martes, julio 15, 2008

Lechos liminales



Diario Milenio-México (15/07/08)
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Las congregantes rulfianas no tienen empacho en admitir un conocimiento profundo de los placeres y tormentos de la carne —lecciones que han aprendido del pícaro Anacleto Morones
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La denominación transgenérica que pone en entredicho la estricta diferenciación sexual en la obra de Rulfo no se limita al personaje de Doroteo/Dorotea en la novela Pedro Páramo. En Anacleto Morones, uno de los diecisiete cuentos que componen El llano en llamas, una de las 10 mujeres que buscan a Lucas Lucatero para que dé fe de los milagros cometidos por su suegro, el ahora denominado Niño Morones, es una “a la que le dicen Melquíades”, un nombre de uso tradicionalmente masculino en México. Asimismo, Rulfo les ha otorgado a esas integrantes de la congregación del Niño Morones características más bien viriles: Francisca, por ejemplo, porta un bigote “de cuatro pelos” que, sin embargo, no impide que Lucatero la invite a “dormir con él” hacia el final de la jornada, ya cuando las otras mujeres han ido abandonado, en grupo o a solas, la casa de Lucatero. Desafiando o de plano burlándose del estereotipo de la beata, estas congregantes de inquebrantable fe religiosa son mujeres que saben distinguir bastante bien entre ser señoritas y ser solteras. Ante el asombro Lucatero, quien dice no haber estado enterado de que la hija de Anastasio tuviera marido, la misma responde: “Soy soltera, pero tengo marido. Una cosa es ser señorita y otra cosa es ser soltera. Tú lo sabes. Y yo no soy señorita, pero soy soltera”. Son mujeres, incluso, que han abortado: Nieves García, antigua amante de Lucatero confiesa: “Lo tuve que tirar. Y no me hagas decir eso aquí delante de la gente. Pero para que te lo sepas: lo tuve que tirar. Era una cosa así como un pedazo de cecina. ¿Y para qué lo iba a querer yo, si su padre era un vaquetón?”. Viejas y sin los encantos físicos de la femeneidad convencional, redefiniendo los estados civiles en los que viven y describiendo a la maternidad como una opción, las congregantes del Niño Morones se parecen mucho a las chicas modernas —esas figura a la vez amenazante y seductora que tanto asoló las mentes y cuerpos de los habitantes del medio siglo en México. Solteras, que no solteronas, las congregantes rulfianas no tienen tampoco empacho en admitir un conocimiento profundo de los placeres y tormentos de la carne— lecciones que han aprendido, de ahí su devoción, del evangelio del pícaro de Anacleto Morones. Tan bien lo han aprendido que, después de tener sexo con Lucatero, Francisca la de los bigotes no duda en expresar la comparación que ha hecho entre las habilidades sexuales del suegro y del yerno:
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“—Eres una calamidad, Lucas Lucatero. No eres nada cariñoso. ¿Sabes quien sí era amoroso con una?
-¿Quién?
-El Niño Anacleto. El sí que sabía hacer el amor”.
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Rulfo tampoco denegó la sexualidad polimorfa de los niños o de los locos. En Macario, el cuento que le dedicó a Clara, su esposa, y el único que incluye, de hecho, una dedicatoria, Rulfo crea la voz de un niño o un adolescente presuntamente afectado de sus capacidades mentales que, además de padecer de un hambre constante y un claro temor al infierno, describe con detallada pericia sus encuentros íntimos con Felipa, una mujer de la que se conoce su nombre, pero de la que se desconoce su relación de parentesco. Felipa, en todo caso, no es la madrina a quien Macario teme y respeta, sobre todo porque ella “es la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera”. Felipa es, sobre todo, sus pechos, de donde mana una leche con sabor a las flores de obelisco. Felipa, además, va en las noches al cuarto de Macario y ahí se le arrima, “acostándose encima de [él] o echándose a un ladito”. La imagen es, por supuesto, maternal y erótica a la vez. Perturbadora. Oscilante.
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Atrapados en el umbral entre la vida y la muerte, entre lo posible y lo permitido, la sexualidad rulfiana se despliega en modos y prácticas variadas. Acaso por eso mismo el Adán y Eva edénicos devienen, en los terrenos de Pedro Páramo, un par de hermanos incestuosos que Juan Preciado, el hijo que busca a su padre, encuentra dentro de una casa con “el techo en el suelo” cuando, a causa de las muchas cosas que le han pasado y que no entiende, sólo alcanza a tener deseos de dormir. Los hermanos ya duermen completamente desnudos sobre sus raquíticos lechos y, por ello, lo conminan a recostarse. Así, luego de un sueño intranquilo por el cual han atravesado las voces disgustadas de los hermanos, Juan Preciado despierta:
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“-¿A dónde se fue su marido?
—No es mi marido. Es mi hermano; aunque él no quiere que se sepa.”
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Por boca de ella, uno de los poquísimos personajes sin nombre en la novela y la obra de Rulfo, el recién llegado se entera así de la relación pecaminosa que, según la mujer, le ha dejado el rostro lleno de “manchas moradas como de jiote”. Por ella también llega a sus oídos la confesión que el obispo no pudo perdonar:
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“—Yo le quise decir que la vida nos había juntado, acorralándonos y puesto uno junto al otro. Estábamos tan solos aquí, que los únicos éramos nosotros. Y de algún modo había que poblar el pueblo. Tal vez tenga ya a quien confirmar cuando regrese”.
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Con culpa pero sin arrepentimiento, la innombrable justifica así el incesto. Si la causa ha sido la soledad que acorrala, el resultado será la supervivencia de una comunidad que, de otra manera, no podrá sino ser una caja de espectros. El futuro de Comala pende así de la sexualidad no normativa y liminal que domina ya sus lechos.
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Si por queer se entiende el tipo de teoría que no sólo enfatiza la naturaleza social, y por lo tanto relacional, de las identidades de género sino que también, acaso sobre todo, explora las conductas sexuales que cuestionan tales definiciones, trastocándolas o, de plano, redefiniéndolas, el texto rulfiano es, de entrada, un texto queer. Ya en la Comala llena de espectros o ya en el llano, los personajes rulfianos responden apenas, y eso con trabajos, a los llamados de la masculinidad y la feminidad dominantes, comportándose, en cambio, con el desparpajo o la determinación de quien se sabe singular y complejo y problemático. Los momentos de intermitencia genérica que aparecen y desaparecen, sólo para volver a aparecer propician, sin duda, una lectura alternativa de los cuerpos de la modernidad mexicana desde uno de sus textos fundadores.

lunes, julio 14, 2008

Re-inventando las lecturas.

En negritas van los libros que leí desde el 1 de enero hasta el sábado 12 de julio del presente año. Esperemos que éste nuevo período me traiga más lecturas.
La meta ahora son leer 17 libros a partir del domingo 13 de julio hasta el último día del año 2008.


Libros que he leído de mi pequeña biblioteca:
Narrativa:

Vicente Riva Palacio: Los cuentos del General (Cuento).
Vicente Riva Palacio y Manuel Payno: El libro rojo (Crónicas).
Emilio Rabasa: La Bola (Novela).
José López Portillo: La Parcela (Novela).
Rafael Delgado: La Calandria (Novela).
Federico Gamboa: Santa (Novela).
Jorge Ibargüengoitia: Los relámpagos de agosto (Novela).
Mariano Azuela: Los de abajo (Novela).
B. Traven: Macario. (Novela).
Juan Rulfo: Pedro Páramo/El llano en llamas (Novela y cuento).
Sergio Pitol: La vida conyugal (Narrativa).
Sergio Pitol: El desfile del amor (Novela).
Elena Poniatowska: Querido Diego, te abraza Quiela (Narrativa).
José Emilio Pacheco: Los principios del placer (Cuento y Noveleta).
José Emilio Pacheco: Las batallas del desierto (Novela).
José Manuel Villalpando: Mi gobierno será detestado (Novela).
Guillermo Samperio: Ellas habitan un cuento (Cuento).
Daniel Sada: Luces artificiales (Novela).
Carlos Fuentes: La Región más transparente (Novela).
Carlos Fuentes: Aura. (Novela).
Héctor Aguilar Camín: La Guerra de Galio (Novela).
Pedro Ángel Palou: Pequeño Museo de la Melancolía (Relato).
Pedro Ángel Palou: Los placeres del dolor (Cuento).
Pedro Ángel Palou: Música de Adiós (Cuento).
Pedro Ángel Palou: El Último Campeonato Mundial (Novela).
Pedro Ángel Palou: Bolero (Novela).
Pedro Ángel Palou: Demasiadas vidas (Novela).
Pedro Ángel Palou: Casa de la Magnolia (Novela).
Pedro Ángel Palou: Con la Muerte en los Puños (Novela).
Pedro Ángel Palou: En la Alcoba de un Mundo, Una vida de Xavier Villaurrutia (Novela).
Pedro Ángel Palou: Memoria de los Días. (Novela).
Pedro Ángel Palou: Qliphoth (Novela).
Pedro Ángel Palou: Quien dice sombra (Novela).
Pedro Ángel Palou: El diván del diablo (Novela).
Pedro Ángel Palou: Zapata (Novela).
Pedro Ángel Palou: Morelos, morir es nada (Novela).
Ignacio Padilla: Si volviesen sus majestades (Novela).
Ignacio Padilla: Amphitryon (Novela).
Ignacio Padilla: Espiral de artillería (Novela).
Ignacio Padilla: Una forma falsa de verdad (Selección de textos).
Ignacio Padilla: Las Antípodas y el Siglo (Cuento).
Ignacio Padilla: La Gruta del Toscano (Novela).
Jorge Volpi: A pesar del oscuro silencio (Novela).
Jorge Volpi: La paz de los sepulcros (Novela).
Jorge Volpi: El juego del Apocalipsis (Novela).
Jorge Volpi: Sangrar tu piel amarga (Novela).
Jorge Volpi: El temperamento melancólico (Novela).
Jorge Volpi: En busca de Klingsor (Novela).
Jorge Volpi: El fin de la locura (Novela).
Jorge Volpi: No será la tierra (Novela).

