzar la soberbia de los rabiosos. Ya sea que resulten acicate o estímulo, las explosiones dejan en cada contendiente la convicción profunda de que sólo el horror garantiza un lugar para el respeto, aun si el respeto es, en tan comprometidas condiciones, una mera fachada del rencor paciente. Pero tal es la regla en tantas partes que no es preciso ir lejos en la distancia, ni siquiera en el tiempo, para dar con alguna situación similar a las que comúnmente horrorizan a los civilizados. Aun en los lugares donde imperan las leyes y la razón, menudean aquellos ámbitos agrestes —familiares, laborales, carcelarios, escolares— donde no hay más respeto que el nacido del miedo. Tranquiliza pensar que el estado de tregua es regla y no excepción en un mundo que se quiere pacífico, pero igual tranquiliza la morfina y no por eso cura las dolencias que alivia.No es oratoria ni ética, sino karate lo que el niño miedoso sueña secretamente aprender. Tampoco es con lecciones de buen comportamiento que el vecino acosado se hace entender ante los pandilleros, pero de ahí a creer en un respeto que jamás es respeto media aquella distancia que a los provocadores de la bandera blanca no se nos da la gana recorrer. Contra lo que sucede con las demás banderas, cuyas agitaciones exaltan la soberbia de tantos jactanciosos, la blanca no conoce más orgullo que el de la rendición al imperio de las palabras. Que a su vez anticipa el desprecio de aquellos presuntos impotentes que se miran castrados cuando han de hablar sin el cuete en la mano. Gente que se avergüenza de mostrarse siquiera un poco razonable, pues ya teme que esa debilidad exhibirá su buena disposición a ser sodomizada por el enemigo. Por patético y repugnante que parezca, ya en plena edad adulta todavía terminamos siguiendo la corriente a los peor informados y menos ingeniosos. Y aceptamos aún esa sandez según la cual entre más grande y ancha es la manada menor es su ocasión de equivocarse. ¿Quién quisiera irritar al Santo Montón?
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3 El odio protector
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El gentío enardecido dispone del mismo privilegio que hace del pandillero empistolado barbaján respetable: nada por el momento le obliga a responder por su actitud. No tiene que escuchar a un sabihondo predicando abstracciones en teoría conmovedoras, cuando bastan la rabia y sus complejos para poner las cosas en su sitio. No parece haber tiempo ni recursos para esperar el respeto sincero: es posible que en esta certidumbre amarga se esconda la revancha de Saddam Hussein, que como pocos se hizo aborrecer sin temblar ante el odio de nadie. El aborrecimiento no parece respeto, hasta que se disfraza de lambisconería; eso es lo que consiguen las armas, mientras no hay otra opción que someterse a ellas.
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De poco sirve una bandera blanca cuando impera la lógica de la dinamita. Distrae y hasta consuela dilucidar quién tiene más o menos razones a la mitad de un nuevo bombardeo en Gaza, igual que reconforta pensar que esos excesos ocurren en el lado opuesto del planeta, pero la regla es clara en estos casos. Vivimos en la selva, de cualquier forma, por más que nuestros modos civilizados pretendan distraernos del miedo a no ser más que carne, sangre y huesos susceptibles de volar por los aires al primer desacuerdo con los dueños de las armas. No llevamos, por tanto, una bandera blanca pretendiendo que impere la buena voluntad, sino sólo esperando que no disparen contra los ingenuos que todavía queremos creer en excepciones y cada noche nos vamos a la cama creyendo que una de ellas nos protege cual cápsula transparente. Pasaba por aquí, nos excusamos, y decidí que no quería morirme.

Nonsense internacional

Diario Milenio-México (05/01/09)
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Recuerdo infantil, impreciso como todo recuerdo, fantasioso como todo recuerdo, más aún (creo) si es infantil:
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Miami. Dos mujeres —una madura y una joven; una rubia y una morena; una mi abuela y otra mi madre (lo consigno sólo en aras de la precisión: su filiación resulta, de hecho, no sólo irrelevante sino distractora)— cruzan un vestíbulo de mármol blanco y negro, taconeando (apenas) en dirección de una escalera, tan monumental como moderna, que en lo alto parece perderse en la nada. Ascienden con paso presto y garboso, enfundadas en sendos abrigos, el de la rubia blanco, de zorros, el de la morena negro, de visón. (Anticipo ya la llamada conjunta cuando lean esto: “¡Pero Nico…! ¡Abrigos de pieles en Miami! ¡Sólo a ti se te ocurre! ¡Cómo escribes esas cosas! ¡Lo que la gente va a decir de nosotras!”. No importa: me arriesgo ya sólo porque el primer osado es mi recuerdo. Y en mi fantasía todavía infantil la escena quedaría incompleta de no lucir las protagonistas sendos abrigos, de pieles.) Ascienden, digo, y siguen su ascenso hasta desaparecer. Un minuto más tarde, la rubia y la morena descienden para hacer su entrada. Corrijo: para hacer una entrada. Para devenir Marilyn Monroe y Jane Russell, homenajeadas por el azoro admirativo de una sala repleta de espectadores que, sin moverse, sin respirar siquiera, aplauden con furor.
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El guión y el casting son de un niño mexicano que creció al amparo de dos mujeres demasiado fuertes y encontró en la idolodulia cinematográfica y la lectura de Baudelaire y Cabrera Infante las vías de su redención. En cuanto a la escenografía, es obra de un niño ruso judío, emigrado al Lower East Side neoyorquino por cruel causa de los pogroms, que se hizo actor para escapar de su cutre realidad, devino arquitecto para moldearla y aterrizó en Florida para edificar templos consagrados al culto de la fantasía de masas, fábricas ya no de sueños sino de refulgentes recuerdos futuros ofertados al por mayor.
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Gracias, Morris Lapidus. O, puesto en términos más musicales, thanks for the memory.
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El escenario de mi recuerdo infantil bien pudo haber sido el diLido, el Americana, el Eden Roc o cualquiera de los muchos hoteles que edificara Lapidus en Miami a partir de 1947. Quiso el destino, sin embargo, que el elegido —es decir el elegido por mi familia para pasar las vacaciones navideñas de 1979— fuera el Fontainebleau: el más famoso de cuantos proyectara el arquitecto. Todavía es posible verlo en la que quizás sea la mejor de las películas de James Bond, Goldfinger, que ofrece un delirante traveling aéreo en que la cámara encuadra la imponente silueta curva del edificio principal, lo rebasa para seguir por jardines formales a la manera de Le Nôtre, se detiene un momento en la zona de la alberca antes de concentrarse en el trampolín aerodinámico desde el que se arroja un nadador, sigue a éste en sus piruetas y hasta el fondo de la piscina, donde queda reducido a mero background del primer plano de una bañista bella y rubia y sonriente que, al alejarse la cámara, se nos descubre enmarcada por una vidriera submarina, contemplable desde la pista de patinaje techada del hotel.
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En algo menos de un minuto, el director Guy Hamilton nos dispensa no sólo un recorrido sumario por el resort sino que nos sugiere ya la palabra clave para comprenderlo: desmesura. Y es que, en efecto, si algo fue ese Morris Lapidus orondamente influido por la pirotecnia hollywoodense fue un artista de la desmesura.
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Escaleras que conducen a ninguna parte (pero que lo hacen con enorme solera). Celosías construidas a partir de lo que el propio arquitecto denominaría “agujeros de queso”. Paneles en forma de bumerán o de ameba, sin otro propósito que el decorativo. Astas que nada sostienen a no ser los anhelos de los azorados paseantes. He aquí un catálogo de los efectos arquitectónicos que el movimiento modernista habría de tildar de sacrílegos y populistas pero que el propio Lapidus, pertinente y pertinaz, habría de definir con dos palabras lúcidas y lucidas: nonsense intencional.
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Nonsense, recordará el lector, es ese efecto literario compuesto de partes iguales de sentido y de sinsentido, de elegancia y de absurdo, en que el exceso se traduce en pirotecnia. Hoy que el Fontainebleau vive su mes de reapertura, recuérdese con estupor a su arquitecto, ése que como Lewis Carroll habría de edificar a partir del nonsense su país de las maravillas.

