martes, noviembre 25, 2008

Historia y collage

Diario Milenio-México (25/11/08)
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Desde que escribo historia, que es mucho después de que empezara a escribir novelas, tuve la sospecha de que el público en general no lee libros de historia porque la gran mayoría, independientemente del tema que traten o la anécdota que intenten desarrollar, van escritos de la misma forma. Me refiero, por supuesto, a los libros de historia académica, a los libros académicos de historia que suelen explorar, por cierto, temas de suyo interesantes y anécdotas por demás amenas o escandalosas. Sin embargo, organizados de acuerdo a principios inculcados, ya subrepticia o ya de manera evidente, por manuales de reglas metodológicas o libros de consejos acerca de cómo escribir una tesis, muchos de estos textos se conforman de acuerdo a, y de paso confirman, una narrativa lineal en modo aristotélico, la cual incluye, a saber, tres pasos: la elaboración de un contexto estable y debidamente documentado; la descripción, de preferencia en gran detalle, del conflicto y/o hecho que ocurre en dicho contexto; y la producción de una resolución final o una lección, de preferencia ligada a un lenguaje teórico que incluya grandes conceptos. Esta narrativa, que tiende a reproducir una idea lineal, es decir, secuencial, es decir visual, de lo narrado, tiene como consecuencia el ocluir el sentido de impermanencia y de simultaneidad tan asociadas a las labores del oído y la presencia. Una escritura histórica en modo etnográfico, luego entonces, precisará de estrategias narrativas que contrarresten este fenómeno y abran las posibilidades dialógicas del texto. Y aquí es donde los consejos de Walter Benjamín, y sus peculiares notas para una filosofía de la historia, vuelven a hacer su aparición: el collage como estrategia para componer una página de alto contraste cuyo resultado es el conocimiento no como explicación del “objeto de estudio” sino como redención del mismo.
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Ciertos expedientes históricos suelen responder, de hecho, a una composición basada en un principio semejante. Me refiero, claro está, a los expedientes médicos. Aunque firmado por un doctor, el diagnóstico pocas veces es lineal o definitivo. Todo lo contrario: una lectura detallada de este material textual pone en evidencia que el diagnóstico, como el expediente mismo, es un constructo multi-vocal y, además, contradictorio. Para muestra basta un botón: he aquí una vez más el expediente de Matilda Burgos (no es su verdadero nombre), la enferma que hablaba mucho y que, por ello, se convirtió en el personaje central de un libro. En la boleta de admisión, la primera hoja del expediente de Matilda Burgos, se responde a la pregunta acerca de la causa de su admisión con las siguientes dos alternativas: Confusión mental amoralidad. Demencia precoz hebefrénica. La primera de estas anotaciones está conspicua y significativamente tachada. A manera de palimpsesto o de capa geológica, el expediente acoge ésta y otras revisiones pero sin borrar las notas precedentes y, de más importancia para el lector en modo etno-historiográfico, sin incorporar las nuevas versiones a las anteriores, es decir, sin normalizarlas. El texto, en este sentido, no sólo es una colección de marcas sino una colección de marcas o inscripciones en permanente y perpetua competencia. Una escritura histórica que se pensara ante todo como escritura tendría que proponerse como reto el encarnar en la página del libro este sentido de composición competitiva y tensa, esta estructura dialógica propia de e interna al documento mismo. El collage, así, no sería una medida de representación arbitraria o externa al documento, sino una estrategia que, en ciertos casos, en casos como el de Matilda Burgos, contribuiría a llevar al papel su historia y la manera en que esa historia fue compuesta a inicios de siglo XX dentro de las instalaciones del Manicomio General La Castañeda, que es donde ella estuvo. Así entonces, no basta con identificar “todas” las versiones posibles y rechazar sólo una, la versión final, sino que hay que mostrarlo. La función del collage es sostener tantas versiones como sea posible, colocándolas tan cerca una de la otra como para provocar el contraste, el asombro, el gozo—ese conocimiento producido por la epifanía no enunciada sino compuesta o fabricada por el mero tendido del texto, su arquitectura.
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Lo que esto significa en términos de la posición del autor dentro del texto, especialmente en una era en que se experimenta con la muerte del autor, es importante. El historiador en modo etnográfico que escribe de acuerdo a los principios del collage no puede preservar su posición hermenéutica como intérprete de documentos o como descifrador de signos. No se trata de un historiador que ande en busca de la verdad escondida de las cosas. Este otro historiador, y aquí utilizo un símil del mundo de la música contemporánea, cumplirá más bien las funciones de compositor o, aún mejor, de director de orquesta gestual muy a la Boulez. Lo cito: “El director debe tener en todo momento disponible en su cabeza, y de manera instantánea, el dibujo de la disposición, tanto más cuanto que los acontecimientos que se quieren suscitar no se producen de raíz de una secuencia fija, o porque dicha secuencia puede ser improvisada y puede cambiar en cualquier momento. Hay que “tocar” a los músicos, como si fueran las teclas de un piano” *. Hay que “tocar” a los documentos, parafraseo ahora, como si fueran las teclas de un piano. Y esto lo debe saber tanto el historiador como el escritor de novelas históricas.
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* Pierre Boulez, La escritura del gesto. Conversaciones con Cécil Grilly (Barcelona: Gedisa, 2003), 117.

lunes, noviembre 24, 2008

Oficio: Mini-Ministro

Diario Milenio-México (24/11/08)
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Se rifa estigma
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Casi todos podemos recordar la última vez que fuimos regañados en público. Una experiencia amarga durante la infancia o la adolescencia; peor todavía si ocurrió después. Puede uno soportar que le den trato de niño siempre que aún sea niño, de otramanera deberá cargar con el peso de una infumable humillación. Incluso para los testigos, a los que si algo queda de decencia les incomodará la situación, sentirán pena por el pobre infeliz que es sobajado en público y no le queda más que agachar la cabeza, o en su caso ubicarse a la altura de la ocasión poniendo una impecable cara de imbécil. No quiere ni pensarlo el regañado, pero ya debería ir calculando que cada uno de los presentes tendrá algo qué contar en los próximos días. Tendrías que haber visto la santa cagotiza que le pusieron anteayer a Zutano.
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No me he repuesto aún del Hugo Chávez Show, el documental de la PBS que circula actualmente en internet (www.pbs.org), centrado en esa suerte de pedestal-patíbulo mediático que es Aló Presidente, programa de concurso que por igual reparte premios y castigos, desde el cual prácticamente gobierna Venezuela. A la cabeza de una junta televisada con la totalidad de sus colaboradores, aparece el promotor del Socialismo del siglo XXI, subido en la tarima del maestro-prefecto-director. Cada vez que un problema entra en escena, se le ve regañar con saña a sus ministros, que acuden al programa como el niño a cada una de las clases en una escuela militarizada y por supuesto no pueden responder más que con absoluta sumisión. Helos ahí, vestiditos de rojo, como la abrumadora mayoría de sus seguidores. Tiemblan, titubean, tragan saliva si el Comandante se refiere a ellos, pues les pedirá cuentas delante de todos y es probable que responder con la pura verdad los hunda para siempre. La única salida ya no decorosa, sino de menos ávida de supervivencia —el Comandante es muy capaz de despedirlos ahí mismo, al aire— es echarse la culpa del desaguisado, esperando que el acto de contrición merezca cuando menos el aplauso oficial, que tiene la ventaja de ser unánime. Nadie como ellos conoce ese dato que hace de su trabajo un oficio de alto riesgo: en nueve años, Chávez hizo ciento treinta cambios a su gabinete.
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Juez, parte y contraparte
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Debe de ser calamidad inenarrable para algún funcionario serio y responsable, saber que cuando llegue la hora de explicar a su jefe la situación, tendrá que hacerlo en acuerdo perfecto con las expectativas del Guionista, Productor, Director y Animador en Jefe, pues de otro modo será reprendido durante largos minutos, o hasta varias decenas de ellos, si tiempo es lo que sobra en el único programa del mundo cuyo animador decide a su capricho cuánto durará la emisión. Cinco, seis, siete horas, la señal está allí, para servirle. Qué distinto es, en cambio, cuando el jefe los ratifica en sus carteras ante el país entero, bajo el aplauso dócil de los presentes. Algo muy similar a lo que sucedía en aquellas ceremonias escolares donde los aprobados recogían triufantes sus boletas de calificaciones. Lo espeluznante es que esto sea serio. Ver cómo sudan frío bajo el uniforme, delante de un país que con toda certeza se ríe de su jeta.
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¿Quién no recuerda a alguno de esos profesores acomplejados y abusivos que tanto se esparcían martirizando públicamente a sus alumnos? El que ponía apodos, favorecía a sus lambiscones y ridiculizaba a sus bestias negras. Imposible oponerse al único mayor de edad presente, cuya fama de drástico le concedía poderes extraordinarios. Más si se toma en cuenta que cualquier adulto habilitado como maestro, prefecto y director tiene un poder enorme sobre los niños. Y el colmo es que las cámaras de Aló Presidente nos muestran a ese adulto convertido asimismo en padre de todos. El que denuncia, juzga, castiga, perdona y premia, nunca se sabe en qué orden. Se sabe, eso sí —sobre todo si uno trabaja para él y por tanto busca su beneplácito con ansias similares a las que le mantienen aterrado y alerta contra su mal humor— que salirse del guión es falta imperdonable. Por la majadería y la dureza que a su entender han merecido las interpelaciones que sugerían un error en él, así fuera de mera apreciación, se infiere que la única regla inamovible es que el jefe no puede equivocarse. ¿O es que hay otra persona adulta presente?
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¿Qué vas a ser de grande?
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Debe de ser extraordinariamente difícil ser un buen tipo —digamos, alguien consecuente con los dictados básicos de su conciencia— en tan comprometidas circunstancias, y más de uno acaso lo habrá conseguido. No hay que ser, sin embargo, politólogo para entender que los más exitosos en ese triste club de agachones vestidos de rojo no son los funcionarios serios, discretos y profesionales, sino aquellos cuyas declaraciones estridentes los ponen al parejo con el jefe, y hasta adelante de él. Tal vez sea una magnífica persona, pero he aquí que el pobre infeliz se mira apavorado día y noche ante la posibilidad de malquistar al jefe y caer de su gracia. Pero todavía, en público. Delante de enemigos, amigos, familiares, colegas. ¿Quién, que sea aguerrido en el discurso, no estará dando lo mejor de sí mismo a la causa del show, que es la que los sostiene a todos donde están?No es México un país ajeno al papelón del aplauso automático, donde hay un líder de palabra incuestionable vitoreado por una horda de obedientes. Por muchas décadas fue todo así, pero ni aún los casos más ignominiosos se acercan al de los ministros de Chávez, reducidos por el jefe y sus cámaras y micrófonos a meros monigotes de los que todo el mundo puede hacer mofa, y en su caso apuntar hacia ellos con el dedo del público desprestigio. Si la gente ve cada semana al comandante cagoteando a sus pobres ministritos, ¿quién va a culparlo a él de lo que no funciona? ¿Quién, que haya sido humillado en el trabajo, o de plano se sienta humilado por él, no quisiera cagotear de esa forma al que según su cargo es un señorón, y en realidad es sólo un ministrito? A todo esto, algunos dan ternura. Todavía creen, los inocentes, que cuando sean grandes van a ser como el jefe.

