lunes, noviembre 17, 2008

Sin cuanto de solaz

Nueva columna, nueva. Gran personaje y culto es Nicolás Alvarado.
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Diario Milenio-México (17/11/08)
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Hay en el James Bond de Sean Connery un coctel agitado pero jamás revuelto de los mejores ingredientes de la masculinidad cinematográfica. Rudo como Bogart, apuesto como Flynn, elegante como Astaire, ingenioso como Grant, atlético como Gable, el 007 de Connery logró encarnarlo todo para todos (y, sobre todo, para todas), hacer de Bond el héroe más longevo y más popular del siglo XX.
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Sin embargo, ni los diamantes son eternos —sorry, Miss Shirley Bassey— y, al tiempo, Connery terminó por decir nunca jamás. A su zaga (y, por cierto, a su saga) habrían de llegar George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton y Pierce Brosnan, todos James Bonds divisivos, aclamados por una parte del público y repudiados por otra, perdedores a la hora de la comparación con el original.
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Las cosas cambiaron con la llegada de Daniel Craig, cuestionado al momento de su selección como Bond —se le reprochaba, sobre todo y con frivolidad, ser el primer 007 rubio— pero entronizado universalmente, a partir del estreno de Casino Royale (2006), como el mejor 007 desde Connery, acaso el mejor de la historia.
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Su éxito, sin embargo, no ha de ser universal. Y es que una voz se permite disentir. La mía.
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El viernes pasado se estrenó aquí Quantum of Solace, la más reciente entrega de la serie y la segunda en la filmografía de Craig. Me gustó. Pero también será menester decir que me parece la peor cinta 007 jamás filmada. No que sea una mala película… lo que no hace de ella una película de James Bond.
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Craig me resulta el peor Bond posible pero no por razones capilares y ni siquiera actorales. (De hecho, es un espléndido actor.) Su problema es de clase: con su rostro de boxeador, sus músculos hipertrofiados y sus maneras bruscas resulta inverosímil al encarnar a quien, a fin de cuentas, no es sino un producto de la clase alta británica. El asunto no es menor: bien apunta el académico James Chapman que el quid de James Bond, tanto en la literatura como en el cine, es una irresistible mezcla de “esnobismo con violencia”. Y, en efecto, en Quantum of Solace Craig dispone del guardarropa de Tom Ford y los escenarios apropiadamente glamorosos para validarlo; lo que desentona, entonces, es él o, peor, su cuerpo de gimnasio, cuyos músculos parecen siempre a punto de desgarrar los lujosos trajes y cuyas manazas harían pensar en las de alguien que no sabe muy bien cómo usar los cubiertos. Un tanto, pues, para la violencia y ninguno para el esnobismo, lo que resta singularidad a Bond y lo hace intercambiable con cualquier otro héroe de acción.
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El problema mayor, sin embargo, no es culpa de Craig sino del guión, que priva a esta cinta por completo de elementos bondianos. No sólo no recurre Bond a sus frases habituales —“The name is Bond. James Bond.”; “Vodka martín, shaken, not stirred.”— sino que no hay villano grotesco ni chica mala en quien Bond opere un “reposicionamiento ideológico” —el término es del académico Tony Bennett— ni verdadera amenaza a Inglaterra o a Occidente. Por no haber, no hay humor en un Bond neurótico y vulnerable, que ahoga sus penas en Vesper Martinis que ni siquiera sabe identificar. Así, no sólo el héroe pierde sus atributos diferenciadores sino que la película misma se vacía de ellos para mutar en remedo de la serie construida alrededor del espía protoexistencialista Jason Bourne, ése que tanto mellara la popularidad de Bond en tiempos de Brosnan y que tanto influyera el casting de Craig y la reconcepción de la serie a partir de su ingreso.
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La estrategia de Quantum no es nueva: ya en 1989 —tiempo, como éste, de cambio de paradigmas—, Bond asumía el rostro de un Timothy Dalton oscuro, astringente y neurotizado, en una película —Licencia para matar— que, como ésta, lo mostraba obrar por venganza personal y en desafío a los dictados del MI6. El experimento fue un fracaso (constituyó, de hecho, la última cinta 007 de Dalton), lo que dice tanto sobre aquellos tiempos como el éxito de Quantum revela sobre éstos. El mundo post 11-S, post Irak y post crisis económica mundial en que vivimos no está para bromas ni para caricaturas, no puede darse el lujo de los lujos ni confiar en las certezas a fin de cuentas optimistas de la modernidad, ésas que constituyen el espíritu mismo de Bond. Así, en el cuerpo incongruente de Craig, Bond ha muerto o, cuando menos, degenerado. Bien lo dice la M de Judi Dench al inicio de la cinta: en estos posmodernos tiempos ya no está uno seguro de conocer a nadie.

Pretenciosos y errantes

Diario Milenio-México (17/11/08)
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1Para parirse en París
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Recuerdo que una vez, en años universitarios, cierta maestra hablaba con estirado encomio de un profesor allí presente, quien recién había vuelto de tierras francesas con la misión cumplida de escribir tres novelas tres. Más de uno entre nosotros opinó, en voz bien baja, que así habrían quedado las tales novelas, mientras el aludido miraba a la ventana, con lo que semejaba, a ojos extraños, una altivez ridícula; misma que nos daría mayor pie aún para pitorrearnos, no sin algún resabio de envidia estudiantil porque al fin a ninguno de nosotros le habría molestado seguir aquel ejemplo y largarse a algún sitio similar sólo para cumplirse una tercia de caprichos. Lo cierto, sin embargo, es que mirar la propia vida desde lejos equivale un poquito a reinventarla. Ser otro y aun el mismo, contemplarse de cerca porque se está bien lejos del origen, pensarse y si es posible ridiculizarse, de modo que al volver ya no sea uno el que era, o quizá lo parezca poco ante el espejo.
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He venido a París por unos días, no por supuesto para hacer una novela, pero sí para pergeñar una pequeña historia. Ver la ciudad por tantos vista, soñada y dibujada con los ojos de un extranjero voraz, perderse en ella abordo de una moto rentada y tratar de mirarla desde adentro. Una quimera, claro, pero asimismo una suculencia que implica la necesidad apremiante de no tanto extraviarse en la ciudad, como entre los sinuosos meandros de uno mismo. Nada es como lo vemos, tanto menos nosotros cuando creemos ser quienes los otros miran. Pero está la distancia. La extranjería. La deleitosa angustia de saberse más que nunca fuereño y pensar que se entiende claramente lo que hasta hace unos días parecía confuso. Uno se ríe de gente como el palurdo George W. Bush porque incluso con todas las facilidades nunca fue más allá de sus fronteras, si se exceptúan unas cuantas farras en tierras mexicanas, no lejos de la franja fronteriza. ¿Cómo esperamos que alguien comprenda su mundo, si nunca se ha dignado salir de él? Decimos que viajamos “para conocer”, parecería un tanto extravagante confesar que lo hicimos para conocernos. Y por qué no, también, para desconocernos.
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2Manhattan era un pueblito
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Alguna vez Woody Allen, que no solía salir de Nueva York ni ante la perspectiva de recoger un Óscar, declaró que no se sentía capacitado para respirar en ningún lugar que estuviera a más de quince minutos del Russian Tea Room. Le bastaría tal vez con saberse judío, y en consecuencia privilegiado por la visión del siempre forastero. Pero he aquí que incluso con tamaña filmografía a cuestas llegó el día en que tuvo que salir a filmar en Europa, por escasez de financiamiento local. Parece un chiste, abundan todavía quienes se niegan a creerlo. ¿O no es cierto que, de contar con capital de sobra, uno mismo pondría de su bolsillo para darse el gustazo de producir su próxima película? El hecho es que hoy por hoy Woody Allen es un judío errante, y más de uno pensamos que ya sólo por eso el viejo provinciano de Manhattan ha vuelto a nacer.
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Luego de ser un pelo francés y británico, Woody Allen se ha hecho otro poco español. Lo he comprobado anoche, tras pintarle un violín a la Ciudad Luz sólo para asistir a su desternillante Vicky Christina Barcelona, ejercicio de cosmopolitismo desatado en el cual el espasmo de la risotada una vez más se alterna con la reflexión íntima propia de la sonrisa. Pocos autores son capaces de esgrimir de tal modo la inteligencia, e inclusive tornarla un instrumento de sensualidad. Pero insisto, ahí está la extranjería. Si los nacionalismos y sus airados representantes nos parecen a algunos tan ridículos es porque no aprendieron a mirarse al espejo, ni se han visto jamás a la distancia. Basta con observar a Penélope Cruz consumando una escena de celos divertidísima para verse a sí mismo, en el recuerdo, fuera de quicio por motivos tan nimios como inmencionables. Es uno idiota con mayor frecuencia de la que se vería forzado a aceptar; Woody Allen lo sabe y eso da mucha risa, cómo no. ¿Y qué decir del celo patriotero, saturado de víscera y desprecio, que ha provocado en tantos compatriotas de Javier Bardem verlo estelarizando sendos filmes de Allen y los hermanos Cohen?
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3Pánico en los conformistas
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No quisiera uno tener que aceptar el miedo que provoca dar un paso hacia afuera de su zona de confort, pero igual no hay espacio más confortable y seguro que el interior de un cajón de muerto. Parece pretencioso que la gente “necesite” ir muy lejos para poder mirarse de cerca, pero si al cabo la intención es juzgar, parece propio de un acomplejado temerle de ese modo a la pretensión. ¿Peca uno de arrogante cuando intenta llegar más allá de sus límites? ¿No es, por cierto, un pecado conformarse con ellos y nunca más tratar de rebasarlos? Se cuentan con los dedos de un ciempiés aquellos arrogantes mediocrazos que se envanecen porque a su entender no precisan tomar la mínima distancia de su pueblo, ni aun de la provincia de sus conocimientos, pues sienten que con ellos tienen ya bastante. ¿Qué podrían aprender en otro sitio que no tengan bien claro en su rincón?
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Nunca leí una sola de las novelas que el profesor amigo de mi profesora vino precisamente a escribir a París, y ni siquiera recuerdo su nombre. Supongo que es muy tarde para celebrar que al menos él tuviera los cojones para escapar de sus fronteras naturales y atreverse a ser otro mejor, o al menos más osado que sí mismo. Lo imagino retándose, negándose, dándose al sufrimiento de volver a parirse con la enjundia que otros, yo entre ellos, tacharían más tarde de pretenciosa. Ojalá fuera uno, finalmente, todo lo pretencioso que hay que ser para vencer al miedo pueblerino que hace sentir tan cómodos a los mediocres. Si algo se le agradece a Woody Allen es que tenga tamañas pretensiones y nos deje de pronto juguetear con ellas.

sábado, noviembre 15, 2008

Béla Fleck and The Flecktones



Aunque esto fue grabado en Argentina. También tocaron esa canción aquí en Puebla.