domingo, enero 04, 2009

Chale

Pronto, el 6 de enero aparecerá la tan ansiada lista de mis libros leídos el medio año que se acaba de ir.
Estos días me matan la escritura, creo también se va de vacaciones.
Ojalá ya no tarde.

Lo que otros dicen de mi

http://74.125.47.132/search?q=cache:JRwgvpijf9sJ:delcollhiymas.blogspot.com/2008_11_01_archive.html+Godinez+collhi&hl=es&ct=clnk&cd=7&gl=mx

07-nov-2008
¿porqué lo hicieron?
Aveces hay cambios...¿inexplicables? o demasiado extremos.Solo nos queda decir ¿Porqué lo hicieron?* Godinez sin barba

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http://74.125.47.132/search?q=cache:h7tHYOntSKsJ:delcollhiymas.blogspot.com/2008_10_01_archive.html+%22God%C3%ADnez+y+Carmen%22&hl=es&ct=clnk&cd=3&gl=mx

La lista negra :P
****Los que andan

Adriana y David

Carolina y Carlos

Saúl y Mayrim

Inés y Salvador

Constanza y Lucía

Lucía y Beto

Karen y Victor

Ariadna y Nathanael

Elizabeth y Paul

Montserrat y Lino

Rosaura y Bernardo

Godinez y Carmen

Iván y Monica

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http://74.125.47.132/search?q=cache:csMlB1kY_-EJ:emomathy.blogspot.com/2008_05_01_archive.html+Godinez+collhi&hl=es&ct=clnk&cd=12&gl=mx

UNI: Bien esporádica, osea, sin faltar pero ya dificil verlos a todos. CONEL 2008, saldo blanco. Godinez y su mamada de hablar mal del congreso. La mamada de Ali contra Dorra. 9 final en Tecnica Editorial, haciendo enojar al de realismo xD, sin hacer aun los resumenes de didactica :S

Si alguien encuentra más datos al respecto, favor de agregarlos. Estoy coleccionando este tipo de cosas. NO SE ACEPTAN ANÓNMOS.

viernes, enero 02, 2009

Hotel Kafka. Qué loca idea, pero buena

Tertulia literaria Vivamerica

Ignacio Padilla: La Literatura es un acto de manía neurótica

"El jardín devastado" de Jorge Volpi, leído y comentado por él.

Cristina Rivera Garza, leyendo un fragmento de una de sus novelas.

Análisis: Crónicas de América Latina. Bolaño frente a Bolaño-Julio Ortega (El País/Babelia 03/01/09)