Tres monedas para Fuentes

Diario Milenio-México (24/11/08)
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En el aire
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Como con Ana y Bruno en el Barrio Sur. (El nombre del restaurante, por cierto, es el único real en este párrafo, por razones que bien pronto resultarán comprensibles para el lector).
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Bruno: Anoche en lo de Fuentes estuvo preguntando por ti Enrique Márquez. ¿Por qué no llegaste? Me dijo que habías confirmado.
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Ahora, en cambio, los nombres son reales: Enrique Márquez es uno de los dos secretarios técnicos —junto a Jorge Volpi— del comité encargado de las actividades conmemorativas del 80 aniversario de un conocido escritor. Fuentes es Carlos y, por supuesto, es ese conocido escritor. Y “lo de Fuentes” es la imposición de una medalla que el miércoles pasado le hiciera el gobierno de la Ciudad de México.
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Yo: Pues sí, me apena. Una de esas aventuras terroríficas en el tránsito: no logré llegar a mi casa sino hasta a las 8 y media.
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Ana: ¿Y por qué no te fuiste directo a la cena?
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Yo: Porque andaba en jeans; ni modo de llegar así: ya ni Monsiváis va de jeans a esas cosas. Pero voy a lo de hoy en la noche. ¿Ustedes van?
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Nueva aclaración: “Lo de hoy en la noche” es el estreno mundial de Santa Anna, ópera de José María Vitier con libreto del propio Fuentes, basado, claro, en la figura del controversial caudillo.
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Bruno: A mí no me invitaron.
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Ana:¡Ay, qué raro! A mí sí pero no sé si ir... Ya ven que luego las cosas teatrales a Fuentes nomás no le salen bien. ¿Cómo se llamaba esta obra horrible sobre Dolores del Río y María Félix? ¿El jardín de las violetas susurrantes?
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Yo: Orquídeas a la luz de la luna.
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Ana: Eso. ¡Ahora imagínense sobre Santa Anna! Va a ser como monografía de la primaria. Mejor deberíamos ir a Saks.
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Bruno: ¿A Saks… Fifth Avenue?
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Ana: Sí: hoy hay 50 por ciento de descuento en toda la tienda. Y no me negarán que la calidad de Saks es más consistente que la de Fuentes.
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Recordamos Los años con Laura Díaz y reímos con justicia. También con crueldad.
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Cruz
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Cae la moneda y pierde Saks (una venta) y pierde Ana (un Armani de rebaja) pero gana Santa Anna (una espectadora, lo que no le cae nada mal, puesto que el teatro, aunque plagado de rostros reconocibles, no está lleno sino a las dos terceras partes).¿Y qué tal la tal Santa Anna? Más o menos… tirando a menos. Una ópera, sí, pero con mucho (y muy innecesario) de teatro de revista. Mucho chiste malo. Mucho son jarocho y mucho zapateado metidos con calzador. Mucha grosería evidente y populista. Y un personaje —una Muerte travesti pero cliché, vestida de calaca de Posada— que ni los buenos oficios de Hernán del Riego logran salvar de la gratuidad.
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Cierto: la puesta en escena de Lorena Maza es dinámica y elegante. Cierto: la escenografía de Mónica Raya es a un tiempo pertinente y espectacular. Cierto: Fernando de la Mora es un Santa Anna espléndido (he aquí un raro cantante de ópera que nunca se olvida de que, por definición, es también un actor). Y, aunque la música de Vitier habría de resultar demasiado moderna y pretenciosa para la mayoría, en lo que a mí respecta, su osadía, su eclecticismo y su humor me sedujeron. El problema entonces tendrá por fuerza que ser —¡ay!— el texto.
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A la salida me topo con Ana. Anticipaba ya su frase: “¿Viste? Mejor hubiéramos ido a Saks”.
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Cara
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La moneda vuelve a caer, ahora del lado de Fuentes. Sí, Santa Anna es una mala ópera. Sí, Los años con Laura Díaz es una mala novela y Todas las familias felices también. (Sobre la recentísima La voluntad y la fortuna no puedo pronunciarme todavía, puesto que no la he leído.) Y, sí, supongo que La región más transparente no ha envejecido demasiado bien. (Eso me dice Bruno en nuestra comida. En cuanto a mí, no la he leído más que una vez, a los 15 años, cuando me pareció portentosa; concedo, sin embargo, que en esa época también me daba por pensar que las canciones de Mecano eran pequeñas maravillas.) Pero están Aura y La muerte de Artemio Cruz y Gringo viejo, las tres perturbadoras y conmovedoras y notables, lo que bien podría validar la vecindad mítica de Fuentes con Rulfo y Arreola, escritores ambos de una sola novela que, por tanto, solo una pudieron aportar a nuestro canon. Y más allá —eso también me lo dice Bruno— está Fuentes mismo, que ha sabido pensar México en el tránsito de la revolución a la democracia y de la modernidad a la posmodernidad, que antes que un escritor se antoja un intelectual y uno inteligente. Será por tanto la suya una voz no sólo atendible pero indispensable.(Lo que por otra parte no me lleva a disculparle su Santa Anna).

El cajón del desastre-Fritz Glockner (Diario Cambio de Puebla-24/11/08)

LA SOMBRA
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En el cajón se esconden los recuerdos, las mentiras, alguna que otra lagrima extraviada, un inservible clip, las monedas de poco valor que estorban en la bolsa del pantalón, un recado ya sin urgencia, el souvenir del viaje que termina incomodando y no se sabe en realidad los motivos por los cuales se adquirió, incluso ahí puede que también habiten las telarañas del pensamiento, de la existencia y de la vida misma.
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No existe cajón ordenado, en ellos simplemente se vierten cosas, objetos, ideas, situaciones, nostalgias, tan es así, que cuando se acude por algo que se sabe se encuentra ahí almacenado, se tiene que revolver todo, y luego el desconcierto nos atrapa para preguntarnos a nosotros mismos ¿Qué hace esto aquí?
Al momento en el cual asoma algo que nuestra memoria no ubica los motivos de como aterrizó aquello a ese espacio.
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Por estas y muchas razones más, es por lo que se ha elegido titular a esta columna semanal “El Cajón del Desastre”, ya que no sólo se trata de desempolvar todas aquellas sustancias por ahí dispersas en los cajones sociales, culturales, mentales, sino porque además, es evidente el desastre que hoy día se aprecia en el ambiente de Puebla, México y del mundo en general.
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Tan existe angustia y preocupación para que no “cunda el pánico” como diría aquel personaje de antenas ridículas y traje rojo de la televisión mexicana, entre la percepción de la sociedad, que se pretende inyectar un somnífero mediático con mensajes del tipo: “tu siempre has luchado”, “no existe crisis que nos pueda vencer”, “hoy somos más fuertes” y demás frases impregnadas del peor sentido de libro de superación personal.
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Se había dicho que el catarro económico de los gringos no nos provocaría estornudo alguno, y MADRES, la friolera ha provocado una temblorina absoluta, se insiste en demostrar que el accidente aéreo en el cual perdiera la vida el Secretario de Gobernación se debió a falta de pericia, falla humana, turbulencia o cualquier otra circunstancia que evite la especulación sobre un atentado, y claro, ¿cómo se podría reconocer que la vulnerabilidad llega hasta el segundo hombre en la jerarquía política?
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Me apetece soltar la hipótesis, que para mí es convicción, que sin duda estamos peor que en el siglo XIX, ya que en estos inicios del XXI la brújula política parece sostener un imán debajo, no hay orientación, hoy podemos ver el revestimiento del político, ayer panista, hoy priísta, del perredista disfrazado de panista y diversos ejemplos más, los antiguos antagonistas, hoy son aliados, la fecha de caducidad de las ideologías pareciera ser una constante del actuar humano; sumado a una crisis económica cuyos efectos van a llegar peor que tsunami, así como a un acostumbramiento del número de bajas por día. ¿Cuántos decapitados hubo el fin de semana? Pareciera que es la pregunta que nos hacemos en el presente, y no ya, el marcador del fútbol, o la tensión dramática de dónde se quedo la telenovela de moda.
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De ahí que la sombra esté recorriendo las consciencias, ya no se trata de aquella sombra de Marx que recorría Europa, habilitado en fantasma, ahora es un espectro negro que batalla por inhibir cualquier intento de colorido, por lo que habrá que consumir más de una pastilla que permita descifrar los tiempos, los espacios, la coyuntura, para insistir que la realidad no supere a la ficción, como de pronto estamos acostumbrados a suponer en nuestro país.
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Quedemos pues para el siguiente desastre, o en su defecto, para localizar colectivamente algo del cajón.

domingo, noviembre 23, 2008

Homenajearon Montemayor, Velasco y Volpi a Carlos Fuentes-(Diario Milenio/Cultura-22/11/08)