Día 13 de noviembre de 2008, hora 20:00 y lugar: Museo San Pedro de Arte

Con antelación mi novia Carmen y yo fuimos a comprar los boletos para compartir entre los dos los gustos musicales de cada uno, ella: Béla Fleck and The Flecktones, mientras que yo: Julieta Venegas. Las diferencias son claras y distantes. Ella es conocedora de música, yo sólo conozco de rock nacional, rock gringo de Nirvana para atrás, pero sin duda mi fuerte es la Trova, de lo comercial intento escuchar lo mejorcito que puede haber. Considero que Julieta Venegas, al lado de Ximena Sariñana, Natalia Lafourcade y Pambo, pertenece a un pop bien hecho, muy cuidado, sí comercial, pero más inteligente y propositivo.
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De Béla Fleck no conocía nada. Carmen empezó a rolarme videos que aparecen en el amado you tube. Los veía, su maestría se reconoce a cuadras, su habilidad para crear esos sonidos tan mágicos se podía percibir en los videos que Carmen me invitaba a ver y escuchar con detenimiento. Sin duda, eso es música. Después supe que ellos se movían en los géneros del Jazz, Jazz fusion, Folk, Bluegrass y Clásico.
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En punto de las 19:20 horas ya estamos entrando para ocupar nuestros lugares. En lo que esperábamos a que el concierto iniciara nos dimos cuenta -siempre debe haber una mosca en la sopa-, que algunas presencias del Collhi iban a estar ahí.
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¡Carajo, uno no se puede librar de ese maldito hoyo de mierda!
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Pero todo se podía soportar. Compartir este evento, que estaba seguro no me decepcionaría, era lo que importaba. Nada más.
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En punto de las 20:20 horas las luces se apagaron y en el escenario apareció Bela Fleck and The Flecktones, sobrios se dispusieron a deleitar al respetable con una de sus interpretaciones.
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Dijo un ¡hola! en español, después prosiguió a hablar en inglés. Habló poco, casi nada. Lo esencial. Lo que interesaba era escuchar a los ARTISTAS. Se movían con una facilidad inigualable, tocaban con un sentimiento que contagiaba. Dice Carmen y dijo bien, que escuchar un concierto de este tipo es similar a ir a escuchar un concierto de cámara, hay que esperarse a que el músico termine su interpretación. Mucha razón tiene. Pero el mexicano se emociona mucho y le cuesta trabajo guardar esa emoción y opta por compartirla. Aún así, a mi no me molestaba. Siempre he pensado que el acto de estar aplaudiendo cuando, según la percepción, el auditorio lo considera correcto es una forma de reconocer la maestría, la belleza de la música.
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Fueron dos horas de concierto que disfrute como ningunas. No sólo fue el hecho de conocer y adentrarme por un género que nunca he despreciado, pero tampoco, debo reconocer, he sabido apreciarlo; si no el acto de deleitarme al lado de la mujer que amo.
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Un concierto que voy a recordar hasta que la calacuda me quiera en su regazo.
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*Fotos: Víctor Hugo Rojas/Intolerancia diario

viernes, noviembre 14, 2008

López Velarde visto por Los Contemporáneos


Diario Milenio-Puebla (13/11/08)
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Espléndido material el que he leído de la compilación que preparó Marco Antonio Campos sobre Los Contemporáneos y Ramón López Velarde. El libro, editado por el Instituto de Cultura de Zacatecas, contiene textos que sobre el poeta escribieron los miembros del grupo literario durante las primeras décadas del siglo XX.
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El libro estará ya en circulación y los textos que contiene son verdaderamente interesantes, algunos de ellos prácticamente desconocidos.
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Ramón López Velarde (según lo han expresado los críticos) es el poeta más representativo fuera de México y a la "Suave patria", poema póstumo, se le considera como el segundo Himno Nacional. López Velarde muere en 1921 y el material que reúne aquí Campos abre con una la “Elegía apasionada” de José Gorostiza firmada el mismo año, en 1921. Sin embargo, aún falta mucho por estudiarse de su obra, sobre todo la narrativa, ya que muy poco se ha tocado.
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Lo transcribo para los lectores: “Solo, con la ruda soledad marina,/ se fue por un sendero de la luna,/ mi dorada madrina,/ apagando sus luces como una/ pestaña de lucero en la neblina./ El dolor me sangraba el pensamiento/ y en los labios tenía/ como una rosa negro mi lamento./ Las azules canéforas de mi melancolía/ derramaron sus frágiles cestillos/ y el sueño se dolía/ con la luna de lánguidos lebreles amarillos./ Se pusieron de púrpura las liras;/ las mujeres, en hilos de lágrimas suspensas,/ cortaron las espinas/ blandamente aromadas de sus trenzas./ Y al romper mis quietudes vesperales/ el gris de estas congojas/ las oí resbalar como las hojas/ en los rubios jardines otoñales./ Apaguemos las lámparas, hermanos…/ De los dulces laúdes/ no muevan los cordajes nuestras manos./ Se nos murieron las Siete Virtudes/ al asomar/ los labios finos del amanecer./ ¡Ponga Dios una lenta lágrima de mujer/ en los ojos del mar!”
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Lo he transcrito completo por la importancia que tiene para la poesía mexicana.
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Ramón López Velarde visto por Los Contemporáneos lleva una cuarta de forros en la que se dice que el joven Villaurrutia opinaba que los nuevos escritores mexicanos “necesitaban un ejemplo rebelde de un nuevo Adán y una nueva Eva”. Tablada, para Villaurrutia, era la versión de Eva, y Velarde el Adán que requerían los nuevos tiempos.
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En este libro encontrará el lector, entre los textos compilados por Campos, aparte de José Gorostiza, escritos de Cuesta, Ortiz de Montellano, Torres Bodet, González Rojo, Carlos Pellicer frente al “poeta de la provincia” o del “México rural”, conceptos en los que se trató de encasillar la obra de López Velarde.
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Los otros temas de Ramón López Velarde visto por Los Contemporáneos son los relacionados con la sexualidad y la muerte, de acuerdo al prólogo de Evodio Escalante.
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El texto de Jorge Cuesta está fechado en 1934 y lleva por título “El clasisismo mexicano”, y ahí afirma que López Velarde es uno de los poetas más originales de México.

jueves, noviembre 13, 2008

Canción Febril de Fernando Delgadillo



Pocos como él me maravillan.
Si esto no es poesía sin pretenciones que no sean la de expresar el sentimiento puro, entonces ya no entiendo qué es poesía.

El recuento de los acontecimientos

Ya tiene tiempo que no escribo una entrada forma para el blog. No es falta de disciplina, es carencia de un espacio propio, particular donde uno pueda sentarse sin ruido molesto, y escuchar la música favorita. Hoy es de las pocas veces que puedo estar sentado en mi cuarto utilizando la lap top de mi madre, el blog me reclamo atención y como no soy un ser ingrato, preferí cederle unos minutos en lugar de ir a la cama a taparme y pensar en dormir.
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En estos días en los que deje de escribir para el blog, que no de subir textos ya de mi columna como de los acostumbrados invitados de honor, han pasado cosas tremendas. Por petición de Carmen, mi novia hermosa, ya desayuno todas las mañanas, más el lunch que llevo para comer en el periodo que ambos tenemos libre y con la comida-cena que siempre hago, ya suman las tres comidas que uno debe hacer. Esto demuestra el poder una mujer puede ejercer en un hombre, claro siempre y cuando exista un amor recíproco de por medio.
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Desde hace ya como mes y medio empecé a subir columnas reseñando libros que me han regalado las editoriales, ejercicio que ha sido interesante. Ha hecho que tenga una lectura más constante y disciplinada. Espero seguir con este ejercicio. En estos momentos me encuentro terminando algunas páginas del libro de ensayo Mentiras contagiosas de Jorge Volpi, el cual me ha sorprendido al por mayor la evolución que Volpi ha ido adquiriendo a lo largo de su escritura es apreciable y de agradecer, pocos escritores en este país pueden presumir de mezclar con gran habilidad discursiva a la ciencia y la literatura, quizá pronto incursione en otra de sus pasiones: la gastronomía. Tal vez sea cierto lo que sus mayores críticos dicen de todos mis amigos crackeros. Los acusan de efectistas, de abusar de un discurso leve, sin compromiso, algunos afirman, pues no han entrado del todo a novelar la historia de este México variopinto. Pero pese a que no puedo ser su mejor crítico, la amistad a veces puede cegar. Si me atrevo a afirmar que nada más coherente que ellos puede existir en la literatura mexicana actual, en su manifiesto lo hacían notar: apuntaban por una literatura global, sin ataduras chovinistas. Postura que es válida, pero muy criticada por una esfera mexicana tan acostumbrada a siempre hablar de su país, pero jamás entenderlo. E inclusive si alguien ya he leído su manifiesto, ellos mismo proponen el recuro bajo la cual piensan escribir: Las seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino. Uno de los libros fundamentales para entender su pensamiento literario, pienso.
En espera tengo el reciente libro de cuentos de Rivera Garza, la enorme-dulce-asombrosa-preciosa mujer que más me ha sorprendido y con la cual ya tuve el gusto de compartir el pan y la sal. Su libro se llama La frontera más distante. Se antoja interesante. Luego esta un escritor local: Javier Zúñiga con su Perdurable memoria, lo que he ojeado y hojeado presume de estar bien construido.
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En unas horas estaré siendo educado musicalmente por mi novia. Me llevará a escuchar al Museo San Pedro de Arte al jazzista Bela Fleck acompañado con The Flecktones, el viernes subiré la experiencia que haya obtenido, todo apunta a que será fenomenal.
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De pronto Octavio Paz ha decidido concederme el derecho de leerlo, hoy gracias a un préstamo que me dio Carmen puede comprar Sueño en libertad, que son la reunión de sus escritos políticos más esenciales. Espero el próximo sea El laberinto de la soledad en edición de Cátedra. Seguramente el más emocionado de esta buena nueva es mi amigo Pedro Ángel quien frente a su grabado de Paz, que tiempo atrás me presumía en la que fuese su oficina como Rector de la UDLA-P (tan ingrata y maldita), me invitaba a leerlo para poder discutirlo. Yo le aseguraba que nuestro Nobel era en vida un verdadero hijo de la chingada. Él insistía, pero eso no le quita lo chingón literariamente.
Entonces, ya pronto leeré a este hijo de la chingada.
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Y fin, ya debo leer un rato a Volpi.