Nunca hubiera imaginado Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003) que su obra traducida al inglés forjara a un autor más vital y novelesco. Julio Ortega analiza el balance de The New York Times Book Review, que ha incluido 2666, la obra póstuma del escritor, entre los diez mejores libros del año.
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Roberto Bolaño (1953-2003) solía imaginarse como otro y a veces incluso como él mismo. Pero no había previsto que después de su muerte sería, en inglés, otro Bolaño, y tendría el papel espectacular de una nueva vida. Traducida al inglés en Estados Unidos, su obra ha hecho nuevo camino y ha forjado, en la lectura, un autor no menos novelesco. Como en otro de sus relatos póstumos, nos encontramos con un personaje más vital y libresco que nunca.
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La sintonía de un escritor con el lector es uno de los misterios de la vida literaria, pero es también parte de la oferta editorial y las expectativas del mercado. Pero si la fama puede ser un exceso de presencia, que deriva en la saturación y el énfasis; la suerte post mórtem de un autor está hecha de zozobra, entre olvidos reparadores y ceremonias piadosas. Un escritor de éxito no sólo necesita de una agencia literaria sino de una agencia póstuma para la puntualidad de su memoria.
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El hecho es que en su balance de los diez mejores libros del año, The New York Times Book Review (14 de diciembre) incluye la traducción de 2666, que Bolaño dejó lista para ser publicada después de su muerte. El entusiasmo con que el novelista Jonathan Lethem la reseñó es proverbial. Compara al chileno nada menos que con David Foster Wallace, el más talentoso narrador de la última promoción, cuyo suicidio a los 46 años enlutó a la comunidad literaria. Valorado ahora mucho más que en vida, resulta tristemente confirmado por la depresión que lo venció: la crónica melancolía de vivir un espectáculo trivial. Sus libros resistieron ser parte del desvalor, pero mucho me temo que su muerte termine haciéndolos más fáciles.
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Ya Borges había protestado que Unamuno y Lorca no eran su biografía, ni siquiera sus destinos, sino sus libros. Bolaño, un borgeano callejero, estaría de acuerdo. Pero habría añadido que esos libros los convertían en autores de sí mismos; y en su propio caso, en la mofa de su destino, en la máscara de otra mascarada.
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Pero, ¿quién es éste Roberto Bolaño que es leído en inglés como un personaje imaginado por Borges no sin truculencia? En una y otra reseña, comprobamos que es leído como perseguido por Pinochet, como exiliado chileno, enfermo y pobre, pero rebelde, vital y literario, y hasta adicto. Este exceso de biografismo ha creado un Bolaño probablemente menos interesante que sus personajes, meramente real y, por eso, falso. Tanto es así que Andrew Wylie, el más poderoso agente literario contemporáneo (su supuesta pretensión de adquirir la Agencia Carmen Balcells estremeció a las literaturas en español como una amenaza imperial), y su viuda, Carolina López, devota albacea y heredera, aclaran en una carta a The NYT Book Review (7 de diciembre) que Bolaño "no sufrió nunca ninguna forma de adicción a drogas, incluyendo la heroína". Explican que, aunque "ampliamente publicado", ese detalle es inexacto y que el "malentendido persistente" seguramente deriva de que su relato La playa está escrito en primera persona. "Ese relato es en verdad una obra de ficción", confirma Wylie, poniendo a la literatura en su lugar; no en vano entre sus autores se cuenta Borges, cuya obra le debe (soy testigo) cuidado y protección.
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No deja de ser novelesco que el agente literario deba intervenir para poner en orden la reputación de su autor. Bolaño habría aprobado esa vuelta de tuerca argumental, digna del humor de Nabokov.
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El Bolaño que se lee en inglés no es el mismo que hemos leído en español. No sería la primera vez que en la literatura ocurre un fenómeno equivalente, no sólo porque los libros pertenecen al campo cultural de su producción y consumo, sino porque en la traducción adquieren otra vida, otra función. El ejemplo clásico es el de Poe, considerado un autor menor y de estilo sobredecorado, quien gracias a la traducción francesa de Baudelaire se hizo un autor mayor. Contrario es el caso de Neruda, que en inglés pierde pie. "Me gustas cuando callas porque estás como ausente" al ser traducido convoca irremediablemente lo opuesto: "Cuando hablas, en cambio, estás demasiado presente".
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Probablemente el lector norteamericano reconoce en estas novelas una dicción que no le es ajena, y que le permite hacer suya, con apetito local, su riqueza. En inglés no son sólo muy literarias y minuciosas, apasionadas y brillantes; son, sobre todo, vitalistas.
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La gran tradición de la prosa norteamericana vitalista, en efecto, ha sido el escenario donde se definen los varios estilos de la ficción característicamente yanqui. El mayor estilista de este estilo es Jack Kerouac, y su On the road, escrita en 1951 y rechazada por 19 editoriales antes de su publicación en 1957, un clásico moderno. Aunque la generación Beat terminó devorada por su biografía popular, sus obras son más serias que la imagen de sus autores, simplificados al punto de darse por leídos, convertidos en mercancía residual. El brillo de esa prosa vivaz, irradiante, fluida, imprevisible, resuena como un conjuro en las páginas de Bolaño.
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No es casual que haya escrito tantas biografías que son necrologías (Los detectives salvajes ponen al revés el modelo Vida de poetas); y que el presente se demore en la frase que busca toda su presencia, su vida verbal encarnada. Se dijo que Kerouac frente a Ginsberg parece un "boy-scout del inconsciente", y que Ginsberg frente a Burroughs resulta otro... Esto es, siempre hay un escritor que va más lejos en los recuentos de una vida radicalmente vivida.
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Felizmente, la versión de Bolaño es apasionadamente literaria.
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Julio Ortega (Perú) es crítico y profesor del Departamento de Estudios Hispanoamericanos de la Universidad de Brown, en Estados Unidos.

jueves, enero 01, 2009

El poder curativo de las crisis

Diario Milenio-Puebla (01/01/09)
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Primer día del año. Felicidades. Para tal ocasión, y coincidentemente, me topé con un libro extraño en cuyo contenido no sé si deba creer mucho. O más exactamente, como lo dicen a veces los incrédulos, hay que darle el beneficio de la duda. A lo mejor, quién puede decirlo, el mismo libro se me presentó para llevarlo a la práctica durante este año que presiento lleno de conflictos y crisis en el mundo.
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De cualquier manera, doy la referencia para quienes puedan estar interesados. El libro se llama El poder curativo de las crisis, editado por Kairós dentro de su biblioteca de la “nueva conciencia”.
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Aquí se plantea una tesis sencilla, pero complicada de llevar a la práctica: las crisis que sufrimos los humanos nos deben funcionar para resurgir como de las cenizas. Y para lograrlo, se necesita de toda una preparación mental y de un estado de ánimo casi divino.
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La edición está a cargo de Stanislav y Chistina Grof, personajes reconocidos por sus investigaciones en el campo de los llamados “estados no ordinarios de conciencia” y de la psicología transpersonal.
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Su hipótesis, lo dicen en el prólogo, es la siguiente. La abrevio de la cuarta de forros: las personas implicadas en un proceso de transformación personal, sufren crisis que los trastornan de alguna manera. Es decir: se parte en dos su sentido de la identidad y entonces surgen experiencias espirituales o “místicas” que producen miedo y confusión. La vida cotidiana se hace difícil y se duda de la cordura.
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La psiquiatría moderna (¡ah, mi tendencia antipsiquiátrica!) no distingue entre los estados de crisis y los de enfermedad. Creo que de eso (acotación aparte) estoy más que consciente y soy un propio testigo. Es por esto que los autores de este libro consideran que las crisis pueden funcionar como procesos de transformación, sólo que quien se encuentra en ese proceso de transformación debe de estar preparado para saber, por así decirlo, darle un giro a su crisis.
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De alguna manera creo que estoy de acuerdo. De lo que no estoy muy seguro es de estar preparado para enfrentar una crisis de gran magnitud. Si alguna he tenido, ésta no ha dejado de perturbarme al menos durante un mes, si acaso.
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En El poder curativo de las crisis hay varias voces, algunas de ellas de vital importancia en el ramo de la psiquiatría: Ronald D. Laing, Jack Kornfield, Ram Dass, Roberto Assagioli, Keith Thompson y Holger Kalweit, entre otros.
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Los compiladores sostienen que lo que se llama enfermedad mental no es una verdadera locura; hablan de una “emergencia espiritual”, centrada en las formas de crisis evolutivas. La crisis espiritual –escriben– debe situarse en el problema de lo que la gente siente (y presiente) como “emergencia espiritual”.
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El miedo a caer en la locura (situación de la que nadie se escapa por lo menos una vez en su vida) y el miedo a la muerte son etiquetados (obviamente) como una patología en el mundo occidental, aunque no lo sean de la manera más estricta del término. Pues dejo a los interesados el dato de El poder curativo de las crisis. Los lectores tendrán sus conclusiones.