El arte de novelar, título de la mesa en la UAM; participó Poniatowska
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La mesa contó con figuras representativas del género, como Elena Poniatowska, Wendy Guerra, José Ramón Ruisánchez, Xavier Velasco, Vicente Herrasti, Adrián Curiel Rivera y Jorge Volpi.
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El narrador, poeta, ensayista y traductor Carlos Montemayor afirmó hoy que dos ejemplos claros de lo que es la novela son La Biblia (prosa) y La Odisea (verso), al presidir la mesa El arte de novelar III, organizada como parte del Homenaje Nacional que se rinde a Carlos Fuentes por sus 80 años, en la Universidad Autónoma Metropolitana.
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El Miembro de Número de la Academia Mexicana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española señaló que el arte de la novela sigue convocando a grandes escritores, aunque desde hace mucho tiempo se ha augurado su muerte, sobre todo en el siglo XX. Subrayó que la novela es un género que ha sobrevivido al paso de los siglos.
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La mesa contó con figuras representativas del género, como Elena Poniatowska, Wendy Guerra, José Ramón Ruisánchez, Xavier Velasco, Vicente Herrasti, Adrián Curiel Rivera y Jorge Volpi.
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Ante un escaso público, el acto se inició con la participación de Herrasti, quien refirió que su historia como novelista arrancó cuando, durante el tercer año de primaria, su maestra le encargó que escribiera una historia, una novela. “Tomé un libro clásico de mi casa. Tomé los párrafos que me interesaron y eliminé los que mi impaciencia de niño me señaló, por inútiles. Al otro día lo presenté a la profesora, lo leyó y me lo devolvió. Luego, me pasó al frente y me pidió que lo leyera para toda la clase y eso hice”, dijo Herrasti.
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El resultado fue que la maestra lo reprendió al decirle que no podía ser cierto, “seguramente te lo escribió tu papá; así pasa siempre, los padres maleducan a sus hijos al hacerles la tarea”. Eso, confesó, no supo si lo hizo feliz o infeliz, pero así sucedió.
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Indicó que 10 años después volvió a intentar hacer una historia, ahora sin plagiar, y fue cuando nació un maridaje que hasta la fecha existe. En tanto, Velasco y Curiel coincidieron en que sus inicios en el arte de novelar giraron en torno al antiacademicismo y en ocasiones la escritura fue un escape de la realidad.
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Volpi leyó un texto de familia y Guerra, quien viajó de Cuba para tomar parte en el homenaje, preparó un texto que tituló El síndrome de Scarlett O´Hara.

jueves, noviembre 20, 2008

Latinoamérica, gesta de literatos: Padilla-(Intolerancia diario/Cultura-Notimex-20/11/08)


Tras asegurar que “Latinoamérica es una novela con novelistas”, el mexicano Ignacio Padilla, premio Juan Rulfo de Literatura y profesor en la Universidad de Edimburgo, advirtió que en esa zona del mundo se gesta una importante generación de literatos.
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Al tomar parte en la mesa uno del ciclo “El arte de novelar”, que se inscribe en el homenaje que se rinde a Carlos Fuentes por sus 80 años de vida, Padilla recordó que en una vez el peruano Luis Alberto Sánchez sentenció que “Latinoamérica es una novela sin novelistas”, a lo que Fuentes contestó que “sí los tiene”. Comentó que han pasado muchos años y a la fecha sigue convencido de que “Latinoamérica sigue siendo una novela con novelistas, con muchos y extraordinarios autores. La obra de Fuentes es clásica, junto con otras de autores de esta región, para la generación mía, nacida en el año de 1960”.
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Crisis
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En el aula magna del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), dijo que él nació con la palabra crisis como primer vocablo aprendido. “En estos meses de crisis y recesión mundial, esa condición parece que se reafirma y afianza”. En medio de esa vorágine, y ante la fatalidad del panorama económico, “asistimos ahora a un arte de hacer novelas, a pesar de que antes algunos escritores se llegaron a convencer de que no eran novelas lo que se debía de hacer. Los necios dijeron también que el fin de la novela había llegado”. Padilla, quien compartió la mesa con los mexicanos Cristina Rivera, Hernán Lara Zavala y Luis Felipe Lomelí, así como con el canadiense David Homel, todos ellos presididos por el nicaragüense Sergio Ramírez, aseveró que “hoy descubro un afán por declarar que la novela está viva”. De esa forma, explicó que fuera de esas monstruosidades descubre un deseo novelístico en él y en sus contemporáneos, “y percibo una natural necesidad de dar vuelta al equilibrio de la novela, porque en México y en Latinoamérica, en la novela en español en general, sí hay novelistas”.
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Convicción de novela
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Señaló que “hemos realizado el exorcismo para volver a la convicción de que la novela tiene una poderosa raíz entre la fuerza y la razón de los escritores, por eso, es falso que alguna vez Latinoamérica haya sido una novela sin novelistas, como lo señalara, hace años ya, el crítico Sánchez”.
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Aseguró que “en este momento se escriben más novelas que nunca. Entre otras cosas, para celebrar que Latinoamérica es una novela con muchos novelistas, como lo dijo uno de los máximos exponentes de ese género en lengua española de éste y el siglo pasado, Carlos Fuentes”.
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Parábolas
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En tanto, el escritor y editor Hernán Lara Zavala, autor de cuentos, crónicas y novelas, ofreció una retrospectiva sobre los artilugios literarios a los que ha tenido que recurrir a lo largo de su carrera para hacer novela. “Recurro a parábolas, parodias, hipérboles y prosopopeyas”.
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Cristina Rivera, escritora y profesora en una universidad de California, Estados Unidos, dijo que las palabras fundamentales para que pueda iniciar, desarrollar y concluir con éxito una novela son “orilla”, “respiración”, “política” y “no”. Luego, Luis Felipe Lomelí, premio nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), dedicó su texto “El arte de enamorar” a Julio Cortázar, en el que pone de manifiesto que esta sensación tienen una gran similitud con escribir novelas: en ambas cabe o no el amor.
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Finalmente, David Homel, autor de cuatro novelas para adultos y dos para niños, habló de la muerte de su padre, a los 85 años, en 2000, y “como me quedaron muchas preguntas por hacerle, lo reviví en una novela, y como yo soy el jefe de ella lo hice hablar a mi entero gusto y satisfacción”.
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Nacer en carestía
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Dijo que él nació con la palabra crisis como primer vocablo aprendido. En estos meses de crisis y recesión mundial, esa condición parece que se reafirma y afianza, señaló.

martes, noviembre 18, 2008

Un martes como hoy...

Los días en Puebla suelen ser inexpresivos, rutinarios y sin sorpresas extraordinarias. A Puebla hace mucho que le falta vida.
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Caminar todos los días por el centro de la ciudad se hace vuelto para mí algo necesario por casi ya 8 años. A veces uno se encuentra los familiares, conocidos. Comúnmente cuando recorro las calles céntricas de la ciudad angelopolitana lo hago en compañía de algún o amigo, pero últimamente y para mi fortuna, lo he hecho siempre al lado de mi novia Carmen. Pero hoy ambos llegamos tarde a nuestra cotidiana vida en el centro, la clase que nos obligaba llevar temprano está en stand by por una semana. En el trayecto que tengo que recorrer de la 2 ote y boulevard 5 de mayo a mi facultad, decidí caminarlo con calma, disfrutarlo. En dicho trance me encontré con Sampedro quien me pidió lo acompañara dejar un paquete a correos de México de la 2 ote, luego nos encaminamos para la facultad, pero yo lo deje a la altura del carolino y la entrada del hotel Colonial, para pasar a comprar mi periódico, acto seguido camine por la 3 ote rumbo a la facultad, cuando escuchó una voz que grita: ¡Alfredo, Alfredo!, volteo y era ni más ni menos que Gerardo Pablo, amigo de años y trovador de alto nivel que hace ya muchos años dejo Puebla para ir a radicar a Tijuana, donde ha podido encontrar lo que necesitaba para terminar de consolidarse.
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No pude evitar sonreír. El reencuentro con alguien que uno admira y hace años he dejado de verlo, siempre será motivo de alegría. Pero cuando es alguien que destaca y emigra, aunado a la lejanía y el escaso contacto, se puede apostar ciegamente por el olvido. Pero no, Gerardo aún se acordaba de mí.
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Momentos como esos provocan la alegría de saber que uno ha podido sembrar un amigo sincero que siempre estará presente, a pesar de la distancia.
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Volver a saber de él, hizo de este martes inolvidable.
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Pd. Para más detalles acerca del mismo tema, pero con otra variante visite el blog de mi adorada novia que es Carmen: http://otroblogdekrmnlilith.blogspot.com

La confesión más transparente/80 años de Carlos Fuentes-(Diario "El Columnista" de Puebla-18/11/08)

A un lado del monitor de la computadora en la cual me siento cada noche a navegar por el mundo, usando un teclado y un mouse como guías turísticos, tengo una edición especial de “La región más transparente” de Carlos Fuentes. Dicha novela viene con comentarios de Julio Cortazar, José Lezama Lima, Fernando Benítez, Salvador Elizondo, José Alvarado, Luis Cardoza y Aragón, Salvador Novo y Miguel Ángel Asturias. Fue hecha, supongo, hace diez años, pues en su contraportada afirma ser una edición conmemorativa a los cuarenta años de su edición, y este año cumple el medio siglo de haber sido publicada por vez primera. Entonces me pregunto: ¿Y la parafernalia escandalosa para celebrarla?, ¿acaso es menos importante que “Cien años de soledad”?, ¿no se supone que Fuentes es nuestro gran escritor y “La región más transparente” su gran novela, que peca de ser fundadora de la nueva novela contemporánea mexicana y sepultadora de la novela revolucionaria?
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Como sea. Es sólo una opinión pues a nuestro Nobel sin Nobel le tengo guardada una considerada distancia; el Boom en general me causa un cierto aburrimiento, su discurso se me hace tan repetitivo, en fin. A Fuentes lo leí por vez primera en la secundaria: fue “Aura”. La novela o noveleta, debo decir, me gustó en demasía, pero jamás volví a toparme con un libro de Fuentes, lo respetaba y lo veía cada vez que salía en la televisión porque sabía que era y es ¡el gran escritor de México! –claro, después de Paz, todo es después de él-, pero lo veté cuando supe que vino a Puebla a recibir el “Honoris causa” de parte de la BUAP y leí en alguna nota periodística que por razones “ajenas a él” dejó esperando en la puerta principal del Carolino a un adolescente con casi toda su obra completa en espera para ser firmada por su creador. ¡Y él se había salido por la puerta trasera y no fue capaz de regresar! Llámelo sangronada o fruslería, querido lector, pero fue razón suficiente para que lo vetara.
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Luego, como con Paz, Pedro Ángel Palou me insistió en que debía leer a Fuentes por encima de mi veto: estaba perdiéndome una indispensable lectura. Haciendo caso a la invitación, cuando tuve la primera oportunidad de enfrentarme a otra obra cuentista, lo hice, y le tocó el turno a “La muerte de Artemio Cruz”. La leí con mucha atención, esmero y dedicación. La aplicación de técnica se me hizo muy buena, pero hasta ahí. Aunque hay escenas sumamente bien logradas, otras aburren. Recién leí “La Región”, y puedo afirmar con toda certeza, y a modo personal –una opinión siempre será así-, que efectivamente es una novela muy bien lograda, que prefiero al Fuentes de ésta novela que al Fuentes después de “Aura”, que me encantó mucho esta obra por la forma en que aplicó la técnica de Faulkner a lo mexicano, a lo Fuentes. Y ya.Ahora se celebran ochenta años de su nacimiento, las pasiones no tardarán en desbordarse, por lo tanto propongo que a Fuentes, de no recibir el Nobel en la edición que sigue, se le nombre presidente sentimental de México.