Mentiras contagiosas-(Columna "El Guardián del diván"-Diario "El Columnista" de Puebla-12/11/08)

El 18 de mayo de 2008 anunciaba, en este mismo espacio, que Jorge Volpi publicaba este libro de ensayos bajo el sello editorial Páginas de Espuma, dentro de la colección Voces/Ensayo.
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En las 251 páginas del libro, Volpi lleva al lector a ser partícipe de su forma de pensar.
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Los textos de este libro nadan entre el ensayo y la ficción, al mismo tiempo que exploran temas variopintos que sólo a Volpi se le pueden ocurrir y dar con absoluta facilidad.
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Aquí se puede leer como Volpi habla de las obsesiones de Orson Welles por los personajes de Cervantes, así como unas posibles similitudes. Desde su trinchera personal –y por qué no decirlo, crackera- apuesta supervivencia de la novela, otorgándole variadas posibilidades, que harán que dicho género perdure por muchos años, quizá, siglos. Utiliza su pasión por la ciencia para aventar una bomba y afirmar que la novela es algo similar a un virus o a un parásito, pues ésta tiene como objetivo infectar al mayor número posible de lectores, lo que orilla a que todas las novelas tengan entre sí una pelea encarnizada para lograr ganarse un lugar en el librero de algún determinado lector. Rehúye de los clichés y los típicos análisis académicos de la literatura. A través de un discurso cargado de una ironía pura y sencilla, Volpi habla de su experiencia literaria, construye y comparte sus propios monumentos: Rulfo, Pitol, Fuentes y Bolaño, pero también hace una reflexión severa del presente novelístico en Latinoamérica. Como buen lector de Italo Calvino y sus “Seis propuestas para el próximo milenio”, pero también como uno de los integrantes del grupo que se hiciera público en 1996, plasma en esta serie de ensayos su férrea enemistad con las fronteras, apostando siempre por una literatura global, del mundo, alejada ya de todo chovinismo.
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Un libro que habrá que leer para entender más el pensamiento de estos autores que algún día dijeron ¡ya basta de hablar nada más de Latinoamérica, también suceden cosas afuera que merecen y deben ser retratadas, narradas, ficcionalizadas! En plena era de la globalización, es absurdo seguir pensando que lo que sucede en París o en África no afecta ni Brasil y menos a México.
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Complejo Cultural de la BUAP
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Mi padre, que sí fue invitado al 3er informe del Rector Enrique Agüera e inauguración del Complejo, dice que es de primer mundo. Sólo espero que este nuevo espacio realmente sea accesible a los universitarios, económicamente hablando, aunque el primer mensaje es claro: concierto de Armando Manzanero y Susana Zavaleta: el más barato 220 y el más caro 660. Según taquilla cero, donde uno puede comprarlos. ¡Vaya!, era más barato ir al Auditorio Nacional a ver a Silvio Rodríguez, contando que tiene mucho más cartel que estos dos juntos.
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Quizá pronto le cambien de nombre a este recinto: Ciudad Cultural Universitaria, pues en entrevista dada a tv3 nuestro Rector lo insinuó.
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A los universitarios no nos invitaron a este evento, pero si a los políticos… espero, al menos, se nos considere para ser empleados.

martes, noviembre 11, 2008

La modernidad a dos

Diario Milenio-México (11/11/08)
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Habrá que decirlo con toda serenidad: a juzgar por el número de libros vendidos, Octavio Paz no es un poeta sino un ensayista. De acuerdo a cifras publicadas no hace mucho, el texto de Octavio Paz que más se ha distribuido y se distribuye en México no es un libro de poesía y ni siquiera un tratado sobre teoría poética o un ensayo sobre arte. Su legado, al menos el que le queda al lector no profesional, está en otro sitio. Octavio Paz es El laberinto de la soledad. Es sabido, por supuesto, que la poesía de Paz ha sido y seguirá siendo estudiada a profundidad por lectores especializados tanto dentro como fuera de la academia. Es sabido, por supuesto, que la poesía, sea de Paz o no, en general no vende (y por ello valdría la pena preguntarse, por ejemplo, por el libro más vendido de otros poetas mexicanos que combinaron la escritura de sus poemas, como lo han hecho no pocos, con el ensayo). Ninguna de estas dos afirmaciones anteriores borra el dato: el libro más leído de Octavio Paz es, y por mucho, ese ensayo publicado originalmente en 1950, en pleno auge alemanista. En sus páginas, un Paz de 36 años resumió una lectura atenta de Samuel Ramos y de algunos historiadores más bien convencionales pero franceses para construir, con retórica elegante y a todas luces convincente, una versión de la modernidad mexicana que, con el paso de los años y con la ayuda de escuelas públicas y privadas tanto de México como en el extranjero, ha sobrevivido, a veces se antoja que no con la suficiente polémica, hasta nuestros días.
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Juan Rulfo tenía más o menos la misma edad cuando, apenas unos cinco años después, en 1955, publicó Pedro Páramo. Vivía en la Ciudad de México desde 1946, el mismo año en que Miguel Alemán, un civil con buen gusto en el vestir, se convirtió en el presidente de México, impulsando desde el inicio un agresivo plan de industrialización que serviría, entre otras cosas, para agravar la disparidad social y para convertir a la capital del país en una mancha urbana en continuo proceso de expansión. Juan Rulfo, cuyo universo literario va poblado de paisajes rurales, mujeres de profundos deseos carnales, y el parco hablar de campesinos y hacendados, escribió sus cuentos y su novela en esa ciudad que, con algo de pudor y otro tanto de premura, intentaba a toda costa dejar atrás sus ropajes de rancho grande. Como producto del masivo proceso migratorio que llevó a cientos de miles de hombres y mujeres de las provincias a la ciudad ya convertida en eje de producción tanto industrial como cultural, Rulfo pronto adoptó la actitud del inmigrante que, aún sintiéndose fuera de lugar en el medio urbano, aprovechó, y esto con furor, las oportunidades de la gran ciudad: las librerías y los cines, las salas de conciertos, las calles, los escritores, e incluso los volcanes de las afueras donde solía caminar. En tanto autor de una obra, esto habrá que decirlo también con la serenidad del caso, Rulfo fue un autor citadino. Y su contexto vital, su contemporaneidad, no fue ni la Revolución Mexicana de 1910 ni la Guerra Cristera de 1926-1928, sino el proceso de modernización de tintes claramente urbanos de mediados de siglo.
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Pedro Páramo y el Laberinto de la soledad son, pues, libros tutelares que, una vez más a juzgar por el número de ventas y el número de estudios dedicados a sus páginas y el número de traducciones, produjeron las primeras y más permanentes lecturas de la modernidad mexicana. Se trata, así entonces, de libros in situ. El laberinto de la soledad, este es mi argumento, es una obra que, resumiendo el conocimiento de un status quo nacional e internacional, mira hacia atrás: hacia los albores del siglo XIX. Se trata de un libro eminentemente anti-moderno, más hecho para contener el embate de lo nuevo (y desconocido) que para encarnarlo. Pedro Páramo, escrita en el umbral de la ciudad por un inmigrante afecto a lecturas periféricas —que iban, según aseguran los expertos, desde novelas nórdicas hasta ese libro extraño e inclasificable que todavía es Cartucho, de Nellie Campobello— y a las largas caminatas por la ciudad y sus alrededores, es un libro que mira, en cambio, hacia donde estamos aquí y ahora. En el umbral del siglo XX, justo en su cintura más enigmática, ahí están dos puertas: una que se abre paso hacia la jerarquía formal y social del XIX, que a no pocos todavía les resulta deseable, y otra que se desplaza, con la extrañeza del caso, hacia lo que todavía en 1955 (e incluso ahora) no sabíamos pero avizoramos.
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Son libros distintos, se entiende, puesto que pertenecen a tradiciones literarias tan aparentemente apartadas como el ensayo y la ficción, pero no son libros incomparables. Son libros de su tiempo y son, además, libros que ha (a)probado el tiempo. Cada uno responde a un temperamento, a una estética, a una (más o menos enunciada) política. Pero ambos discurren, con herramientas que les son propias, sobre esa modernidad que los conforma y a la cual, a la manera misteriosa de los libros, que no es otra cosa más que la lectura de los mismos, configuran también. Independientemente de la temática que abordan y el género dentro del que se inscriben son libros que se ven de frente, sin hablar, o hablando lenguajes distintos, pero que se comunican igual. Repito: no se trata de un diálogo entre un México rural y un México urbano. De la orfandad al sexo, pasando por la pobreza, el humor, la raza y el más allá, estos dos libros han dialogado sin tapujos pero desde trincheras diferentes sobre el tiempo y espacio que los contiene a ambos.
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Habrá que decirlo de nueva cuenta y también con serenidad: a juzgar por el número de libros vendidos (y traducidos) Juan Rulfo es Pedro Páramo. Su legado, incluso para el lector no profesional y a pesar de la belleza de su trabajo fotográfico, está ahí. Su legado dice, sobre todo: la realidad es extraña y está fragmentada en mil pedazos. Piensa en ella, tócala. Nada está resuelto hasta que tú lo leas. Dice: Juan Rulfo no existe: existes tú. Empieza.