martes, diciembre 30, 2008

Pesía norteamericana: Rae Aarmantrout

Diario Milenio-México (30/12/08)
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Noviembre de 2008 fue un mes cargado de emociones políticas no sólo en los Estados Unidos, donde se elegía nuevo presidente, sino en el mundo entero, donde se esperaban los resultados con tanto o más entusiasmo que en la así llamada Unión Americana. Tal vez no fue mera coincidencia que la revista New Yorker de ese mismo mes publicara “Oraciones” (Prayers), un poema de Rae Armantrout, poeta californiana cuyo trabajo se viera ligado desde sus inicios con ese movimiento estético de corte crítico conocido como Poesía del lenguaje —dentro del cual resuenan los nombres de Charles Bernstein, Lyn Hejinian y Ron Silliman. Y digo que no fue mera coincidencia porque Armantrout, justo como sus colegas de Language Poetry, considera que la poesía tiene la capacidad de plantear y plantearse “preguntas verdaderas” acerca del mundo que la produce y al cual ilumina. La poesía, por eso, “nos hace pensar dos veces y escuchar otra vez por primera vez”.
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Así las cosas, en el New Yorker de noviembre es posible leer:
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“I. Rezamos/ y sucede la resurrección// Aquí vienen los jóvenes/ otra vez// disparando y riéndose// temblorosamente/ como timbres de teléfono.// II. Lo único que pedimos/ es que nuestro pensamiento// sostenga su momentum/ identifique sus blancos.// La presión/ en mi baja espalda/ asciende para ser reconocida/ como dolor.// Los triángulos azules/ en la alfombra/ se repiten.// Viene/ una discusión/ sobre los usos/ de la tortura.// El miedo/ de que todo esto/ termine.// El miedo/ de que no termine.”
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Autora de nueve libros, entre los que se cuentan Nueva Vida (New Life) y Velo (Veil: New and Selected Poems), Armantrout ha mantenido una producción constante que no pocos consideran como la más lírica entre los poetas del lenguaje. Inédita todavía en español, la encargada de la cátedra de poesía del programa de Escritura Creativa de la Universidad de California en San Diego contestó unas cuantas preguntas en torno a su trabajo poético y el estado actual de la poesía norteamericana, cuyas respuestas bien podrían servir como una breve introducción a su obra y una decembrina invitación a su lectura.
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“Escribo”, dice Armantrout, “porque lo que veo y oigo me parece de alguna manera equivocado. Necesito documentarlo todo y reflexionar luego sobre eso. Escribo para encontrar o enmarcar las preguntas necesarias ante mí misma. Para hacer al pensamiento (más) palpable. Me interesan las historias de origen, ya sea científicas o metodológicas. Me gusta jugar con ellas, reconfigurarlas, inventar nuevas. Siempre cargo un cuaderno conmigo en el cual anoto impresiones, vistas, pedazos de conversaciones, etc. Luego de hacer esto por un par de días o semanas, releo el material coleccionado y busco los patrones. Más tarde trato de arreglar esas piezas para ponerlas en diálogo y crear conjunciones interesantes”.
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“La poesía”, asegura, “nos hace conscientes del lenguaje. Con frecuencia, estamos tan poco conscientes del lenguaje como un pez es consciente del agua. La poesía nos hace pensar dos veces y nos hace escuchar otra vez. La poesía se plantea preguntas reales. La poesía conecta ideas, imágenes, tonos, discursos que han sido separados por distintas convenciones. La fricción que se lleva a cabo cuando estas “cosas” separadas hacen contacto provoca que las chispas se eleven. Ese es el placer de la poesía”, concluye.
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Sobre su relación con los poetas del lenguaje se expresa así: “Fui una de las integrantes originales de los poetas del lenguaje en la costa oeste. Éramos un grupo de amigos (como desde hace 30 años) que tenían una larga e intense conversación acerca de la poesía. Sentíamos que la poesía podía y debía reflejar y retar las condiciones sociales imperantes. Aprendimos mucho los unos de los otros entonces. Una de ellas fue, por ejemplo, el valor de los cortes o disyunciones en el poema o en el texto. Estas disyunciones le dan espacio al lector para pensar por ella misma y hacer las conexiones que pueda o deba hacer más tarde”
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Acaso un buen ejemplo de ese intenso diálogo y del valor de esas líneas disyuntivas se encuentre en el poema “Motores” (Engines), escrito con Ron Silliman, e incluido en el libro Velos, que publicara Weslayan en 2001.
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“Los espíritus a quienes llamamos motores en ningún momento y de ninguna manera fueron oscuridad. Los eucaliptos se encogen. La luz brilla sobre esas hojas en completo silencio. Eso es una lengua resbalosa. ¿Estamos sugiriendo relaciones que no queremos revelar?”
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Alerta ante su entorno tanto político como poético, Armantrout sigue de cerca varias manifestaciones culturales estadounidenses, de entre las cuales rescata las siguientes: “Hay muchas líneas interesantes en la poesía norteamericana actual. Una de ellas es Flarf, en la que poetas como K. Silem Mohammad y Katia Degentesh hacen poemas con el lenguaje de búsquedas en Google (se le llama escultura google) para revelar las patologías del discurso contemporáneo. Otra línea es el nuevo minimalismo practicado por poetas como Graham Foust, Devin Johnston y Joe Massey. Estos poetas escriben poemas tensos, oblicuos que pueden ser descritos como líricos. Hay mujeres, tal vez inspiradas en la poeta canadiense Lisa Robertson, que escriben poemas post-feministas que son barrocos y excesivos y deliberadamente grotescos (vienen ahora mismo a la mente los nombres de Catherine Wagner, Lara Glenum y Sandra Lim). Y finalmente hay poetas como Juliana Spahr, Rodrigo Toscano y Ben Lerner, quienes escriben una poesía de agudo análisis político sin el carácter necesariamente paródico de Flarf. En cada uno de estos movimientos encuentro algo con lo que me relaciono o que me inspira”.
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Las traducciones de poemas y entrevista son de crg.

