jueves, agosto 28, 2008

Contra la delincuencia, contra la impunidad



Diario Milenio-Puebla (28/08/08)
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No sé hasta dónde pueda tener un buen final la convocatoria de Verónica Mastretta Guzmán en la organización de la marcha en contra de la impunidad y de la delincuencia, que partirá de El Gallito este próximo 30 de agosto a las 19: 00 horas.
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Señora Verónica Mastretta: quiero decirle que yo con gusto me sumaré a la marcha y, como usted lo ha dicho, estaré cerca de gente que a lo mejor sólo veré esa única vez en mi vida. Me sumaré porque he sido víctima de la otra forma de la delincuencia, la de de cuello blanco. Independientemente que siga un proceso legal, he de manifestarme porque los delincuentes que andan por ahí merodeando a sus víctimas son menos peligrosos que los que están atrás de un pulcro escritorio. Es más fácil que a uno lo despojen de lo que es suyo (y que con trabajos logró reunir) en veinte minutos, en un despacho notarial, que en la oscuridad de la calle o afuera de la cantina más siniestra.
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En el 2004 adquirí un departamento ubicado justamente atrás del Centro Escolar. Yo fui al notario que me recomendó el vendedor, un abogado sin escrúpulos que presta a rédito. Quizá fue un error mío porque el Notario, mientras se llevaba a efecto la transacción, me mostró documentos apócrifos. Es decir, se prestó (¿por cuánto?) a una maniobra.
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En su momento he de darlos a conocer con sus nombres y apellidos. Sus frases favoritas son “hágale como quiera” y “tenga cuidado”.
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El señor licenciado que me vendió el departamento (lo supe luego, claro) es un hombre que “presta para arrebatar”. Por la grandiosa suma de 14 mil pesos (tengo el expediente del caso) se lo adjudicó, a través de un juez, cuando los intereses le habían crecido al deudor. Entonces me lo vendió “libre de gravámenes”. Cuando fui por mis escrituras, el notario me explicó que el departamento carga con un embargo y que él no tiene nada que ver, que me regresaría lo que le pagué para que otro notario, a su vez, se encargara de hacer los trámites correspondientes. Quiere decir entonces que él dio fe, simple y llanamente, de un fraude. Todo esto se lo haré llegar por escrito a las autoridades competentes en su momento. Baste saber ahora que he leído la Ley de Responsabilidades del Notario Público y sé que se cometieron actos y omisiones indebidas. ¿Alguien más estará padeciendo lo que yo a causa de este Notario de abolengo? Tengo entendido que un acto semejante, en contra de la delincuencia organizada, se llevara a cabo simultáneamente en otras partes del país. El notario que se prestó a tal maniobra que he descrito despacha cerca del Puente de Ovando, y el licenciado agiotista lo hace en San Manuel. Y como ya lo dije: responsables son de lo que me pueda ocurrir. Por lo pronto, mis familiares y amigos los tienen bien ubicados.
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Sumémonos a este esfuerzo. La delincuencia y la impunidad han crecido en todas partes. Sumémonos a este acto. Algo debe de lograrse.
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Yo me cuido. No quiero amanecer en el Atoyac. Nos veremos en la marcha.

martes, agosto 26, 2008

San Diego alternativo / I



Diario Milenio-México (26/08/08)
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No es Nueva York o Chicago, por supuesto, pero tiene lo suyo. Además, para formar fronteras se necesitan dos. San Diego es un poco más que el hermano gemelo aburrido de Tijuana. Conservadora y bajo la presencia ominosa de las bases militares, San Diego es una ciudad fronteriza casi a pesar de sí misma: es del todo posible, de hecho, vivir ahí sin tener mucha conciencia de la vecina otredad que la conforma gracias, sobre todo, a las veintitantas millas que la separan de las garitas. San Diego suele atraer al turismo familiar que busca los grandes parques de diversiones, como Sea World o incluso el zoológico, o que va en pos de la temporada de ofertas de sus malls. Pero más allá de la arquitectura de réplica del Parque de Balboa o de los bares de Hillcrest (el barrio gay) o de las vistas espectaculares de la Jolla, se extiende una activa vida de migrantes que da al traste con la aparente insularidad de esa ciudad limpia y de amplias avenidas que alguna vez fuera una misión. Para descubrir al San Diego acentuado de todos los días, ahí donde uno habla en español con la cajera del supermercado y negocia con un mecánico afgano después de hacer un trato con un vendedor de autos paquistaní, basta con alejarse de las rutas establecidas por el turismo oficial y dejarse llevar por los aromas de los pequeños restaurantes o los ecos de las conversaciones de los migrantes.
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Ninguna agencia de viajes le aconsejaría al trotamundos que se internara, por ejemplo, en City Heights—el barrio en cuya escuela preparatoria pública se hablan, según informan los reportes oficiales, 16 idiomas distintos aproximadamente. Además de la población hispana que está en todos lados, hasta ahí han llegado los expulsados de Eritrea o de Vietnam, conformando una comunidad cosmopolita signada por una fuerte vida urbana repleta de pequeños negocios familiares. Por eso, si se quiere comer comida auténtica hay que manejar por tres arterias fundamentales de la ciudad: Adams, El Cajón y Avenida Universidad, sobre todo entre el 805 y la 15. Es precisamente por ahí, en ese rectángulo de la alteridad, que se encuentra el que para mí es el mejor restaurante de San Diego: un lugar de comida vietnamita que responde al nombre de Saigón. Sin más decoración que una gran pecera rectangular que cubre lo que alguna vez fuera la puerta principal, los delgadísimos meseros del Saigón reciben al comensal con un menú bilingüe de casi diez páginas laminadas. I´ll be with you in a minute, hon, dirá alguno. Si uno no sabe qué pedir, y los meseros que hablan sólo con dificultad el inglés no serán de mucha ayuda en este aspecto, será suficiente con señalar lo que otros comen ya en la mesa vecina para dejarse sorprender por la delicadeza de las sopas o el sabor indescriptible de las ensaladas. No hay pierde en el Saigón. Desde los rollos vegetarianos hasta las ancas de rana, pasando por el vermicelli y la sopa de tripa, todo es rico (en el sentido más literal de la palabra) en sus platos. Además, entre bocado y bocado, mientras el comensal se pregunta con insana insistencia qué buena acción ha hecho en el mundo para merecerse tal manjar desconocido, podrá divertirse tratando de adivinar el tema de conversación, en apariencia de vida o muerte, que entretiene a la familia vietnamita de al lado o siguiendo las sesudas disquisiciones de los jóvenes neo-hippies que llegan en bicicleta al lugar.
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Las compras en este San Diego alternativo no se llevan a cabo en las grandes plazas comerciales y ni siquiera en los outlets que, como el de Las Américas, se desbordan ya por la línea fronteriza. Cualquier Sandieguino experimentado sabe que cuando hay algo de dinero extra hay que dirigirse a esos neurálgicos centros de reciclado que son las así llamadas Thrift Stores o las famosas Segundas. Entre todas ellas reina, justo sobre el Pacific Highway, la de los AmVets. Es posible vivir años enteros en San Diego sin saber de su existencia, pero llegará el momento en que algún compasivo del lugar lo mirará a uno con suspicacia y, luego de pensárselo un rato, le brindará la información necesaria para identificar la bodega de dimensiones generosas que, de tan anónima, puede pasar desapercibida con facilidad. Ya más de cerca, y con los códigos en mano, uno se puede llegar a explicar, y esto con la irónica sonrisita del caso, qué hacen estacionados uno junto a otro la troca del año del caldo y el mercedes lujosísimo a la orilla de la vieja carretera de dos carriles. Porque, es cierto, todo el mundo va al AmVets. Los inmigrantes pobres y los dueños de negocios de antigüedades, las señoras de buena cuna y los punketos que se visten a la retro, los solteros y los casados y los que acaban de rentar un departamento. Enormes cargamentos de objetos peculiarísimos llegan durante todo el día, y esto a intervalos reducidos, al almacén. Y ahí, además de los tradicionales zapatos y muebles y aparatos electrodomésticos, el visitante alternativo de San Diego podrá adquirir también los libros más variados. Yo me he topado en sus anaqueles con libros de Kathy Acker y de Gogol, de Jack Spicer y de Gabriel García Marquez, en español. Mi hallazgo favorito ha sido, sin duda, la obra completa de García Lorca, editada por Aguilar y publicada en pasta de cuero, adquirido por la irrisoria cantidad de $4.99.
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Las librerías de segunda más suculentas se encuentran, sin embargo, sobre Adams (igual, entre la 805 y la 15). Un paseo típico de los recorridos alternativos de San Diego tendría que incluir por fuerza una caminata por la sección denominada como histórica de esta larga calle. Habría que iniciarlo todo justo bajo el gran anuncio de Normal Heights, el nombre del barrio, tomando un buen café en el negocio local y no en el de la cadena transnacional que se encuentra justo en la contraesquina. Después de un par de horas entre librerías y negocios de antigüedades y cigarrerías egipcias y tiendas de viejos LP´s, sería del todo sencillo detenerse a comer en la fondita fenicia o en el restaurante vegetariano precedido por una gran fotografía del Dalai Lama. Después de una película en el Kensington, uno de los dos cines de arte de San Diego, no estaría del todo mal empezar la noche en uno de los bares irlandeses de la Adams tratando de descifrar, una vez más, el contenido de la conversación de los koreanos y los árabes y los kenyanos que se dan cita en el lugar mientras uno se pregunta, también de manera insistente, qué de normal hay en Normal Heights.