La construcción del suspenso

Diario Milenio-México (18/11/07)
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Me aficioné a leer al autor sueco Henning Mankell debido a los achaques y la soledad que caracterizan a Kurt Wallander, ese detective ya no tan joven que acierta tantas veces como falla a lo largo de los casos que le toca resolver. Cuando empecé a leer Pisando los talones, la novela en que un apesadumbrado Wallander trata de dar con un asesino a quien le molesta sobremanera la felicidad de la gente, me llamó la atención sobre todo el cuidado de la prosa. Estaba ante una intriga interesante, eso era cierto, pero sobre todo estaba incursionando en un mundo de oraciones cadenciosas cuya construcción enunciaba, página a página, el suspenso de la trama. Y de ahí pal real, como se dice. Poco a poco, conforme iba devorando los libros de la serie Wallander, el paisaje de Escania me fue resultando familiar: la cadencia de sus inviernos, la naturaleza de sus vientos racheados, el estado de sus carreteras, la belleza de sus costas. También poco a poco me fui sintiendo cerca de esa entidad conocida como “la inescrutable alma sueca” que, para mí, ha llevado desde siempre el sello de Hamsun, de Ibsen y de Bergman. Leí con mayor o menor gusto, pues, todos esos libros de Mankell sin considerar ni siquiera la posibilidad de que llegara a su fin, asumiendo de hecho que la serie Wallander sería infinita. Pero lo inimaginable pasó: la serie llegó a su fin. Y, traicionada, sufriendo las consecuencias de un abandono inconcebible, dejé de leer a Mankell. Pensé que si para él era tan sencillo deshacerse de Wallander, para mí tendría que ser igual de sencillo deshacerme de él y, sin más, di por terminada esa extraña relación amorosa que se fragua, al calor de páginas y personajes y escenas, con ciertos autores.
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No fue sino hasta hace poco que, beneficiándome de una donación de libros, volví a leer dos de sus novelas: Zapatos Italianos (traducida al español en 2006) y Profundidades (con traducción de 2007). Si no me los hubieran obsequiado, ahora lo sé bien, me habría perdido de dos experiencias importantes. Bastó recorrer la primera página de Zapatos italianos para constatar que me encontraba, una vez más, ante una escritura depurada hasta su punto máximo: ningún rodeo, ninguna innecesaria deriva, ninguna salida en falso. “Siempre me siento más solo cuando hace frío”, dice la primera frase y, antes de dar por terminado el segundo párrafo, esto: “La vida es una frágil rama que se mece sobre un abismo”. Bastó también leer las páginas de Hielo, la primera sección el libro, para comprobar que las profundidades del corazón humano no le son desconocidas a un Mankell de 60 años, cada vez más consciente del deterioro del cuerpo y de los extremos accidentados de la vida: el dolor, el perdón, el amor.
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La imagen es escalofriante: cada mañana un hombre de avanzada edad cava un agujero en el hielo para zambullirse en el agua helada con tal de sentirse vivo. El hombre, que alguna vez fue médico, es el único habitante de una isla a donde sólo llega, y eso de cuando en cuando, el servicio de correos. El hombre ha vivido así por los últimos 12 años de su vida, todo esto después de “la catástrofe”. Hasta esa isla desierta llega una anciana que avanza sobre el hielo con ayuda de un andador. Se trata de una mujer enferma de cáncer que, hace 37 años, él abandonó. Ahora, a punto de morir, la mujer ha regresado para pedirle que cumpla una promesa que él le hizo. “—¿Quieres saber por qué deseo ver esa laguna? De repente su voz adoptó otro timbre. Sí —confesé— quisiera saberlo. —Porque es la promesa más hermosa que me hayan hecho en la vida. —¿La más hermosa? —La única verdaderamente hermosa”.
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Cumplir una promesa tiene consecuencias. La anécdota, llena de recovecos por los que se deslizan personajes heridos y entrañables, personajes cada vez más alejados de los mundos de todos y más presas de sus propios mundos incomunicables, lleva al lector por los gélidos bosques que Mankell imagina como habitados por aquellos que hablan su propia lengua: “Yo creo que en estos parajes cada uno tiene su propio dialecto. Se entienden entre sí pero cada uno habla a su manera. Así es más seguro. En las regiones más remotas puede llegar a parecer que cada personaje constituye una raza aparte”. La evocación de las islas nórdicas y la descripción puntual de fenómenos climatológicos como la temperatura o los vientos hacen dolorosamente vívidas las costas agrestes de esos lugares apartados donde perviven personajes con poca capacidad para comunicarse pero con gran capacidad para resistir.
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Zapatos italianos no es una novela de detectives, pero en su centro palpita, como en toda novela que se digne de serlo, un enigma que no sólo es anecdótico sino que va construido de párrafo en párrafo del libro entero. El suspenso es, después de todo, una manera de narrar: una manera de frenar la acción para dejarla fluir luego, en otro sentido. Cuando, por ejemplo, el ex-médico husmea en la bolsa de mano de la vieja que ha llegado sin invitación ni mucha explicación de por medio a su isla, el narrador registra que encuentra algo pero, con sabiduría, con infinita paciencia y más malicia, deja pasar una o dos oraciones más antes de descubrirle al lector su contenido. “Estaba a punto de volverla a guardar en el bolso [una agenda] cuando vi que había un papel entre las páginas. Lo abrí y leí lo que ponía”. Hasta ese momento, el lector imagina que la información contenida en ese papel será importante, sin embargo, en lugar de darla a conocer, el narrador continúa con un punto y aparte. “Después, me fui al vestíbulo. El perro estaba sentado a mi lado”. El lector podría imaginar entonces que la información en el papel o no es importante o es tan importante que llegará sólo después. Lo segundo es lo que impera: “Seguía sin saber por qué había venido Harriet a mi isla. Pero lo que había encontrado en el bolso era un documento en el que se le comunicaba que estaba gravemente enferma y que le quedaba poco tiempo de vida”. Entonces y hasta entonces, Mankell da por concluido ese subcapítulo, iniciando el siguiente con una descripción del viento.

El cajón del desastre-Fritz Glockner (Diario Cambio de Puebla-18/11/08)

Otro nuevo invitado a mi blog, hoy empieza a aparecer su columna en Cambio y también decido subirlo a mi blog.
Escritor polémico, otro poblano que sí destaca fuera de la ciudad.
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El jefe Paco
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El celular no dejo de berrear, era Guadalupe, quien con voz autoritaria por la noticia que recién había recibido soltó: “Nos tenemos que ir a México”. El sentido de su voz daba a entender que evidentemente algo había sucedido, mi sorpresa únicamente atinó a preguntar: “Qué pasa”, y claro, la respuesta trágica: “Murió Paco Uno”.
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Don Paco, el Jefe Paco, el gran conversador, el hombre todo generosidad, aquel patriarca de una zaga familiar llena de historia, para quienes la tragedia nunca ha impuesto sus reglas, casa en la cual la puerta ha estado permanentemente abierta para recibir al perseguido, al amigo, al golpeado, al exiliado, al extraño con una historia de viejos fantasmas colgados de cualquier saco.
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Paco Ignacio Taibo I, es más que un personaje de las letras mexicanas y del periodismo cultural de México y España, es el ejemplo de lucha, con la capacidad de nunca haber apostado en balde los sueños, las utopías, la consciencia, el deber ser; perteneciente a una generación tardía del exilio español, supo contribuir al reforzamiento del ser mexicano, transito por diversos medios de comunicación masiva, fue jefe de información de la actual Televisa, y su salida de aquella empresa ha recorrido legendariamente la anécdota, ya que es el único que se atrevió a insultar en su propia cara al implacable Emilio Azcarraga (el Tigre), posteriormente llegó a ser Director de Imevisión, y su renuncia enfureció a la entonces hermana del Presidente José López Portillo, pero a pesar de eso no se amedrento, y mantuvo su postura, a pesar del linchamiento del cual pudo haber sido objeto.
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A partir de 1985 fundó la sección cultural del periódico El Universal, dando cabida a jóvenes escritores y periodistas, donde se desplegó una gran labor literaria, de crónicas, entrevistas y reportajes del más alto sentido profesional, espacio desde el cual llenó varios hoyos negros con su columna “Esquina Bajan” y sobre todo su famosa caricatura “El Gato Culto” el cual mantuvo siempre la frase punzante, correcta, única, para desacralizar todas aquellas falsas ideas de la cultura con mayúsculas, así como las reflexiones existenciales más irreverentes o la construcción de nuevos pensamientos, la lectura de dicho Gato, se hizo imprescindible en más de un lector de aquel diario.
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La urgencia de Guadalupe no podría contar con mayor espasmo de la propia realidad, aún y cuando teníamos conocimiento de su ya precario estado de salud, aquella noticia no se desea recibir nunca, y es que su monstruo favorito dejaría de estar presente para señalar, contribuir, opinar, apoyar, alentar…
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Con ese Jefe tuve la oportunidad de compartir varios viajes, anécdotas, carcajadas y copas, es de esas ofertas que la vida ha entregado y que sin duda uno aprecia por el valor que todo esto conlleva.
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Aquel jueves 13 de noviembre en la calle de Culiacán de la colonia Condesa en el Distrito Federal, la cita no se hizo esperar, llegaron lo que teníamos que estar, con la sensación de ser uno más de los huérfanos, además de Paco II, Benito y Carlos… al anochecer, la invitación para dejar fuera a la multitud y que los Taibo asumieran esta nueva realidad, provocó la despedida con los acordes de una gaita entonando la clásica “Asturias patria querida” que tanto le emocionaba, ante el debate sobre lo que se hará con las cenizas de este Jefe, los hermanos Taibo dudaron de hacer o no pública la disposición de Paco, hasta que Maricarmen, la compañera más que oportuna de toda la vida, explico que una parte será llevada a Gijón, su ciudad natal, otra a Nueva York, una más a París, sus dos ciudades predilectas, a las cuales hasta en el último suspiro regreso una y otra vez, y una cuarta porción en la ciudad de México… ¿en un gallinero? Es una de las versiones que ya corren, luego de dar dicha explicación, con su siempre dispuesto sentido del humor, Maricarmen terminó externando, no saber si alcanzaría o no tanta ceniza para cada espacio en los cuales eligió el Jefe como obvio descanso… Convocando a la evidente carcajada de los ahí reunidos para atestiguar que Paco Ignacio Taibo I sigue presente, vivo, único, como un fantasma que recorre consciencias y ánimos.
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Por último, cabe destacar que dentro de su obra literaria dos son los libros que a mi parecer son imprescindibles, uno, “Fuga Hierro y Fuego” recientemente reeditado por Ediciones B, donde no existe mejor descripción de lo que es Puebla y sus habitantes, novela que le ha otorgado a ese genial hombre la ciudadanía única. La otra novela, “Para parar las aguas del olvido” donde la imaginación de cinco niños y sus andanzas, provocan un bálsamo contra las tragedias que evidentemente originó la guerra civil en España.
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Sirva esta primera columna de Cajón del Desastre en el diario Cambio, como el reconocimiento de que hay hombres a los cuales se les debe decir JEFE, no por un puesto, no por la jerarquía, no por la capacidad de despilfarro, así como tampoco por la simulación, sino simplemente, porque el ejemplo de vida dice mucho más que todas las palabras y todas las imágenes, desde siempre QUE VIVA PACO.