Eloy Urroz, Ignacio Padilla y Jorge Volpi: Tres bosquejos del mal (Cuento).
Cristina Rivera Garza: Nadie me verá llorar (Novela).
Cristina Rivera Garza: La muerte me da (Novela).
Mario Bellatin: Flores (Novela).
Mario Bellatin: La jornada de la mona y el paciente (Novela-Diario).
David Toscana: Lontananza (Relato).
David Toscana: Duelo por Miguel Pruneda (Novela).
Gerardo Kleinburg: No honrarás a tu padre (Novela).
Luis Humberto Crosthwaite: Instrucciones para cruzar la frontera (Relatos).
Xavier Velasco: Luna llena en las rocas (Crónicas).
Xavier Velasco: Diablo Guardián (Novela).
Xavier Velasco: Materialismo Histérico (Cuento).
Xavier Velasco: Éste que ves (Novela).
Mónica Lavín: Cambio de vías (Novela).
Beatriz Rivas: La hora sin diosas (Novela).
Sandra Becerril: La calle de las brujas (Novela).
Victoria García: Historias de otros (Novela).
Juan Gerardo Sampedro: Ojos de Entonces (Novela).
Juan Gerardo Sampedro: Nudos (Cuento).
Gabriel Wolfson: Caja (Cuento).
Mario Calderón: Destino y otras ficciones (Cuento).
Mario Calderón: Donde el Águila paró (Cuento).
Ricardo Cartas Figueroa: La Noche de Karmatrón (Cuento).
Felipe Galván: Autor anónimo (Novela).
Antología de narradores en Puebla: Varios. (Narración).
Insólitos y ufanos, antología de cuento poblano: Varios (Cuento).
Fronteras del deseo: Varios (Cuento).
El eco hecho carne: Varios (Cuento y poesía).
Augusto Monterroso: Movimiento perpetuo.
Pedro Antonio de Alarcón: El sombrero de tres picos (Novela).
Gabriel García Márquez: Cien años de soledad (Novela).
Gabriel García Márquez: Extraños doce cuentos peregrinos (Cuento).
Roberto Bolaño: Los detectives salvajes (Novela).
José Saramago: El evangelio según Jesucristo (Novela).
Vila-Matas: Bartleby y compañía (Novela).
J. M. Coetzee: Desgracia (Novela).
Antonio Tabucchi: La Cabeza Perdida de Damasceno Monteiro (Novela).
Albert Camus: El Extranjero (Novela).
Milan Kundera: La Insoportable Levedad del Ser (Novela).
Truman Capote: A sangre fría (Novela).
Truman Capote: Música para Camaleones (Cuento).
Michael Ende: Momo (Novela).
Franz Kafka: El Proceso (Novela).
Franz Kafka: La Metamorfosis (Cuento o novela).
Lewis Carroll: Alicia en el País de las Maravillas/A Través del Espejo (Cuento o novela).
V. Nabokov: Lolita (Novela).
V. Nabokov: Desesperación (Novela).
W. Faulkner: ¡Absalón! ¡Absalón! (Novela).
Heinrich Böll: El honor perdido de Katharina Blum (Novela).
Hesse: Demian (Novela).
Hesse: Lobo estepario (Novela).
Hesse: Bajo las ruedas (Novela).
Hesse: El último verano de Klingsor (Novela).
H. Melville: Bartebly, el escribiente y otros cuentos (Cuento).
Conrad: El corazón de las tinieblas (Novela).
Robert L. Stevenson: Dr. Jekyll y Mr. Hyde (Novela).
Gustave Flaubert: Madame Bovary (Novela).
Fedor Dostoievsky: Crimen y Castigo (Novela)
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Poesía:
Dante Alighieri: La divina comedia (Poesía).
Charles Bukowsky: Poemas de viejo indecente (Poesía).
Rafael Argullol: Duelo en el Valle de la Muerte (Poesía).
Eduardo Casar: Mar privado (Poesía).
Luigi Amara: Envés (Poesía).
Alí Calderón: Imago Prima (Poesía).
Mijaíl Lamas: Cuaderno de Tyler Durden seguido de Fundación de la casa (Poesía).
Alejandra Peart: En estas horas (Poesía).
Roberto Martínez Garcilazo: Responso ante la Ceniza (Poesía).
Roberto Martínez Garcilazo: Lumbre oscura (Poesía).
Juan Carlos Canales: Teoría (Poesía).
Juan Carlos Canales: Antología (In) necesaria (Poesía).E
nrique de Jesús Pimentel: Criatura Tú (Poesía).
Enrique de Jesús Pimentel: Catacumbas (Poesía).
Mario Calderón: Vibraciones de la Creación (Poesía).
Ignacio Sánchez Prado: Poesía para nada (Poesía).
Miguel A. Maldonado: Magia corriente (Poesía).
Miguel A. Maldonado: La Carne Propia (Poesía).
Julio Eutiquio Sarabia: Mudar de vida (Poesía).
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Ensayo, Conferencias, Memorias, Diarios y Teorías:
Faulkner, Hemingway, Capote, etc...: El Oficio del Escritor (Entrevistas).
Italo Calvino: Seis propuestas para el próximo milenio (Cátedra).
V. S. Naipaul: Leer y escribir (Memorias).
Mempo Giardinelli: Final de novela en Patagonia (Diario).
Gabriel Zaid: Los demasiados libros (Ensayo).
Sergio Pitol: Pasión por la trama (Memorias-Ensayo).
Sergio Pitol: El arte de la fuga (Narrativa).
Carlos Monsiváis: Las Herencias ocultas de la Reforma liberal del siglo XIX (Ensayo).
Pedro Ángel Palou: Resistencia de Materiales (Ensayo).
Ignacio Padilla: El Peso de las Cosas (Ensayo).
Chávez Castañeda, Estivill, Herrasti, Padilla, Palou, Urroz y Volpi (y Tomás Regalado que no es del Crack): Crack. Instrucciones de Uso (Variado).
Guillermo Cabrera Infante, Roberto Bolaño, Jorge Franco, Rodrigo Fresán, Santiago Gamboa, Gonzalo Garcés, Fernando Iwasaki, Mario Mendoza, Ignacio Padilla, Edmundo Paz Soldán, Cristina Rivera Garza, Iván Thays y Jorge Volpi: Palabra de América (Ensayo).
Ignacio Padilla y Rubén Gallo: Heterodoxos mexicanos (Antología de narrativa mexicana a modo de ensayo-conversación).
Fritz Glockner: Memoria Roja (Ensayo).
José Luis Trueba Lara: Masones en México (Ensayo).

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Otras disciplinas:
F. Nietzsche: Así habló Zaratustra (Filosofía).
F. Nietzsche: El Anticristo (Filosofía).
F. Nietzsche: Más allá del bien y del mal (Filosofía).
Cioran: Adiós a la filosofía y otros textos (Ensayo-aforismos).
Erich Fromm: El arte de amar (Filosofía).
Michel Maffesoli: El nomadismo. Vagabundeos iniciáticos (Sociología).
Michel Maffesoli: Posmodernidad (Sociología-Cátedra).
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En proceso:
Mario Bellatin: Obras completas (Novela).
Eugenio Aguirre: Victoria (Novela).
Sergio Pitol: De realidad a la literatura (Cátedra).
Julio Cortázar: Rayuela (Novela).
Roberto Bolaño: 2666 (Novela).
Santiago Gamboa: El síndrome de Ulises (Novela).
Josué Barrera: Conducta Amorosa (Cuento).
Homero: La Ilíada.
Cirlot: Bronwyn (Poesía).
Nabokov: Curso de Literatura Europea (Memorias).
Lev Tolstói: Anna Karénina (Novela).
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Me faltan:
Fedor Dostoievsky: EL jugador (Novela).
Fedor Dostoievsky: Los Hermanos Karamazov (Novela).
Heinrich Böll: Opiniones de un payaso (Novela).
Benito Pérez Galdós: El Gran Oriente (Novela).
Julio Cortázar: El perseguidor y otros relatos (Cuento).
Jorge Luis Borges: El libro de los Seres Imaginarios.
Sergio Pitol: Adicción a los ingleses (Ensayo).
Ignacio Trejo Fuentes: El vaquero más auténtico que existió (Novela).
Carlos Montemayor: Minas del retorno (Novela).
James Joyce: Ulises (Novela).
F. Nietzsche: Consideraciones Intempestivas (Filosofía).
F. Nietzsche: Sobre el porvenir de nuestras escuelas (Filosofía).
F. Nietzsche: Ecce homo (Filosofía).
Cervantes: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha I y II.
Homero: La Odisea
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Estoy atrapado en Fahrenheit 451, ¿qué libro me gustaría llevar?:
Diablo Guardián de Xavier Velasco, Quien dice sombra de Palou García, El arte de la Fuga de Pitol y La Gruta del Toscano de Padilla.
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¿Alguna vez me enamore de algún personaje de ficción?:
Pig y Violetta, Diablo Guardián de Xavier Velasco; Andrés, Qliphoth de Pedro A. Palou García y Ortega, Quien dice sombra también de Palou.
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¿El último libro que compraste fue...?:
Si Volviesen sus majestades de Ignacio Padilla
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¿El último libro que leíste fue...?:
Mi gobierno será detestado de José Manuel Villalpando
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¿Qué libros estás leyendo? :
Victoria de Eugenio Aguirre
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Cinco libros especiales para ti:
Diablo Guardián – Xavier Velasco
Qliphoth – Pedro A. Palou García
La Insoportable Levedad del Ser – Milan Kundera
Quien dice sombra – Pedro A. Palou García.
Alicia en el País de las Maravillas/ A través del Espejo – Lewis Carroll.
y de pilón: Bronwyn de Cirlot, La Gruta del Toscano de Padilla y Poesía para nada de Sánchez Prado
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¿Qué libro esperas con ansias?:
El que pienso escribir.
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¿Qué libro regalarías?:
Cualquiera de Kundera, de Xavier Velasco, de los de los del Crack y de Pitol.