lunes, agosto 25, 2008

Funcionarios de fe



Diario Milenio-México (25/08/08)
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El Divino Erario
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Algo falta al pasado que no lo deja a uno comprenderlo, aun si lo vivió e incluso lo recuerda. Lo que era muy difícil parece tan sencillo que no faltan las ganas de tachar a sus protagonistas de imbéciles, empezando por uno, que nunca se dio cuenta de todo lo que ahora le parece evidente. Me pregunto, con cierto pudor de mortal en proceso de ser descontinuado, qué opinarán los seres del futuro remoto cuando observen que aún en esta época se le rendía culto al funcionario público. Peor todavía, que ese culto era democráticamente sufragado por quienes se encargaban de pagar su sueldo, y orquestado por ellos, más varios batallones de incondicionales, cómplices y paleros a sueldo de los mismos contribuyentes. Será quizá por mero pundonor de especie que uno espera que al menos esos seres, ojalá superiores, se topen asimismo con algún documento donde se constate que no todos nos entendíamos con esa lógica cortesana y gaznápira, cuantimenos la respaldábamos, aun si el fruto de nuestro trabajo irremediablemente iba a parar a las temidas manos de aquellos venerados e intocables subalternos.
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Hace unos días, en estas mismas páginas se publicaron varias cartas de Elena Garro cuya lectura, no me cabe duda, dejó a muchos pasmados por causas tan diversas como escandalosas. Habrá seguramente agrias discusiones en cuanto al porcentaje de crédito que pueda merecer la remitente, extendido o regateado según la convicción o conveniencia de cada cual, pero a mí me ha pasmado algo irrebatible: aquella espeluznante dependencia de los recursos del Estado, en las personas de sus funcionarios. Leer a Elena Garro suplicando literalmente un hueso es también dibujarse en la cabeza un panorama literario dividido, a sus ojos terminantes, entre cortesanos y pordioseros, donde tal vez serían más y mejores los personajes que los autores. En el mundo que pintan esas cartas, donde la palabra hambre se repite con una mezcla de exageración, narcisismo y sarcasmo, el bendito Clark Kent no es periodista, sino funcionario. Habrá quien diga, con por lo menos algo de razón, que para una mujer en su situación de apestada, no quedaba otra opción que la mendicidad; como hay quienes opinan que eso y más merecía. Más allá de esos cálculos, extraña y sobrecoge que una artista con semejante talento tuviera que postrarse ante un funcionario y mendigarle el hueso susodicho. Qué difícil leerlo desde el siglo XXI sin expropiar vergüenza retrospectiva…
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Patos de caza
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En uno de sus estruendosos artículos semanales, publicados por la revista brasileña Veja, el escritor Diogo Mainardi afirmó, con el colmillo de un agitador, que si él pudiera optar entre repartir apoyos económicos a escritores y dejar que todo ese dinero se lo llevara algún político ladrón, elegiría el segundo percance, pues era en su opinión el que haría menos daño a la sociedad —cuando menos, argumentó Mainardi, no evitaría la profesionalización de los autores—. Ahora bien, esta disyuntiva no es posible en la vida real, pues pocas cosas le son tan precisas al político en cuestión, para legitimarse y mejor camuflar sus negocios alternativos, como la cercanía de aquellos cortesanos instruidos, que luego exigirán su parte del botín. Todo en función del culto al funcionario, que es quien hace posibles las bondades del patriarcado selectivo.
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Todavía hoy se dice que los patos disparan contra las escopetas cuando un subordinado intenta hacerse con la autoridad de su superior y, el colmo, ejercerla en su contra. Cada vez que recibo una nueva de esos intrépidos y obedientes funcionarios públicos que oficialmente aman las bicicletas, las pistas de hielo y el estudio del náhuatl, puedo escuchar los tiros de esos patos, empeñados en diseñarse su fan club a partir de esa imagen de Hugo, Paco y Luis a la búsqueda de un beneficiario para su próxima buena obra del día. De ahí a convertirse en Santa Claus, el funcionario no precisa sino de un pase mágico. Nada que no dominen sus achichincles —excuse my nahuatl—, algunos de ellos verdaderos expertos en golpes de efecto y técnica avanzada de simulación. Cuando se rinde culto a un funcionario, se está orgulloso o cuando menos satisfecho de ayudar a pagar por ese maquillaje. Como habrá sucedido en años escolares, cuando ya eran capaces de endiosar al más duro entre sus compañeros, ciertos admiradores darían cualquier cosa por ser de su pandilla.
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Ventrílocuos del pueblo
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El culto al funcionario presupone que éste ha de ser carismático, como si su designación dependiera de un casting donde sólo es honrado y competente aquél que tiene o pone cara de serlo. En buena parte de las ocasiones, los achichincles logran que el funcionario parezca y en efecto se sienta carismático. No por otra razón celebran como grandes ocurrencias sus chistes más idiotas y callan al unísono frente a sus desmesuras menos defendibles. No sé cuántos crecimos mirando así hacia el mundo de los adultos, suponiendo aterrados que cuando fuéramos grandes nos iríamos pareciendo a esos popularísimos funcionarios de los que nadie hablaba mal en público y medio mundo echaba pestes en privado. Sea o no, pues, Mister Simpatía, el funcionario asume su culto como si nadie fuera a resistírsele. Va por la vida cantando buenas obras, ganando fotogenia, conquistando escenarios, ensanchando su corte a costillas de la empresa.
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Esta última palabra la uso porque sé que no cabe en el culto al funcionario. Insinúa la posibilidad de rendir cuentas, un verdadero insulto para Santa Claus. El pueblo, alzan la voz, como quien se recobra teatralmente de un golpe de pecho. Su pueblo es esa empresa en quiebra permanente y orgullosa, cuyos accionistas se pelean por rendir culto a sus administradores, a su vez decididos a controlarlo todo en nombre de un puñado de abstracciones curiosamente afines a su ambición de más y más control. Regreso, no sin vértigo, de las cartas de Elena Garro. Es como si acabara de leer El proceso. No entiende uno nada, pero ya entiende todo. La pesadilla de un infierno administrado por diablos carismáticos y fotogénicos era inevitable, pero al menos el susto ya pasó.

domingo, agosto 24, 2008

Un fragmento, un fragmento

"(...)Qué son los crestianos. Las arrugas infinitas de su csa se reconfiguraron en un gesto grotesco que prentedía representar sorpresa. De dónde eres, me preguntó. De la Decápolis, de Filadelfia. ¿Y no tienen crestianos por ahí? Yo creo que no. Se alzó de hombros: pues ya tendrán, son una plaga; de haber sabido, nada mas hubiéramos degollado en los calabozos al pobrecito rabí nazareno. Qué rabí nazareno. ¿Tampoco has oído hablar de él? Se rió estertóreamente, y dijo representando pompa: Rabí Yesu Nazaretitas, el Cresto, rey de los Judíos e hijo de Yavé, y se volvió a reír (...)."
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Álvaro Enrigue, Vidas perpendiculares, pág. 144.

jueves, agosto 21, 2008

20 Preguntas-Jorge Volpi Director de Canal 22-(Patricia Ponce-Playboy Núm. 70)-Fragmento

Una de las televisoras culturales más importantes de habla hispana, Canal 22, cumple 15 años. Su director –el escritor Jorge Volpi– acepta que al asumir este cargo no sabía nada de televisión.
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1. ¿Sigue vigente la generación del Crack (aquella que unió escritores que buscaban romper con los temas “latinoamericanos” en la literatura)? Lo que sigue vigente, aunque un poco más viejos, son sus integrantes. Seguimos intercambiándonos manuscritos, nos vemos con frecuencia, tenemos algunos proyectos en común. Somos amigos, eso es lo que sigue vigente.
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2. ¿Es casualidad que casi todos sus miembros trabajan o han trabajado para el gobierno? Siempre hay que recordar que Nacho Padilla trabajó para Playboy (risas). Para cada uno las circunstancias son distintas. La mayoría de los miembros de crack han trabajado en lo público por distintas razones y diferentes convicciones. Yo estudié derecho y siempre me ha interesado la esfera pública. Creo en la posibilidad de que el estado intervenga en ciertos asuntos para tratar de hacer cosas que la iniciativa privada no permite.
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3. Si fuera editor, ¿cuál sería el criterio para publicar un libro? El primero es el compromiso del autor frente a su texto, la voluntad de verdaderamente explorar a fondo los problemas que se plantean, hacerlo con sinceridad y sentido autocrítico. Los criterios de evaluación siempre son difíciles, considerando que se trata de la exploración de la realidad del ser humano y no otros fines que a veces están ligados a los números, fama o el simple entretenimiento.
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4. ¿Por qué el Foro Económico de Davos lo nombró “joven líder mexicano”? En primera, creo que ya dejé de ser joven (risas: tiene 40 años). En segunda, a mí también me sorprendió, es una selección privada en la que uno no participa. En este caso es no sólo por ser escritor, sino porque soy alguien que opina de temas de interés común e interviene en la vida pública.
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5. ¿Cuál es el papel de la cultura en un gobierno de derecha? Siempre me he considerado un escritor de izquierda que trabaja casualmente en un gobierno de derecha, encabezado por la centro derecha del PAN. La cultura no es algo accesorio que sirve para entretenernos en los ratos libres, es lo que nos hace humanos y no podríamos desarrollarnos en ninguna otra esfera de la vida sin ella.

De cómo un licántropo orinó

No sabe qué escribir, pero está sentado frente a una hoja en blanco y una pluma dispuesta a disparar palabras, oraciones, párrafos, páginas, etc.
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El caos, que no la incertidumbre, lo rodea. Siente un sopor. Huele a infierno y sus acompañantes parecen ser sacados del inframundo. Todos, incluso él, son conducidos por un pastor que jura dominar todas las lenguas conocidas y por conocer.
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La fauna, digna de un bestiario, es muy amplia. Desde el que parece ser el Johnny Bravo versión mexicana hasta el que seguramente es un fiel amante de Bob Dylan (sus greñas lo delatan). Pero qué puede opinar un ser que tiene un físico tan lobezno, ni él lo sabe, pero estar en tal condición no le impide hacerle fuchi a todo aquello cuyo aspecto es nada apetecible.
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En ese corral con bancas se escucha una lluvia de ideas, palabras, que suenan a vacunas medicinales: hermenéutica, morfosintaxis, etc. Y quienes pronuncian tales, parecen haber sido infectados por los desconocidos virus. Su cara de somnolencia lo obvia.
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Mientras los demás pasan a un estado de sedimentación, el licántropo sigue dando de vueltas a la pluma, como si fuera un perro cualquiera que busca perseguir su cola a falta de tener algo más provechoso que hacer.
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Entonces, aúlla buscando invocar a las musas, pero no aparecen. No hay rastro. O quizá su olfato ya no sea tan efectivo. A nadie se le pueden ni se le deben ir las ideas sin avisar, al menos no a alguien que dice ser poeta. Rilke seguramente diría que el lobuno amigo no es un escritor. Por eso no debe extrañar al lector que el personaje entre en una crisis, extraña y particular, traducida en unas desesperadas ganas de orinar.
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Razón por la cual mira y revira buscando donde dejar su marca ya por satisfacer su amplio deseo y necesidad de pertenencia, ya por simple coraje vengativo. De pronto se topa con el Dylan mexicano, está a unos pasos muy pequeños de convertirse en un clochard a la mexicana, sólo le falta una pestilencia olfativa que haga a cualquier ciudadano de a pie cambiarse de acera, además de taparse la nariz para evitar percibir más de la cuenta el olor. Después de tener un pensamiento profundo, casi aristotélico, decide con toda la elegancia que un lobo pueda tener, alzar la pata en susodicho rockerito y marcarlo para toda su vida musical.
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Pasan las horas, ya en su cueva, medita la acción y está convencido de que dicho acto ha sido el mejor poema de su vida. Nada más sano y poético que orinar a una imitación mexicana de Dylan.