lunes, noviembre 17, 2008

Destacan labor estética del crack-Federico Vite-(Intolerancia/Cultura-17/11/08)

El narrador Mauricio Carrera ofreció ayer a mediodía una conferencia acerca de lo que él denomina la “generación del umbral” en la Casa del Escritor, y aseveró que esta idea reúne a los escritores nacidos de 1955 a 1969.
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Destacó las vertientes histórico-sociales que originan a este grupo, el cual es amplio en cuanto a proposición estética se refiere.
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Habló, por ejemplo, de lo que considera autores representativos de la “generación del umbral”, como Cristina Rivera Garza, Mario González Suárez, Enrique Serna, Guillermo Fadanelli, Ana García Bergua, Ana Clavel, Eduardo Antonio Parra, Jorge Volpi, Ignacio Padilla, David Toscana y Pablo Soler Frost.
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Efectivamente, Carrera hizo referencia a la ruptura planteada, en primera instancia, por los escritores del norte del país Eduardo Antonio Parra, David Toscana, ambos de Monterrey, y Humberto Crosthwaite, tijuanense.
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Señaló la vitalidad de estos autores, la forma en que han puesto de manifiesto un territorio poco explorado por la literatura mexicana: el desierto y la violencia.
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Carrera, desde el 2005 ha tratado este tema, incluso ofreció un curso para quienes se interesaran en entender hacia dónde va la literatura mexicana. De este curso se desprende la conferencia en la cual destacó el trabajo del narrador Enrique Serna; la ambición estética de los chicos del crack (Jorge Volpi, Ignacio Padilla y Eloy Urroz), la creación de atmósferas y universos personales de Mario Bellatin. Enfatizó la obra de Guillermo Fadanelli, a quien considera el canon de la literatura basura en México.
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Hizo un apartado en cuanto a la obra de mujeres; las definió con una novela de Cristina Rivera Garza: Nadie me verá llorar. Rescata la labor, en cuanto a mujeres se refiere, de Ana García Bergua, Rosa Beltrán, Ana Clavel y la propia Cristina Rivera Garza.
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Mencionó que el crack fue un grupo que internacionalizó la narrativa en México, pues tras los premios que Jorge Volpi e Ignacio Padilla recibieron en Europa, se vio de otra manera la labor de los escritores de este país.
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¿Quién es Mauricio Carrera?
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Nació en la ciudad de México en 1959. Narrador, ensayista y periodista. Estudió Periodismo y Comunicación Colectiva en la UNAM y la maestría en Literatura Española en la Universidad de Washington. Ha ganado diversos certámenes literarios, pero este año obtuvo el premio nacional de cuento Rafael Ramírez Heredia 2008.

Sin cuanto de solaz

Nueva columna, nueva. Gran personaje y culto es Nicolás Alvarado.
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Diario Milenio-México (17/11/08)
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Hay en el James Bond de Sean Connery un coctel agitado pero jamás revuelto de los mejores ingredientes de la masculinidad cinematográfica. Rudo como Bogart, apuesto como Flynn, elegante como Astaire, ingenioso como Grant, atlético como Gable, el 007 de Connery logró encarnarlo todo para todos (y, sobre todo, para todas), hacer de Bond el héroe más longevo y más popular del siglo XX.
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Sin embargo, ni los diamantes son eternos —sorry, Miss Shirley Bassey— y, al tiempo, Connery terminó por decir nunca jamás. A su zaga (y, por cierto, a su saga) habrían de llegar George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton y Pierce Brosnan, todos James Bonds divisivos, aclamados por una parte del público y repudiados por otra, perdedores a la hora de la comparación con el original.
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Las cosas cambiaron con la llegada de Daniel Craig, cuestionado al momento de su selección como Bond —se le reprochaba, sobre todo y con frivolidad, ser el primer 007 rubio— pero entronizado universalmente, a partir del estreno de Casino Royale (2006), como el mejor 007 desde Connery, acaso el mejor de la historia.
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Su éxito, sin embargo, no ha de ser universal. Y es que una voz se permite disentir. La mía.
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El viernes pasado se estrenó aquí Quantum of Solace, la más reciente entrega de la serie y la segunda en la filmografía de Craig. Me gustó. Pero también será menester decir que me parece la peor cinta 007 jamás filmada. No que sea una mala película… lo que no hace de ella una película de James Bond.
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Craig me resulta el peor Bond posible pero no por razones capilares y ni siquiera actorales. (De hecho, es un espléndido actor.) Su problema es de clase: con su rostro de boxeador, sus músculos hipertrofiados y sus maneras bruscas resulta inverosímil al encarnar a quien, a fin de cuentas, no es sino un producto de la clase alta británica. El asunto no es menor: bien apunta el académico James Chapman que el quid de James Bond, tanto en la literatura como en el cine, es una irresistible mezcla de “esnobismo con violencia”. Y, en efecto, en Quantum of Solace Craig dispone del guardarropa de Tom Ford y los escenarios apropiadamente glamorosos para validarlo; lo que desentona, entonces, es él o, peor, su cuerpo de gimnasio, cuyos músculos parecen siempre a punto de desgarrar los lujosos trajes y cuyas manazas harían pensar en las de alguien que no sabe muy bien cómo usar los cubiertos. Un tanto, pues, para la violencia y ninguno para el esnobismo, lo que resta singularidad a Bond y lo hace intercambiable con cualquier otro héroe de acción.
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El problema mayor, sin embargo, no es culpa de Craig sino del guión, que priva a esta cinta por completo de elementos bondianos. No sólo no recurre Bond a sus frases habituales —“The name is Bond. James Bond.”; “Vodka martín, shaken, not stirred.”— sino que no hay villano grotesco ni chica mala en quien Bond opere un “reposicionamiento ideológico” —el término es del académico Tony Bennett— ni verdadera amenaza a Inglaterra o a Occidente. Por no haber, no hay humor en un Bond neurótico y vulnerable, que ahoga sus penas en Vesper Martinis que ni siquiera sabe identificar. Así, no sólo el héroe pierde sus atributos diferenciadores sino que la película misma se vacía de ellos para mutar en remedo de la serie construida alrededor del espía protoexistencialista Jason Bourne, ése que tanto mellara la popularidad de Bond en tiempos de Brosnan y que tanto influyera el casting de Craig y la reconcepción de la serie a partir de su ingreso.
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La estrategia de Quantum no es nueva: ya en 1989 —tiempo, como éste, de cambio de paradigmas—, Bond asumía el rostro de un Timothy Dalton oscuro, astringente y neurotizado, en una película —Licencia para matar— que, como ésta, lo mostraba obrar por venganza personal y en desafío a los dictados del MI6. El experimento fue un fracaso (constituyó, de hecho, la última cinta 007 de Dalton), lo que dice tanto sobre aquellos tiempos como el éxito de Quantum revela sobre éstos. El mundo post 11-S, post Irak y post crisis económica mundial en que vivimos no está para bromas ni para caricaturas, no puede darse el lujo de los lujos ni confiar en las certezas a fin de cuentas optimistas de la modernidad, ésas que constituyen el espíritu mismo de Bond. Así, en el cuerpo incongruente de Craig, Bond ha muerto o, cuando menos, degenerado. Bien lo dice la M de Judi Dench al inicio de la cinta: en estos posmodernos tiempos ya no está uno seguro de conocer a nadie.