Es Navidad, Oliver Sacks

Diario Milenio-Puebla (25/12/08)
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Buen día, lectores, feliz Navidad. Sólo estamos a una semana para comenzar el 2009. Ya no me haré promesas de año nuevo; para qué si, como la gran mayoría de la gente, no llego a cumplirlas. He terminado de leer la edición actualizada, corregida y aumentada de Migraña, el clásico libro de Oliver Sacks. Estoy, como lo estuve hace un año, en medio de un clima helado.
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Las mañanas se hacen más lentas que de costumbre, pero he descubierto que este clima y, quizá con la lectura de Migraña, se ha aligerado un poco mi dolor de cabeza.
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Dice Oliver Sacks que los millones en el mundo que sufren de algún tipo de migraña deben evitar las tensiones, y aconseja el recurso de ir descubriendo algún motivo que sea a la vez un reto para lanzar a la vida.
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Es verdad: no lo dice Oliver Sacks, lo dice un paciente en uno de los múltiples testimonios que el libro contiene. ¿Qué deseo para este 2009 que comienza? Sólo que haya menos desesperanza y más oportunidades en la vida. He buscado en el libro de Sacks algo que haga referencia a la vida cotidiana, donde abundan por todas partes los demonios, pero no dice gran cosa. ¿No hay alguna alternativa para aquellos que verdaderamente la necesitan que pueda llegar a su vida diaria? No lo he encontrado –por lo menos yo no lo he encontrado— en las fórmulas que ofrece la terapia convencional.
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Sigue siendo muy fácil deshacerse de los pacientes reexplicándoles que todo lo que sienten, que todos sus síntomas y miedos se deben a la tensión y que pierden kilos (como un personaje de Stephen King), porque es la tensión lo que provoca que el cuerpo queme calorías.
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Las terapias se convierten así en parte de la ficción.
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Escribo estas cuantas líneas porque hemos dejado otro año allá, en la parte de atrás; no así lo que uno retendrá en la mente durante el tiempo que de vida nos reste. Ojalá sean muchos años para todos nosotros. Y escribo esto precisamente porque tenemos un año más por delante. Venzamos los retos que se nos imponen. Es cuestión, como lo aconsejan los terapeutas, de querer, de fijarse metas. Yo lo tengo presente, aunque sé bien que no es fácil.
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La lectura de Migraña me ha dejado un sentimiento de relajación espiritual, algo así como cuando salía de mis rutinas de yoga. Lo que no sé es si esto será transitorio. Por lo pronto hay que esperar un buen 2009, sin asesinatos en el país y sin impunidad en donde quiera que se presente la injusticia.
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Oliver Sacks, a través de Migraña, me ha dejado una enseñanza enorme: ahora entiendo muchas cosas y trato de –simplonamente, si se quiere— “vivir con lo que me toca vivir”.
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Nada es mágico.
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Qué hacer –independientemente de lo que plantea Oliver Sacks– ante todo lo que nos daña?
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Los libros de autoayuda, que han dejado de funcionar. No hay recetas para ser felices. Para muchas cosas no hay remedio.
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Todo habrá que buscarlo. Que este próximo 2009 seamos un poco más felices. Ante el dolor creer, cada quien a su manera, en Oliver Sacks. Bueno, si el lector cree conveniente leerlo. En mi caso ha funcionado bien.

Nunca mires atrás

Diario Milenio-México (23/12/08)
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Para muchos, diciembre representa el regreso a casa. Ya desde lugares recónditos o desde la otra esquina del barrio, ya cruzando fronteras o, cuando no hay de otra, desde la imaginación más arbitraria, la peregrinación hacia lo que se presume es el lugar del origen constituye una marca del doceavo mes del año. Allá vamos todos cuando todo se termina: a casa. De ahí salimos luego, recuperados o llenos de angustia, como si se tratara de otro inicio. Seguramente por eso me he declarado ya desde hace tiempo una decembrista convencida. Me gusta tocar a la puerta y hacer lo que las familias hacen cuando se reúnen: comer y hablar (no necesariamente en ese orden), que son los dos verbos que usamos con mayor frecuencia para reconocernos y, luego entonces, para producirnos como familiares, es decir, como descifrables. La historia, como todos aquellos que odian diciembre lo saben muy bien, casi nunca es tan armónica ni tan feliz. El hogar suele ser un espacio también teñido de oscuridad y conflicto, cuando no de perversidad o de franca extrañeza.
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En algo similar pensaba con toda seguridad la teórica Sara Ahmed cuando, en su libro Encuentros extraños 1, abogaba por una definición del hogar que, lejos de descartar la presencia del extraño, o de colocarla de manera esquemática en el espacio del no-hogar que es la migración (o el nomadismo), la incorporara como uno de sus polos definitorios. El extraño es extraño, después de todo, porque se aproxima. Si el allá es concebible, entonces no queda tan lejos (ni simbólica ni materialmente). En lugar de caer en tal dicotomía, pues, Ahmed propone plantearse y responder las siguientes tres preguntas para poder definir cuál o qué es el hogar de alguien: el lugar donde la persona vive, el lugar donde vive la familia, el lugar de origen. De la interrelación, con frecuencia compleja cuando no dolorosa, de estas tres variables, surgiría un concepto de hogar que es a la vez histórico y sensorial. Alguien puede vivir en el mismo lugar que se familia y dentro de los confines de una misma nación. Alguien, por otra parte, puede vivir en una localidad donde no vive su familia y dentro de la cual recuerda el allá de su hogar, en el sentido de lugar de origen. Las combinaciones son, por supuesto, tan variadas como el desplazamiento trasnacional lo permita o requiera o imponga.
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Por eso es posible imaginar cómo, para el que migra, la cuestión del hogar no sólo incluye una dislocación espacial sino también temporal. El hogar no sólo está allá, sino también en el pasado (que es donde reside el allá, para cuestiones cotidianas del migrante). El hogar, luego entonces, deviene cuestión de memoria y, por devenirlo, resulta también una cuestión imposible. ¿Puede un cuerpo regresar a la memoria? Como dice una de las informantes, de cuyas palabras echa mano Ahmed para ponerle palabras humanas a su investigación: “En Londres iba a “casa” al terminar el día. Durante las vacaciones venía a “casa” a Paris, con la familia. Y una vez cada dos años, íbamos a “casa” a la India. India era nuestro “verdadero hogar” y, sin embargo, paradójicamente, era el lugar donde ya no teníamos casa propia. Siempre nos quedamos como invitados”. Lo más verdadero, gracias a la migración, es lo más falso. Lo más propio resulta, luego entonces, lo más ajeno. El hogar es así el lugar donde el reconocimiento es más difícil. Tal vez por eso se toma y se come y se platica sin cesar en esas reuniones familiares: no porque todo nos resulte familiar, sino porque, a fuerza de extrañeza, nada lo es. Repetir sin cesar las narrativas familiares en fechas umbral es lo que, sin duda, nos vuelve si no menos extraños ante aquellos a los que nos une además de la genética una historia y un espacio compartido (ahora en la memoria) por lo menos un poco más legibles. Supongo que más de una copa navideña se alza, en realidad, en un brindis por tal legibilidad.
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Contrario a gente que, como Braidotti o Chambers, teóricos que han asociado al hogar con una identidad fija y a la migración o el nomadismo con la posibilidad de la formación de identidades fluidas, cuando no trasgresoras, Ahmed sostiene que ni el hogar es tan fijo como se cree ni el que se va, ya sea por razones elegidas o impuestas, entra en un proceso desidentatario de manera automática. El que migra se aleja, por cierto, pero por lo mismo, se acerca a algo más. Ese proceso de extrañamiento es, según Ahmed, un proceso identatario que se desarrolla sobre todo en la piel. El hogar, es pues una suerte de piel social y memoriosa, y cualquier transformación en ese habitar recae y es registrado por el cúmulo de sensaciones que hacen del cuerpo un cuerpo habitado y de la habitación (en el sentido de proceso) un fenómeno corporal.
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Supongo (¿espero?) que pocos además de Sara Ahmed se ponen a pensar en todo eso cuando sacan el boleto de avión o hacen las maletas o envuelven el platillo que llevarán a ese verdadero hogar donde ahora sólo son invitados. Supongo que menos todavía se quedarán impávidos en la sala del aeropuerto cuando se den cuenta, con terror o alivio, o lo que es peor: con ambos, que tal como lo atestigua la misma informante de Ahmed: “Había siempre algo reconfortante y familiar alrededor de los aeropuertos y terminales aéreas. Me daban una sensación de propósito y de seguridad. Estaba ahí con un destino definitivo: usualmente el hogar, en algún lado”. En todo caso, para los que van o los que regresan o los que se quedan haciendo un lugar de ese no-lugar que es el aeropuerto, el mismo consejo: nunca miren atrás (entre otras cosas, porque es imposible, nada más).
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1 Sara Ahmed, Strange Encounters. Embodied Others in Post-Coloniality (London and New York: Routledge, 2000).