La cultura de la Universidad Iberoamericana

Diario Milenio-Puebla (21/08/08)
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El lunes pasado rindió protesta como nuevo rector de la Universidad Iberoamericana Puebla, David Fernández Dávalos. Lo avala un impresionante currículum. He visto, a través de algunos medios, que el sacerdote Fernández Dávalos ha sido el fundador de los movimientos cristianos de luchas populares. Es un hombre de gran sensibilidad que ha trabajado con niños de la calle en Indonesia, Brasil y El Salvador, además de ser miembro de la revista Christus del Centro de Reflexión Teológica.
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Sin duda, su papel será de gran relevancia en la Universidad Iberoamericana. Defensor de los derechos humanos, sabe bien a dónde va. El lunes 18, en su primer discurso como rector, declaró que las Organizaciones No Gubernamentales y los indígenas de México son promotores del pensamiento de renovación. La sola palabra renovación nos hace pensar que, sin duda, revisará –y evaluará— cada una de las áreas de la universidad, sobre todo aquéllas donde se ha manifestado descontento por parte de la propia comunidad.
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El ahora rector de la Iberoamericana dijo también que se articularán esfuerzos donde se involucrarán actores gubernamentales, ciudadanos y empresariales para la consolidación del compromiso social y sugirió volver la vista “hacia el Sur”.
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Dentro de las tareas sustantivas de toda universidad –aparte de la investigación y la docencia— está la siempre humana tarea de la difusión de la cultura y aquí aparece una interrogante: ¿qué ha pasado en esa área durante los últimos años en la Iberoamericana? Nada, sólo que se ha abandonado en manos de una persona de nula capacidad. Me refiero a Jorge Arturo Abascal Andrade, quien ha plagiado el trabajo de investigación que sobre el cuento mexicano publicó el maestro Lauro Zavala, un hecho indignante y falto de respeto, prueba de su deshonestidad intelectual. Confróntense solamente el prólogo de Abascal en el libro de las Lolitas, y el que publicó Nueva Imagen Paseos por el cuento mexicano contemporáneo de Zavala, concretamente el capítulo “100 antologías del cuento mexicano”.
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La pillada del “especialista del cuento poblano” ha sido una ofensa a los lectores. Grave, muy grave; pero más aún tratándose de quien conduce la cultura de una universidad. En su momento ofrecí entregar copias de los libros para sustentar lo que afirmo. Renuevo mi propuesta a quien así lo solicite. A mí por lo menos no se me ha olvidado ese atentado en contra de la inteligencia, perpetrado por el autonombrado erudito del cuento.
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La cultura de la Iberoamericana ha sido secuestrada (¿ésa es la palabra justa?) por este “estudioso del cuento” desde hace mucho. Ojalá –sería sano, muy sano— que esta importante área sea tomada en cuenta por las nuevas autoridades de la universidad. La sociedad lo vería con buenos ojos.
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La universidad Iberoamericana cuenta con buenos elementos, eficientes y preparados para llevar a cabo con éxito las tareas que la cultura necesita. La difusión de la cultura representa una ventana abierta, es un espejo en el que se refleja la imagen de la universidad.

martes, agosto 19, 2008

También de ti estás muy cerca



Diario Milenio-México (19/08/08)
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Conocí a Amaranta Caballero Prado una madrugada de febrero. Al amigo que en aquellas épocas se hacía cargo de mostrarme la nocturnidad tijuanense se le había ocurrido, y esto a las tres de la mañana y después de ya bastantes cervezas, que tenía que conocerla. Te va a caer bien, me aseguró. Ahora sé que no tenía la menor idea de lo que hablaba. Nos habíamos reunido temprano, eso recuerdo, y entre uno y otro sitio habíamos convivido ya con varias personalidades de la localidad que habían dejado poca huella. Supongo que fue por eso que, al filo de la madrugada, y en un lugar que recuerdo vagamente en estridentes colores naranjas, el amigo aquel recurrió a su carta fuerte: Amaranta. Salvaje. Lista. Maravillosa. La describió más o menos así. Su nombre, he de decirlo con franqueza, me provocó curiosidad. Pensé que era o una broma o una exageración, pero cuando el amigo aquel insistió –y he de decir que el amigo aquel era insistente– en que el encuentro era posible, yo sólo atiné a repetir las palabras de mi madre: uno no puede llegar a la casa de alguien sin por lo menos una botella en la mano. Llegamos, sin embargo. En todo caso: tocamos a la puerta. Ella abrió.
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Todas estas puertas.
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Recuerdo las palmeras, tambaleantes. La música: McFerrin con Yoyo Ma. El asomarse del Pacífico (que no es una cerveza). Recuerdo la incesante conversación (fueron, al inicio, tres días). El tema: la poesía. El tema: todo lo demás. Tengo la impresión de que ya esa madrugada. De que incluso entonces. Este libro aquí, completo a un lado del ordenador, ese día. Todo ya.
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No puedo escribir una reseña sobre su libro recién publicado en Tierra Adentro. Sinceramente. No puedo hablar sobre el recorrido interno que es su materia y su forma: esos párrafos que cortan y el verso que se alarga junto con la vida hasta cruzar el rectángulo de la hoja. El golpe. ¿Puedo hablar de “ella: tu semilla: tu fractura: tu grieta: tu herida”? ¿Son de verdad “los límites de una casa” lo que “da cuenta de las transformaciones? El espacio vuelto experiencia (Que tus manos. Que tu vida) y la experiencia transformada en lenguaje. Eso es un libro: esta puerta. ¿Es algo que abre? No puedo decir.
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Empieza en la infancia, se diría, pero en realidad da inicio en la memoria. Con la memoria. La experiencia no se cuenta después de todo; la experiencia se produce. Es un aquí. Lo que puedo decir es que aquí hay un fantasma (que es una niña) (que es una palabra) violento y violentado como la historia infantil. O como el lenguaje cuando representa. O como el cuerpo, cuando duele. Fuera del discurso de la victimización, pero escapando también a los impostados ecos de una siempre seductora Lolita, el golpe contra el cuerpo es también, y sobre todo, un golpe sobre el lenguaje. Con él.
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No puedo escribir la reseña pero puedo decir: la dirección de la casa es un principio de composición. De Guanajuato a Tijuana: una trayectoria íntima. El referente es lo que toca: Los trastos y su implacable manera de coincidir con manos domésticas. El embrujo de las escaleras: Fúricos enormes los pasos sobre ellas. Lo de más allá: las idílicas azoteas tapizadas de cobijas. El gran signo de los clósets. Lo que nunca no. Y lo que sí. Entonces. Tengo la impresión. Tú también de ti estás muy cerca. Del ella que es un fantasma (que es una niña) al tú (que estás aquí, frente a la mesa), el libro abre las puertas. Todas estas.
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Trastabillante y abrupta como el golpe. Entrecortada, la frase. Esporádica. La lengua. Algo como un síncope. Todo lo que sabe y, especialmente, lo que no sabe de su propio saber: la poesía. Ácida como el sabor de la sangre. “¿Eres tú, ésa, la que nunca habla?/ Me dijeron que nunca hablas./ ¿Es cierto que nunca hablas?” Característicamente. En el libro de la conmiseración no aparece la palabra llorar. En el libro aparece el destello y la aldaba y, sobre todo, la pregunta: “¿Dónde estás tú ahora?”. Y la respuesta, años después, no está en el libro sino aquí: Este sitio donde sólo tú prendes y apagas la luz. En Paseo de la Prensa y en Manuel Doblado, en la calle del Truco y en La Esperanza (calle sin número), a un lado de Playas, platicando todavía siete años después. Aquí. Riendo como entonces, aquella madrugada. Tengo la impresión, Amaranta.