lunes, noviembre 10, 2008

Nosotros, entre otros ellos

Diario Milenio-México (10/11/08)
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1 El peso de los pésames
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Felicitar suele ser cosa fácil. Nada parece haber tan natural como hacerse uno con la alegría del otro, aun si hay quienes lo intentan refunfuñonamente, a medias ocultando el pesar que la felicidad ajena deja entre algunos tristes abismales. Dar un pésame, en cambio, es harto complicado. Nunca se sabe exactamente qué decir, tan es así que los más inspirados optan por la elocuencia del silencio y dejan que el abrazo —largo, cálido, antiguo como las reminiscencias compartidas— diga lo propio. Excepto, por supuesto, cuando hay que dar el pésame por teléfono. Uno se mira torpe, pues de entrada no puede ver al otro ni hacerse ver por él. Hay que decir las cosas sin enterarse del contexto imperante, puede que la persona a quien llamamos esté, como se dice, destrozada, y entonces la llamada sea un nuevo vapuleo, la puntilla quizás.
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La última vez que intenté dar un pésame telefónico, lo hice con un amigo de la infancia a quien había visto no más de tres veces en los últimos veinte años. “Tienes a tus amigos”, le dije imbécilmente, por decir cualquier cosa que me sacara del embrollo de encontrarme ridículo de cualquier forma, al día siguiente de la muerte de su padre. ¿Era yo acaso uno de esos amigos, cuando llamaba por primera vez a su número y tal vez no lo haría en muchos años más? ¿De qué le iba a servir al infeliz poder hablar de amigos que sólo aparecían para ofrecer un pésame inoportuno? Una vez que dejamos los años escolares, resulta ya difícil establecer cuáles son, en efecto, nuestros amigos. Vamos, que hasta en las mismas familias hay parientes que no se consideran parientes —ovejas negras, rosas, grises, de todo hay— y no son pocos quienes se incomodan, o de plano enfurecen, cuando se les remite a un cierto parentesco inconveniente. “Todos somos del mismo barro”, se decía antiguamente, “pero no es lo mismo bacín que jarro”.
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2 Somos huele a manada
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Aun y especialmente cuando se habla en singular, es difícil decir toda la verdad, pero en plural suele ser imposible. Hablar en nombre de otros, por más que sean parte de uno entre los millones de posibles nosotros, es por fuerza torcer, reducir, soslayar, exagerar. En concreto, mentir. Como no se haga referencia a lo evidente, quienes aluden a las características y sentimientos de una colectividad se arriesgan a pecar no sólo de cursis, sino asimismo de imprecisos y abusivos. A lo largo de todo el Tercer Reich, cada pareja de recién casados recibía por ley un ejemplar de Mi lucha, que debía ser visto como el manual de uso de la germanidad. Un manual de sandeces, en realidad, empezando por esa tendencia irritante, por imbécil, de agrupar a los seres humanos en manadas compactas de semovientes indiferenciables. Más allá del racismo, el mamotreto invoca a una suerte de predestinación racial, donde ni aún los elegidos arios tienen pleno derecho a opinar al respecto. Al Estado, que en nada se equivoca, le queda por lo tanto la facultad de decidir quién pertenece a cada nosotros, si no a uno de esos ellos que inspiraban el término favorito del Führer: Vernichtung. Para un nosotros que se toma muy en serio, usualmente a costillas de los otros, la palabra exterminio acaba convirtiéndose en asunto de higiene social.
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Ahora que pasó el tiempo, entiendo qué fue aquello que me hizo sentir mal durante el infortunado pésame telefónico. Llamarme, de manera tácita pero poco elegante, parte “sus amigos” era invocar a una colectividad fantasma y sumarme a ella demagógicamente, como esos embusteros que no saben hablar en primera persona, de manera que hasta sus opiniones más mezquinas se anuncian compartidas por un nosotros sin forma ni relleno. Cuando un alumno habla por sus compañeros empleando la primera persona del plural, lo hace diciendo aquello que debe decir. Esto es, lo que se supone que piensan todos, por más que cada uno piense lo que le plazca. Le había hablado a mi ex compañero de aula con la solemnidad que me habría merecido la directora, y eso era casi tanto como guiñarle un ojo a medio pésame. No suele uno decirlo, pero a la hora cierta muy rara vez da crédito a manifiestos colectivos, menos aún si se atrevió a firmarlos.
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3 Confúndanme, si pueden
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Es probable que la manada tienda a tranquilizarse cuando se cree compacta, pero también quiere uno creer que le es posible trascender sus tendencias biológicas impresentables. Ahora que todo el mundo se dice desde siempre enemigo del racismo, convendría saber cuántos han conseguido librarse de ese nosotrismo manadero al que la biología quisiera condenarnos por parejo. ¿Existe un show mafioso más entrañable que la hora en que los familiares se turnan para hallar en el recién nacido características propias del clan? Tampoco hay, sin embargo, espectáculo familiar más antipático que el de aquellos que nos invitan a su casa sólo para embarranos en la cara los logros de los suyos, que en nada se comparan con los de nadie. ¿Cómo es que tanta gente puede hacer el ridículo al mismo tiempo? ¿Cómo hacer una mínima insinuación privada sin que se tome como afrenta de sangre, de raza, de nación?
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He asistido, en una sola noche, al luto nacional y el júbilo mundial. He sido mexicano y gringo al mismo tiempo, negro y blanco, universal y aldeano, propio y extraño, conforme y suspicaz, retrógrada y moderno, ranchero y funky. Sé, sin lugar a duda, que cada una de estas comunidades se distingue por ciertos rasgos de las otras, pero también me consta que en todas ellas pulula cantidad de hijos de puta, y tampoco es difícil encontrar a personas lo bastante decentes o indecentes para ya no encajar en el estándar. Reclamo el privilegio de confundirlos y ser, en lo posible, confundido. Me gustaría poder hablar en plural, pero en estos momentos me incomoda en exceso la idea de hacer cuentas para saber a cuántos puedo considerar Los Míos. Preferiría incluso no saber qué es eso.

jueves, noviembre 06, 2008

Una invitación, una.


Facultad de Filosofía y Letras-BUAP
Dirección de Literatura de la Secretaría de Cultura del Estado de Puebla
y el Movimiento cultura La Fuga Literaria
INVITAN
A
LECTURA DE INÉDITOS POBLANOS
7 DE NOVIEMBRE DE 2008
6:00 PM
CASA DEL ESCRITOR
Participan: Conrado Zepeda, Israel Aguilar, Leonardo Ávila, Carmen Barranco, Viridiana Carreto, Gersom Mercado, Arturo Romero, Abigail Rodríguez, Indira Díaz, Juan de Jesús Ramírez y Alfredo Godínez.
Habrán bocadillos y vino de honor.

Una calavera Kultural

Diario Milenio-Puebla (06/11/08)
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Pasa muy rápido el tiempo. Hace poco las lluvias eran frecuentes y molestas. Ahora se ha adelantado el invierno. Pronto estará acá el año nuevo y ya, otro más y otro menos en la vida de todos. A uno el tiempo le sirve porque va coleccionando cosas, recuerdos, anécdotas.
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Estuve revisando los diarios estos días que los mexicanos hablamos de los muertos. No quise asomarme por el panteón, porque hay demasiada gente. Tampoco pude ir a Huaquechula, como lo hago cada año.
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Me quedé trabajando y leyendo en casa. Vi las ofrendas que el ayuntamiento organizó en el Zócalo de la ciudad. A la Casa de la Cultura no puede entrar: me engento, qué neurosis la mía.
Leí muchos periódicos, muchas calaveras (unas escritas por mi amigo Manuel de Santiago) realmente buenas.
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La de Manuel de Santiago estuvo dedicada a Ulises Ruiz. Las así conocidas como “calaveras” quedarán para el registro de la historia.
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Si echamos un ojo por las hemerotecas podríamos enterarnos de la mofa y la opinión de la gente hacia los personajes de la vida en México de los años cincuenta y más allá.
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Yo generalmente regalo los diarios a las hemerotecas, luego de que se me han acumulado.
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No los conservo, porque me podría morir entre papel en lugar de quedar bajo la tierra. Recorto lo que me interesa y de lo demás me voy deshaciendo con los días.
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Me acordé de una novela de Román Revueltas, creo, en donde el personaje, un marido ofendido, se va de la casa porque su esposa no lo aguanta leyendo periódicos atrasados.
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En su sano juicio, nadie guardaría en su casa tanto papel. Para eso entonces están las hemerotecas.
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Este año quiero reproducir aquí, ya que sé que para muchos lectores pudo pasar desapercibida, una calavera dedicada al Señor de los Pendones.
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Ahora resulta que así se le conoce al dizque secretario de Cultura, porque tiene todas las áreas llenas de pendones. ¿Quién los hace? No es difícil saberlo, pero hay más pendones que libros editados.
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Pues el Sr. de los Pendones fue motivo de una maravillosa calavera firmada por Polo Noyola, que lo retrata fielmente.
Cuando alguien pregunta por el Sr. de Pendones (es decir por el secre Montiel), nadie sabe quién es, nadie lo conoce.
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Gocé por lo pronto la calavera a ritmo de Pérez Prado. Apareció en el suplemento llamado "Matria" Nº 21 de (obvio) noviembre de este aún 2008. Va y con ésta me despido: “Disfrazada de turista/ una calaca sin piel/ desapareció a Montiel/ sin dejar ninguna pista/ Un desastre natural/ no sé qué haremos sin él/ ¿Dónde está este perro fiel/ que gobernaba tan mal?/ Hay problemas de a montones/ Phillip Class ya canceló/ qué hiciste, pregunto yo/ con los 18 millones/ Sin esta noble criatura/ ya nunca será lo mismo/ pues pensaba que el turismo/ abarcaba la cultura/ Hay muertes de todo tipo/ esta me enchina la piel/ ¡Qué solo acabó Montiel/ que nunca formó un equipo!”
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Y yo que me había propuesto no ocuparme de este oscuro personaje. Ni modo, la ocasión lo amerita.