sábado, diciembre 20, 2008

Al amigo

Si en la luna de febrero me arrancara
el vello y el pelo que me cubren del frio,
será porque el calor emanado de tu sentimiento
me es suficiente para evitar el refugio.
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Si he decidido abandonar las herramientas,
siempre tan frías e inhumanas,
es porque no hay mejor forma de progreso
que tu sanchesca compañía.
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El día que la poesía abandone mi pluma,
melancólica,
habré encontrado la belleza en tu mirada
profunda, avasalladora y milenaria.
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El año en que las estrellas dejen de maravillarme,
entonces tus manos habrán dibujado,
en nuestro camino,
el trazo que ni Dios ha logrado.
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Pero, si acaso, un día, sólo uno,
equivoco el camino, te pido tomes la espada
y como a un traidor me otorgues la muerte,
y así convertirme en los restos
que tu calor convertirá en cenizas,
para después convertirme en el fénix
que corregirá el vuelo.
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Pero si, de nuevo, fallo,
no me des la muerte,
dame la indiferencia.
No hay mayor pena en vida,
que andar los caminos,
teniendo a la sombra como amiga.

En una madrugada de diciembre

Estos días han sido diversos, desde el pesado y aburrido cierre de semestre, pasando por el café compartido en alguna ciudad de Puebla con Pedro Ángel Palou, Sampedro y mi novia Carmen, y antes el breve recorrido que hice con mi amada mujer en el Complejo Cultural Universitario de la BUAP (sorprendentemente hermoso, sólo espero que sepan darle uso).
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Las tensiones siempre crean conflictos entre las amistades y las parejas, este cierre provocó pequeñas riñas –no graves- entre Carmen y yo, pero supimos salir avante, somos un buen equipo, sin duda alguna, nos queremos mucho.
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Otras de las grandes maravillas de las que estoy gozando este cierre de año, es el continuar reseñando libros para mi columna que mantengo en El Columnista lo que me va disciplinando en mi lectura, que cada día se va actualizando, más de lo que ya estaba y desde luego, sigo descubriendo a mi ritmo a esos libros que todos osan en llamar: indispensables, sagrados, importantes. Carmen me ha regalado hace meses atrás, pero apenas le encontré el momento apropiado, el libro más emblemático de Cortázar: Rayuela; y por mi cuenta, he decidido que es chance darle su oportunidad a Octavio Paz: El laberinto de la soleda. Ya está de regreso Pedro Ángel, buen momento para tomar a uno de sus escritores favoritos, para después discutirlo con él, al menos en la parte de ensayo., Luego vendrá el poeta, que es quizá, la parte que menos me llama la atención de Paz.
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Hablando de poetas, gracias al regalo que me ha hecho Pedro –el ciclo poético Bronwyn de Juan Eduardo Cirlot- ahora he comprado la reunión poética que hicieron hace no mucho en Siruela: En la llama, ya sólo falta tener Del no mundo, para hacerme de toda su poesía y leerlo de lleno. Desde que me lo presentó Pedro Ángel, no he dejado de buscar información de Cirlot, desafortunadamente en México no hay mucho de él –aunado a que se le conoce más como el hacedor del Diccionario de Símbolos, pero no en su fase poética-, razón que le ha llevado a Carmen a reanimarme para aventarme una tesis sobre Cirlot, debido a que sería un tema nuevo en México y quizá me abriría la oportunidad para buscar en una beca en España. La idea me gusta, pero prácticamente toda la bibliografía de Cirlot se consigue en España, casi no hay nada en este lado del charco.
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Se viene la navidad y es distinta para mí, hace años que no disfrutaba estas fechas de otra manera, no es lo mismo el poeta y su musa en sueños, que un poeta con una musa carnal, táctil. Hasta me da menos hueva cerrar el año, aunque ella sea un poco grinch, así me gusta. Eso nos otorga el nivel necesario para darle existencia a la armonía.