lunes, agosto 18, 2008

Para colgar la macana


Diario Milenio-México (18/08/08)
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Cuando un par de desconocidos se topan en la cárcel, la pregunta protocolaria de rigor tiene que ver con el motivo de su ingreso en chirona. Para muchos se trata de los quince minutos decisivos de su existencia. Cuando las cosas todavía podían salir de otro modo, antes de cometer ese error garrafal que seguirá tiñendo los años de amargura. Aunque claro, la historia comienza antes. Debe de haber millones de caminos para pasarse al otro lado de la ley, y detrás siempre hay una novela negra. Hay sin duda motivos para volverse criminal ahí donde muy pocos van a la cárcel, o siquiera padecen la molestia de ser perseguidos. ¿Pero policía? A menos que de entrada se persiga el fin de corromperse, cuesta mucho entender, o cuando menos concebir, las razones que puede tener cualquiera para desempeñar en este país —peor, en esta ciudad— las labores ingratas del policía. Una dificultad que debería erizarle a uno la cabellera, pues si no se conciben los motivos de un guardián honesto, tampoco la tranquilidad de nadie debería poder imaginarse. Imaginemos, pues, a dos policías que se encuentran a medio cuartel y se hacen la pregunta incontestable: ¿Tú por qué estás aquí?
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La vocación. Un motivo sin duda conmovedor, por cuanto encierra de civismo y rectitud. El aspirante busca proteger al débil, al tiempo que somete a los abusivos al imperio triunfante de la ley. ¿Qué va a decir nuestro héroe si en sus primeros días como hombre de macana se ve obligado a instrumentar una redada en la que los de azul son el instrumento de chantaje de sus jefes, y de los jefes de sus jefes, de modo que de pronto se descubra cruzando precisamente las fronteras de la ley a la cual quería preservar? ¿Qué diría su familia si resultara muerto en el curso de un complicado operativo de secuestro y extorsión de adolescentes pobres? ¿Estarían orgullosos de que hubiese seguido su vocación, o lamentarían para siempre su ingenuidad?
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El respeto. No va muy lejos quien soporta la disciplina y las penurias del uniforme para obtener estatus de gente respetable, allí donde a los policías se les respeta menos que a los asaltantes. Se les detesta, en cambio, al menor gesto. Además, ya la mera intención de hacerse respetar atentaría contra la conveniencia de sus jefes, cuyos jefes de jefes no son policías sino señores licenciados, y por lo tanto están en los cielos, dictaminando a quiénes hay que perseguir y cuáles criminales son sujetos de dispensa. A su vez, los maleantes no necesitan para imponer respeto más que enseñar el plomo y soltarle unos cuantos insultos a la víctima.
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El salario. Si bien es impensable que un policía honesto compita en ingresos con la mayor parte de los delincuentes, tampoco ayuda que el monto de su sueldo resulte sarcástico. Si tomamos en cuenta la laxitud reinante en la corporación, donde las leyes no son ya leyes sino oportunidades de negocio, tendremos que tener en altísimo aprecio las virtudes angélicas de aquel que se resiste a toda corruptela, o consigue siquiera imponerse algún límite. “Ganamos comisiones”, mienten a veces los patrulleros, buscando que el cliente los crea mejor pagados y eleve la puja. ¿Cómo va uno a esperar que un condenado a la miseria le conserve a resguardo de tantos codiciosos terminales?
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La revancha. Si cuando existe un objetivo concreto la venganza es estúpida y acaso cancerígena, imposible medir sus estragos en manos de quien la lleva a cabo ciegamente. El que tomó el garrote pensando en subir ese pequeño peldaño que le permitirá mirar a sus iguales hacia abajo. Callarlos, someterlos, arrestarlos, remitirlos, mostrarles lo poquito que valen frente a él. Un rencor harto fácil de alimentar luego de soportar tantas humillaciones de los jefes y tantas caravanas a los importantes. Ahora bien, si el motivo era la revancha, no se entiende qué diablos hace el interfecto en la nómina de la policía, habiendo al otro lado tantas alternativas generosas. Y lo mismo podría decirse de la aventura: la competencia ofrece mejores condiciones.
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El poder. Debería decir: la sensación del poder. Un placebo dudoso que nos hace volver al tema del respeto. No respeta uno mucho a los uniformados que negocian la ley, pero menos aún a los inflexibles. “¿Qué se cree?”, se alebresta el ciudadano atónito a quien el policía pretende multar y no acepta arreglarlo de otra manera. Diríase que abusa de su poder, motivo más que bueno para que un ciudadano se injerte en fiera. Nos cae mal el poder, tanto que si es posible lo desafiamos en las personas de sus exponentes más débiles. Por andarse creyendo lo que no son.
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El desempleo. Una cosa es que no se consiga trabajo, y otra muy diferente que nada más por eso termine uno luchando por la justicia, regido por las leyes del supuesto enemigo. ¿Cómo no va a saber el aspirante que ingresar en las fuerzas policiacas es la última puerta disponible para quien se resiste a formar parte del hampa? ¿Quién ignora que hampones y guardianes forman parte de un mismo grupo social donde los roles son intercambiables?
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La fortuna. De todas las opciones aquí presentes, sólo ésta tiene pies y cabeza. Quienes se vuelven policías solamente pensando en hacerse ricos tienen a su disposición toda una infraestructura de colaboradores formales e informales, empezando por esos señores licenciados que tan seguido cambian de opinión, preocupados por las encuestas de ídem que les quitan el sueño del que el crimen reinante no logra despojarlos. ¿Cómo no hacer fortuna con tantos cabos sueltos, reglas guangas y criterios elásticos? Y antes de eso: ¿cómo ser policía, bueno o malo, y no estar listo para cruzar al otro lado, si de éste no se puede ni trabajar?

viernes, agosto 15, 2008

Rivera Garza y Álvaro Enrigue, visitan la BUAP, con gestión de la Fuga Literaria.

Diario Síntesis (15/08/08)
Joaquín Ríos Martínez
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Presentaron sus novelas y charlaron en torno al proceso de creación literaria en el salón de Proyecciones del Carolino.
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Invitados por la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y por el grupo Fuga literaria, los escritores mexicanos multipremiados Cristina Rivera Garza y Álvaro Enrigue, mantuvieron una charla con alumnos de literatura, acerca de sus propios procesos de creación, sus temáticas y formas de "inspiración", esto en el Salón de proyecciones del Carolino la tarde del jueves.
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Cristina Rivera Garza es narradora, poeta e historiadora y mencionó que su proceso de escritura tiene que ver más con la incertidumbre que ello provoca.
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En este ejercicio se presentan una serie de hallazgos que me llevan a producir con curiosidad y pasión por el lenguaje, aseguró. Te sientas a escribir frente a la pantalla en blanco y no sabes donde vas a parar, o si ello tendrá final o continuidad.
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El medio de la literatura te da la posibilidad de crear y construir cientos de imágenes y atmósferas que despertarán la curiosidad e imaginación de tu lector, dijo. Escribir es para mí siempre como estar en medio del vértigo. En el proceso de la escritura interviene todo lo que sé y lo que no sé, incluso lo que creo que sé, hay bagaje cultural, imaginación y algo importantísimo, las impresiones indelebles del día.
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En otro tiempo –agregó- pensaba en los rituales de la escritura: tener un espacio acondicionado, silencio, una dotación de cigarros, hoy no puedo pensar así. Hoy me tengo que acoplar como escritora a las circunstancias diarias, a los espacios y al tiempo que puedo dedicar a escribir, fuera de las horas de mi trabajo como catedrática de la Universidad del Estado de México.
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Desgraciadamente para mí escribir ya no es algo aparte a mi vida, hoy tienes que integrarte al cotidiano y vivir al límite. Así escribí mi más reciente libro "La muerte me da", editado por Tusquets.
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Diario Eco (14/08/08)
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La incertidumbre, elemento presente en la creación novelística
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Invitados por la Facultad de Filosofía y Letras y el Movimiento Fuga Literaria, los escritores mexicanos Cristina Rivera Garza y Álvaro Enrigue tuvieron un diálogo con estudiantes y profesores de esta unidad académica acerca del proceso de creación de sus respectivas obras.
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Acompañados por el director de esa Facultad, Alejandro Palma Castro, los creadores tuvieron un acercamiento con los jóvenes alumnos para hablar de eso que los motiva a escribir; de su formación, inspiraciones, musas y de todo ello que los impulsa a la actividad intelectual.
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Esta presentación formó parte de las actividades organizadas por la Facultad de Filosofía y Letras para dar a conocer la nuevas novelas de ambos escritores: La muerte me da (Editorial Tusquets, Colección Andanzas) de Cristina Rivera Garza y Vidas perpendiculares (Anagrama, Colección Narrativas Hispánicas) de Álvaro Enrigue.
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De entrada, a la pregunta de qué elementos influyen en el proceso de creación, Cristina Rivera Garza respondió que, en su caso, el factor incertidumbre es un elemento existente, “pues mientras en un ensayo académico sabes cómo vas a entrar, el planteamiento central, la ubicación de los párrafos y cómo terminará, en un cuento o novela, no hay certezas y todo puede ocurrir”.
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Álvaro Enrigue reforzó esta idea al expresar: “Al enfrentarme a la pantalla en blanco, no sé cómo empezar. Es más, la mayoría de las veces no tengo la menor idea de lo que voy a escribir. Tal vez esté mal venir a reconocer esto frente a ustedes, pero así es. Por eso coincido con Cristina: la incertidumbre siempre está presente”.
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La Jornada de Oriente (14/08/08)
Yadira Llaven
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La esencia de la creación literaria es la incertidumbre, coinciden Rivera y Enrigue
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El proceso que caracteriza a la creación literaria es la incertidumbre. Incertidumbre esencial y enriquecedora que se convierte en la guía principal del escritor y que decide si la imagen que obsesiona a la mente del creador engendrará un cuento, una novela o una entrada de blog. Ésa y otras ideas fueron las coincidencias de una conferencia dinámica y alejada de todo formalismo que los escritores mexicanos Cristina Rivera Garza y Álvaro Enrigue compartieron con los estudiantes de la facultad de Filosofía y Letras de la UAP y el público asistente a la sala de proyecciones del Carolino, ayer al mediodía.
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Los escritores platicaron con la gente sus experiencias en el quehacer literario y la complejidad del proceso creativo. Para Rivera Garza, por ejemplo, la incertidumbre conduce a su pluma –o a su teclado de computadora– al encuentro del lenguaje con lo que sabe, lo que cree que sabe y también con lo que no sabe, mientras que la incertidumbre que experimenta Enrigue se parece más a un partido de futbol americano –deporte que no disfruta particularmente–, donde el caos hace que el mariscal de campo tenga seis o siete jugadas planeadas para que el balón supere la distancia entre su brazo y el pecho de su compañero. En cualquier caso, el resultado sirve para combatir la necesidad de expresarse que ambos ejercen desde hace años.
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Pero el proceso no termina con el exorcismo de las imágenes vertidas en el papel. La obsesión continúa en la revisión de esas líneas que Rivera Garza realiza día a día, de manera paralela y circular a la escritura, y Enrigue capítulo a capítulo. Finalmente, coincidieron, la literatura es un trabajo menos glamoroso de lo que la gente piensa. Aunque claro, confesó el escritor, permite ciertas satisfacciones, como conocer lugares que en otras circunstancias nunca podría visitar.
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Casos raros, como ambos se definieron, ninguno de los dos estudió Letras. Rivera Garza entró a Sociología en la UNAM porque el folleto de la carrera definía que la meta del sociólogo era “cambiar al mundo”, y de ahí pasó al doctorado en Historia para “saber poco de mucho o mucho de dos o tres cosas”, mientras que la pasión de Enrigue se dio a pesar de que sus coordenadas no indicaban que la literatura fuera su destino. “No sé si aquí en Puebla suceda lo mismo, pero en el DF si vas a ciertas escuelas tienen más probabilidades de terminar escribiendo. De mi preparatoria, por ejemplo, salían futbolistas, no escritores”.
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Así como hubo coincidencias, la diversidad de pensamiento surgió entre los comentarios espontáneos y frescos de ambos literatos. “Antes, en el siglo XX, creía que para escribir necesitaba una serie de circunstancias especiales. Ahora, en el siglo XXI, esas circunstancias son cada vez más complicadas de conseguir en medio del caos de la vida moderna, así que mis opciones son dejar de hacerlo o escribir como se pueda y cuando se pueda”, dijo Rivera.
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Enrigue, por el contrario, se confesó un hombre de rituales. “A la hora de escribir sí necesito mi espacio. Lo hago en un estudio que está separado de mi casa y donde los libros –más de los que ningún hombre podría leer en su vida– me sirven de cobijo”. Y para cuando el bloqueo se avecina, recomendó “un vaso de vodka helado que es como vick vaporub para el cerebro. Como un poco de heroína, pero eso no lo recomiendo”, remató entre risas.
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Las periferias se centralizan
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Mientras Enrigue decía que el escritor actualmente necesita del mundo editorial para acercarse al lector y aconsejaba a los jóvenes a mudarse al Distrito Federal, en donde están las grandes compañías de la industria, su amiga reviraba. “Yo he pasado gran parte de mi vida fuera del centro, en las orillas, lejos de casas editoriales y creo que también ésa es una posibilidad. Quédense en Puebla. Es importante no leer lo que se está leyendo, ignorar las modas, darle la vuelta y encontrar las cosas que se están produciendo en otras partes”.
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“Los procesos de descentralización son parte del siglo XXI. Cada vez es más posible para los autores quedarse a vivir donde les dé la gana y producir los libros que tienen que producir”, siguió. Y tras unos minutos de reflexión sobre las palabras de su compañera de mesa, Enrigue continuó: “Yo diría que uno de los lugares donde uno puede o debería estar es Tijuana. Me parece una referencia mucho más importante que la ciudad de México a nivel internacional, al menos en términos de arte”. (Alonso Fragua)
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La muerte me da, diálogo con Pizarnik-(Diario Intolerancia 18/08/08)
Federico Vite
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La reciente novela de la tamaulipeca Cristina Rivera Garza aborda la imposibilidad de una poeta para escribir en prosa. Refiere a la autora de Extracción de la piedra de la locura como un eje narrativo en el libro presentado en el auditorio Elena Garro
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Para Cristina Rivera Garza, su reciente novela La muerte me da, editada por Tusquets, es un intento por analizar cómo es que para algunas personas el ejercicio de la prosa resulta tan complicado, casi imposible, como fue el caso de Alejandra Pizarnik.
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Rivera Garza explicó que no sólo se trata de un contexto violento en el que se desenvuelve la novela, sino en una frase que Garza encontró en los Diarios de Pizarnik: “me resulta casi imposible escribir en prosa”.
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Agregó que uno de los ejes de su novela es que hay un personaje llamado Cristina Rivera Garza, académica que prepara un ensayo acerca del mismo tema del que habla Pizarnik, donde aborda la imposibilidad de la narración. Dicho de otra manera: la narración como un referente inconquistable.
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Aparte de que ella trataba exclusivamente de dialogar con Pizarnik, se da un contexto violento a la trama, aunque lo que se pretende es reflexionar sobre la frase sugerida por la poeta argentina.
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Parricidio
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El autor de Vidas perpendiculares, Álvaro Enrigue, apuesta por el parricidio, pues, señaló: “Se trata de varias reencarnaciones de un personaje que siempre atenta con la figura del padre; pero más que un capricho, se busca la pretensión de ruptura con la autoridad. Planteo la posibilidad de la rebeldía”.
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Se trata, aseveró, de una confrontación en contra de toda autoridad, especialmente, una afrenta contra Dios.
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Los catedráticos Alí Calderón y Alicia Ramírez fueron los encargados de comentar el libro de Cristina Rivera Garza, La muerte me da; en tanto que Alejandro Palma, director de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla, y Roberto Martínez Garcilazo, director de la Casa del Escritor, se encargaron de hablar un poco acerca de Vidas perpendiculares, novela de Álvaro Enrigue.
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Principio de incertidumbre
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Pero antes de que estos dos autores (Rivera y Enrigue) se presentaran en el auditorio Elena Garro, el viernes pasado dieron una charla en la sala de Proyecciones del edificio Carolino, en la que coincidieron en señalar que la incertidumbre es una herramienta de la creación literaria.
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El proceso que caracteriza a la creación literaria es la incertidumbre. Charlaron sobre la complejidad del proceso creativo de la literatura. Para Rivera Garza la incertidumbre la confronta con lo que sabe. “Voy al encuentro del lenguaje con lo que sé o creo que sé”, precisó.
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Enrigue, por su parte, explicó que para él la incertidumbre es más como un partido de futbol americano, donde el caos hace que el mariscal de campo tenga seis o siete jugadas planeadas para que el balón supere la distancia entre su brazo y el pecho de su compañero.
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La obsesión, comentó Garza, es otro de los aspectos de la incertidumbre, se trata de la revisión de lo que uno ha hecho. “Este acto es circular y paralelo a la escritura”, dijo. Finalmente, coincidieron, la literatura es un trabajo menos glamoroso de lo que la gente piensa.
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Aunque, señaló Enrigue, permite ciertas satisfacciones, como conocer lugares que en otras circunstancias nunca podría visitar.
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Casos raros, como ambos se definieron, ninguno de los dos estudió Letras. Rivera Garza entró a Sociología en la UNAM porque el folleto de la carrera definía que la meta del sociólogo era “cambiar al mundo” y de ahí pasó al doctorado en Historia para “saber poco de mucho o mucho de dos o tres cosas”.
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Enrigue se enfocó a la literatura a pesar de que sus coordenadas no indicaban que las letras eran su vocación. “No sé si aquí en Puebla suceda lo mismo, pero en el DF si vas a ciertas escuelas tienen más probabilidades de terminar escribiendo. De mi preparatoria, por ejemplo, salían futbolistas, no escritores”.
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“Antes creía que para escribir necesitaba una serie de circunstancias especiales. Ahora esas circunstancias son cada vez más complicadas de conseguir en medio del caos de la vida moderna, así que mis opciones son dejar de hacerlo o escribir como se pueda y cuando se pueda”, concluyó Rivera.
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Enrigue afirmó que “a la hora de escribir sí necesito mi espacio. Lo hago en un estudio que está separado de mi casa y donde los libros —más de los que ningún hombre podría leer en su vida— me sirven de cobijo”.
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Confesión de poeta
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Garza señaló que tomó la idea La muerte me da después de que encontró en los Diarios de Pizarnik una confesión: “Me resulta casi imposible escribir en prosa”.
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Afrenta con Dios
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El autor de Vidas perpendiculares, Álvaro Enrigue, apuesta por el parricidio, pues, señaló: “Se trata de varias reencarnaciones de un personaje que siempre atenta con la figura del padre; pero más que un capricho, se busca la pretensión de ruptura con la autoridad. Planteo la posibilidad de la rebeldía. Busco una confrontación en contra de toda autoridad, especialmente, una afrenta contra Dios”.