miércoles, noviembre 05, 2008

“Esto no es una antología poética”-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 05/11/08)

18 de diciembre de 2004: se podía leer en un blog el nacimiento de un proyecto de amplia envergadura enfocado a la poesía. Tal proclama era escrita a manera de prosa poética: “(…) Lucrecia y sus juegos. 13 libros. Cuenta regresiva. Cada poema muere bajo su propia muerte. Y reconquista su propia vida. 13 libros en un periodo de tres años y medio. Cuenta regresiva para evitar la burocracia del dinero y la necesidad de pedir fiado al gobierno. Tres años y medio para no morir en el intento. Sólo autores nacidos en los setenta. Sólo latinoamericanos. Lucrecia y sus curvas prodigiosas, o las tetas y nalgas de todas nuestras madres. Sólo la mejor y más auténtica poesía de los chavales nacidos al ritmo fogoso de Gloria Gaynor y Violeta Parra. Sólo lo mostro, lo machazo, lo más candinga. 13 libros que harán historia en la Historia de la Poesía de toda Latinoamérica”. Entradas más adelante El Billar de Lucrecia se definía de la siguiente forma: “un concepto verdadero de generación. Una generación que hemos denominado La Generación Picapica, conformada por poetas de alto riesgo y alta tensión que con sus poemas aplicados sobre la piel de los otros causarán gran irritación y comezón”. Hasta la fecha llevan 11 bolas poéticas que han sido lanzadas. Quien tiene el taco es la poeta y editora Rocío Cerón, cofundadora del colectivo MotínPoeta.
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La bola 11 es una antología que bajo el título de “Nosotros que nos queremos tanto. Poesía contemporánea de México”, reúne a los siguientes poetas: Lumbreras / Faesler / Plascencia Ñol / Reynosa / Castillo / Herbert / Cabrera / Caballero / Fabre / Nepote / Ríos / Cerón / Ortuño / Sánchez. La antología es presentada por Marcelo Pellegrini –chileno destacado, nacido en Valparaíso en 1979, se desempeña en la vida como Poeta, traductor, profesor de literatura hispanoamericana en la Universidad de Wisconsin-, y a su vez cada poeta es antecedido por otro presentador nacido en cualquier país de Latinoamérica, menos en México. Se plantea como una enemiga de los clichés a la hora de realizar antologías y dice diferenciarse de sus antecesoras desde la “Antología de la poesía mexicana moderna” conceptualizada por el grupo de Los Contemporáneos” pasando por “Poesía en movimiento” encabezada por nuestro Nobel mexicano: Octavio Paz, hasta terminar con “El manantial latente. Muestra de poesía mexicana desde el ahora: 1986-2002” de Ernesto Lumbreras, sin olvidar “Asamblea de poetas jóvenes de México” de Gabriel Zaid. Antologías que son reconocidas como las más significativas en el ámbito mexicano. Entre este mar y fuera de compadrazgos, aparece esta bola 11 para reírse de las de su género, según Pellegrini. Quien más adelante explica la gestación de ésta: “los poetas que conforman el consejo editorial de El Billar de Lucrecia, fueron invitados por Rocío Cerón, su directora, a participar en la antología; a su vez, ellos tenían la misión de invitar a otro u otra poeta a formar parte de la muestra. Después de eso, cada uno invitó a un poeta latinoamericano para que escribiera una breve presentación crítica de su obra”.
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Una antología cuyo candado es respetar la ideología de la editorial –nada más cuerdo que eso- : sólo autores nacidos en los setenta y nacidos en Latinoamérica. Pero quizá sea la primera antología que establece un discurso interno, como si se conformara un poemario, en lugar de una muestra poética. Es sarcástica, irónica, burlona, cínica y celebra la amistad. Hacer obvio lo que las demás antologías hacen es, sin duda, la mejor crítica. Esto no es una antología poética, es una postura crítica y burlesca ante el mar de antologías poéticas.
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La invitación
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El viernes 7 de noviembre a las 6 de la tarde en Casa del Escritor (5Ote #201) se llevará a cabo la lectura de Escritores Inéditos, participan alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras-BUAP, del Colegio de Artes del Estado y de la Escuela de Artes-BUAP. Habrá bocadillos y vino de honor, vayan. Invita la Facultad de Filosofía y Letras-BUAP, la Dirección de Literatura de la Secretaria de Cultura del Estado y la Fuga Literaria.

martes, noviembre 04, 2008

La Novela Neo-catastrofista


Diario Milenio-México (04/11/08)
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El conocimiento que producen las ciencias naturales se trasmina de maneras tan interesantes como masivas en nuestras interpretaciones más básicas de la vida cotidiana. Tal es el caso, por ejemplo, de las visiones newtonianas del universo que, extirpando el caos del sistema solar, nos entregan a la tierra como el componente singular de una maquinaria perfecta y auto-regulada —el universo— cuyos cambios sólo ocurren en largos periodos de tiempo. Lo mismo sucede con nociones darwinianas de la evolución que, borrando los grandes saltos de la cadena evolutiva, nos hacen pensar en el cambio, en cualquier proceso de cambio, como algo gradual y sujeto a una lógica progresiva que, de manera natural por encontrarse en condiciones competitivas, favorece la selección de los más fuertes. Tal como lo demostraron los más diversos ideólogos de la revolución industrial y, en México, los astutos miembros de la elite porfiriana a finales del siglo XIX e inicios del XX (aunque nunca solamente ellos), una selección estratégica de estas ideas, en general ancladas en nociones de progreso dentro de sistemas cerrados, ha sido fundamental para legitimizar la implantación de prácticas de vida y relaciones de poder que han beneficiado históricamente a una minoría con características de clase y raza bastante específicas. Si esto es cierto, como parecen atestiguarlo una plétora de estudios en el campo de la historia de las ideas y, más específicamente, de la historia social de la ciencia, entonces sería lógico argumentar que cualquier transformación, especialmente si ésta es radical, en el conocimiento que producen las ciencias naturales influenciará, a través del corrosivo de la crítica más que de la mimesis convencional, interpretaciones distintas de la vida social. Esta es la premisa básica que motiva la sección denominada “Ciencias Extremas” del libro Dead Cities, publicado por Mike Davis en 2002, traducido como Ciudades Muertas. Ecología, catástrofe y revuelta, y publicado por la editorial Traficantes de Sueños en el 2007.
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Los neo-catastrofistas, en palabras de Davis, atacan las bases mismas de la geología victoriana proponiendo, en cambio, una geocosmología que parte, para empezar, de una visión abierta del universo para enfatizar la estrecha e histórica relación que une a la superficie terrestre con la celeste, construyendo así “una tierra existencial formada por la energía creativa de los cataclismos”. Lejos de las nociones gradualistas, y por ende conservadoras, de la evolución darwiniana y apegados a una lógica no linear que no teme desasociar causa y efecto, los neo-catastrofistas pintados por Davis parecen tener una visión más o menos benigna de las grandes catástrofes y están listos, por lo tanto, para reemplazar “el lento avance temporal lineal de la micro-evolución con las explosiones no-lineales de la macro-evolución”. No es coincidencia, por supuesto, que una propuesta que señala con tanta vehemencia el papel generativo del cataclismo haya resultado de interés para un pensador que, como Mike Davis, se ha dedicado por mucho tiempo al análisis de las fuerzas políticas y sociales que constriñen la experiencia humana hasta volverla casi imposible en cuanto tal, así como de las fuerzas revolucionarias que, liberando tal experiencia, la posibilitan. No es coincidencia tampoco, claro está, que esté yo ahora tratando de generar un vínculo entre esa visión que, desde el centro de la tierra y desde el marco referencial del cielo, rechaza con tanto vigor la mera posibilidad de una tierra lineal, y linealmente explicada, dentro de un universo de mecanismos tan regulares como perfectos, con una cierta manera de componer estructuras lingüísticas y propuestas estéticas a las que denominamos, por falta de mejor término, como novelas. Si lo que sigue es mínimamente fructífero, será posible pensar a las así (¿mal?) llamadas novelas experimentales menos como anomalías o meros ejercicios de decoración excesiva y más como procesos de conocimiento y de cuestionamiento allegados a una visión cataclísmica de la historia y del tiempo, y del lugar de la agencia humana entre ellos.
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Darwiniana en su fe en el cambio gradual y progresivo que conduce a la supervivencia del personaje mejor delineado, y newtoniana en su aspiración aislacionista que reproduce movimientos regulares y, por lo tanto, predecibles y armónicos, es decir, entendibles, la novela convencional ratifica, independientemente del contenido de su trama, el estado de las cosas. Conservadora por antonomasia —y esto, repito, independientemente de las características de su anécdota— la novela convencional se construye poco a poco, siguiendo la lógica de la microevolución, hasta que una epifanía revelatoria explica, es decir, aclara, el meollo de su propia historia. Evitando el “extraño vals entre la tierra y sus cometas apocalípticos”, la novela convencional es clara y familiar, produciendo así las respuestas emocionales que, en nombre de otro científico por cierto, se denominan como pavlovianas.
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En claro contraste, la novela neo-catastrofista, justo como la teoría geocosmológica de la que proviene la terminología, rechaza cualquier noción de causa-efecto, favoreciendo, en cambio, causalidades estructurales que emanan de “extraños loops de retroalimentación compleja”. Si los neo-catastrofistas vinculan, a través de “interacciones resonantes”, a los fenómenos del cielo y de la tierra, presentándolos como resultados altamente singulares de “emparejamientos de osciladores” dentro de un caos más o menos determinado, la novela que comparte ese nombre está dispuesta a recibir el impacto que abrirá, de repente y con gran fuerza y no necesariamente con una explicación lógica, “innumerables caminos posibles de evolución partiendo de la misma situación inicial”. Contingente e inexplicable, productora y producto de su propio proceso de producción, la novela neo-catastrofista nos enseña que, así como “el universo no está preñado de vida ni la biosfera de vida humana”, la escritura sólo en raras ocasiones contiene las condiciones únicas y acaso irrepetibles para dar a luz a la novela —esa composición histórica y política que rompe, porque ésa es una de sus posibilidades, con el estado de las cosas.