Pretenciosos y errantes

Diario Milenio-México (17/11/08)
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1Para parirse en París
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Recuerdo que una vez, en años universitarios, cierta maestra hablaba con estirado encomio de un profesor allí presente, quien recién había vuelto de tierras francesas con la misión cumplida de escribir tres novelas tres. Más de uno entre nosotros opinó, en voz bien baja, que así habrían quedado las tales novelas, mientras el aludido miraba a la ventana, con lo que semejaba, a ojos extraños, una altivez ridícula; misma que nos daría mayor pie aún para pitorrearnos, no sin algún resabio de envidia estudiantil porque al fin a ninguno de nosotros le habría molestado seguir aquel ejemplo y largarse a algún sitio similar sólo para cumplirse una tercia de caprichos. Lo cierto, sin embargo, es que mirar la propia vida desde lejos equivale un poquito a reinventarla. Ser otro y aun el mismo, contemplarse de cerca porque se está bien lejos del origen, pensarse y si es posible ridiculizarse, de modo que al volver ya no sea uno el que era, o quizá lo parezca poco ante el espejo.
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He venido a París por unos días, no por supuesto para hacer una novela, pero sí para pergeñar una pequeña historia. Ver la ciudad por tantos vista, soñada y dibujada con los ojos de un extranjero voraz, perderse en ella abordo de una moto rentada y tratar de mirarla desde adentro. Una quimera, claro, pero asimismo una suculencia que implica la necesidad apremiante de no tanto extraviarse en la ciudad, como entre los sinuosos meandros de uno mismo. Nada es como lo vemos, tanto menos nosotros cuando creemos ser quienes los otros miran. Pero está la distancia. La extranjería. La deleitosa angustia de saberse más que nunca fuereño y pensar que se entiende claramente lo que hasta hace unos días parecía confuso. Uno se ríe de gente como el palurdo George W. Bush porque incluso con todas las facilidades nunca fue más allá de sus fronteras, si se exceptúan unas cuantas farras en tierras mexicanas, no lejos de la franja fronteriza. ¿Cómo esperamos que alguien comprenda su mundo, si nunca se ha dignado salir de él? Decimos que viajamos “para conocer”, parecería un tanto extravagante confesar que lo hicimos para conocernos. Y por qué no, también, para desconocernos.
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2Manhattan era un pueblito
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Alguna vez Woody Allen, que no solía salir de Nueva York ni ante la perspectiva de recoger un Óscar, declaró que no se sentía capacitado para respirar en ningún lugar que estuviera a más de quince minutos del Russian Tea Room. Le bastaría tal vez con saberse judío, y en consecuencia privilegiado por la visión del siempre forastero. Pero he aquí que incluso con tamaña filmografía a cuestas llegó el día en que tuvo que salir a filmar en Europa, por escasez de financiamiento local. Parece un chiste, abundan todavía quienes se niegan a creerlo. ¿O no es cierto que, de contar con capital de sobra, uno mismo pondría de su bolsillo para darse el gustazo de producir su próxima película? El hecho es que hoy por hoy Woody Allen es un judío errante, y más de uno pensamos que ya sólo por eso el viejo provinciano de Manhattan ha vuelto a nacer.
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Luego de ser un pelo francés y británico, Woody Allen se ha hecho otro poco español. Lo he comprobado anoche, tras pintarle un violín a la Ciudad Luz sólo para asistir a su desternillante Vicky Christina Barcelona, ejercicio de cosmopolitismo desatado en el cual el espasmo de la risotada una vez más se alterna con la reflexión íntima propia de la sonrisa. Pocos autores son capaces de esgrimir de tal modo la inteligencia, e inclusive tornarla un instrumento de sensualidad. Pero insisto, ahí está la extranjería. Si los nacionalismos y sus airados representantes nos parecen a algunos tan ridículos es porque no aprendieron a mirarse al espejo, ni se han visto jamás a la distancia. Basta con observar a Penélope Cruz consumando una escena de celos divertidísima para verse a sí mismo, en el recuerdo, fuera de quicio por motivos tan nimios como inmencionables. Es uno idiota con mayor frecuencia de la que se vería forzado a aceptar; Woody Allen lo sabe y eso da mucha risa, cómo no. ¿Y qué decir del celo patriotero, saturado de víscera y desprecio, que ha provocado en tantos compatriotas de Javier Bardem verlo estelarizando sendos filmes de Allen y los hermanos Cohen?
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3Pánico en los conformistas
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No quisiera uno tener que aceptar el miedo que provoca dar un paso hacia afuera de su zona de confort, pero igual no hay espacio más confortable y seguro que el interior de un cajón de muerto. Parece pretencioso que la gente “necesite” ir muy lejos para poder mirarse de cerca, pero si al cabo la intención es juzgar, parece propio de un acomplejado temerle de ese modo a la pretensión. ¿Peca uno de arrogante cuando intenta llegar más allá de sus límites? ¿No es, por cierto, un pecado conformarse con ellos y nunca más tratar de rebasarlos? Se cuentan con los dedos de un ciempiés aquellos arrogantes mediocrazos que se envanecen porque a su entender no precisan tomar la mínima distancia de su pueblo, ni aun de la provincia de sus conocimientos, pues sienten que con ellos tienen ya bastante. ¿Qué podrían aprender en otro sitio que no tengan bien claro en su rincón?
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Nunca leí una sola de las novelas que el profesor amigo de mi profesora vino precisamente a escribir a París, y ni siquiera recuerdo su nombre. Supongo que es muy tarde para celebrar que al menos él tuviera los cojones para escapar de sus fronteras naturales y atreverse a ser otro mejor, o al menos más osado que sí mismo. Lo imagino retándose, negándose, dándose al sufrimiento de volver a parirse con la enjundia que otros, yo entre ellos, tacharían más tarde de pretenciosa. Ojalá fuera uno, finalmente, todo lo pretencioso que hay que ser para vencer al miedo pueblerino que hace sentir tan cómodos a los mediocres. Si algo se le agradece a Woody Allen es que tenga tamañas pretensiones y nos deje de pronto juguetear con ellas.

sábado, noviembre 15, 2008

Béla Fleck and The Flecktones



Aunque esto fue grabado en Argentina. También tocaron esa canción aquí en Puebla.

Día 13 de noviembre de 2008, hora 20:00 y lugar: Museo San Pedro de Arte

Con antelación mi novia Carmen y yo fuimos a comprar los boletos para compartir entre los dos los gustos musicales de cada uno, ella: Béla Fleck and The Flecktones, mientras que yo: Julieta Venegas. Las diferencias son claras y distantes. Ella es conocedora de música, yo sólo conozco de rock nacional, rock gringo de Nirvana para atrás, pero sin duda mi fuerte es la Trova, de lo comercial intento escuchar lo mejorcito que puede haber. Considero que Julieta Venegas, al lado de Ximena Sariñana, Natalia Lafourcade y Pambo, pertenece a un pop bien hecho, muy cuidado, sí comercial, pero más inteligente y propositivo.
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De Béla Fleck no conocía nada. Carmen empezó a rolarme videos que aparecen en el amado you tube. Los veía, su maestría se reconoce a cuadras, su habilidad para crear esos sonidos tan mágicos se podía percibir en los videos que Carmen me invitaba a ver y escuchar con detenimiento. Sin duda, eso es música. Después supe que ellos se movían en los géneros del Jazz, Jazz fusion, Folk, Bluegrass y Clásico.
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En punto de las 19:20 horas ya estamos entrando para ocupar nuestros lugares. En lo que esperábamos a que el concierto iniciara nos dimos cuenta -siempre debe haber una mosca en la sopa-, que algunas presencias del Collhi iban a estar ahí.
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¡Carajo, uno no se puede librar de ese maldito hoyo de mierda!
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Pero todo se podía soportar. Compartir este evento, que estaba seguro no me decepcionaría, era lo que importaba. Nada más.
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En punto de las 20:20 horas las luces se apagaron y en el escenario apareció Bela Fleck and The Flecktones, sobrios se dispusieron a deleitar al respetable con una de sus interpretaciones.
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Dijo un ¡hola! en español, después prosiguió a hablar en inglés. Habló poco, casi nada. Lo esencial. Lo que interesaba era escuchar a los ARTISTAS. Se movían con una facilidad inigualable, tocaban con un sentimiento que contagiaba. Dice Carmen y dijo bien, que escuchar un concierto de este tipo es similar a ir a escuchar un concierto de cámara, hay que esperarse a que el músico termine su interpretación. Mucha razón tiene. Pero el mexicano se emociona mucho y le cuesta trabajo guardar esa emoción y opta por compartirla. Aún así, a mi no me molestaba. Siempre he pensado que el acto de estar aplaudiendo cuando, según la percepción, el auditorio lo considera correcto es una forma de reconocer la maestría, la belleza de la música.
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Fueron dos horas de concierto que disfrute como ningunas. No sólo fue el hecho de conocer y adentrarme por un género que nunca he despreciado, pero tampoco, debo reconocer, he sabido apreciarlo; si no el acto de deleitarme al lado de la mujer que amo.
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Un concierto que voy a recordar hasta que la calacuda me quiera en su regazo.
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*Fotos: Víctor Hugo Rojas/Intolerancia diario

viernes, noviembre 14, 2008

López Velarde visto por Los Contemporáneos


Diario Milenio-Puebla (13/11/08)
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Espléndido material el que he leído de la compilación que preparó Marco Antonio Campos sobre Los Contemporáneos y Ramón López Velarde. El libro, editado por el Instituto de Cultura de Zacatecas, contiene textos que sobre el poeta escribieron los miembros del grupo literario durante las primeras décadas del siglo XX.
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El libro estará ya en circulación y los textos que contiene son verdaderamente interesantes, algunos de ellos prácticamente desconocidos.
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Ramón López Velarde (según lo han expresado los críticos) es el poeta más representativo fuera de México y a la "Suave patria", poema póstumo, se le considera como el segundo Himno Nacional. López Velarde muere en 1921 y el material que reúne aquí Campos abre con una la “Elegía apasionada” de José Gorostiza firmada el mismo año, en 1921. Sin embargo, aún falta mucho por estudiarse de su obra, sobre todo la narrativa, ya que muy poco se ha tocado.
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Lo transcribo para los lectores: “Solo, con la ruda soledad marina,/ se fue por un sendero de la luna,/ mi dorada madrina,/ apagando sus luces como una/ pestaña de lucero en la neblina./ El dolor me sangraba el pensamiento/ y en los labios tenía/ como una rosa negro mi lamento./ Las azules canéforas de mi melancolía/ derramaron sus frágiles cestillos/ y el sueño se dolía/ con la luna de lánguidos lebreles amarillos./ Se pusieron de púrpura las liras;/ las mujeres, en hilos de lágrimas suspensas,/ cortaron las espinas/ blandamente aromadas de sus trenzas./ Y al romper mis quietudes vesperales/ el gris de estas congojas/ las oí resbalar como las hojas/ en los rubios jardines otoñales./ Apaguemos las lámparas, hermanos…/ De los dulces laúdes/ no muevan los cordajes nuestras manos./ Se nos murieron las Siete Virtudes/ al asomar/ los labios finos del amanecer./ ¡Ponga Dios una lenta lágrima de mujer/ en los ojos del mar!”
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Lo he transcrito completo por la importancia que tiene para la poesía mexicana.
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Ramón López Velarde visto por Los Contemporáneos lleva una cuarta de forros en la que se dice que el joven Villaurrutia opinaba que los nuevos escritores mexicanos “necesitaban un ejemplo rebelde de un nuevo Adán y una nueva Eva”. Tablada, para Villaurrutia, era la versión de Eva, y Velarde el Adán que requerían los nuevos tiempos.
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En este libro encontrará el lector, entre los textos compilados por Campos, aparte de José Gorostiza, escritos de Cuesta, Ortiz de Montellano, Torres Bodet, González Rojo, Carlos Pellicer frente al “poeta de la provincia” o del “México rural”, conceptos en los que se trató de encasillar la obra de López Velarde.
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Los otros temas de Ramón López Velarde visto por Los Contemporáneos son los relacionados con la sexualidad y la muerte, de acuerdo al prólogo de Evodio Escalante.
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El texto de Jorge Cuesta está fechado en 1934 y lleva por título “El clasisismo mexicano”, y ahí afirma que López Velarde es uno de los poetas más originales de México.

jueves, noviembre 13, 2008

Canción Febril de Fernando Delgadillo



Pocos como él me maravillan.
Si esto no es poesía sin pretenciones que no sean la de expresar el sentimiento puro, entonces ya no entiendo qué es poesía.