jueves, agosto 14, 2008

Enrigue y Rivera Garza en la UAP


Diario Milenio-Puebla (14/08/08)
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Emulando a un cronista de la publicidad que conocí hace mil años y que recorría las calles (creo que aún lo hace) en un auto valiéndose de unos altoparlantes y un micrófono como los que se usaban al inicio de la XEW, diré, muy a su estilo, que “hoy jueves 14 no se pierda, amable lector, la presencia en Puebla de los escritores Álvaro Enrigue y Cristina Rivera Garza, que estarán en dos actos: uno en la Sala de Proyecciones del Edificio Carolino a las 12:00 puntualitos; y otro en la presentación de las novelas La muerte me da de Rivera Garza y Vidas perpendiculares de Álvaro Enrigue en el Auditorio Elena Garro de la Facultad de Filosofía y Letras (3 Oriente 210, Centro Histórico) a las 17:00, ni un minuto más, ni uno menos.
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Este acto doble lo organizan la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y el Movimiento Cultural “La Fuga Literaria”, para beneplácito de los lectores de Puebla.
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Las presentaciones de los libros van a cargo de Alejandro Palma Castro, director de la Facultad; Alicia Ramírez Olivares; Roberto Martínez Garcilazo (no sé por qué está máquina me pone Gracilazo cada vez que quiero decir Garcilazo) y los propios autores. Quien modera la mesa es Alfredo Godínez, conocido poeta fugado, tal como él mismo lo deja visible en sus ochenta blogs que tiene y que —asombrosamente— atiende.
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Me interesa subrayar la enorme disposición que ha mostrado el director de la Facultad de Filosofía y Letras para la organización de actos como éste. Alejandro Palma es un poeta, un hombre de letras que tiene la suficiente sensibilidad para abrir espacios a las manifestaciones culturales. A poco de su llegada a la facultad, logró la organización del XXXVII Congreso Internacional del Literatura, que originalmente se habría de llevar a cabo en la Universidad de las Américas.
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Mi reconocimiento desde estas páginas al rector de la Universidad Autónoma de Puebla y a Alejandro Palma, director de la Facultad de Filosofía y Letras, mi casa, por estas iniciativas.
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Álvaro Enrigue nació en el DF en 1969. Ha vivido entre México y Washington. Ha sido profesor de Literatura en la Universidad Iberoamericana, y de Escritura Creativa en la de Maryland. Se dedica desde 1990 a la crítica literaria y ha colaborado en revistas y periódicos de México y España. Ganó el Premio de Primera Novela Joaquín Mortiz con La muerte de un instalador, en 1996. En Anagrama ha publicado Hipotermia (pequeña ficha extraída de Anagrama/N. del A.).
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Cristina Rivera Garza: narradora, poeta e historiadora. Graduada en la UNAM en Sociología. Fue profesora asociada de historia mexicana en la Universidad Estatal de San Diego, y codirectora de la Cátedra de Humanidades del Itesm campus Toluca. Ha sido acreedora a la Beca Jóvenes Creadores 1994-1995 en novela; y a la beca Jóvenes Creadores 1999-2000 en poesía. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores Artísticos (2007). Actualmente publica La mano oblicua, columna semanal que aparece el día martes en la sección Cultura del periódico Milenio (Pequeña ficha extraída de Wilpikedia/N.del A.).
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Álvaro Enrigue y Cristina Rivera Garza son dos escritores representativos de la actual literatura mexicana.

miércoles, agosto 13, 2008

Rivera Garza y Enrigue en Puebla, otra más de la Fuga Literaria 2

Cristina Rivera Garza y Álvaro Enrigue en Puebla, traídos por la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP y La Fuga Literaria.
Jueves 14 de agosto de 2008
12 pm en Sala de Proyecciones del Carolino: Conferencia-diálogo
5 pm en Auditorio Elena Garro de la FFyL-BUAP: Presentación de las novelas La muerte me da de Rivera Garza y Vidas perpendiculares de Enrigue. Presentan los autores, además de Alicia Ramírez, Roberto Martínez Garcilazo, Alí Calderón y Alejandro Palma Castro.
Modera: Alfredo Godínez
Los esperamos. No se lo pierdan.