lunes, noviembre 03, 2008

El drama es el marcador

Diario Milenio-México (03/11/08)
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Quimeras que dan sed
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Una vez que la crisis dice aquí estoy, al cronista se le junta la chamba. No hay una gran catástrofe sin un sin fin de historias al respecto. La gente quiere que le cuenten lo que pasa, o hasta mejor que le hablen de otra cosa, pero el silencio se soporta mal. ¿Cómo iba a alimentarse la fe de nadie sin el relato de la dicha y la desdicha ajena? Fulana se sacó una casa en un sorteo. Zutano se metió un tiro en la boca. La familia Mengánez amaneció con sus muebles a media calle. Historias más o menos inexactas que exigen ser contadas, aunque para lograrlo haya que reinventarlas. Historias que se anuncian revolviendo el estómago de quien recién se entera, como la de esa niña somalí que fue muerta a pedradas por desdecirse de una acusación de estupro tumultuario. Historias que divierten a la inmensa mayoría plebeya, como las opiniones de la reina Sofía, un tanto sorprendentes para quien piensa que sus reales privilegios no incluyen el derecho a abrir la boca más que para comer y lavarse los dientes. ¿Qué sentido tendría preñar cada domingo a los televidentes de competencias y largometrajes, sino saciar esa sed de quimera que en los tiempos difíciles se multiplica? ¿Quién aguanta el domingo sin siquiera una dosis de ardores impunes?
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Un domingo en las carreras
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Pocos planes parecen tan suculentos a los ojos de un niño como el de que lo lleven a las carreras de autos. Un espectáculo particularmente aburrido para quien no comparte la mística que abunda en derredor suyo. En rigor, no se entera uno de nada. No a tiempo, cuando menos. Ni del todo, ni con exactitud. Se ven pasar los coches y con trabajos llega uno a saber quién entre los punteros va adelante. Y eso porque la gente lo repite, de modo que es frecuente dar por bueno el rumor infundado y celebrar o lamentar en falso. Situación muy propicia para absorber ese halo de fatalidad que acostumbra rondar dondequiera que alguien se juega la vida en público. Aun con la desventaja propia de su tamaño y el escaso respeto que su corta experiencia convoca, un niño en las carreras acaba por enterarse de todo. No en balde está presente donde crece la mística que más tarde lo hará envidiable a los ojos de sus iguales. Atrapado por ese permanente torneo que es la edad infantil, el niño vuelve de las carreras con la emoción de quien recién corrió en la pista de sus sueños. Ya el puro olor del combustible quemado le da una sensación de persona-de-mundo que ningún otro juego le proveería.
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Son asuntos de niños, las carreras de coches. Pocas rabietas hay tan infantiles como las protagonizadas por los pilotos que acaban de chocar y se aprestan a darse con el casco. Pero el drama está allí, por hueco que parezca a los extraños. Toma aún más trabajo adelantar al primer piloto que pelearse con él a cuchilladas (aunque estas en teoría sean un poco más emocionantes). Ello explica que quienes asistimos al Gran Premio de Brasil —en la televisión, donde una multitud de cámaras intrépidas y datos duros lo convierten a uno en lector omnisciente— entrásemos en una suerte de trance colectivo durante las últimas cinco vueltas al circuito. Mientras allá todo era confusión, uno podía asistir a los detalles íntimos de la carrera, como en aquellas tomas desde el monoplaza, donde incluso se escuchan los diálogos entre el piloto y sus técnicos...
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El drama y la parálisis
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La carrera es dramática por los números que viene arrastrando. Para llevarse el campeonato mundial, Felipe Massa debe quedar en el primer lugar, y además esperar que Lewis Hamilton termine en el sexto. Pero viene en el quinto. Faltan ya cinco vueltas y comienza a llover. La mayoría apuesta por lo más sensato, que es gastarse unos cuantos segundos en cambiar llantas. Cuando esto ha sucedido, a tres vueltas del fin, uno de los punteros, el alemán Timo Glock, ha resuelto jugársela con las mismas ruedas, y esto lo deja en el cuarto lugar. Otro alemán —Sebastian Vettel— tampoco se conforma y consigue quitarle el quinto puesto a Hamilton. En la vuelta final, mientras Massa cruza la meta en el primer lugar, la lluvia arrecia y Timo Glock lo reciente, de modo que en la última curva es rebasado por Hamilton. La pantalla muestra a los dos equipos —Ferrari y McLaren— celebrando, así como el momento del derrumbe, cuando el padre de Massa observa el monitor y encuentra que su hijo no será el campeón.
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El director de cámaras sabe muy bien qué hacer en estos casos. Entiende que nosotros estamos todavía con la respiración cortada, presas de un pasmo intenso que muy pocas noticias nos merecen. Por eso elige los close-ups a la cara de Massa, que está arriba del podio celebrando lo incelebrable, pues ganó la carrera y perdió el campeonato. Ya le brillan los ojos por las lágrimas, nos enteramos de cada uno de sus rictus. Somos, junto a él, una pandilla de niños aturdidos por emociones que nos rebasan. Hemos viajado abordo de su mismo vehículo y escuchado las mismas palabras que él. Más que en sus zapatos, conseguimos meternos en su cabina y verla pista desde donde él la ve. Unos somos Felipe Massa, otros Lewis Hamilton, pero también pudimos ser Kimi Raikkonen, y Fernando Alonso, y Heikki Kovalainen. ¿No es eso acaso a lo que nos gustaba jugar cuando niños, ser otros y con ellos sentirnos héroes, cambiar de identidad a cada nuevo juego, e incluso a la mitad del que jugábamos?
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Cuentan que al terminar la ceremonia de premiación en la pasada final de Wimbledon —la más dramática y reñida de la Historia— Roger Federer lloró largamente en el vestidor. Y he ahí la ventaja de quien se pone en el lugar del niño. Cuando el juego termina y el domingo amenaza con pintarse de desconsuelo, uno cambia el canal y apaga la tele. Fin de la historia. Es hora de arrancarse con otra.

viernes, octubre 31, 2008

Cuasi poesía

Los poetas leen poesía entre poetas,
“cuasi poetas”, tal vez “poetas”,
pero nadie escucha,
sólo leen de noche
a la luz de una lúgubre lámpara,
en un recinto antiguo y frio,
y se dedican “poesía”,
probablemente, piensan,
que así el público y el colega,
pondrán atención.
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Cerca de los poetas
están los ritualistas de la cerveza,
que es bebida y acompañada
con un cigarro,
seguramente, hablan de los poetas
que leen “poesía”:
“éste es bueno”, “no, aquél es mejor”,
“calla, tonto, el canoso es tremendo”.
-
La poesía es un rito,
requiere, en primera instancia,
de un poeta que escriba poesía,
luego la publicará,
para después ser leída
con la enjundia y el tono
que el poema exige,
ante un público repleto,
seguramente de poetas.
-
Los maestros, ahora leen
verdadera poesía,
que cala, penetra y se esfuma,
es poesía.
-
Los aprendices de poeta
escucha poesía,
atentos esperan descifrar
y desentrañar las claves
del arte de la poesía,
y antes, desde luego,
convertirse en poeta,
la pose importa mucho.
-
“Salud”-dicen en el fondo-
“por la poesía”, brindan,
siempre es un buen motivo
brindar por la poesía.
-
Los aprendices escuchan
y asienten cada verso
que el poeta lee,
lo valida, pero ¿lo comprenden?
-
Y la poesía evoca a los muertos
un día antes de los días
que se dedican a la muerte.
-
La muerte que danzaba
a media tarde, luchando
para no ser desterrada, exiliada,
desplazada por la cultura de la calabaza.
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Por cierto, hoy lo poetas
hablaban del exilio, o al menos,
bajo el exilio otorgado y/o buscado.
El exilio, es una variante de la muerte.
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Días atrás, un poeta se quejaba
de la pose y la excesiva abundancia
de “poetas” en la tierra,
y yo como poeta, escribo poemas,
no poesía, jugando a imitar
a un viejo amigo, que como yo,
está en igualdad de circunstancias.

Una foto de poetas

Una de las mesas de lectura del IX Cngreso de Poesía y Poética, dedicado esta ocasión al exilio.
En esta imagen aparecen de izd a derecha: Julieta Cortés, Javier Zuñiga, Saúl Irbagoyen, Renato Prada, Raúl Renán, Ldmila Biriukova.