El juego más jugado



Diario Milenio-México (14/07/08)
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1 Los años ñoños
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Todos alguna vez quisimos escribir un diario. Lo intenté cuando niño, un par de veces, pero había una rara cosquilla subrepticia que no me permitía ni siquiera empezar a explayarme. Por una parte estaba el miedo a ser descubierto, que esas palabras íntimas cayeran en las garras de cualquiera y en adelante todo fuera vergüenza, incluso si las breves confidencias no entraban en detalles bochornosos, ya que por la otra parte se decía que nada más las niñas llevaban un diario. Vamos, la mera idea de empezar escribiendo las palabras “Querido Diario” (con mayúscula, claro, pues el tal diario sólo podía ser una persona) me erizaba los pelos de la nuca y por supuesto me invitaba a cancelar el proyecto y tratar de olvidar que se me había ocurrido. Un tercer elemento disuasivo era el paso del tiempo. A cualquier niño que alcanza los diez años le avergüenza leer lo que escribió a los nueve, y sucesivamente así, hasta alcanzar los trece o los catorce, cuando a uno se le ocurre pergeñar poemas o canciones de amor que en cuestión de unas horas —días, a más tardar— querrá quemar hasta el último trozo, antes de ser quemado por la evidencia.
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“¿Tú escribiste esto?”, preguntaba el maestro, y uno lo negaba con vehemencia de víctima de la Inquisición. Ya bastante difícil y comprometido era tener que vivir inventando escondites para esos invaluables pornocromos, arrancados de las pocas revistas que con muchos trabajos llegaban a mis manos, para encima arriesgarme al compromiso de un día verme obligado a responder por aquellos renglones que me habrían hundido social, escolar y familiarmente. Al final, si el maestro o los padres le encontraban a uno el cartel a triple plana de la Pet of the Month, quedaba todavía la opción de alegar inocencia, arguyendo que las fotografías pertenecían a otro, pero un elemental principio de camaradería me impedía siquiera pensar en delatarlo (de modo que en lugar de pervertido pudiera uno ser tildado de leal, honesto, íntegro). Nada de lo cual habría sido posible si el hallazgo de marras contenía una historia personal —sueños de amor o delirios de alcoba— escrita, como se decía, con mi puño y letra. Si algo se aprende a fondo en años escolares es justamente que escribir compromete.
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2 El arte del balcón
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Hoy día, medio mundo quiere tener su blog. Gracias a ello, nadie parece intimidarse demasiado para escribir todo cuanto le da la gana sobre su persona o las demás, pues queda encima la posibilidad de hacerlo en absoluto anonimato. Dudo que alguna vez se haya escrito tanto, con tamaño entusiasmo, en todas partes. Algunos, sabrá el diablo cuántos, lo hacen ventilando varias de sus más hondas intimidades, mientras otros intentan encubrirlas bajo recursos como la ficción, el humor o la abierta ñoñería, que en los blogs suele ser bienvenida y celebrada por la cibertribu afecta al autor: cada uno palero seguro que a su vez anda en busca de sus propios paleros. Puede uno pasarse el día o la vida enteros ahí, al extremo de que es perfectamente sospechable que aquella timidez primigenia —la que no nos dejaba escribir un diario— está hoy agazapada tras la escritura diaria del blog. Me pregunto de pronto si debería seguir usando las itálicas para escribir una de las palabras más usadas del mundo, asimilada ya por todos los idiomas corrientes.
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¿Cómo se escribe un blog? Es posible que su más grande virtud estribe en que no hay nada claro al respecto. Arranca uno con el quehacer sin la mínima idea de lo que tal espacio contendrá, pero ya figurándose que no será como ningún otro, pues aun los que más se asemejan resultan diferentes. Después, conforme pasan las semanas y el mamotreto va tomando forma, adquiere uno sin darse cuenta el prurito de alimentarlo, hasta que cualquier día se descubre viviendo para él. Nada muy diferente al vicio mismo de la narración, cuya manía consiste en andar por la vida cazando las historias y persiguiendo cada uno de los detalles que las harán probables y legítimas.
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3 Degenerando el género
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Hace ya un año que escribo un blog y todavía no sé de qué trata, pero sospecho que se parece demasiado a aquel viejo concepto del “Querido Diario”, aun si me resisto día con día a pergeñar allí algo semejante. Me da grima la idea de contar qué hago, dónde estoy o qué desayuné hoy en la mañana, pero si voy atrás y reviso los diferentes textos —posts, debería decir— encuentro que he contado más de lo que tendría que contar, especialmente si escribí ficción. Pues no puede uno nada más escaparse de sí y convertirse en otro para entrar en el blog. Ahora mismo no alcanzo a distinguir si estas palabras deberían estar allí, antes que entre las páginas de Milenio, pues ya noto que abuso de la primera persona y ese recurso no es siempre simpático. Claro que a veces uno también disfruta cuando logra escribir antipáticamente, tal vez porque supone que al fin logra salirse de sí mismo y convertirse en otro, con suerte algún villano sin historia.
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“No escribas textos largos, que sea una pantalla cada día”, sugieren los que saben, pero no lo consigo. Ni lo intento siquiera. He llegado a creer que el tal blog tiene voluntad propia, y desde ya me niego a incluir en él textos ajenos a su flujo particular, cual si esas parrafadas compulsivas hubieran de enmarcarse en un género específico. Rígido, incluso. Pues al fin lo que busca quien escribe no es el espacio oceánico que todo lo admite, como el camino poco a poco definido que se inventa sus reglas y sus límites, como es el caso de todos los juegos. Más todavía si el juego, escritura al fin, ha sido diseñado para comprometer a quien lo practica. Tarde comprende uno, y en ello se complace, que con algunos juegos no se juega.

jueves, julio 10, 2008

Antes de ir a platicar con Morfeo

Ya mero viene el cierre de verano en la Universidad y estoy a unos pasos de largarme del Colegio, algunos brincaran, otros más, muy en el fondo me extrañaran.
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Cada que va a empezar un largo periodo de clases, Primavera u Otoño, hago y cierro una lista de libros leídos en cada uno de esos períodos. Ya mero cierro la de este ciclo, será la siguiente semana y terminaré con la novela Mi gobierno será detestado de José Manuel Villalpando, una obra que se centra en la figura del sexagésimo virrey de la Nueva España: Félix María Calleja, que fuera el enemigo más acérrimo, despiadado y sangriento al que se pudieron haber enfrentado el ejército Insurgente.
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Según lo que voy leyendo la táctica, es hacer que el personaje haga unas memorias buscando cuál es la mayor culpa que le carcome en sus últimos días y no le permite morir en paz, una especie de auto-exorcización. En estas, Calleja nos va relatando cómo fue derrotado algunas veces por los Insurgentes y como en otras ocasiones él salió triunfador, narra los procesos que siguió para decidir cómo acabar con el ejército Insurgente, pero también es un Calleja que declara coincidir y simpatizar con las idea de Independencia, más no con la forma. Odio a Hidalgo, admiró y respeto a Morelos, coincidía más con Iturbide.
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Un libro que me va gustando y leo después de haber reposado Morelos, morir es nada de mi amigo y mentor Pedro Ángel Palou, para después pasar a leer Victoria de Eugenio Aguirre y culminar este recorrido de novelas históricas con Noticias del Imperio de Fernando del Paso. Quedarán volando el nuevo libro que espero pronto ver de Pedro Ángel y por supuesto, la novela de Enrique Serna: El seductor de la patria.
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Hablando de mi mentor, el lunes pasado, el amigo Mario Alberto Mejía lanzó la bomba de que Palou García estará en Puebla impartiendo un taller en la Casa del Escritor, en cuanto pude confirmé la información con Roberto Martínez Garcilazo, Director de Literatura, Ediciones y Bibliotecas de la Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, que me corroboró el dato y agregó que será a partir del 19 de agosto de 4 a 6 de la tarde durante 9 días con un cupo de 20 personas y un costo de $1,000 (aquí lo malo, uno es pobre), se titulará: La muerte de la Literatura.
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Mientras escribo esto, del otro lado de la computadora, está mi querida Carmen, esperando le diga algo. Sólo atino a escribirle en este texto: Gracias por estar a mi lado, me haces feliz.

Educación emocional en veinte lecciones

Diario Milenio-Puebla (10/07/08)
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De gran utilidad me ha sido la lectura del libro Educación emocional en veinte lecciones del poeta Efraín Bartolomé. No he estado tan equivocado: el terapeuta está obligado a descubrir y descifrar las metáforas que el paciente le presenta. La neurosis es un síntoma social. Las causas son muchísimas, pero todas se resumen en una: las exigencias al ambiente, a la naturaleza o al comportamiento de la gente, tal y como nosotros pensamos que debe de ser crea la neurosis, porque la realidad se encarga de restregarnos en la cara que las cosas no son así, como quisiéramos.
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La emoción es el motor de la vida, pero sucede que a veces éstas nos rebasan. Como dice Bartolomé: “se pasan de la raya” y entonces hay que aprender a controlarlas. El libro está estructurado para que en veinte lecciones nos demos cuenta que la neurosis no depende de lo que sucede en el exterior, sino en lo que pensamos de lo que acontece. Un ejemplo mío: “Hoy llueve y no quiero que llueva porque tengo cita con el médico”. No puedo controlar a la naturaleza y pedirle al cielo que se abra mientras voy al médico. Eso sería tan imposible como brincar de la Torre Latinoamericana sin que suceda nada, como si se tratara de una caricatura de Rufo el Coyote. Entonces no puedo evitar que llueva y mi pensamiento es de ira. Hay, definitivamente, un brote neurótico.
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Yo creo que esto que se explican muy bien los terapeutas no es fácil para el sentido común, para las personas que día a día se topan con estados de angustia, de ansiedad y depresión. Para eso funciona la psicoterapia.
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Hay muchas formas de enmascarar los problemas, cuando nos cuesta trabajo tratar de enfrentarlos. Lo importante del libro de Efraín Bartolomé es que es útil para el enterado –para el versado– y para el lego. En una forma bastante amena y llena de ejemplos, uno mismo como lector va reconociéndose en sus problemas y se da cuenta que todo –salvo la muerte– tiene una solución. Y si no la tiene, entonces no hay más que afrontar las cosas.
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¿Qué nos puede salvar de la neurosis? El pensamiento neurótico está en cada uno de nosotros. Lo externo existe de manera independiente, según la teoría de Albert Ellis, llamada Terapia Conductual Emotiva. Depende de la ayuda que recibamos, de la autoayuda en momentos de ansiedad y de nuestras propias defensas ante los embates del exterior.
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Efraín Bartolomé, poeta chiapaneco, es un pionero de la psicoterapia congnitivo-conductual en México. Entre los premios que ha recibido por su obra literaria pueden citarse los siguientes: Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1984; el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen en 1993; y el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines en 1996.
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Los poetas que se dedican a la psicoterapia –estoy convencido— entienden mucho más lo que trata de ocultarse en el alma humana, porque el hombre también está hecho de metáforas.
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Educación emocional en veinte lecciones es una edición de Paidós (2008).

martes, julio 08, 2008

Lo que yo quiero de él...