Rivera Garza y Enrigue en Puebla, otra más de la Fuga Literaria

Cristina Rivera y Álvaro Enrigue presentarán sus novelas en la UAP (LaJjornada de Oriente-13/08/08)
Yadira Llaven
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Los escritores Cristina Rivera Garza y Álvaro Enrigue ofrecerán una conferencia dialogada el jueves 14 de agosto a las 12 horas, en el Salón de Proyecciones del Edificio Carolino. Ese mismo día, pero a las 17 horas, presentarán las novelas La muerte me da, de Garza, y Vidas perpendiculares, de Enrigue, en el Auditorio Elena Garro (3 Oriente 210) de la Facultad de Filosofía y Letras. Los comentarios estarán a cargo de Alejandro Palma Castro, Alicia Ramírez y Alí Calderón.
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Enrigue (México, 1969) es cuentista, novelista, ensayista y editor. Ha vivido en Washington y actualmente está arraigado en Coyoacán. Se dedica desde 1990 a la crítica literaria. Ha colaborado en revistas y periódicos de México y España como Lateral de Barcelona, Ínsula, El Nacional, Vuelta, La Jornada Semanal y Letras Libres.
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Mientras, Rivera Garza (Matamoros, Tamaulipas, 1964) es narradora, poeta e historiadora. Es doctora en Historia Latinoamericana por la Universidad de Houston, además de autora de novelas como Cruzar el Atlántico con los ojos vendados (Tusquets, 2001) y Nadie me verá llorar (Tusquets, 1999), esta última traducida al inglés, portugués e italiano.
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Presentan novelas de Enrigue y Rivera (Diario Intolerancia-Puebla 13/08/08)
Aparte de los autores de La muerte me da y Vidas perpendiculares, Alejandro Palma, Alicia Ramírez y Alí Calderón, profesores de FFyL, comentarán este jueves los dos libros en el auditorio Elena Garro
Federico Vite
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De acuerdo con el departamento de difusión de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla se confirma la presencia de Cristina Rivera Garza y Álvaro Enrigue, quienes ofrecerán una charla-conferencia en la sala de Proyecciones del edificio Carolino este jueves a las 12:00 horas.
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Las recientes novelas de los dos invitados (La muerte me da, Rivera Garza, y Vidas perpendiculares, Enrigue) se presentarán el mismo día, pero a las 17:00 horas en el auditorio Elena Garro, ubicado en la calle 3 Oriente 210.
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Enrigue se desempeñó durante algunos años como editor de literatura del Fondo de Cultura Económica. Es autor de una tesis de doctorado sobre el dinero y Sor Juana.
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De entre sus publicaciones destacan La muerte de un instalador (Premio de Primera Novela Joaquín Mortiz, 1996), Hipotermia (Anagrama, 2007), Vidas perpendiculares (Anagrama, 2008), y en las antologías Dispersión multitudinaria, Una ciudad mejor que ésta, Se habla español y El cementerio de sillas.
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Garza nació en Matamoros en 1964. Es narradora, poeta e historiadora. Graduada en Sociología por la UNAM, es doctora en Historia Latinoamericana por la Universidad de Houston. Fue profesora asociada de Historia Mexicana en la Universidad Estatal de San Diego (1997-2000). Fue catedrática de la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán y codirectora de la cátedra de Humanidades del ITESM, campus Toluca. Ha sido acreedora a la beca Salvador Novo 1984-1985, en cuento; a la beca Fonca Jóvenes Creadores 1994-1995, en novela; y a la beca Fonca Jóvenes Creadores 1999-2000, en poesía.
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Además de los dos autores, participarán en la presentación de ambas novelas los maestros de la Facultad de Filosofía y Letras, Alejandro Palma Castro, Alicia Ramírez y Alí Calderón.
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La conferencia, en formato de diálogo, será la primera de las dos actividades de estos escritores mexicanos, y abordará diversos temas, pero en especial, el oficio del novelista.
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¿Quiénes son los invitados?
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Rivera Garza es autora de novelas como Desconocer (finalista del Premio Juan Rulfo para Primera Novela 1994), Cruzar el Atlántico con los ojos vendados (Tusquets, 2001) y Nadie me verá llorar (Tusquets, 1999, traducido al inglés, portugués e italiano).
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Además, es Premio Nacional de Novela José Rubén Romero 1997; Impar-Conarte-ITESM 2000, y Sor Juana Inés de la Cruz 2001, galardón que sólo las mexicanas Silvia Molina (1998) y Elena Garro (1996) han recibido.
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Álvaro Enrigue (México, 1969) es cuentista, novelista, ensayista y editor. Ha vivido en Washington DC. Actualmente está arraigado en Coyoacán. Ha sido profesor de Literatura en la Universidad Iberoamericana y de Escritura Creativa en la de Maryland. Se dedica desde 1990 a la crítica literaria y ha colaborado en revistas y periódicos de México y España como Lateral, de Barcelona, Ínsula, El nacional, Vuelta y La jornada semanal, donde se forjó como un brillante crítico y ha pasado a formar parte de la revista Letras libres.

martes, agosto 12, 2008

Manifiesto contra el celular



Diario Milenio-México (12/08/08)
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Los objetos despiertan, sin duda, pasiones desmedidas. Eso pensé al encontrar una hoja mecanografiada en papel revolución sobre una pared citadina. Entre figuras agigantadas de graffiti y propaganda de una revista de, como se dice, actualidad, la hoja susodicha llamó mi atención por sus dimensiones, tan pequeñas, y por su obcecada hechura: tipografía mecánica y reproducción manual. Se trataba, a todas luces, de un manifiesto: un texto público redactado con la fiebre de la convicción y los recursos atávicos de un ludita de inicios del siglo XXI. El título: LOS CELULARES ACABARÁN CON TU VIDA. Pocas cosas me habían resultado más intrigantes en vísperas de la época del iPhone.
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Lo había oído ya en muchas ocasiones (y en otras tantas lo había creído) (y en aún más lo había dicho yo misma) pero esta hoja tan nimia y tan procaz al mismo tiempo terminó por obligarme a hacer lo que estaba haciendo: leyéndola con atención, línea a línea. Existe, decía el punto primero del manifiesto, algo que se llama Exceso de Contacto (así, con mayúsculas). Al facilitar el contacto con tu mundo cercano (el manifiesto insistía en hablarme de tú y eso, no sé por qué, me parecía ejemplo del mentado exceso) estás permitiendo que entren en tu esfera más íntima una cantidad indescifrable y, eventualmente, incontrolable de vibras y karmas que terminarán afectándote de maneras definitivas. Por ejemplo: ese número sólo en apariencia equivocado es, en realidad, un caballo de Troya que ayudará a derribar las paredes de esa ciudad interna a la que es fácil denominar El Yo.
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El punto número dos era menos poético: “En la era de la información y su incesante ruido, el ser humano precisa de silencio. Necesitas escucharte a ti mismo”. Revisé las muchas tardes que había pasado escuchándome a mí misma y pensé que, de haberlo hecho, el ludita anti-celularítico se lo habría pensado dos veces antes de llamar a eso silencio. Por un momento pensé que era un aliado no muy secreto de la paranoia urbana que, con sus mítines incesantes en los paneles de la cabeza, constituye la forma más ecuménica, y desesperanzada, del ruido.
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En el tercer punto le di la razón: “El celular facilita la circulación de las malas noticias”. En efecto, si ya no se tardaban en llegar en un mundo sin tecnología, podía ver, y había comprobado ya en algunas ocasiones, que las malas noticias constituían uno de los grupos más beneficiados por el exceso de contacto al que nos sometían tantos caballos de Troya de la era celular. ¿Y necesita uno, de verdad, una mala noticia?
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El punto número cuatro era fundamentalmente literario. Ahí el autor del enrabiado documento aducía, yo creo que con razón, que una obra como Drácula, de Bram Stocker –basada como se sabe en la incesante producción de telegramas y cartas y diarios, y la trascripción de todos los anteriores– perdería su condición de Gran Obra de la Literatura Universal si, en lugar de la pasión de la escritura, los personajes en peligro se hubieran dado a la tarea de comunicarse oralmente y, además, de manera inmediata, con los personajes que se encontraban a salvo. Y qué decir, continuaba el documento, de las novelas policiales y aquellas obras dominadas por el monólogo interior o el flujo de conciencia. ¿Cuántos traumas, secretos, dramas se convertirían en mera información gracias al uso del celular? ¿Cuántos párrafos se transformarían en esa pedacería especular que eran los mensajes de texto?
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El quinto punto tenía que ver con la voz. ¿No era una voz sin labios lo mismo que un cuerpo decapitado sobre la calle?, se preguntaba con tintes francamente dramáticos el contrincante anónimo del celular.
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El sexto y séptimo punto eran, a decir verdad, uno solo: el celular era un ataque contra el cuerpo, contra el cuerpo y su presencia, contra el cuerpo y su lentitud, contra el cuerpo y sus gestos. Ese pequeño aparato con lucecitas de colores y ruiditos psicodélicos no era más que el abracadabra con el que la sociedad actual había logrado por fin deshacerse de los cuerpos. Es cierto, admitía, que muchas veces se utilizan estos teléfonos para hacer citas y, luego entonces, juntar cuerpos, pero la mayoría de las veces, también decía esto, las citas sólo eran pretextos para que otros nos vieran hablando por teléfono con los que, debido a que tenían cuerpo, no estaban ahí.
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En esos momentos pasaban por la calle dos muchachos aparentemente juntos, pero cada uno con su celular pegado a la oreja derecha y, vaya, no pude evitar un súbito ataque de melancolía. Recordé que ahí, dentro de mi bolsa, estaba ese pequeño objeto que me conectaba innecesariamente con otros –sobre todo con esos otros que me buscaban para darme cantidades irrisorias de trabajo–, que me llenaba de ruido y de paranoia y de malas noticias mientras me convertía en la mismísima Mujer Invisible frente a los hombres o mujeres que sostenían entretenidas conversaciones con sus fantasmas favoritos a través de bocinas secretas. Saqué, pues, en plena actitud de derrota, un plumón rojo de mi bolso (que es una verdadera cueva de las mil maravillas) y subrayé todos y cada uno de los puntos del Manifiesto Ludita. Luego, como es claro, no pude evitar tomar mi celular y contarle mi dramática experiencia al fantasma de Troya que se desvanecía del otro lado de la línea.