Critica Palou García las poses poéticas-(Intolerancia diario/Cultura-Federico Vite 30/10/08)

Durante la presentación del poemario Ciudadela de Miguel Maldonado, Pedro Ángel Palou dio una cátedra acerca de porqué la literatura se ha vuelto una mercancía.
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La presentación del poemario Ciudadela de Miguel Maldonado sirvió de pretexto para que el narrador, ahora investigador de la Sorbona de París, Pedro Ángel Palou García diera una cátedra de por qué la literatura se ha vuelto una mercancía.
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El pasado miércoles por la noche, el auditorio de San Pedro Museo de Arte fue testigo de una de las presentaciones de libro más concurridas en Puebla, pues ante cien personas, los escritores José Prats, Fritz Glockner y Pedro Ángel Palou García disertaron acerca de la poesía nacional. Tomaron como referencia el libro Ciudadela para comentar las mil y una poses que los poetas nacionales tienen.
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El tercero en turno, como plato fuerte fue Palou García, quien inició su comentario hablando de la facultad de los jóvenes escritores por ser poetas. “Todo joven que escribe quiere ser poeta, pero no entienden que lo más difícil es hacer poesía”, dijo. Maldonado, agregó, ha dicho en conferencias de prensa que su libro es un testimonio de ser indocumentado, pero este poemario trata una experiencia que se vuelve literatura al confrontarse en el papel. “Maldonado sabe que escribir también significa ser despiadado con las experiencias, traducirlas en documentos literarios, en hacer terrorismo con el lenguaje”, expuso.
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En México, afirmó, como en varios países de lengua española hacer literatura se ha vuelto una forma de mercancía, se manejan los libros como un producto, no como una planta nuclear que genera su propia energía. “En este poemario descubrimos eso, es un libro que genera su propia energía, nos recuerda que escribir es una forma de nombrar indirectamente, como lo hizo Shakespeare”, explicó.
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Cuando uno escribe, aleccionó, debe de desechar las frases viejas, las poses, la forma casada de escribir.
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Los comentarios de Glockner estuvieron relacionados con la fortaleza de leer un poemario que aunque aborde la fragilidad humana, potencia la vitalidad del ser humano.
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Por su parte, Prats mencionó que tras la primera edición de Ciudadela, la cual obtuvo el premio Gutierre de Cetina 2006, tiene una nueva forma de leerse, un diálogo dentro del propio libro.
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Maldonado agradeció la presencia del público. Leyó algunos fragmentos de su libro e invitó a que el público que deseara platicar con los comentaristas y el autor lo hiciera durante el brindis de honor.

jueves, octubre 30, 2008

Fuga a la muerte

Diario Milenio-Puebla (30/10/08)
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El título completo de este libro del investigador Alejandro Padilla es El primer paso y fuga a la muerte, la historia de Pablo Alvarado Barrera, edición que fue presentada en Puebla en días pasados por Rubén Aréchiga y el periodista Alfonso Yáñez Delgado.
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Sólo tres investigadores, luego de 35 años, han dedicado espacios para hablar del asesinato de Pablo Alvarado Barrera, ocurrido en Lecumberri la noche del 4 de diciembre de 1971.
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En algunos momentos de la lectura, uno piensa que está ante una novela por la manera en que Alejandro Padilla se dedica a narrar los hechos.
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Padilla supo de la muerte de Alvarado Barrera desde el primer momento; él era entonces estudiante de la primera generación del CCH Oriente. El libro que pudimos conocer y leer es el producto de muchos años de entrevistas e investigación acerca de la extraña muerte que rodeó al personaje. Aunque poco se conoce de la vida de Pablo Alvarado, en El primer paso… hay pistas que nos van guiando hacia él. Resulta interesante saber por qué nadie quiso hablar nada después de los sucesos de esa noche en El Palacio Negro de Lecumberri; y por qué, quienes han investigado el Movimiento Popular Estudiantil de 1968 no le han dedicado una sola línea. Es más, dice el autor del libro, “no aparece en el registro de ningún índice onomástico”.
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Enigmática personalidad la de Alvarado Barrera: no tenía familia. Hijo único, cuando fallece su madre (no conoció a su padre) se dedica con poca fortuna al magisterio en la Sierra de Chihuahua, de donde era originario. Alvarado Barrera había nacido en Santa Eulalia, lugar donde se explotó hasta que sus vetas quedaron vacías, la plata.
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Al parecer, el asesinato de Pablo Alvarado Barrera se trató de un plan bien elaborado para quitarse de en medio a un luchador social que se presume estuvo vinculado un tiempo a la Ugocem. Ante el pretexto de que pretendía fugarse junto con otros dos internos, le dispararon cuatro tiros, todos a quemarropa y en la cocina de Lecumberri a las 10.45 de la noche.
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Narra el autor que, ante el sentido que le alertaba de algún peligro inminente, Pablo Alvarado se negó a ir a la cocina, desde lo estaban llamando para ultimarlo.
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En los anexos de El primer paso… podemos ver parte de su vida: un maestro con mucha inconsistencia, un hombre que no le gustaba permanecer en un solo lugar, un hombre que se interesaba por los demás y desapegado a los bienes materiales.
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Un misterio sigue cubriendo la muerte de Pablo Alvarado. En efecto: no perteneció a movimiento político alguno, no militó en las filas de ningún partido político y fue violentamente asesinado en Lecumberri en 1971.
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Alejandro Padilla realizó la investigación con recursos propios. El libro, no está de más decirlo, fue rechazado por dos editoriales, por lo que se decidió una impresión de autor. El libro está en las Gandhi y ahí puede conseguirse, si al lector le interesa conocer esta historia que fue parte de la Guerra Fría.

miércoles, octubre 29, 2008

El re-encuentro y la presentación

En la foto, dos personas que son parte importante de mi vida: Carmen Barranco, mi adorada y querida novia, y Pedro Ángel Palou, el eterno amigo y maestro.

“Contra las buenas intenciones”-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 28/10/08)

Cual cartel de box, la portada del libro número 6 de la colección “Versus” de Tumbona Ediciones, anuncia al lector que se encontrará con dos ensayos antipáticos que pelean contra las nuevas variantes de una vieja afición: meter las narices en lo que no nos incumbe. Un alemán y un mexicano escriben contra el apapacho y los entrometidos, respectivamente.
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El primero en abrir la pelea con el texto “¿Todo bien?”, es Hans Ulrich Gumbrecht (Würzburg, 1948), quien ha escrito “Producción de presencia” y “Elogio de la belleza atlética”. Dicho ensayo aparece escrito a manera de carta y con un humor sarcástico y negro, el autor hace una breve reflexión crítica-comparativa del comportamiento del europeo y del californiano. Critica la excesiva felicidad californiana y añora al mismo tiempo la frialdad europea, pero también hace un claro énfasis en el daño que hace el extremo de cada postura y termina por optar por una sana indiferencia, pues así uno se podría librar de hacer preguntas socialmente correctas y sinceramente falsas: ¿está todo bien?, cuando en realidad es un mero formalismo, pues al ejecutor seguramente no le interesa saber los detalles de tu vida que te hacen comportarte de una u otra forma, la indiferencia serviría para alejarse de ser víctima de un sermón que busca regresarlo a uno por el buen camino de la conducta adecuada dentro de la sociedad.
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“Los entrometidos”, segundo alegato en cuestión, es escrito por Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976), quien recientemente fue finalista del Premio Herralde de Novela 2007 con su obra “Recursos Humanos”, entrega, ahora, al lector este divertido ensayo que hace una reflexión sardónica sobre una experiencia que tuvo al asistir a un taller literario en el cual se intentaba hablar de una obra que no habían leído y sobre la cual antes que entender el mensaje de la propia novela, si es que lo tiene, buscaban ver si la obra había tomado aspectos de la realidad mundial o quizá estaba basada en una experiencia de vida del novelista. Pero Ortuño, dice, y lo hace bien, que esto es imposible pues “escribir no es mostrarse, sino ocultarse y mutar”. Y le pide al lector que deja de pensar que el escritor hace novelas para ahorrar la paga de un psicoanalista y pide al crítico literario estudiar a la obra bajo la lupa de la estética si es que se piensa abordarla desde el aspecto de la construcción, pero si uno quiere ponerle énfasis al contexto, entonces se debe hacer desde la análisis del fenómeno literario.
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El diván sentimental
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Querido Mario Alberto: a nombre de mis padres, Marcelino Godínez y Silvia Pérez, de mi novia, Carmen Barranco y a título personal, te enviamos a través de estas palabras, un sincero y fraternal abrazo, acompañado de amplios y francos deseos para que pronto encuentres la paz y el ánimo para seguir adelante. Una vez más, querido amigo y hermano, para ti de todo corazón recibe un abrazo y ósculo de paz.
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Invitación
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Este miércoles a las 19:00 horas en Museo de Arte San Pedro se presenta el poemario “Ciudadela” de Miguel Maldonado. Lo acompañarán Pedro Ángel Palou, Fritz Glockner y José Prats