Diario Milenio-México (08/07/08)
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Una de las razones por las que Susana San Juan ha sido considerada como un poderoso personaje femenino rulfiano, se debe a la relación estrecha con su propio deseo
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No son pocos los personajes femeninos de Juan Rulfo que expresan su deseo, especialmente su deseo sexual, de manera directa. En los primeros fragmentos de Pedro Páramo, Eduviges Dyada no tarda mucho en relatarle a Juan Preciado cómo es que ella estuvo a punto de ser su madre. “Dolores fue a decirme toda apurada que no podía. Que simplemente se le hacía imposible acostarse esa noche con Pedro Páramo. Era su noche de bodas”. El ruego continua, el proceso de convencimiento, y Eduviges, al fin, cede. “Y fui”, dice. “Me valí de la oscuridad y de otra cosa que ella no sabía: y es que a mí también me gustaba Pedro Páramo. Me acosté con él, con gusto, con ganas. Me atrincheré en su cuerpo; pero el jolgorio del día anterior lo había dejado rendido, así que pasó la noche roncando. Todo lo que hizo fue entreverar sus piernas entre las mías”. Es apenas el fragmento número nueve del libro y ya Pedro Páramo ha sido despojado de la proeza sexual que suele asociarse a fuertes personajes masculinos, especialmente cuando sus nombres son llevados al título del libro. El lector se enfrenta, pues y de entrada, a un héroe emasculado y a una mujer “con ganas”. Eduviges no es aquí la Malinche pétrea y perforada de Octavio Paz, ni la limitada mujer de la condición femenina de Rosario Castellanos. Eduviges es aquí un cuerpo sexuado a cargo de su deseo.
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Fragmentos después, cuando en típica estrategia rulfiana, el lector se entera prepósteramente de la razón por la cual Dolores Preciado no puede acostarse con Pedro Páramo en su noche de bodas, Rulfo introduce el cuerpo menstruante de la mujer en Comala y, de paso, en las letras mexicanas. Obedeciendo las órdenes del cacique, Fulgor Sedano pide en matrimonio a Dolores Preciado para de esta manera reducir las abrumantes deudas de la Media Luna. La mujer, reaccionando con gusto, le solicita, sin embargo, una tregua. Ante la renuencia del administrador, la mujer insiste: “Pero además hay algo para estos días. Cosas de mujeres, sabe usted. ¡Oh!, cuánta vergüenza me da decirle esto, Don Fulgor. Me hace usted que se me vayan los colores. Me toca la luna. ¡Oh!, qué vergüenza”. Fulgor Sedano, sin embargo, se muestra inflexible y, por ello, Dolores se ve obligada a intentar algunos remedios caseros. Así, ella “corrió a la cocina con un aguamanil para poner agua caliente: ‘Voy a hacer que esto baje más pronto. Que baje esta misma noche. Pero de todas maneras me durará mis tres días. No tendrá remedio. ¡Qué felicidad! ¡Oh, qué felicidad!’”. Cuando el remedio falla, Dolores Preciado no tiene otra solución más que pedirle el favor a Eduviges. El favor de suplantarle el cuerpo.
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Una de las múltiples razones por las que Susana San Juan ha sido considerada por muchos como un peculiar y poderoso personaje femenino en la literatura mexicana del siglo XX es, precisamente, debido a su relación estrecha y directa con su propio deseo. Viuda y trastornada, Susana, a pesar de estar casada con Pedro Páramo, no hace otra cosa más que recordar a su difunto marido, Florencio. La memoria de Susana, sin embargo, no es meramente romántica o platónica. Sus recuerdos se pueden masticar. “!Qué largo era aquel hombre! ¡Qué alto! Y su voz era dura…! Señor, tú no existes! Te pedí tu protección para él. Que me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú te ocupas nada más de las almas. Y lo que yo quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos; estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos”. Aprovechando la voz femenina, Rulfo lleva a cabo algo rara vez visto en la literatura mexicana de mediados de siglo: describir, con puntualidad, el cuerpo masculino. Rulfo nota y hace notar las fisuras, los temblores, los encantos de los cuerpos de los hombres, sin por ello dejar de lado su posible impotencia, tanto física como anímica, ante y por el cuerpo femenino.
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Es claro que las ánimas que se pasean por Comala purgando culpas y murmurando historias son ánimas sexuadas. Al contrario del dios que increpa Susana San Juan en uno de sus ardientes monólogos, a Rulfo no sólo le interesan las almas, sino más bien, acaso sobre todo, los cuerpos: las marcas de esos cuerpos, las interacciones de esos cuerpos, las transgresiones de esos cuerpos. Por esas áridas tierras donde sólo crecen arrayanes ácidos se desliza un tufo sexual. Por las ventanas de las casas de una Comala nocturna, cubierta de nubes, entran y salen hombres husmeando a sus presas-mujeres que otras mujeres, ya Dorotea o Eduviges o Damiana, le han facilitado al cacique y, sobre todo, al hijo del cacique, Miguel Páramo. Del otro lado de esas ventanas asimismo esperan sobre sus lechos mujeres desnudas, como Damiana Cisneros, o temerosas de la muerte, como Ana Rentería. Y, para nombrar cada uno de estos encuentros, cada uno de estos deseos, Rulfo ha elegido sustantivos directos y denotativos, así como adjetivos de un gran poder de evocación sensorial. Cuando Dolores Preciado atiende el llamado de Inocencio Osorio, el provocador de sueños, la sesión con ese hombre “que escupe como los gitanos” consiste “en que se soltaba sobándola a una, primero en las yemas de los dedos, luego restregando las manos; después los brazos, y acababa metiéndose en las piernas de una , en frío, así, aquello al cabo de un rato producía calentura”. Cuando Abundio se emborracha debido a la muerte de Refugio, su mujer, éste recuerda cómo “se acostaba con él, bien viva, retozando como una potranca, y que le mordía y le raspaba la nariz con su nariz”. Incluso cuando Juan Preciado se descubre compartiendo una estrecha tumba con Dorotea La Curraca ella está “en el hueco de [s]us brazos”. Las rodillas juntas.
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Los lectores tempranos de Rulfo, aquellos que recibieron sus libros con entusiasmo y recomendaron sus traducciones a otros idiomas, han escrito, y mucho, sobre la violencia sexual que ejercen los violadores, el cacique y, en su caso, el hijo del cacique, en los caminos de Comala, ligando así la figura del hijo bastardo con el sentido de orfandad de una nación en pos de su propia modernidad. A esta visión que, aunque certera, no deja de ser parcial, habría que agregarle ese deseo sexual femenino tan cabal como complicadamente presente a lo largo del texto rulfiano. Nuestra interpretación de las múltiples maneras en que México enfrentó el reto de su propia modernidad a mediados del silgo XX sería así más compleja, más dinámica y, sin lugar a dudas, más interesante.

lunes, julio 07, 2008

Se presentó en México el nuevo libro de Volpi

Celebra Jorge Volpi cumpleaños 40 con presentación de nuevo libro
El Universal-Notimex (05/07/08)
Comentan los escritores Juan Villoro y Martín Solares el texto Mentiras contagiosas
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Con puntualidad inglesa y humor a la mexicana, el escritor Jorge Volpi celebró sus 40 años con la presentación de Mentiras contagiosas, su nuevo libro, cuyos comentarios estuvieron a cargo de sus dos mejores amigos: Juan Villoro y Martín Solares.
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Volpi es un real "cronista de las ideas" , de acuerdo con la ponencia de Villoro. "Es un autor sofisticado, maniático del control literario, cuyas fronteras son sus propios límites", añadió en su escrupulosa retrospectiva sobre la obra del también director del Canal 22 de televisión.
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La librería Rosario Castellanos del Centro Cultural Bella Epoca se vio anoche colmada de amigos y compañeros de Volpi, quien estaba rodeado de personalidades del mundo de las letras, el análisis humanístico y el estudio del devenir social del país, ávidos de leer su libro.
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Al tomar la palabra, Solares mencionó que el autor de Mentiras contagiosas creó un libro provocador y desenfadado, propio de quien es un escritor divertido. "Parece que el texto se comenzó a escribir con saco y corbata y se terminó con tenis y jeans", consideró.
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Entre serio y no tanto, dijo que desde el punto de vista lógico "no debería sorprendernos que luego de convertir en personajes de ficción a científicos y ensayistas como Einstein, Barthes o Lacan, Volpi la emprenda ahora con el ensayo mismo y busque la manera de volverlo materia de la ficción".
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Aseguró que con Mentiras contagiosas, el también autor de En busca de Klingsor transgrede con desenfado las fronteras y acaso experimenta con astucia el ensayo-ficción. En sus propias palabras, "`acaso la unión de la ficción con el ensayo represente el mejor camino que le queda por explorar a la novela en nuestros días'".
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Lo cierto es que en el libro desfilan numerosos personajes destacados reales en las más variadas áreas del quehacer humano, como Darwin, Newton, Welles, Juan Rulfo, García Márquez, Carlos Fuentes y muchos más, pero también imaginarios, como Don Quijote de la Mancha.
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El volumen se integra de ensayos, de reciente factura y de hace años, en los que el hilo conductor es la novela, con sus aristas y sus protagonistas; su arte, autores latinoamericanos y otros aspectos en torno a ese género literario.
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A lo largo del tomo se puede encontrar una mezcla de elementos reales con ficción en sus temas, tramas y apartados. El escritor se hace algunas preguntas, como "¿Qué son las novelas, para qué sirven, cuál es su papel dentro de la sociedad?", a las que él mismo halla las respuestas y las expone claramente.
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La selección de textos sobre novela y arte escritos por el autor se rigió bajo el criterio de crear un todo literario. Aunque cada uno de sus capítulos y ensayos puede ser disfrutado de manera aislada, en conjunto hacen una reflexión magistral; el libro presenta ensayos sobre libros, editores, libreros y escritores.
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Baste unos ejemplos: El Quijote de Cervantes y la forma como lo abordó Orson Welles en el cine, o su posible existencia real, así como los nuevos novelistas latinoamericanos y los consagrados, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Cabrera Infante, Sergio Pitol y otros escritores de esta región.
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El libro, que ya se encuentra a la venta en librerías de todo el país, España y algunas ciudades latinoamericanas, luce en su portada una fotografía de Lola Álvarez Bravo, Unos suben y otros bajan, imagen emblemática de esa artista de la lente que comulga con el contenido literario.
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Mentiras contagiosas reúne textos que exploran los límites de la novela y desmenuzan sus múltiples posibilidades de supervivencia, desafiando a quienes la consideran un entretenimiento inútil o certifican su inevitable y próxima extinción. Volpi se declara enemigo de toda clase de fronteras.
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"Frente a la plaga de novelas banales que nos invade es necesario combatir por la novela compleja, aquella que no se rinde a la imitación, que desafía las convenciones, que busca superarse a sí misma; nos corresponde mantenerla con vida", señala el autor.