lunes, agosto 11, 2008

El duro Solyenitzin



Diario Milenio-México (11/08/08)
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Esa dulce amargura
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Nunca olvidé su nombre: Pavel Nikolaievich Rusanov. Un personaje amargo, casi tanto como la historia donde aparecía. En cuanto al título, ni sus mismos editores conseguían ponerse de acuerdo, pues el primer volumen se intitulaba Pabellón de cáncer y el segundo El pabellón del cáncer. Como la mayoría, había conocido al autor por intermedio de su obra más famosa, Archipiélago Gulag. Que a todo esto tampoco era un libro feliz, sino una descripción del infierno en la tierra. La clase de relato que deja huellas hondas en quien lo lee temprano, con quince años cumplidos y la altivez precaria de quien se precia ya de preferir aquellas lecturas penumbrosas donde campean el horror y el infortunio, antes que la literatura edificante que se aconseja para los de su edad. Quisiera uno ser duro, cosa dificilísima, pero igual se conforma con que los otros lo crean así. Había pasado de Poe a Lovecraft; creía por eso que merecía alguna suerte de anticondecoración, hasta que un día un amigo, de visita en mi casa, alcanzó a ver el lomo de Archipiélago Gulag en el librero y comentó que aquél era un libro tan denso que su padre lo había dejado a la mitad. Tres semanas más tarde, no sólo había logrado mirar con menosprecio al papá del vecino, sino además contaba con otro autor terrible en mi colección. No sin alguna ñoña pedantería, me di a escribir su nombre del modo más extraño que encontré: Alexandr Solzhenitzyn.
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El pabellón del cáncer asimismo dormía en un librero, en casa de una compañera de escuela que no bien vio mis ojos como platos me prestó los dos tomos. Cuídalos, me advirtió, que son de mi papá. Estaban nuevos ambos y ya la posibilidad de desvirgarlos parecía una suculencia en sí misma. Sentía también morbo, fuerza tan poderosa en esos años que muy difícilmente me interesaba en nada que no lo involucrara de una u otra manera. Que el mismo hombre que había descrito los más abominables ergástulos se diera a hablar de enfermos terminales no parecía menos que otra ventana indispensable al universo crudo del que mis querúbicos mayores aún se desvivían por protegerme.
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Prodigios amputables
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Los primeros pechos que casi vi en el cine pertenecían a Simonetta Stefanelli. Casi, porque justo al principio de la escena mi madre tuvo el pudoroso tino de preguntarme si no se me antojaban unas palomitas. Maldición. Cuando volví los ojos a la pantalla, los senos prodigiosos ya no estaban ahí. A veces, sin embargo, lo casi visto se recuerda mejor que lo contemplado. Tiempo después de aquella infausta proyección, durante la lectura de El pabellón…, topéme con un personaje llamado Asya, de cuya desnudez tristísima no había nadie para protegerme. Había llegado al hospital radiante, confiada en que su paso por ahí no iría más lejos de un examen de reconocimiento, tras lo cual volvería a sus despreocupados diecisiete años; pero al paso de más y más exámenes su semblante se había demacrado hasta hacer juego con la bata horrenda que llevaba puesta. Un día, Asya se aparece ante Diomka, un interno tan joven como ella, sometido a sesiones de quimioterapia. Entre lágrimas, Asya le cuenta a Diomka que en unos días le amputarán el seno derecho. Entonces se lo enseña y le pide que lo bese, orden que Diomka cumple con ternura y fruición desgarradoras. Puede que entonces, a solas y aterrado en mi recámara, alguien adentro aullase por unas palomitas de maíz.
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Ahora que lo advierto, esa costumbre de llamar “prodigiosos” a unos pechos espectaculares viene de la novela susodicha. Todavía recuerdo con textual amargura la última línea de aquel capítulo donde Diomka besaba el pezón de Asya: “Hoy aún era un prodigio, pero mañana lo arrojarían al cesto”. La releí treinta, cincuenta veces, luego de que, tras la lectura inicial, no resistí el impulso de rematar el capítulo lanzando el libro contra la pared. Lo contemplé en el suelo durante varios minutos, esperando el momento de conjurar a la manada de infumables fantasmas que la novela había ido reuniendo frente a mí. Tenía la edad de Asya, estaba enamorado hasta los huesos de una chica cuyas partes pudendas difícilmente osaba imaginar. Cuando tomé de nuevo la novela y recompuse las hojas maltratadas, me pregunté si alguna vez conseguiría escribir un párrafo digno de ser lanzado a la pared y el piso con semejante furia. ¿O era miedo? Tal vez, aunque nunca el bastante para evitarme el gusto masoquista de continuar leyendo.
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La ley del sarcoma
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Pavel Nikolaievich Rusanov es el protagonista de El pabellón…, un alto burócrata soviético —teóricamente, un profesional de la igualdad— que arriba al hospital con la moral en alto del privilegiado, y al paso de las páginas es sometido a la terapia igualitaria de la enfermedad. Devolví los dos tomos un tanto maltratados, luego de releerlos en pedacitos sueltos durante un par de años. Recuerdo que ese día, un compañero de carrera me reprochó que me atreviera a andar cargando “al gusano de Solyenitzin”. Vi entonces, en su rabia intempestiva —los ojos chinos, la nariz asqueada, los labios escupiendo cada consonante— una prepotencia similar a la del protagonista de la novela. El infeliz tenía veintiún años y ya sabía expresarse con el desprecio propio de un viejo apparatchik.
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No niega uno que la idea de verse compartiendo con tamaño narrador el calificativo de gusano —aunque fuera a los ojos de un zopenco— resulte al cabo más estimulante que digna de estigma. Nadie quisiera ver de frente al cáncer, ni tener que narrar la vida desde allí. Si algo, pues, he de agradecerle a Solyenitzin es haberme enseñado la importancia de hundirse entre la podredumbre, aunque al salir le llamen a uno como quieran. Aunque no menos que eso le queda uno en deuda por el encontronazo con una forma de escritura a tal extremo áspera que a veces se le admira sin querer: tratando ingenuamente de olvidarla.

jueves, agosto 07, 2008

La maleta de mi padre

Diario Milenio-Puebla (07/08/08)
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La maleta de mi padre es el título de un libro del Premio Nobel Orhan Pamuk editado por Mondadori, Barcelona. Autor de su varias novelas (afirma que ha sido la pasión de su vida), Pamuk incluye en este breve pero estupendo volumen las palabras que pronunció al recibir el premio ante la Academia Sueca en 2006. Es un texto verdaderamente sorprendente y emotivo.
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El libro se divide en tres partes cuyo tema central es el oficio del escritor y lo que representa la literatura para la vida. El primer apartado es el que le da título al volumen. La segunda parte se intitula “El autor implícito” y la tercera se llama “En Kars y en Frankfurt”.
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Orhan Pamuk nació en 1952 en Estambul, Turquía. Es arquitecto y periodista en su país y un elogio de John Updike sobre su novela El castillo blanco, atrajo la atención de los críticos de todo el mundo.
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Su obra ha sido traducida a casi todos los idiomas. Pamuk ha sido distinguido con muchos premios, entre los que destacan el Premio al Mejor Libro Extranjero en Francia y el Premio de la Paz que otorgan los libreros alemanes.
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El texto que abre La maleta de mi padre es una confesión sobre la relación del autor ente la literatura y ante la relación paterna. Es una verdadera lección acerca del oficio del escritor. Dice Orhan Pamuk que quien desee escribir novela tiene que dejar la vida mundana, la vida del exterior. Y hace una exacta comparación entre las adicciones y la literatura, tomando como base el contenido de lo que hay en esa maleta que el padre le deja antes de morir, sólo con la promesa de que la abra cuando “él se haya ido”.
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Con párrafos lúcidos y muy acertados, Pamuk hace reflexionar sobre el tiempo, la vida cotidiana, la novela y –como lo dije líneas arriba– la vida misma.
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Por ejemplo subraya: “Para ser escritor, antes que la paciencia y el esfuerzo, debe surgir en nosotros el impulso de huir de las multitudes (…) de las vivencias de los demás, y encerrarnos en una habitación (él propone que sea llena de libros) para forjarnos un mundo profundo mediante la escritura.”
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Lo que no se pregunta Pamuk –y que yo sí me pregunté– es la forma en que ha de sobrevivir un escritor. No todos los escritores han tenido esa “gracia del cielo” para encerrarse y escribir aunque sea media cuartilla al día, tal como él lo aconseja. Un escritor –siempre ha sido así— al mismo tiempo es joyero como Juan Marsé, o profesor o burócrata, como tantos y tantos. Pocos pueden jactarse de vivir de lo que escriben.
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De cualquier manera, lo que afirma Pamuk es bastante importante para quienes (no importa que se tengan más de cincuenta años) hayan decidido que la novela, el cuanto o la poesía es lo suyo. Es verdad que nunca es tarde.
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Orhan Pamuk: “creo que la literatura es la experiencia más valiosa que el ser humano ha creado para comprenderse a sí mismo (…) es la capacidad de hablar de nuestra propia historia como si fuera la de otros, y la de otros como si fuera la nuestra”.
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Y cuando escribe en el apartado “El autor implícito”, dice que la mayor fuente de felicidad es escribir media cuartilla cada día. Ésa es entonces la aventura del escritor.