El recuento de los acontecimientos

Ya tiene tiempo que no escribo una entrada forma para el blog. No es falta de disciplina, es carencia de un espacio propio, particular donde uno pueda sentarse sin ruido molesto, y escuchar la música favorita. Hoy es de las pocas veces que puedo estar sentado en mi cuarto utilizando la lap top de mi madre, el blog me reclamo atención y como no soy un ser ingrato, preferí cederle unos minutos en lugar de ir a la cama a taparme y pensar en dormir.
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En estos días en los que deje de escribir para el blog, que no de subir textos ya de mi columna como de los acostumbrados invitados de honor, han pasado cosas tremendas. Por petición de Carmen, mi novia hermosa, ya desayuno todas las mañanas, más el lunch que llevo para comer en el periodo que ambos tenemos libre y con la comida-cena que siempre hago, ya suman las tres comidas que uno debe hacer. Esto demuestra el poder una mujer puede ejercer en un hombre, claro siempre y cuando exista un amor recíproco de por medio.
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Desde hace ya como mes y medio empecé a subir columnas reseñando libros que me han regalado las editoriales, ejercicio que ha sido interesante. Ha hecho que tenga una lectura más constante y disciplinada. Espero seguir con este ejercicio. En estos momentos me encuentro terminando algunas páginas del libro de ensayo Mentiras contagiosas de Jorge Volpi, el cual me ha sorprendido al por mayor la evolución que Volpi ha ido adquiriendo a lo largo de su escritura es apreciable y de agradecer, pocos escritores en este país pueden presumir de mezclar con gran habilidad discursiva a la ciencia y la literatura, quizá pronto incursione en otra de sus pasiones: la gastronomía. Tal vez sea cierto lo que sus mayores críticos dicen de todos mis amigos crackeros. Los acusan de efectistas, de abusar de un discurso leve, sin compromiso, algunos afirman, pues no han entrado del todo a novelar la historia de este México variopinto. Pero pese a que no puedo ser su mejor crítico, la amistad a veces puede cegar. Si me atrevo a afirmar que nada más coherente que ellos puede existir en la literatura mexicana actual, en su manifiesto lo hacían notar: apuntaban por una literatura global, sin ataduras chovinistas. Postura que es válida, pero muy criticada por una esfera mexicana tan acostumbrada a siempre hablar de su país, pero jamás entenderlo. E inclusive si alguien ya he leído su manifiesto, ellos mismo proponen el recuro bajo la cual piensan escribir: Las seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino. Uno de los libros fundamentales para entender su pensamiento literario, pienso.
En espera tengo el reciente libro de cuentos de Rivera Garza, la enorme-dulce-asombrosa-preciosa mujer que más me ha sorprendido y con la cual ya tuve el gusto de compartir el pan y la sal. Su libro se llama La frontera más distante. Se antoja interesante. Luego esta un escritor local: Javier Zúñiga con su Perdurable memoria, lo que he ojeado y hojeado presume de estar bien construido.
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En unas horas estaré siendo educado musicalmente por mi novia. Me llevará a escuchar al Museo San Pedro de Arte al jazzista Bela Fleck acompañado con The Flecktones, el viernes subiré la experiencia que haya obtenido, todo apunta a que será fenomenal.
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De pronto Octavio Paz ha decidido concederme el derecho de leerlo, hoy gracias a un préstamo que me dio Carmen puede comprar Sueño en libertad, que son la reunión de sus escritos políticos más esenciales. Espero el próximo sea El laberinto de la soledad en edición de Cátedra. Seguramente el más emocionado de esta buena nueva es mi amigo Pedro Ángel quien frente a su grabado de Paz, que tiempo atrás me presumía en la que fuese su oficina como Rector de la UDLA-P (tan ingrata y maldita), me invitaba a leerlo para poder discutirlo. Yo le aseguraba que nuestro Nobel era en vida un verdadero hijo de la chingada. Él insistía, pero eso no le quita lo chingón literariamente.
Entonces, ya pronto leeré a este hijo de la chingada.
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Y fin, ya debo leer un rato a Volpi.

Mentiras contagiosas-(Columna "El Guardián del diván"-Diario "El Columnista" de Puebla-12/11/08)

El 18 de mayo de 2008 anunciaba, en este mismo espacio, que Jorge Volpi publicaba este libro de ensayos bajo el sello editorial Páginas de Espuma, dentro de la colección Voces/Ensayo.
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En las 251 páginas del libro, Volpi lleva al lector a ser partícipe de su forma de pensar.
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Los textos de este libro nadan entre el ensayo y la ficción, al mismo tiempo que exploran temas variopintos que sólo a Volpi se le pueden ocurrir y dar con absoluta facilidad.
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Aquí se puede leer como Volpi habla de las obsesiones de Orson Welles por los personajes de Cervantes, así como unas posibles similitudes. Desde su trinchera personal –y por qué no decirlo, crackera- apuesta supervivencia de la novela, otorgándole variadas posibilidades, que harán que dicho género perdure por muchos años, quizá, siglos. Utiliza su pasión por la ciencia para aventar una bomba y afirmar que la novela es algo similar a un virus o a un parásito, pues ésta tiene como objetivo infectar al mayor número posible de lectores, lo que orilla a que todas las novelas tengan entre sí una pelea encarnizada para lograr ganarse un lugar en el librero de algún determinado lector. Rehúye de los clichés y los típicos análisis académicos de la literatura. A través de un discurso cargado de una ironía pura y sencilla, Volpi habla de su experiencia literaria, construye y comparte sus propios monumentos: Rulfo, Pitol, Fuentes y Bolaño, pero también hace una reflexión severa del presente novelístico en Latinoamérica. Como buen lector de Italo Calvino y sus “Seis propuestas para el próximo milenio”, pero también como uno de los integrantes del grupo que se hiciera público en 1996, plasma en esta serie de ensayos su férrea enemistad con las fronteras, apostando siempre por una literatura global, del mundo, alejada ya de todo chovinismo.
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Un libro que habrá que leer para entender más el pensamiento de estos autores que algún día dijeron ¡ya basta de hablar nada más de Latinoamérica, también suceden cosas afuera que merecen y deben ser retratadas, narradas, ficcionalizadas! En plena era de la globalización, es absurdo seguir pensando que lo que sucede en París o en África no afecta ni Brasil y menos a México.
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Complejo Cultural de la BUAP
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Mi padre, que sí fue invitado al 3er informe del Rector Enrique Agüera e inauguración del Complejo, dice que es de primer mundo. Sólo espero que este nuevo espacio realmente sea accesible a los universitarios, económicamente hablando, aunque el primer mensaje es claro: concierto de Armando Manzanero y Susana Zavaleta: el más barato 220 y el más caro 660. Según taquilla cero, donde uno puede comprarlos. ¡Vaya!, era más barato ir al Auditorio Nacional a ver a Silvio Rodríguez, contando que tiene mucho más cartel que estos dos juntos.
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Quizá pronto le cambien de nombre a este recinto: Ciudad Cultural Universitaria, pues en entrevista dada a tv3 nuestro Rector lo insinuó.
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A los universitarios no nos invitaron a este evento, pero si a los políticos… espero, al menos, se nos considere para ser empleados.