martes, octubre 28, 2008

La consagración de la pangea

Diario Milenio-México (28/10/08)
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Un “cúmulodepalabras” pasa ahora mismo sobre la página. A través de la ventana es posible ver la “monumental M” de la montaña. La tormenta que se avecina será, sin duda, “una precipitación de palabras fundamentales”. La península es un tumor. Después, cuando todo acabe, quedará la “mancha en el asfalto. Fuera de foco/ lúbrica la visión del mecánico”. El firmamento, arriba; la fragancia de ciertos jardines, abajo; en medio: ese estado mental dentro del cual surge, con definitividad temeraria, la visión: “la distancia entre Liechtensein y Uzbekistán es un mar”.
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De aquí hacia allá: la mirada en el telescopio.
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De allá hacia acá: la mirada en el microscopio.
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Entre una y otra: la tecnología del lenguaje sideral.
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De la cintura del continente al registro de los cráteres que contienen “el alma lunar”, el Transterra de Gerardo Villanueva abraza el globo terráqueo en su amplitud más majestuosa y también en la más humana. Activan el ojo, es cierto, pero sus palabras van dirigidas, sobre todo, al pie. Levántate y anda, murmura su Lázaro privado. Toca. Percibe. Elévate y, luego, húndete aquí, nada (de nadar). Nubosidad variable. Sobrevive. Esto es una grieta. Aquí se abre una cartografía privada. El meridiano de la ansiedad se escribe así. La altitud. El viento. Las fronteras. ¿Sientes el palpitar de la geografía bajo la palma de la mano o en el rabillo del ojo? Más que agente globalizador, ese Lázaro que repta iconoclasta en las páginas transterrenas de Villanueva es, para utilizar la terminología de la teórica y crítica literaria Gyratri Spivak, un sujeto planetario. La diferencia entre uno y otro es estética, ciertamente, pero también es política. La diferencia, en todo caso, va más allá de la terminología y tiene que ver con los lazos que vinculan—ya con melancolía o con silencio, ya con celebración o movimiento—a los unos con los otros—al uno con el otro: la naturaleza y la consciencia, el paisaje y la ciudad, la historia y el cosmos.
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En Transterra, quiero decir, las grandes derivas no son abstractas. Aquí la historia se escribe con la mayúscula de las dimensiones estelares y con la minúscula del cuerpo. Telescopio y microscopio al mismo tiempo, el sujeto planetario entiende que la alteridad, en efecto, “nos contiene y nos arroja fuera de nosotros mismos” al mismo tiempo; que, como también lo afirmaba Spivak, “lo que está por encima y más allá de nuestro alcance no es un continuo con nosotros ni es, de hecho, una discontinuidad”. Aquí el sujeto, en efecto, se sujeta: a la superficie terrestre, al devenir de la historia, a la memoria personal, al otro. El ser es una criatura, aquí. La fuerza de la gravedad. Divino y terreno a la vez, en continua retroalimentación con lo que lo rodea, el sujeto planetario se desliza con singulares poderes de percepción sobre esa “tierra existencial”, como la denominara el crítico social Mike Davis, “formada por la energía creativa de sus catástrofes”
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Atenta a la superficie terrestre y a sus fenómenos tanto naturales como humanos, la poesía de Villanueva hace eco de los postulados de una geología contemporánea afincada en una reconsideración puntual de la catástrofe. Contrario a los universos aislados y predecibles que configuraron las imaginaciones de Newton, Darwin y Lyell, la tierra que imaginan unos cuantos científicos conocidos como neo-catastrofistas—entre los que se cuentan Kenneth Hsu en China y Mineo Kumazawa en la Universidad de Nagoya—no es inmune para nada al caos astronómico. Al contrario, parte singular de un sistema solar histórico que no parece preñado de vida a la menor provocación, la tierra es la corteza donde convergen, y esto continuamente aunque a escalas de tiempo distintas, eventos terrestres y procesos extraterrestres cuya evidencia más dramática aparece, precisamente, en forma de impactos monumentales de los cuales se generan las catástrofes. En Transterra, Gerardo Villanueva produce las palabras de esa geocosmología: una amplitud descomunal, una precisión casi científica, el guiño del humor, el fluir constante. Sus náufragos “llegan a Islas Galápagos,/ encuentran un nativo/ sin lenguaje para celebrar/ la recepción. Sus vouyeristas meditan: “Los cúmulos globulares vistos de lejos/ parecen supernovas./ ¿Acaso se trata de un nudo electromagnético, un triángulo amoroso, o/ una galaxia irreverente ? Lo mismo da./ Aquí, las leyes de Kepler se enredan, mientras en el televisor/ la pornografía sigue”. Sus radioescuchas (castellanos o panamericanos o simplemente americanos) le dan pie para invitar a Severo Sarduy: Yo diría que Artaud fue a la Sierra Tarahumara para escuchar.
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De una cierta contraesquina del Pacífico (Tijuana) a la cintura del continente (Oaxaca), de la urbe finisecular (la Ciudad de México) al triángulo de la Polinesia, el sujeto planetario Transterra, que es sólo otra forma de decir “se mueve en el lugar más hondo que es el aquí”. Fuera, pues, del discurso abstracto de la globalidad y enraizado, al contrario, en el más concreto de los posicionamientos errantes, este Transterra transita e inventa un planeta nervioso y herido, cejijunto, socavado. Vivo.
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* Nota introductoria para el libro Transterra, de Gerardo Villanueva (Guadalajara: Litoral, 2008).

Recuento de los daños

Día: 27 de octubre de 2007, 7:14 horas, apróximadamente.
Lugar. hogar del accidente, este, es el que escribe.
Acción: el portón de mi casa se cayó encima de mi.
Resultado: dedo meñique de la mano izquierda lastimado.
Condición: pellejo levantado, harta sangre y mucho dolor.
Método de curación: lavado especial, lunes y miércoles, gasa permanente en la herida. Y buscar vacuna contra el tétanos.

lunes, octubre 27, 2008

Teología de Birján

Diario Milenio-México (27/10/08)
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Las crisis traen mala suerte
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Casi todos creemos poder establecer las fronteras entre conocimiento, fe y superstición, pero hay días en que ellas se establecen solas. A los .naturalmente optimistas nos acomoda creer que esto es bueno, aunque para lograrlo tengamos que pisar los territorios de la superstición. Cuesta trabajo creer que unos cuantos cupones pueden valer millones de dólares, y ya entrados en desconfianza debería costarnos igual tragarnos el cuento de que un millón de dólares vale efectivamente un millón de dólares. Espeluzna pensar en todas las variables que esa constante acepta, y todavía más verse rodeado de ellas. Tener que vivir años en los que nadie sabe lo que vale nada y los pesos jamás pesan igual. Descubrimos muy tarde que, vistas las manazas entre las cuales se hallaba despatarrada la economía norteamericana, un dólar no valía tanto como un dólar. Añadamos a ello esas decorativas planillas de cupones que a tantos los han hecho sentir millonarios aun en la mera víspera de su ruina. Tarde se entera uno de que la fe que puso en sus conocimientos no pasaba de ser superstición.
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“Yo le habría pagado más”, opinó cierta vez un amigo aspirante a financiero en torno al sueldo anual de Lee Iacocca, luego de haber salvado a Chrysler. Sonaba por entonces a mucho dinero: veinte millones de dólares. Pero a mi amigo y buena parte de sus colegas les parecía poco. A saber si Iacocca mismo no se consideraba estafado. El asunto es que ahora, cuando ya nadie sabe lo que vale un dólar, nos enteramos de ciertos ejecutivos cuyos sueldos anuales pasaban de doscientos millones de dólares. ¿Pensarían también que merecían más, albergarían esperanzas al respecto? ¿Quién pondría su endiosado dinero en un banco cuyos lobos y jerifaltes reciben sueldos de ese tamaño —síntoma de que el juego ya dejó de ser serio— sin sospechar que al cabo va a acabar siendo él mismo quien tenga que formarse para pagarlos? Si la superstición se define como aquella tendencia inexplicable a creer en algo a ciegas y contra la razón, no andará muy errado quien concluya que incluso los más civilizados aterrizan en el siglo XXI con el ímpetu de una turba de idólatras. Muy mal anda la fe cuando ni los más fieles pueden establecer el valor de su dios.
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Por unos denarios más
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Según decía mi maestra de catecismo, el pecado mayor de Judas Iscariote había consistido en comulgar sin antes confesarse. Un cargo procesal más bien tedioso, comparado con la noticia a ocho columnas donde se habla del hombre que vendió a Jesucristo. Es muy extraña, la gente normal. Se sienten complacidos de saber que también matones y traidores guardan algún respeto por las normativas. ¿No es justamente dentro del reino de la norma que un dólar vale un dólar y, excomunión aparte, treinta denarios son treinta denarios? Ignoro por supuesto de qué color se ve la realidad desde un sueldo mensual de veinte millones de dólares. ¿Qué se hace con ocho millones de pesos diarios? Se vuelve uno loco, por supuesto. Se hace a la idea de que el mundo es suyo. Valdría preguntarse quién es el cocainómano terminal que ha puesto las finanzas del universo en manos de unos nuevos ricos silvestres capaces de vender tres veces al género humano y comprarlo más tarde por una bicoca. Creer en esa alquimia como un timo posible no parece mucho menos supersticioso que forrarse de dinamita con clavos y estallar en pedazos esperando que al próximo instante su alma se entregará a deleites sensuales profundos y cuantiosos. Claro que en este caso se espera aterrizar en un colchón de dólares, que de cualquier manera algo tendrán que valer.
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Desde un punto de vista desapasionado, el pecado de Judas no es contra Jesucristo —que bien lo vio venir, sin esquivarlo— ni la suma total de la cristiandad —entonces no más grande que un fan club— sino contra el mercado. Ponerle precio a la cabeza de un Miembro de la Santísima Trinidad es una felonía que desquicia el espíritu de las cotizaciones, desde el momento en que osa cotizar en moneda corriente a un Igual del Espíritu Santo. Si aún hoy para algunos el señor Iscariote es referente nefasto, sobran quienes encuentran en su ejemplo una justificación de la naturaleza humana, a la cual ya se entiende que ahora menos que nunca son ajenos. Cuando supuestamente se cuelga de un árbol, Judas consagra el triunfo de los administradores de la justicia sobre los administradores de la libertad. ¿Cómo creer, no obstante, en unos u otros sin volverse un supersticioso de mierda?
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La ficción quebradiza
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Lo divertido de las crisis económicas es que cada quien tiene una teoría muy lógica al respecto. Soporta uno la crisis, no así que insista ésta en ser inexplicable. Y como pasa que ésta no se está quieta, toda teoría se convierte en superstición en cosa de horas. La verdad es que nadie sabe la verdad, si a cada instante sus protagonistas van dejando de serlo porque en el río revuelto abunda antes que nada la competencia. Ya no la de productos, como la de farsantes y profetas baratos, usualmente los grandes ganadores tras una crisis de gran tamaño. ¿Cómo va a cocinarse alguna fe, allí donde no duran ni las supersticiones? Casi tanto como la crisis en sí, fastidia la certeza de los iluminados que claman comprender a fondo sus intríngulis, de un modo extrañamente favorable a su causa.
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Desde un punto de vista literario, una crisis es similar a una novela cuyo argumento se nos cae. De una página a otra, el escritor nos ha decepcionado. Se fue por la salida más sencilla, no podemos seguirle dando crédito. No era que no gustásemos de ser engañados, es que a nadie le gusta desengañarse. Cuantimenos así, en tropel planetario. Tal vez no cambie el mundo, pero sí que lo harán ciertas supersticiones, no bien los inventores de la ficción en boga las eleven al rango de conocimientos.

domingo, octubre 26, 2008

Contigo MAM

Este blog, tarde, pero de forma sincera me uno en tu perdida, querido amigo Mario Alberto Mejía, te mando un sincero abrazo y deseo encuentres pronta recuperación, así como la paz y ánimo necesarios para continuar con la vida.
Desde acá te envio un ósculo de paz y un abrazo fraterno.
Mi hermano y amigo.

"Ciudadela" de Miguel Maldonado

El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes invita:

Presentación del libro
Ciudadela de Miguel Maldonado

Presentadores:
Pedro Ángel Palou
Fritz Glockner
José Prats

29 de octubre a las 19 hrs.
Museo de Arte San Pedro. 4 norte 203 Col. Centro.