martes, agosto 05, 2008

Franz, el ur-bloguista



Diario Milenio-México (05/08/08)
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Las apariencias engañan, dice el dicho. La proliferación de la escritura electrónica en los albores del siglo XXI pareciera ser el resultado más o menos lógico de la tecnología moderna. Pareciera que alguien tiene un blog porque posee una computadora que incluye la función necesaria para elaborar una bitácora electrónica. Sin embargo, basta leer a autores como Macedonio Fernández o Franz Kafka para darse cuenta de que, sin otro instrumento más que el lápiz y el papel, y una que otra estampilla postal, estos autores escribían ya electrónicamente.
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El ejemplo del caso: Las cartas a Felice, esos tres volúmenes de misivas que de manera regular y obsesiva y detallada le escribiera Franz Kafka a una mujer con la que, también aparentemente, él planeaba casarse. La lectura de entrada tras entrada, misiva tras misiva, no deja lugar a dudas. Franz Kafka fue, en el más literal de los sentidos, un bloguista excelso. Un verdadero prócer del género. Escritas en la oficina, en la casa o en el tren, antes de dormir o justo al despertar, largas o cortas, maravillosamente profundas u obsesivamente detalladas, todas estas cartas dirigidas a un público específico (en este caso Felice Bauer) y producidas en cantidades descomunales (con frecuencia dos al día, por ejemplo) vienen claramente de la mente de un bloguista empedernido.
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Se nota, antes que nada, su obsesión por la escritura –esa actividad que, según su carta escrita entre el 14 y 15 de enero de 1913, “significa abrirse desmesuradamente” pero para la cual “nunca puede estar uno lo bastante solo..., nunca puede uno rodearse de bastante silencio cuando escribe, la noche resulta poco nocturna, incluso”. Unos meses después, tampoco tuvo empacho alguno en declarar: “Pasarme las noches escribiendo como loco, eso es lo único que quiero. Y que ello me haga derrumbarme aniquilado, o volverme loco, eso lo quiero también, porque es la consecuencia necesaria y por largo tiempo presentida”. [13/VII/13] Escribir siempre, en todo momento, no por dos horas, como le aconsejaba su prometida, sino al menos diez horas al día. Eso quería y, en todo caso, eso es precisamente lo que hacía, frente a la hoja o aproximándose a la hoja, escribir –la primera obsesión de todo bloguista.
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Sus observaciones, como las de todo buen bloguista, fueron muy variadas. No hubo cosa de la vida cotidiana que le resultara demasiado pequeña o insulsa– el rostro de una mujer en el andén, la descripción de la oficina a la que en no pocas ocasiones denominó como su propio infierno, paseos con amigos, paseos a solas, horas de duda, horas de desolación. Las obras de teatro a las que asistía, los libros que leía, sus opiniones sobre el cinematógrafo (y sobre este tema, por cierto, hace no mucho se publicó el libro Kafka Goes to the Movies de Hanns Zischler) le merecían comentarios especiales. Como muchas de estas misivas estaban destinadas a capturar la atención afectiva de Felice, éstas contienen también reflexiones sobre el amor –o la imposibilidad del amor para ser más exactos– y las relaciones humanas. Algunos pasajes típicamente kafkianos incluyen: “Pero qué pasa cuando le falta a uno la fuerza de conquistar a un ser por completo?” del 12 y 13 de febrero de 1913. O la siguiente: “Y ahora, mi amor, tómame, pero no olvides, no olvides rechazarme a su debido tiempo”. Y por el mismo estilo: “La eterna preocupación de mis cartas es liberarte de mí, pero en cuanto me parece haberlo conseguido, me vuelvo loco”.
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En su ur-blog, Franz Kafka también se refirió de manera irónica a los comentarios usualmente positivos que recibían sus escritos. No aceptó ninguno de ellos y a todos los caracterizó, casi invariablemente, como malas interpretaciones exageradas, aunque nunca hizo el esfuerzo de expresar este rechazo en público. Eso, sin duda, se debe a que en realidad Franz no tenía, como lo expresó otro día de febrero, “ningún plan, ninguna perspectiva, yo no puedo entrar en el futuro por mis propios pasos; precipitarme en el futuro, rodar en el futuro, tropezar y caer en el futuro, eso sí puedo hacerlo, y lo que mejor soy capaz de hacer es quedarme tumbado”. Siempre y cuando, claro está, esa posición le permitiera seguir escribiendo.
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Con todo y todo, Franz, famoso por su desgano, su tuberculosis, y antipatía contra el mundo, no pudo deshacerse de otra característica del buen bloguista: la coquetería. En su carta del 8 de abril de 1913, Franz retaba de manera socarrona a Felice: “Tienes que admitir que poseo el arte de hacerme seductor”.
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Franz –y lo llamo así porque así firmaba su ur-blog– escribió esto otro día de febrero: “En otros tiempos, cuando mi visión de mí mismo era aún más precaria, y creía que no me era permisible dejar de prestar atención al mundo ni un solo instante, en la pueril suposición de que el peligro está ahí...”. La oración continúa, pero el “ni-un-solo-instante” y la palabra “peligro” que viven dentro de esta declaración me obligan a detenerme. Esos dos elementos me convencen una vez más. Resulta apabulladoramente obvio. No hay explicación alternativa. Franz fue y sigue siendo el verdadero ur-bloguista: aquel que sabe que “prestar atención al mundo” es sólo una descripción un tanto larga pero bastante exacta del acto de escribir.

lunes, agosto 04, 2008

Facha de mandatario



Diario Milenio-México (04/08/08)
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¿Presidente yo?
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Hay quienes simplemente esperan demasiado del espejo. Una vez que los cambios de la adolescencia terminan de modificar el semblante, tiende uno a preguntarse si tiene ya la facha del que quisiera ser. Cosa sencilla cuando lo que se busca es hacer fortuna como facineroso, bastan apenas unas horas de arresto para adquirir la pinta patibularia. Otros, en cambio, la vimos más difícil, seguramente sólo por ingenuos. Me recuerdo buscándome —frente al espejo, con diecinueve años— la cara de Presidente de la República, sin otro resultado que una discreta y fugaz decepción. ¿Debía uno parecer, incluso tan temprano, lo que en secreto habíase propuesto ser? A juzgar por la corpulencia de la ambición de quienes al final lo han conseguido, se trata de una convicción sintomática, cuando no patológica, y esas cosas se notan. Si por sí mismas no hacen por destacarse, muy poco hace el espejo para convocarlas. Cierto es que me esforzaba por alcanzar el porte de mandatario, pero igual no lograba imaginar al jefe del Estado Mayor atrás de mí, tieso como una estatua; al cabo, para el caso, me era más fácil imaginarlo riéndose. Creía, ingenuamente, que esas caras solemnes se tenían, cuando lo único cierto era que se ponían. En ciertas profesiones, no es uno más ni menos que la cara que logra poner.
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Sería demasiado sencillo, amén de chabacano, concluir que Radovan Karadzic es un tipo con cara de asesino. Otros, no pocos, le vieron un buen tiempo cara de presidente, y hasta hace tres semanas menudeaban los distraídos que le encontraban cara de sabio. Es decir, tiene la cara que pone. Lo cual de entrada prueba que nadie tiene la cara dura, pero algunos consiguen endurecerla durante el tiempo bastante para convencer a los demás de aquello que el espejo nunca estará seguro. Fuimos mal enseñados a respetar valores que nadie respetaba en realidad, como los rostros en extremo adustos de esos políticos que jamás se cansaban de jurarle fidelidad a la Patria. Ni a la esposa, ni a los electores, ni a la secretaria. Personas de modales en apariencia rígidos, y a la hora buena más relajados que los de los auténticos facinerosos. Más allá, pues, de la facha que pueda presentar al prójimo el ex presidente Karadzic, se nota su talento al menos en dos ámbitos: es un facineroso y un caradura. ¿Cómo no iba a tener cara de presidente?
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Farsante llama a farsante
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En los dominios del rebaño infantil, basta un rictus de pasajero desconcierto para ganarse la fama de idiota. Poner cara de bobo es ser bobo y pagar las consecuencias, al tiempo que otros logran salirse con la suya poniendo a tiempo su cara de malo, que con algo de esfuerzo el paso de los años transformará en la mirada torva del hijo de puta. O en su sonrisa chueca, que también aporta. Karadzic, para el caso, tiene una buena colección de pintas. Ahora mismo, no le queda más que jugar al héroe incomprendido y traicionado. Tal es la cara que ha puesto en La Haya, convencido tal vez de que sus naturales dotes polifacéticas han terminado por borrar la cara que un día tuvo, en favor de la que le pueda convenir. Por razones quizás emparentadas con la cobardía propia de los rebaños, la cara de héroe no parece desentonar con la de matón.
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Dice uno que fue ingenuo para que no lo tachen de ignorante, o para no aceptar que es perezoso. ¿Cómo explicar, si no, que basten una cola de caballo y unas barbas blancas para que quien tenía cara de asesino fuera visto como un hombre sabio y bondadoso? Serviría tal vez considerar que ante otros, nunca pocos, el matón tiene cara de héroe, y heroicos serán a sus ojos los trece años que Karadzic pasó a salto de mata, disfrazado de experto curandero. Nada que le gustara ver en el espejo al falso viejo sabio, farsante varias veces injertado en farsante, para quien no quedaba más consuelo que encerrarse en un bar, entre sus partidarios, solo junto a su foto como presidente: un hombrón arrogante y mofletudo, con la melena siempre alborotada y esa pose de superioridad histriónica a la que años más tarde la Interpol llamaría “conducta extravagante”.
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Indignación balcánica
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Si pensara de pronto como cineasta, me gustaría que la escena fuera conmovedora. Transformado en gurú de la energía cuántica humana, el matón de multitudes se asila en el rincón de una taberna oscura para brindar a solas con su viejo retrato. Lo difícil sería, llegado el caso, despojar de cursilería al esperpento, luego de ver a Karadzic en La Haya quejándose no porque según él sea inocente, como porque el gobierno americano le había prometido inmunidad. Igual que Pinochet y Echeverría, el serbio no parece concebir que por medio de un trámite administrativamente irregular se dé curso a un juicio por el asesinato de miles de personas. La de veces que del ’95 para acá, y más aún en las últimas dos semanas, se habrá ya preguntado ante el espejo cómo le pueden hacer esto a él. Allí está, ante las cámaras, con su carota de ciudadano indignado. No puede ser, alegan ambas cejas, esto es un atropello.
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Alguna vez encarcelado y convicto por estafa, el ex presidente serbio no tiene otra salida que recobrar su vieja cara dura y desplegarla hasta el final del juicio, alegando con Göring que el enjuiciado es siempre quien perdió la guerra. Diciendo sin decir que todos esos miles de ejecutados no intimidan a quien hizo lo que hizo en nombre de la Patria, y alegando en voz alta, como hasta hoy, que se defiende ante ese tribunal no porque reconozca su legitimidad, sino porque lo agrede personalmente, como lo haría una catástrofe natural. Momento de plantar la cara de mesías, de modo que al subir a la cruz quede claro quién va a pagar la cuenta por las atrocidades del rebaño entero. Es lo bueno de haber sido presidente: se tiene cara para cualquier cosa.