martes, noviembre 11, 2008

La modernidad a dos

Diario Milenio-México (11/11/08)
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Habrá que decirlo con toda serenidad: a juzgar por el número de libros vendidos, Octavio Paz no es un poeta sino un ensayista. De acuerdo a cifras publicadas no hace mucho, el texto de Octavio Paz que más se ha distribuido y se distribuye en México no es un libro de poesía y ni siquiera un tratado sobre teoría poética o un ensayo sobre arte. Su legado, al menos el que le queda al lector no profesional, está en otro sitio. Octavio Paz es El laberinto de la soledad. Es sabido, por supuesto, que la poesía de Paz ha sido y seguirá siendo estudiada a profundidad por lectores especializados tanto dentro como fuera de la academia. Es sabido, por supuesto, que la poesía, sea de Paz o no, en general no vende (y por ello valdría la pena preguntarse, por ejemplo, por el libro más vendido de otros poetas mexicanos que combinaron la escritura de sus poemas, como lo han hecho no pocos, con el ensayo). Ninguna de estas dos afirmaciones anteriores borra el dato: el libro más leído de Octavio Paz es, y por mucho, ese ensayo publicado originalmente en 1950, en pleno auge alemanista. En sus páginas, un Paz de 36 años resumió una lectura atenta de Samuel Ramos y de algunos historiadores más bien convencionales pero franceses para construir, con retórica elegante y a todas luces convincente, una versión de la modernidad mexicana que, con el paso de los años y con la ayuda de escuelas públicas y privadas tanto de México como en el extranjero, ha sobrevivido, a veces se antoja que no con la suficiente polémica, hasta nuestros días.
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Juan Rulfo tenía más o menos la misma edad cuando, apenas unos cinco años después, en 1955, publicó Pedro Páramo. Vivía en la Ciudad de México desde 1946, el mismo año en que Miguel Alemán, un civil con buen gusto en el vestir, se convirtió en el presidente de México, impulsando desde el inicio un agresivo plan de industrialización que serviría, entre otras cosas, para agravar la disparidad social y para convertir a la capital del país en una mancha urbana en continuo proceso de expansión. Juan Rulfo, cuyo universo literario va poblado de paisajes rurales, mujeres de profundos deseos carnales, y el parco hablar de campesinos y hacendados, escribió sus cuentos y su novela en esa ciudad que, con algo de pudor y otro tanto de premura, intentaba a toda costa dejar atrás sus ropajes de rancho grande. Como producto del masivo proceso migratorio que llevó a cientos de miles de hombres y mujeres de las provincias a la ciudad ya convertida en eje de producción tanto industrial como cultural, Rulfo pronto adoptó la actitud del inmigrante que, aún sintiéndose fuera de lugar en el medio urbano, aprovechó, y esto con furor, las oportunidades de la gran ciudad: las librerías y los cines, las salas de conciertos, las calles, los escritores, e incluso los volcanes de las afueras donde solía caminar. En tanto autor de una obra, esto habrá que decirlo también con la serenidad del caso, Rulfo fue un autor citadino. Y su contexto vital, su contemporaneidad, no fue ni la Revolución Mexicana de 1910 ni la Guerra Cristera de 1926-1928, sino el proceso de modernización de tintes claramente urbanos de mediados de siglo.
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Pedro Páramo y el Laberinto de la soledad son, pues, libros tutelares que, una vez más a juzgar por el número de ventas y el número de estudios dedicados a sus páginas y el número de traducciones, produjeron las primeras y más permanentes lecturas de la modernidad mexicana. Se trata, así entonces, de libros in situ. El laberinto de la soledad, este es mi argumento, es una obra que, resumiendo el conocimiento de un status quo nacional e internacional, mira hacia atrás: hacia los albores del siglo XIX. Se trata de un libro eminentemente anti-moderno, más hecho para contener el embate de lo nuevo (y desconocido) que para encarnarlo. Pedro Páramo, escrita en el umbral de la ciudad por un inmigrante afecto a lecturas periféricas —que iban, según aseguran los expertos, desde novelas nórdicas hasta ese libro extraño e inclasificable que todavía es Cartucho, de Nellie Campobello— y a las largas caminatas por la ciudad y sus alrededores, es un libro que mira, en cambio, hacia donde estamos aquí y ahora. En el umbral del siglo XX, justo en su cintura más enigmática, ahí están dos puertas: una que se abre paso hacia la jerarquía formal y social del XIX, que a no pocos todavía les resulta deseable, y otra que se desplaza, con la extrañeza del caso, hacia lo que todavía en 1955 (e incluso ahora) no sabíamos pero avizoramos.
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Son libros distintos, se entiende, puesto que pertenecen a tradiciones literarias tan aparentemente apartadas como el ensayo y la ficción, pero no son libros incomparables. Son libros de su tiempo y son, además, libros que ha (a)probado el tiempo. Cada uno responde a un temperamento, a una estética, a una (más o menos enunciada) política. Pero ambos discurren, con herramientas que les son propias, sobre esa modernidad que los conforma y a la cual, a la manera misteriosa de los libros, que no es otra cosa más que la lectura de los mismos, configuran también. Independientemente de la temática que abordan y el género dentro del que se inscriben son libros que se ven de frente, sin hablar, o hablando lenguajes distintos, pero que se comunican igual. Repito: no se trata de un diálogo entre un México rural y un México urbano. De la orfandad al sexo, pasando por la pobreza, el humor, la raza y el más allá, estos dos libros han dialogado sin tapujos pero desde trincheras diferentes sobre el tiempo y espacio que los contiene a ambos.
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Habrá que decirlo de nueva cuenta y también con serenidad: a juzgar por el número de libros vendidos (y traducidos) Juan Rulfo es Pedro Páramo. Su legado, incluso para el lector no profesional y a pesar de la belleza de su trabajo fotográfico, está ahí. Su legado dice, sobre todo: la realidad es extraña y está fragmentada en mil pedazos. Piensa en ella, tócala. Nada está resuelto hasta que tú lo leas. Dice: Juan Rulfo no existe: existes tú. Empieza.

lunes, noviembre 10, 2008

Nosotros, entre otros ellos

Diario Milenio-México (10/11/08)
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1 El peso de los pésames
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Felicitar suele ser cosa fácil. Nada parece haber tan natural como hacerse uno con la alegría del otro, aun si hay quienes lo intentan refunfuñonamente, a medias ocultando el pesar que la felicidad ajena deja entre algunos tristes abismales. Dar un pésame, en cambio, es harto complicado. Nunca se sabe exactamente qué decir, tan es así que los más inspirados optan por la elocuencia del silencio y dejan que el abrazo —largo, cálido, antiguo como las reminiscencias compartidas— diga lo propio. Excepto, por supuesto, cuando hay que dar el pésame por teléfono. Uno se mira torpe, pues de entrada no puede ver al otro ni hacerse ver por él. Hay que decir las cosas sin enterarse del contexto imperante, puede que la persona a quien llamamos esté, como se dice, destrozada, y entonces la llamada sea un nuevo vapuleo, la puntilla quizás.
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La última vez que intenté dar un pésame telefónico, lo hice con un amigo de la infancia a quien había visto no más de tres veces en los últimos veinte años. “Tienes a tus amigos”, le dije imbécilmente, por decir cualquier cosa que me sacara del embrollo de encontrarme ridículo de cualquier forma, al día siguiente de la muerte de su padre. ¿Era yo acaso uno de esos amigos, cuando llamaba por primera vez a su número y tal vez no lo haría en muchos años más? ¿De qué le iba a servir al infeliz poder hablar de amigos que sólo aparecían para ofrecer un pésame inoportuno? Una vez que dejamos los años escolares, resulta ya difícil establecer cuáles son, en efecto, nuestros amigos. Vamos, que hasta en las mismas familias hay parientes que no se consideran parientes —ovejas negras, rosas, grises, de todo hay— y no son pocos quienes se incomodan, o de plano enfurecen, cuando se les remite a un cierto parentesco inconveniente. “Todos somos del mismo barro”, se decía antiguamente, “pero no es lo mismo bacín que jarro”.
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2 Somos huele a manada
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Aun y especialmente cuando se habla en singular, es difícil decir toda la verdad, pero en plural suele ser imposible. Hablar en nombre de otros, por más que sean parte de uno entre los millones de posibles nosotros, es por fuerza torcer, reducir, soslayar, exagerar. En concreto, mentir. Como no se haga referencia a lo evidente, quienes aluden a las características y sentimientos de una colectividad se arriesgan a pecar no sólo de cursis, sino asimismo de imprecisos y abusivos. A lo largo de todo el Tercer Reich, cada pareja de recién casados recibía por ley un ejemplar de Mi lucha, que debía ser visto como el manual de uso de la germanidad. Un manual de sandeces, en realidad, empezando por esa tendencia irritante, por imbécil, de agrupar a los seres humanos en manadas compactas de semovientes indiferenciables. Más allá del racismo, el mamotreto invoca a una suerte de predestinación racial, donde ni aún los elegidos arios tienen pleno derecho a opinar al respecto. Al Estado, que en nada se equivoca, le queda por lo tanto la facultad de decidir quién pertenece a cada nosotros, si no a uno de esos ellos que inspiraban el término favorito del Führer: Vernichtung. Para un nosotros que se toma muy en serio, usualmente a costillas de los otros, la palabra exterminio acaba convirtiéndose en asunto de higiene social.
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Ahora que pasó el tiempo, entiendo qué fue aquello que me hizo sentir mal durante el infortunado pésame telefónico. Llamarme, de manera tácita pero poco elegante, parte “sus amigos” era invocar a una colectividad fantasma y sumarme a ella demagógicamente, como esos embusteros que no saben hablar en primera persona, de manera que hasta sus opiniones más mezquinas se anuncian compartidas por un nosotros sin forma ni relleno. Cuando un alumno habla por sus compañeros empleando la primera persona del plural, lo hace diciendo aquello que debe decir. Esto es, lo que se supone que piensan todos, por más que cada uno piense lo que le plazca. Le había hablado a mi ex compañero de aula con la solemnidad que me habría merecido la directora, y eso era casi tanto como guiñarle un ojo a medio pésame. No suele uno decirlo, pero a la hora cierta muy rara vez da crédito a manifiestos colectivos, menos aún si se atrevió a firmarlos.
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3 Confúndanme, si pueden
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Es probable que la manada tienda a tranquilizarse cuando se cree compacta, pero también quiere uno creer que le es posible trascender sus tendencias biológicas impresentables. Ahora que todo el mundo se dice desde siempre enemigo del racismo, convendría saber cuántos han conseguido librarse de ese nosotrismo manadero al que la biología quisiera condenarnos por parejo. ¿Existe un show mafioso más entrañable que la hora en que los familiares se turnan para hallar en el recién nacido características propias del clan? Tampoco hay, sin embargo, espectáculo familiar más antipático que el de aquellos que nos invitan a su casa sólo para embarranos en la cara los logros de los suyos, que en nada se comparan con los de nadie. ¿Cómo es que tanta gente puede hacer el ridículo al mismo tiempo? ¿Cómo hacer una mínima insinuación privada sin que se tome como afrenta de sangre, de raza, de nación?
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He asistido, en una sola noche, al luto nacional y el júbilo mundial. He sido mexicano y gringo al mismo tiempo, negro y blanco, universal y aldeano, propio y extraño, conforme y suspicaz, retrógrada y moderno, ranchero y funky. Sé, sin lugar a duda, que cada una de estas comunidades se distingue por ciertos rasgos de las otras, pero también me consta que en todas ellas pulula cantidad de hijos de puta, y tampoco es difícil encontrar a personas lo bastante decentes o indecentes para ya no encajar en el estándar. Reclamo el privilegio de confundirlos y ser, en lo posible, confundido. Me gustaría poder hablar en plural, pero en estos momentos me incomoda en exceso la idea de hacer cuentas para saber a cuántos puedo considerar Los Míos. Preferiría incluso no saber qué es eso.

jueves, noviembre 06, 2008

Una invitación, una.


Facultad de Filosofía y Letras-BUAP
Dirección de Literatura de la Secretaría de Cultura del Estado de Puebla
y el Movimiento cultura La Fuga Literaria
INVITAN
A
LECTURA DE INÉDITOS POBLANOS
7 DE NOVIEMBRE DE 2008
6:00 PM
CASA DEL ESCRITOR
Participan: Conrado Zepeda, Israel Aguilar, Leonardo Ávila, Carmen Barranco, Viridiana Carreto, Gersom Mercado, Arturo Romero, Abigail Rodríguez, Indira Díaz, Juan de Jesús Ramírez y Alfredo Godínez.
Habrán bocadillos y vino de honor.