Ahora un poema de Cirlot, pertenece al poemario: Oda a Ígor Strawinsky y otros versos (1944).
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A María del Carmen
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Si sólo pudieses acercarte,
venir a este sollozo que sufre y permanece.
Si sólo pudieses, desde lejos,
mirar este desierto,
esta calma sin manos, este cuerpo
yacente, sin piernas, debatiéndose.
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Si solamente pudieras oírme,
si acaso, sólo, pudieras oír cómo te amo
sin alas, sin agua, sin labios
cómo te amo, ¡sí, sólo cómo te amo!
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Pero tú desconoces mi existencia
y vas perdiéndote en mi propio desamparo.
Tú desconoces el paisaje y se levante
cada una de estas miradas rotas.
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Y vives en una casa sin puerta ni ventanas
y no me oyes llorar cuando atardece
y no adviertes la sangre que mancha tu vestido.

jueves, diciembre 18, 2008

“El Jardín devastado”-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 17/12/08)

Hace unos meses Jorge Volpi retornaba a escribir sus colaboraciones en la página de internet el Boomeran(g) del grupo Prisa, del cual forman parte el diario El País y la editorial Santillana (una de sus ramas es Alfaguara). La primera vez que Volpi escribía en éste espacio, mantenía un blog al estilo diario, los temas eran diversos. Ahora, el motivo tenía como fin escribir, cito al mismo Volpi: “Escribir de nuevo. No otra novela -cualquier novela- sino una bitácora, una combinación de memoria, ficción, aforismos. Una aventura que sea, también, una negación. Un ejercicio de escritura, una forma de aprender a escribir de nuevo a un año de haber concluido la trilogía (...). No pretendo un nuevo inicio: el lugar común me desquicia. Necesito, eso sí, cierta distancia. Medirme. Luchar contra mí mismo. Entrever qué ha quedado de mí después de este proceso o al menos imaginar qué puedo escribir a partir de ahora”; las entradas del blog después se convirtieron en la novela denominada “El Jardín devastado”.
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Este ejercicio que Volpi se propuse se me antoja como una mezcla entre el siglo XIX: las novelas por entregas, a través de suplementos culturales y el XXI: leer la obra antes de poder verla impresa, acción que se propicia con la existencia de los blogs.
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Aquí Volpi va entregado lo que será su novela y hace al lector parte del proceso, pues también se fue enterado de las lucubraciones que dicho proyecto le fue provocando. Al leer “El jardín devastado” uno se hallará ante esa mezcla, bien lograda, que Volpi se planteó como meta al inicio del proyecto, hacer una bitácora, una combinación de memoria, ficción, aforismos, que en su conjunto conforma una novela. Por su estructura se lee de manera rápida, sin perder la calidad. Volpi vuelve a plasmar su estilo: una prosa-poética sumamente rítmica, suave, ágil y fulminante. No hay parte a lo largo de la obra que ataque al lector con una “verdad” intensa y avasalladora. Cada novela de Volpi es una abrumadora frase de largo aliento. En esta novela Jorge vierte todas las experiencias -producto- de los viajes que ha realizado a lo largo de su vida, y que según él, lo llevaron a hablar sobre su regreso a México, del cual ya transcurrió justo un año de que volvió a su patria, nuestra también (¿de hienas y fantasmas?), y como era de esperarse, el viaje le devolvió, más bien, al pasado.
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Tres personajes son los principales: Ana, Laila y el Narrador, sobre los que descansa la argumentación de la obra. Carlos Alatriste en su blog (carlosalatriste.blogspot.com) nos regala reflexiones que constituyen a la novela: en Laila/Oriente/ Islamismo. Búsqueda y aproximación/Movimiento hacia el otro. Mito y fatalidad. En Ana/Occidente/Cristianismo. Huída y distanciamiento/Movimiento desde el otro. Racionalidad y desencanto. Y en el Narrador/Centro/Ateísmo. Regreso e inmovilidad/Desinterés por el otro. Irracionalidad y odio.
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En el blog, Volpi hace notar su preocupación por no superar su trilogía, pero aseguro que Volpi no deberá preocuparse por su escritura, en cada libro publicado se va superando.
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El diván festivo
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Las vacaciones ya están encima. Les deseo que pasen estas fiestas decembrinas con sus seres queridos y encuentren por un momento la paz, que la economía mundial y nuestros dirigentes locales están lejos de otorgarnos. Nos vemos en enero.