Rehenes de la Historia



Diario Milenio-México (07/07/08)
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Las imágenes posteriores a la Operación Jaque muestran que entre las armas poderosas sobresale la cámara de video, capaz de adormecer los egos más alertas.
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Lente de alto calibre
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Hay que tener una imaginación intrépida para ponerse en el lugar de los tripulantes del helicóptero que rescató a los quince rehenes de las manos del FARC. Quienes de esto más saben aseguran que no existe emoción tan intensa como la de ser parte de una balacera, pero la sola imagen del video tomado desde el aparato, que aterriza a mitad de un gran círculo de guerrilleros armados con kaláshnikovs apuntando hacia ellos, habla de otros estándares en lo que toca a la derrama de adrenalina. Aunque no sólo son las armas de fuego temibles por el pánico que provocan en quienes las enfrentan desarmados; también, y tal vez más, porque generan una curiosa petulancia en los que las empuñan. No suele ser con una metralleta entre manos que la gente razona mejor, aun si esa ventaja relativa le da un aire de superioridad tanto más deleitoso que nutritivo, pues entraña una peligrosa arrogancia que desdeña el cerebro y el instinto de conservación ajenos, así como la probable existencia de algún arma estratégica superior. Que es el caso, en la historia que nos ocupa.
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¿Cómo hacen unos cuantos impostores para tomar ventaja sobre decenas de enemigos armados con kaláshnikovs en tierra firme? No hay más que ver la generosa sonrisa del comandante César para entender cuál es el arma contra la que no sabe pelear. Un arma que transforma su fiereza en mansedumbre, seguramente porque interesa órganos y tejidos profundos con una sutileza instrumental que el plomo desconoce. Con trabajos se entiende que todo un comandante guerrillero permita la irrupción de cámara y micrófono en mitad de una transferencia de rehenes, pero está su sonrisa para explicarlo. No quiere verse mal en la televisión, ya se imagina —y nada más en esto no se equivoca— que su imagen dará la vuelta al mundo en unas cuantas horas. Se le ve amable, casi con ganas de acceder a cada petición del falso reportero. Pensará, por qué no, que los jefes verán con buenos ojos esa demostración de autoridad amable que el público no espera en un secuestrador. Pensará cualquier cosa, excepto lo que debería estar pensando. En lugar de alertarlo, la cámara ha apagado su instinto de conservación.
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Atados de neuronas
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Haciendo cuentas raudas, se observa que los guerrilleros sucumbieron cuando menos dos veces al poder de la lente. Una por asumir que el arma filmadora estaba de su lado; la otra por el par de camisetas con la imagen del Ché, que en principio tanto decepcionaron a los rehenes (son iguales a éstos, se temieron). ¿Quién, que estuviera en el pellejo narcisista del comandante César, no iba a darse a soñar con su cara de prócer del futuro impresa en varios miles de camisetas? ¿Cómo no acicalarse de menos mentalmente cuando del helicóptero bajan la cámara y el camarógrafo con los logos de la bolivariana cadena Telesur? Nadie que fuera el comandante César iba a perderse de la oportunidad de aparecer en el programa de Hugo Chávez con esa sonrisota perdonavidas en el momento de trepar al helicóptero.
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“Ejército del pueblo”, exclama en el micrófono uno de los falsos periodistas, y ello otorga a la escena cierto airecillo de pasaje histórico. Contra lo que uno espera del par de carceleros de élite que ya se aprestan a trepar al aparato, ambos se muestran joviales y magnánimos ante la lente del camarógrafo que aún insiste en obtener declaraciones de rehenes o guerrilleros. ¿Quién tiene tiempo para revisar el helicóptero, exigir credenciales o verificar la autenticidad de la maniobra, cuando ahí viene la cámara y hay que estar a la altura de la magna ocasión? Entre las camisetas del Ché y los prometedores logos de Telesur se encargan de tomar prisioneros a los hombres de las metralletas, no atándoles las manos ni los pies, como el razonamiento. Alguien contó a los estrategas del ejército que el comandante César es vanidoso, y contra eso se sabe que no hay defensa.
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Fugitivo a la vista
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“Si no come, se muere y la enterramos”, relata el cabo William Pérez que opinaron los hombres de las FARC cuando pidió ciertos medicamentos urgentes para Ingrid Betancourt, que llevaba ya días sin probar alimento. En un video tomado al día siguiente del rescate, el enfermero narra las condiciones de poca o nula asepsia en las que se veía obligado a trabajar, ante la indiferencia de sus captores, pero a uno ya poco le sorprende, pues le ha bastado con escuchar la tranquila sentencia del carcelero que bien podría ser el comandante César o su subordinado, Enrique Gafas. Se muere y la enterramos, resuenan las palabras en el cráneo, todavía minutos después. Uno a uno, los videos posteriores al rescate van estallando bajo lo poco bueno que podría quedar de la imagen de las FARC. En uno de ellos, aparece un alto jerifalte del ejército señalando las dos bolsas de plástico que ambos guerrilleros llevaron consigo al helicóptero, en presencia de sendos detenidos —César amoratado, más lejano que nunca de su sonrisa—. Teatralmente, el general ordena a sus soldados que muestren a la gente el contenido de las bolsas: solamente cadenas, llaves y candados. Quienes se dicen combatientes de la libertad viajan acompañados de rehenes y cadenas. ¿Para qué disparar obuses y misiles, si con la pura cámara los están devastando?
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“Me quedé frío”, declaró Hugo Chávez, pasadas las primeras veinticuatro horas de desconcierto, y uno sabe que en eso sí no ha mentido, aunque ya lo del júbilo ni quién se lo crea. De una u otra manera, Chávez sabe de sobra lo que ignoran las FARC en torno al arma que los ha vencido. Pocos cuidan como él la fotogenia histórica, y menos son aún los que aprenden a disparar estigmas con ella. Ya lo decía Mike Connors al final de cada capítulo de la vetusta serie En la cuerda floja: “En la confusión, un hombre escapó: yo.”

viernes, julio 04, 2008

Presentación de una novela

Ahí están dos seres, sentados, esperando buscar la respuesta a su pregunta: ¿qué hago aquí?, mejor dicho: ¿qué hacemos aquí? Uno de ellos, digamos el que representa la masculinidad en esta pareja tan dispareja, juega en sus manos con una cámara fotográfica, que irá a retratar lo que acontezca. Mientras, la parte femenina ve el reloj insistentemente, casi cada minuto, la impuntualidad de los demás le choca, pero no le incomoda en ella, en su cabeza pasan muchas cosas, pero la que más le taladra tiene que ver con las ganas de no estar ahí, rodeada de tanta gente.
Por fin, dice ella, son las 5:14 pm. Quince minutos de retraso, qué falta de respeto. Él sólo atina en apuntar la hora en un cuaderno de hojas, recuerda que debe y tiene que reseñar la presentación para pasar una materia impartida por uno de los presentadores de la novela en cuestión que dicen habla de muerte, mujeres y música.
La libreta destinada a servir de apunte de ideas para la reseña se vuelve en un recadero-reseñistico, debido a que él espera encontrar algo que escribir, ella, ante la incapacidad de éste y la necesidad de llenar hojas en blanco, escriben.

Él: 5:14 pm, empezó la presentación y ACF tiene la palabra.
Ella: tú no escribes, pero yo sí…Por alguna extraña razón me siento más cómoda manchando tus hojas…Alí terminó de hablar…siempre habla de los signos…es un poco como en clase…pobrecito.
Él: quizá le falta espontaneidad, no sé.
Aplausos, termina un ponente, sigue otro.
Él: 10 minutos después empieza ISP mi amigo, él siempre sabe qué decir y cómo lo va a hacer.
Luego, silencio del auditorio para poder escuchar a ISP. Viene de lejos dice la biografía leída, crítico, poeta, investigador, antologador, etc. De esos no hay acá, piensa él. Si no fuera gordito y chistosito le robaría un beso, ella hacía sus adentros.
Él: breve, conciso, sin papel en mano. Todo de memoria. Seguridad, sí, se nota la escuela amistosa de la que proviene.
Ella: simplemente experiencia, mi amor, experiencia.
Ella: ahora ISP hablan tanto como investigador que prefiero evadirme, esconderme, sí ocultarme, y aunque hablará de otra forma, soy adicta al escape, al s i l e n c i o, shhhhhhh.
Él: habla de universalidad, de la importancia de esta novela en México, luego habla de un cuentario. Hace un mapeo, lo coloca al lado de Lemus, Maldonado y dice, asegura que es mejor que Mendoza. Novela refinada, con registros prosísticos altos, novela polifónica. Gran potencialidad de estilos. Novela que rompe con los axiomas, mantiene la violencia, el erotismo y demás requisitos de las novelas policíacas y/o detectivescas, pero sin ser repetitivo, repetitivo, repetitivo, en sus registros. Tiene su propia personalidad, no tiene una genealogía conocida, no es Pitol, ni Rulfo, se deshace de sus fantasmas y no está sujeta a nada y por ellos logra una nueva escritura.

Ella le rebata a él la libreta, le corta la inspiración y el movimiento hace que la pluma caiga y apunte hacía él, mal presagio, piensa, dicen que cuando la pluma inconscientemente al ser colocada o al caer apunta hacía uno, es que uno está en desacuerdo y en desconfianza con lo que uno ha escrito. Y al mismo tiempo termina el presentador y sigue el escritor de la novela.

Ella: ver tu pantorrilla a través de tu pantalón, por ese agujero tan poco glamoroso, siempre tú así, tan sin glamur, pero aún así, me encanta…, es tan poético. Luego, pienso en acariciarte y no escucho a ACF (esto seguro no te agrada…je…es broma, pero lo que sí es cierto, es que tú eres poeta y el poeta premiado)…después, se me ocurre que debo morderte, lentamente, luego, hacerte porquerías, pero serían armoniosas, rítmicas, artísticas, porque al fondo se escucha música “clásica”, Stravinski por si preguntas, su violencia musical me agrada, perfecto para una tarde fría y lluviosa como esta. Necesitamos una guarida…All you need is fuck, a perdón, me equivoqué es “La Consagración de la primavera”, sabes tiene un ritual, aparte es ballet y tiene su historia, está basado en antiguas prácticas…
Él: sí, ya sé, dicen que antes le pedían a una bella y joven dama que bailará hasta que literalmente se muriera.
Ella: sabes, es bueno encontrar a otro loco amante de la música y que aparte escribe…chévere…al menos alguien sí supo que prefería más la escritura que la música. Yo no sé nada, pero él autor sí, está hablando del escándalo del estreno de la obra de Stravinski, en fin, este autor me agrada…sobre todo su preocupación por el mundo, la economía, etc.
Él: novela que nace de su amor por la música, pero, al mismo tiempo, es una protesta por los efectos económicos de 1994 en México, luego por los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez. Después, el autor, se anima a decir que Joyce no renovó en lenguaje como dicen en las academias literarias, más bien lo tienen de forma innata los agentes del ministerio público y sus redactores.
Ella: si, me agrada, está leyendo un acta….una declaración…hasta mencionó a una güerita contrabajista. Tiene un talento especial para leer eso, ¿cuántas declaraciones habrá leído?, sí, definitivamente, este escritor me gusta…sólo le quitaría la facha de ñoño, nerd, ¡eaaaa!, arriba los ñoños, ¡oh sí, mmmmmmm, qué rico, arriba los ñoños!
¡Ups! Me equivoqué de idea, quise decir: ¡los ñoños al poder!