martes, diciembre 16, 2008

Los libros solos

Diario Milenio-México (16/12/08)
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¿Por qué uno encuentra los libros que encuentra al azar? No lo sé. ¿Qué incita a la mano a lanzarse hacia un rectángulo de papel y no otro? Tampoco lo sé. ¿Cómo es que el ojo salta, despavorido o alegre, en todo caso emocionado, y el corazón empieza a latir con fuerza repentina nada más a su contacto? Supongo que la respuesta a estas interrogantes, de existir, está a la vista de todos, es decir, dentro del proceso de lectura de esos libros que se presentan sin anuncio o recomendación, desnudos.
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Peregrinary, poems by Eugeniusz Tkaczyszyn-Dycki, translated from the polish by Bill Johnston, (Brookline, MA: Zephyr Press, 2008).
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Era una tarde de otoño, debería decir. El aire, que ya era fresco, invitaba el remolinear de los pájaros. Se antojaba un café, una charla, un buen saludo de mano: algo cálido y humano. Algo aquí. El libro apareció en ese contexto. No buscaba nada en realidad y, tal vez por eso, la palabra Peregrinary llamó mi atención. Más cercana al latín (peregrinare) que al inglés coloquial (peregrination). Más cercana a este ir de un lado a otro por mucho tiempo y en tierras muy remotas sin entender demasiado pero con devoción. Más cercana a esto. Asumo que fue por eso que tomé el libro, el cual contiene fragmentos de nueve libros anteriores, y que fui, sin pensarlo demasiado, hasta Wólka Krowicka, cerca de Lubaczów, justo en la frontera entre Polonia y Ucrania. Ahí donde nació, en 1962, Eugeniusz Tkaczyszyn-Dycki, un nombre, si hay que creerle al traductor Bill Johnston, de difícil pronunciación incluso para los polacos. Dycki, pues, para los iniciados. Dycki para los que saben que, como fronterizo, creció hablando un dialecto local hasta que la educación formal, justo en la secundaria, lo hizo optar por el polaco propiamente dicho. Dycki, pues, para los que saben que tal “opción” partió a su familia en dos y a sus poemas en miles de pedazos. En “Manantial”, un poema de Guía para los vagabundos cualesquiera que sea su lugar de residencia (2000), por ejemplo, esto: “es el otoño Señor y no tengo hogar/ cuando llego a la región de Prezemysl/ para escarbar dentro de mí y dentro de aquellos cercanos a mí/ cuando me cuentan la historia de quien cortó a quien// en pedazos con un hacha ucraniana o polaca quien/ aventó a quien en la noria cerca de la que paso/ para escarbar dentro de mí descubrir mi verdadera/ esencia pero primero bebo el agua refrescante de esa noria// le doy crédito a la historia de mi familia y bebo de ella/ como de un manantial que formo desde la profundidad de la historia/ sobre los monstruos en ambos lados del espejo y no he sido/ inocente tampoco desde que empecé a escribir en polaco contra quién”.
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De uno a otro (extracto de) libro incluido en Peregrinary, es claro que Dycki, como todo escritor verdadero, ha permanecido fiel a un puñado de temas que no cambian con el tiempo. Las obsesiones son obsesiones son (y lo demás es la falsa novedad del mercado). La enfermedad, la muerte y la poesía aparecen ingrávidas en el primer verso de Neni y otros poemas (1990), la selección que abre esta antología, así como aparecen, aparentemente igual aunque una lectura cuidadosa los verá por fuerza como distintos, en los versos de La historia de las familias polacas (2005), el último libro incluido en esta selección. En construcciones dan la apariencia de ser sonetos (sin serlo del todo), escuetos y confesionales (aunque en un sentido distinto a los personalísimos versos de Szymborska, por ejemplo), Dycki habla de discute entra en el cuerpo que cae. En “Atragantado de sí mismo va directo al cielo”, un poema del tercer libro incluido aquí, expresa: “guerrea contra mí y vencerás/ cada día saldrás victorioso/ y cada día derrotado el momento en el que llamo/ a los muertos por su ayuda// es mi ocupación favorita convocar a los muertos”. Y así lo hace, una y otra vez, la poesía convertida en el canal misterioso y carnal por el que pasan sus cuerpos: “antes de que descubriera tu muerte en el cuarto/ en el onceavo piso y viera en el asombro/ de tu desnudez y antes de que descubriera que la muerte es una cosa/ que viene después del desayuno comida y cena// me di cuenta de que el que yacía frente a mí/ en los aposentos de la noche de ayer y el que yacía entre azucenas/ era mi amigo mi fisiología era sobre todo/ mi amigo y mi fisiología// una cosa que es sagrada”.
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En otra maniobra que a ojos mordaces o poco adiestrados pudiera resultar repetitiva pero que no lo es, Dycki inicia sus poemas dos o tres veces con el mismo verso e, incluso, con la misma estrofa. Sólo la lectura completa y atenta del poema revelará la manera en que los vocablos, que son los mismos, han cambiado, saturándose de otra materia e iniciando un peregrinaje distinto. Tal vez por eso dice: “mi hermana Wanda trae una azucena de su caminata/ mientras yo escribo un poema acerca de la muerte/ y escribo ese poema otra vez desde el inicio/ y soy incapaz de terminarlo”. Y tal vez por eso nos recuerda en otro poema: “Te hablaré de la muerte en mi imperfecta/ lengua reconocida por su imperfección”, y aún en otro: “uso el lenguaje con dificultad (soy/ un poeta contemporáneo)”. En el lenguaje y por el lenguaje, la muerte transpira en cada cosa (sagrada) que aparece en los poemas de Dycki, y luego esa muerte, la misma muerte, se ve a sí misma y, viéndose, mira al lector con sus ojos transparentes.
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Podría decir que fue la palabra frontera en “en nuestro pequeño pueblo fronterizo (que queda/ sobre un pequeño río y otro pequeño/ río) la muerte aparecería los lunes/ en día de mercado cuando hay mucho de donde escoger”. O que fue la palabra libro como en: “la nieve para ti no es ese mundo ingeniosamente/ o prácticamente imaginado/ desde que te mudaste a un sueño/ para escribir un libro muy separado”. O la plegaria: “la incredulidad es ese lugar milagroso/ que abandono todos los días por alguien más”. Pero en realidad quiero creer que fueron esos ojos transparentes los que me miraron a través de las hojas del libro y a través de las hojas del otoño mientras yo pasaba por ahí sin saber a ciencia cierta que lo esperaba, o mejor, que no lo esperaba oír diciéndome “escarba aquí, dentro de ti y dentro de los tuyos en esa lengua imperfecta, reconocida por su imperfección, que es donde se hacen los libros solos”.

lunes, diciembre 15, 2008

Gana Ignacio Padilla el Juan Rulfo de cuento

Se alzan el mexicano y el estadounidense Jorge Dávila Miguel con el premio por sus respectivas obras Los anacrónicos y La mensajera
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El Universal/Cultura
París, Francia
Lunes 15 de diciembre de 2008
08:08
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El mexicano Ignacio Padilla y el estadounidense Jorge Dávila Miguel (nacido en Cuba) se alzaron hoy en París con el premio Juan Rulfo 2008 en la categoría de cuento, por sus respectivas obras Los anacrónicos y La mensajera.
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Los premiados, que recibirán cinco mil euros (unos seis mil 750 dólares), se impusieron a otros 485 candidatos que enviaron sus textos al concurso convocado por la cadena "Radio Francia Internacional", el Instituto Cervantes, el Instituto de México en París, la Casa de América Latina el Colegio de España y Le Monde Diplomatique.
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En Los anacrónicos, de Padilla, "la celebración solemne y pomposa de una victoriosa batalla, da lugar al despliegue de torvas pasiones entre los miembros de la asociación de ex combatientes", lo que recrea "un mundillo de honores y medallas de pacotilla que el narrador, con violento sarcasmo, desmitifica", indicó el jurado
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La mensajera de Dávila, por su parte, es una obra "con un lenguaje sobrio y preciso" en el que "el narrador sitúa los hechos en un país africano en guerra", explicó el jurado cuando anunció el premio en un comunicado.
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Este relato versa sobre "la construcción de una balsa capaz de transportar material bélico de una orilla a otra, en miras de una próxima batalla", que "se erige en el épico desafío de un simple sargento", agregó.
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Por otro lado, la argentina Lidia Barugel ganó en la categoría de novela corta por su obra Otilia Umaga, la mulata de Martinica.
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En el apartado de fotografía de la Unión Latina, fallado en el mismo evento, el galardón fue a parar a la venezolana Katrina Fernández Dusterville por la serie Isabel y al español José Ramón Moreno Fernández por Deshabitaciones.