Se hace el silencio, las novelas ahora en manos de los lectores que leerán la novela para chaquetearse mientras releen la escena donde habla de cómo uno de los personajes le meta la verga de manera constante a una de las protagonistas. Entonces piensa él, que quizá la novela deba leerse un 21 de marzo bailando con la verga de fuera y la mano en ella, en algún centro prehispánico ceremonial teniendo en los audífonos del discman a Stravinski, quizá así pueda consagrarla para que al momento que tenga una mujer enfrente pueda presumirle que tendrán una cogida consagrada por los dioses prehispánicos.
Ella: tu final, querido, ha sido un poco como si durante todo este tiempo haya estado acariciándote la entrepierna, mientras escribíamos tontadas, mientras escuchábamos distraídos fingiendo poner atención... sí, acariciándote hasta que no resististe más y tuvimos que escapar a algún rincón oscuro de esta casa-asilo-que-siempre-me -ha-parecido-tan-pequeña...
al final, recuerda, soy adicta a los escapes...

jueves, julio 03, 2008

Estampas de San Luis (II)

Diario Milenio-México (03/07/08)
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Por las mañanas San Luis tiene un sol tibio y sus calles están impregnadas del poeta Manuel José Othón. El programa del Cuarto Festival Internacional de Letras estuvo siempre concurrido. Todos los actos se llevaron a cabo en la sede del H. Ayuntamiento. Félix Dauajare ingresó al taller de poesía de Miguel Donoso Pareja cuando dejó de fungir como presidente municipal, a la edad de cincuenta y ocho años. En el marco del festival y a sus ochenta y nueve, recibió un merecido homenaje donde el grupo musical “La Sed” interpretó algunos de sus poemas.
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Recorrí las calles de San Luis Potosí. Estuve en la casa donde nació Manuel José Othón y luego estuve frente al Teatro Alarcón, donde Othón estrenó sus primeras obras de teatro. Poco a poco y buscándola pacientemente, llegué a la casa en la que murió el poeta en 1906. Es difícil porque sólo tiene una pequeñísima placa desgastada en la parte de arriba, y casi no se aprecia la clásica leyenda: “En esta casa murió el poeta…”
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En su discurso, José Emilio Pacheco dijo que a la gente le interesa mucho más la íntima vida de Niurka o las peripecias del Fabiruchis que la poesía. Escribir poesía es como lanzar un pétalo a las turbulentas aguas del río Éufrates. Pero también dijo que es importante lanzar esos pétalos al río porque de alguna manera pueden modificar el curso de la corriente. Me brincó rápido el tiempo en San Luis. Hace tiempo que no me detenía a observar esas bellas fachadas del Centro Histórico.
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¿Cómo recuerdo San Luis? Me refiero al San Luis que conocí en los años setenta. Mi referencia es el Versalles, un café que ahora está muy cambiado. Ahí se reunía la clase política e intelectual de la época. Ahora ya no. Lo noté incluso muy abandonado. Así pasa con el tiempo. Y al San Luis de los setenta lo recuerdo también por el Plan, el estadio de futbol que sólo está ahí ya como un elefante blanco. Los años pasan y uno sólo voltea y mira hacia atrás con un dejo de nostalgia. En su momento, José de Jesús Sampedro habló de las dificultades con las que se topa el editor actualmente. Dijo que en lo particular la edición en México pasa por un mal momento. El problema de la distribución siempre ha sido el mismo. Quienes han distribuido y recuperado las ventas se niegan luego a saldar las cuentas. La historia se repite y el círculo se vuelve vicioso. Pero dijo también que su labor de editor le ha dado muchas satisfacciones.
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Casi omito decir aquí que la inauguración del festival abrió con la inauguración de la Feria Nacional “Manuel José Othón” del libro de poesía y la selección del concurso de grabado de la Escuela Estatal de Artes Plásticas con el tema “la poética del escritor Félix Dauajare”.
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Excelente la organización del festival a cargo de Laura Elena González, al frente de la Dirección de Cultura Municipal. Gracias desde acá por la invitación. Ya falta muy poco para el siguiente. Me gustaría –cómo no— regresar a la ciudad de San Luis, tan familiar para mí, y visitar nuevamente el impresionante museo que tiene como casa Fernando Betancourt, lugar donde el tiempo en verdad se acorta.

miércoles, julio 02, 2008

Un fragmento, un fragmento

"Vivimos en una sociedad de imágenes multiplicadas, de eslabones de nosotros mismos que se suman unos a otros en medio de una proliferación interminable de abstracciones que se parecen a nosotros –o son, incluso, idénticas a nosotros- pero que no son nosotros. Estos aborrecibles espejos ensanchan el universo, expanden nuestros límites y nos muestran –horro de horrores- cómo podría ser el infinito: la suprema derrota de la identidad. Espejos reales, centelleantes y fatuos: la fotografía, el cine, la televisión, las computadoras. Espejos humeantes arrancados a los dioses pero que sólo nos engañan: creemos vernos en ellos, reconocer nuestros rasgos –ése soy yo-, pero en realidad nos convierten en monstruos: en otros. O quizá sea al revés, y eso sea lo que mayor espanto provoca: nos imaginamos de cierta forma, creemos ser de cierto modo, y el espejo nos desmiente y nos asusta”.
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La paz de los sepulcros, Jorge Volpi

martes, julio 01, 2008

Los objetos abandonados

Diario Milenio-México (01/07/08)
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A la vista de todos e ineludible a un tiempo, estaba el contenedor que servía de depósito para los objetos pesados y no tan pesados que dejaban tras de sí los residentes que partían.
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Llegué a X, un pequeño pueblo universitario a las orillas del mar, una tarde de sábado. Había manejado unas cinco horas bajo la punzante luz del verano cuando me presenté, cansada y despeinada y medio ciega, en la oficina administrativa donde me darían, eso me habían informado con meses de anticipación en una carta, las llaves del departamento donde viviría mientras impartía mi clase. Poco sospechaba que, al tomar las llaves del departamento 348, una unidad alejada del bullicio de la zona céntrica de complejo habitacional y reservada para los profesores, estaba dejando atrás todo lo que había sido mi vida para residir, ahora sí de tiempo completo, en Las Afueras.
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En aquel entonces tenía ya bastante tiempo de no vivir en el país al que pertenecía X, pero de los años en los que me había establecido ahí y de mis subsecuentes y reiteradas visitas conservaba recuerdos más bien gratos: la puntualidad de las personas más diversas, la eficiencia de su sistema de cobranzas, la organización de sus burócratas, el funcionamiento de las señales de tráfico y, en general, una cierta superficialidad en los tratos de la vida cotidiana que, por una parte, me producía un supremo aburrimiento, pero que no dejaba de darle a esa vida cotidiana una ligereza que a menudo celebraba. Vivir sin intensidad tiene, sin duda alguna, consecuencias, y no todas ellas son negativas. Solía decirme cosas así. Seguramente fue por eso que, cuando finalmente logré dar con el 348 luego de avanzar a vuelta de rueda por el complejo habitacional, abrí la puerta sin temor alguno. Me esperaban, eso creía entonces, unas de esas semanas trilladas y serenas e idénticas a sí mismas que una vida llena de sobresaltos y aventuras me ha enseñado a apreciar en su justo valor. Así, en pocos días, y siguiendo a pie juntillas las indicaciones de una carta recibida con varios meses de anticipación, obtuve mis nuevas identificaciones, me hice de una bicicleta, y me dispuse a establecer y respetar una rutina diaria.
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Me levantaría temprano, eso quedó claro desde el principio, y después del baño y del café matutino, iría a la universidad –ya para impartir mi seminario o para leer con toda tranquilidad en la biblioteca– para no regresar al 348 sino hasta la hora de la comida. Antes de emprender cualquier otra actividad vespertina, así fuera caminar o seguir leyendo, me había hecho a la idea de lavar los trastos. En Fugitive Pieces, una de mis novelas favoritas, la narradora y poeta Anne Michales asegura que, de manera por demás equivocada, solemos creer que estamos a merced de las cosas grandes y que podemos, en cambio, dominar a las pequeñas. Es todo lo contrario, recuerdo que decía uno de sus personajes. En algo parecido debí haber pensado la primera vez que observé lo que sucedía en el mundo de Las Afueras a través de la ventana de la cocina mientras lavaba platos y tazas, sartenes y cucharas.
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A través de la ventana podían verse, en efecto, las montañas, casi azules en su lejanía. También era posible disfrutar de la vegetación silvestre que producía flores de extrañas formas y colores agresivos en la frontera ignota de los estacionamientos. Pero justo enfrente de la ventana de la cocina, ahí, a la vista de todos e ineludible a un tiempo, estaba también el contendor que servía de depósito para los objetos pesados y no tan pesados que dejaban tras de sí los residentes que partían. Anne Michales tenía razón: es difícil imaginar las consecuencias que pueden emanar de un hecho tan pequeño como ver un basurero a través de la ventana de una cocina.
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Sin quererlo así aunque más bien pronto, me di cuenta de la agitada vida que se desarrollaba alrededor de los objetos abandonados. Los cargamentos de desperdicios no cesaban ni durante el día ni durante la noche. Aproximadamente cada media hora aparecían ahí los objetos más diversos: televisores, hornos, muletas, computadoras, ropa, ollas, libros, impresoras, zapatos, sillas, macetas, lámparas, colchones, flores artificiales, joyas. Y, detrás de ellos, aparecían puntuales los hombres y las mujeres que, fingiendo distracción, usualmente con las manos dentro de los bolsillos y silbando una tonadilla extraña con los labios apretados, se asomaban al contenedor con iguales dosis de tenacidad como de método para evaluar y, en su caso, extraer esas sobras del circuito del desperdicio.
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Los objetos siempre me han hechizado, especialmente los objetos de consumo masivo. Me interesa su proceso de producción y la manera en que su contacto con los humanos los transforma de cosa en símbolo, por ejemplo. Me intrigan las historias que contienen o que encarnan. Siempre quiero descubrir la mirada que los ha marcado y, a su vez, las cicatrices que han producido en el espacio del que sin duda han sido arrancados. Me maravilla que siempre están en lugar de algo más. El proceso de su consumo, quiero decir, no ha dejado de ejercer su cuota de asombro en mí. Acaso por eso no fuera del todo extraño que, a medida que pasaba los días en X, esos días tranquilos e idénticos a sí mismos signados por una ligereza que no cesaba de celebrar, le dedicara más y más tiempo a observar la intensa vida de los objetos abandonados tan cerca de mi ventana. Fue así como empecé a retirarme del recinto universitario a la menor provocación y, luego, a pasar ahí sólo el tiempo más necesario. Dejé de visitar la biblioteca y, cada que abría un libro, no cesaba de preguntarme qué nuevo objeto habría llegado al contenedor justo en ese momento. Pronto, como es posible adivinarlo, crucé la línea divisoria: dejé de observar desde la ventana de la cocina para tomar parte en el ciclo.
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Con las manos en los bolsillos y la mirada fingidamente perdida, me aproximé al contenedor. Luego, sin pensarlo mucho, más bien con la adrenalina que produce a veces un deseo reprimido, di el salto. Estiré la mano: los toqué. Fui evaluándolos con tenacidad y mesura. Ojo clínico. De ahí a llevar un registro de los hallazgos no pasó mucho tiempo. Si no hubiera sido por eso, por esas notas garabateadas con velocidad y torpeza en una libreta escolar, no tendría yo ahora memoria alguna del origen. Si no hubiera sido por eso, habría olvidado que antes y allá, allá adentro, hubo otra vida –esto que se le queda pegado a veces a las cosas que observo y toco en los contenedores de Las Afueras.

Campeonato 89-90 del Puebla, narrado en Emevisión

Recordando al Puebla Campeón

lunes, junio 30, 2008

"Los vecinos" interpretada por la guapa Susana Zavaleta

Moi...Lolita de Alizée, un regalo más que nos da el YouTube

Mario Bellatin perdido en YouTube

Siniestros ambidiestros



Diario Milenio-México (30/06/08)
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1. Se vende valle de lágrimas
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No sé por qué soy de esos ingenuazos que piensan que la izquierda tendría que ser moderna, decente y respetuosa. Mis abuelas creían asimismo que los curas eran por fuerza píos, bondadosos e incorruptibles. Para ser cura, es preciso ingresar a un seminario y ordenarse, varios años después, mientras que para ser de izquierda no hace falta otra cosa que proclamarlo. Ser de izquierda, en los tiempos de mis abuelas, era un camino raudo al desafío y la liberación de los diversos traumas adquiridos durante el catecismo y sus secuelas, aunque no pocas veces conducía a catacumbas equivalentes. Hoy, a estas alturas, cuesta creer que ciertos personajes de José Revueltas estén hablando en serio. Más increíble aun parece desde aquí que todavía en 1970 Revueltas estuviera en la cárcel, básicamente por pertenecer a una izquierda que ya lo había excomulgado. A otros, en cambio, les preocupa que el mundo tenga menos de esos colores tétricos. ¿Quién diría que esas personas son de izquierda?
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Remontarse a las épocas de la derecha golpista y antisemita enfrentada a la izquierda conspiradora y clerical debería ser nada más que una travesía fugaz al reino del absurdo, pero está visto que hay quienes prefieren vivir allí. Tal vez toda la idea de no olvidar el 2 de octubre tenga que ver con pretender que desde entonces nada ha cambiado, y se entiende que no habrá cambios reales si no son ellos quienes hacen la chamba. Si no recuerdo mal, por esa misma pista andaban las ideas de los curas, en cuya autorizada opinión nadie se salva de ir a dar al infierno sin el patrocinio de su abogada, la Santa Madre Iglesia. Tampoco andan muy lejos estas ideas de las de aquellos comentaristas políticos abominables, capaces de encontrar una conspiración comunista en cualquier pensamiento ajeno al suyo. Si entonces, entre guerras o ya en la guerra fría, esos bichos autoritarios hacían ya el triste papel de anticuados y antipáticos, que papelón no harán quienes replican esas mismas actitudes desde lo que sólo ellos y sus antípodas se atreven a llamar izquierda, no exactamente para prestigio de la izquierda.
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2. Extremismo y herrumbre
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El enemigo del extremista herrumbroso es el mismo que aún desvela a los curas. No está en una trinchera, ni en el infierno, ni en el poder, sino precisamente adentro del usuario. Entonces, cuando menos, imperaba la clandestinidad. La paranoia, aliada permanente, podía llegar a salvarle a uno la vida, puesto que el enemigo, poderoso o proscrito, atacaría también clandestinamente. Si este enemigo era cobarde y tramposo, razonaba cada uno desde su bando, había que serlo tanto o más que él. ¿Cómo no convertirse en el peor enemigo de sí mismo, luego de contraer aquellas mañas que hasta hace poco hacían de su antípoda un sujeto perverso y despreciable que merece el infierno en la tierra? Pues tal era el lenguaje que por entonces empleaban los adversarios políticos, conscientes de que había más de un camino para callar al otro, o encerrarlo, o exterminarlo. Palabras empeñadas en encajarse como cuchillos, o en hacer estallar pedazos de enemigo. Más que palabras, órdenes al pelotón.
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Uno de los aprendizajes más difíciles para el extremista herrumbroso consiste en comprender que al adversario no se le puede matar. Ni encerrar, ni anular, por más que desde el púlpito se le envíe a podrirse en los infiernos. Si el catecismo que enciende sus flamas le dice que los otros son quienes se oponen a que él conduzca su rebaño al edén, a ver quién va a evitar que se comporte como un cruzado; menos habiendo tantos infieles por ahí. No es que concretamente se proponga matar a nadie, pero el asco ideológico no le permite concederle al otro el derecho a vivir. Tampoco a dialogar, o siquiera a expresar un punto de vista, pues el inquisidor asume que todo lo que salga de boca del impío es por fuerza palabra de Satanás. ¿Cómo va a hablarle sin amenazarlo?
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3. La izquierda no se santigua
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La sola idea de una izquierda clerical parece un disparate para quienes creemos que entre los compromisos naturales de quien dice ubicarse a la izquierda política o social debería contarse el de no combatir estupidez con estupidez, llámese ésta racismo, clasismo, autoritarismo o gangsterismo. Simpatizar con una izquierda gangsteril equivale a aceptar que el señor cura se dedique a la trata de blancas, si así puede apoyar a los pobres. Es decir, apoyarse en los pobres. Lo que tanto nos fastidió una vez que hicieran ciertos hombres de sotana hoy lo vemos rehecho en las manos de los profetas de la historia, que heredaron esa vieja facilidad para estigmatizar a los demás y absolverse a sí mismos en un solo conjuro. Que es lo que alcanza a hacerse en el curso de una guerra santa, cuando no queda tiempo para juicios y hay que venderse por entero a la fe. Hace ya muchos años que nadie les declara la guerra, pero es que ellos no saben vivir en otro estado. Su negocio es pelear, pues una vez inmersos en la batalla se autorizan a hacer toda clase de trampas y patanerías, al fin que son en contra de la derecha. ¿Está de más decir que todos los demás somos, en su opinión, parte de esa derecha?
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Recuerdo al catecismo como algo parecido a la promoción de un igualitarismo celestial autoritario que antes o después me sometería al temido Juicio Final, donde seguramente no pararían de rechinarme los dientes. Tener ideas de izquierda es —o en fin, tendría que ser— una puerta hacia afuera de la superstición y el oscurantismo, más que la misma sopa con otro condimento. ¿Qué tanto les asusta que esta clase de izquierda llegue al poder y pase por encima de los que prometió apoyar? ¿No es justo lo que hacía la vieja derecha, con sus botas y sus obispos regañones? ¿No se decía de izquierda el responsable del 2 de octubre y el 10 de junio? ¿Quién informa a las huestes del autoritarismo mesiánico que la izquierda no está arriba y adelante?

viernes, junio 27, 2008

Ser poeta

I
Escribir desparpajado
a punto de emprender
un viaje
en busca del poeta
que deseo ser.
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II

Analogías baratas,
metáforas comunes
y símiles inservibles
es la poesía que escribo.
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III

Sufro de hepatitis literaria.
Un libro es la vacuna,
no escribir, el resultado.
Y sin embargo, a mi lado
tengo la compañía de una mujer
morena-música-poesía,
a pesar de la probabilidad.
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IV
A veces, pienso, la poesía
no se escribe, se besa y,
quizá, el poeta es un mísero ser,
mientras inventa un poemario
para su musa, siempre lejana,
yo amo a mi mujer, de carne y hueso, siempre.
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V
Si ser poeta es estar sin amor,
prefiero amar y dejar a un lado
mi sueño de ser el poeta
más grande de México.

jueves, junio 26, 2008

Estampas de San Luis (I de II)

Diario Milenio-México (26/06/08)
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Estoy mirando hacia allá desde el séptimo piso del Hotel Panorama, en la Avenida Venustiano Carranza, en el Centro Histórico de San Luis Potosí.
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Trato de ubicarme y de ubicar a los populares personajes que la pasada administración del ayuntamiento ha dejado en bronce en sus principales plazas y jardines.
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Muy cerca del Palacio del Ayuntamiento está el Señor de las Palomas. Hace más de diez años que no visitaba San Luis Potosí. Lo halló preservado, limpio: un centro hermoso, peatonal, de cantera rosa y de calles estrechas.
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Los visitantes acostumbran fotografiarse con el Señor de las Palomas, un hombre que era parte del paisaje cotidiano y que ahora sigue siéndolo en bronce, igual que Juan del Jarro, en otra plaza cerca de ahí.
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Uno de los cronistas de la ciudad de San Luis me informó que Juan del Jarro era un hombre clarividente y que su vida fue un verdadero misterio: vivió hacia el siglo XIX y corren dos versiones acerca del jarro que cargaba en su saco; una, que lo usaba para darle agua a los indigentes; y la otra, que ese jarro lo traía consigo porque era incontinente.
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Sólo son versiones de la gente, porque no hay un registro; ni siquiera se conoce su nombre real.
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Es, para todos, Juan del Jarro. Quizá ése sea un ejemplo que debieran seguir todas las ciudades del país: preservar en bronce (al igual que a los héroes) a sus personajes que forman parte del paisaje cotidiano. Se nota que el movimiento cultural aquí es hiperactivo.
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El presidente municipal, el licenciado Jorge Lozano Armengol, ha dado a conocer, a través de la Dirección de Cultura, de la que está al frente mi amiga Laura Elena González, una serie de ediciones con la producción de los jóvenes poetas y cuentistas potosinos.
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Además, se han dedicado a organizar cada año el Festival Internacional de las Letras, que este 2008 ha llegado a su cuarta versión con tres buenos motivos: la entrega del Premio “San Luis” al Mérito Literario que, de acuerdo a la lectura del acta del jurado, recayó merecidamente en el poeta José Emilio Pacheco, ganador del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por su libro No me preguntes cómo pasa el tiempo, que el año próximo cumple 40 años de haber sido editado.
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Dentro de estas jornadas se le rindió un merecido homenaje al poeta potosino Félix Dauajare, expresidente municipal y animador de la cultura en el estado.
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El otro motivo ha sido la entrega del Premio “Joaquín Antonio Peñaloza” al Mérito Editorial que recibió José de Jesús Sampedro (mi hermano), por su trayectoria de más de treinta y cinco años dedicados a la Revista Dosfilos, única revista independiente que aparece en el Árbol Hemerográfico de la Literatura Mexicana de Christopher Domínguez Michael. José de Jesús Sampedro obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1975 con Un (ejemplo) salto de gato pinto.
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El primer número de la revista Dosfilos se editó en 1974, y el año pasado pudimos conocer la edición del número 100.
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No se puede dejar de recorrer las calles de esa ciudad tan impregnadas de Manuel José Othón…

martes, junio 24, 2008

De Cortazar desde el más allá, para Carmen del más acá

"Me va la vida en ello" de Luis Eduardo Aute



Un pequeño presente para mi vampirita consentida tan fan de Aute.

"El re-encantamiento del mundo" Michel Maffesoli (6ta parte)

"El re-encantamiento del mundo" Michel Maffesoli (5ta parte)

"El re-encantamiento del mundo" Michel Maffesoli (4ta parte)

"El re-encantamiento del mundo" Michel Maffesoli (3era parte)

"El re-encantamiento del mundo" Michel Maffesoli (2da parte)

"El re-encantamiento del mundo" Michel Maffesoli (1era parte)

Dorotea / Doroteo



Diario Milenio-México (24/06/08)
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Cuando ser Doroteo o Dorotea da lo mismo, justo ahí, Rulfo trastoca, y aquí de manera fundamental, nociones perentorias u oficialistas de lo que es la identidad de género
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Hay un gran momento queer en la literatura mexicana y es éste. Se trata del fragmento número 34 de Pedro Páramo, el libro que Juan Rulfo publicó en 1955. Juan Preciado, el personaje que ha llegado acá, a Comala, buscando a su padre, un tal, acaba de morir debido a la falta de aire provocada por la canícula de agosto o por el miedo.
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“No había aire”, explica el personaje principal en el fragmento 33. “Tuve que absorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes de que se fuera. Lo sentía ir y venir, cada vez menos; hasta que se hizo tan delgado que se filtró entre mis dedos para siempre.” Todo parece indicar que la explicación ha terminado, pero después de un punto y aparte, emerge, certera, diríase que fulminante, la repetición: “Digo para siempre”.
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Así, justo después del espacio en blanco, en uno de esos múltiples cortes a través de los cuales la novela se aleja de desarrollos lineales o cronologías terrestres, surge casi de manera natural la voz que increpa la explicación proveída anteriormente.
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“–Quieres hacerme creer que te mató el ahogo, Juan Preciado?”, interroga esa voz sin presentación alguna, en la primera línea del fragmento 34. Intempestivamente. Y, desde la sepultura, mientras abraza o es abrazado por otra presencia, Juan Preciado responde larga, sinuosamente, inmiscuyéndose de esa forma en un diálogo con innumerables consecuencias:
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“–Tienes razón, Doroteo”, murmura, titubeante, sólo para preguntar luego, “¿Dices que te llamas Doroteo?”.
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“–Da lo mismo”, le responde la voz, aclarando apenas un minuto después: “Aunque mi nombre sea Dorotea. Pero da lo mismo”.
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Cuando ser Doroteo o Dorotea da lo mismo, justo ahí, Rulfo no sólo consigue cuestionar cualquier entendimiento fijo o sedentario de lo que es la identidad en general, sino que también trastoca, y aquí de manera fundamental, nociones perentorias u oficialistas de lo que es la identidad de género. Que esa identidad sea inestable y fluida, tal como lo sugiere la mera posibilidad de que un personaje pueda ser una u otro, y que además esa posibilidad “dé lo mismo”, no se debe, claro está, a posición ideológica alguna o a vanguardismos extemporáneos, sino que obedece a la naturaleza liminal del lugar donde toma lugar la novela así como al carácter fantasmagórico de todos sus personajes. El cuerpo sexuado de Dorotea puede ser Doroteo porque, después de todo, la voz le pertenece a un muerto o a un fantasma o a un espectro. Se trata, además, de un muerto tan insignificante, tan pequeño, que es en realidad “algo que no le estorba a nadie” y que, por lo tanto, cabe “muy bien en el hueco de los brazos [de Juan Preciado]” aunque, en característico movimiento oscilatorio, también se pregunte si no debería ser ella la que lo abrazara a él. Así, abrazados (¿abrasados?), en una cercanía que se antoja tan sexual como la compartida, no sin culpa, por Donis y su hermana, Doroteo/Dorotea y Juan Preciado platican desde la estrechez del sepulcro final sin preocuparse, o de plano trasgrediendo, nociones terrenas de lo que debe ser un hombre o una mujer. Que esto haya sido escrito en 1955, apenas cinco años después de que Octavio Paz publicara su Laberinto de la soledad, libro con el que contribuyera, entre otras tantas cosas, a la definición poco flexible de los linderos de la feminidad y la masculinidad en México, no es un hecho menor. Leído a inicios del siglo XXI, ese momento de intermitencia genérica que, además, incluye la descripción de un sueño bendito y un sueño maldito, propicia, sin duda, una lectura alternativa, una lectura queer, de los cuerpos de la modernidad mexicana desde uno de sus textos fundadores.
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Rulfo se refirió varias veces a Pedro Páramo como “una novela de fantasmas que toma vida y después la vuelve a perder”. También llegó a asegurar, especialmente cuando se le invitaba a elaborar sobre la referencialidad de la misma, que “lo único real [era] la ubicación”, comentario que por sí mismo azuza toda una serie de elucubraciones sobre los nexos que van de Rulfo como paisajista, tanto en términos verbales como visuales, a Rulfo como un autor no realista. Dijo también en más de una ocasión, sobre todo cuando discurría sobre la estructura de Pedro Páramo que, de ese libro, había eliminado todas “las moralejas”, acaso el vocablo que utilizara para denominar el contenido o lo meramente tramático de la novela. Así, entre una cosa y otra, decidiendo a contracorriente de una tradición literaria realista, fincada en la referencialidad histórica y en las bondades de la anécdota, Rulfo extrajo el cuerpo de la cárcel de sus muchos deberes para, en cambio, hacerlo dudar y, sobre todo, para hacerlo decirse y enunciarse (¿anunciarse? ¿denunciarse?) de otra manera. Experimental en el sentido en el que lo son aquellos libros que establecen sus propias reglas, Pedro Páramo saca a la modernidad mexicana de la historia como realmente pasó, de la historia como contexto o como continuum, para llevarla al espacio líminal donde, a fuerza de convivir con fantasmas, los cuerpos de esa historia pueden ser y dejar de ser y ser una vez más en su propio terror o en su sueño alucinado o en su interrupción redentora.

lunes, junio 23, 2008

El blog desobediente



Diario Milenio-México (23/06/08)
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1
Peligro: focos subversivos
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Antiguamente, había sólo una clase de foco, que cuando se fundía se reemplazaba sin más polémicas. Se hablaba, en todo caso, del tema de los watts. Cierta noche, mi padre advirtió un resplandor inusual escapando de mi recámara de niño. ¿Quién había cambiado el foco de la lámpara de mi buró? Todavía orgulloso del increíble timo que el día anterior había llevado a cabo, le aclaré a mi papá que el foco se lo había trocado a un amigo… ¡El muy idiota me dio uno de 100 watts a cambio de uno de 25! Luego de una paciente explicación que puso en claro quién era el más idiota, recibí de sus manos un nuevo foco de 40 watts, que tenía la virtud de alumbrar mi recámara sin quemar la pantalla de la lámpara ni dejar viendo estrellas a las visitas, pero al fin me dormí pensando triunfalmente que había salido ganando 15 watts.
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Hoy día, la discusión se ha complicado tanto que casi no se puede hablar de focos sin caer en desacuerdos. Sin ir más lejos, en la Cuba de hoy las antiguas bombillas son poco menos que la encarnación del diablo. Que lo diga, si no, Yoani Sánchez, la bloguera superstar que ha despertado la ira de Fidel Castro por escribir sobre una cotidianidad por cuyos incontables intersticios se asoma una autocracia infumable que anula toda forma de privacidad, y que en su más reciente entrega se refiere precisamente al tema de los focos. Desde que el régimen envió trabajadores sociales a reemplazar las viejas bombillas brillantes por nuevos focos lúgubres —cuya luz no permite distinguir los detalles, si bien ahorra grandes montos de energía—, en una terminante operación casa por casa, la bombilla se ha convertido en un objeto subversivo y desafiante. Quien la tenga o la use es oficialmente un antipatriota y un traidor.
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2
Prohibido decidir
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Tengo dos de estos nuevos focos en mi casa. Uno alumbra el garage, el otro el baño de mi recámara. De ese modo, si me despierto a media madrugada, puedo entrar y salir como el vampiro de su sarcófago, sin que un deslumbramiento majadero acabe de una vez de espantarme el sueño. Pero ya he dicho que esto de los focos se presta a discusiones. A ojos femeninos, por ejemplo, un baño con la luz mortecina es el peor enemigo de un buen maquillaje, o siquiera un arreglo personal aceptable. Nada que, ya en la convivencia, no pueda ser resuelto con dos focos distintos, cada uno en su lámpara. Democráticamente. Por eso Yoani Sánchez no necesita hablar en concreto sobre dictaduras para exhibir a aquella que la oprime en todos los rincones de la vida cotidiana, si para eso ya basta con tratar sobre focos en su blog y recordar que tiene uno escondido; luego atreverse a la temeridad de fotografiarlo, y además enfrentar a los sumos sacerdotes de la ideología con palabras sencillas a extremos sacrílegos: “Necesito creer que al menos puedo decidir bajo qué tipo de luz leo, ceno o veo la tele”.
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Necesitar creer que al menos puede decidirse algo es el estado usual de quienes viven bajo férreo cautiverio. Prisioneros, esclavos, perturbados mentales. En el caso de Cuba, ciudadanos. Es decir, algo menos que compañeros. Uno, ingenuo, cree que tiene derechos; el otro sólo sabe de sus obligaciones. Hasta hace poco, en Cuba, ganaban todos el mismo sueldo, independientemente de su desempeño, aunque los siempre dóciles compañeros siempre han tenido acceso a prerrogativas inaccesibles a esos díscolos ciudadanos que se creen con derecho a elegirse una vida a su gusto y alumbrarse como les venga en gana. Ahora, cuando ya el esclavismo en el poder han observado que el igualitarismo salarial tenía el defecto de fomentar la indolencia y disminuir la productividad, los compañeros deben disciplinarse y alinear su opinión con ideas que hace un par de semanas eran objeto de persecución. Tal vez el único atenuante para los antiguos tratantes de esclavos fuera que no esperaban que éstos opinaran como ellos en todos los temas, ni que se delataran los unos a los otros, ni que aplaudieran al paso de sus dueños.
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3
Los celos tienen barbas
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Cuando empecé a pergeñar estos párrafos, el texto de Yoani sobre los focos había merecido poco más de 3,300 comentarios. Ahora que lo actualizo, ya van 3,700. No tantos, comparadas con los casi cinco mil que mereció otro de sus textos recientes. Si yo fuera Fidel, me darían unos celos del carajo; y si fuera su hermano, es seguro que la noticia me espantaría el sueño. Pues si tal es el número de las opiniones, habrá que imaginar las decenas de miles o quizás más lecturas silenciosas de quienes cada día se asoman a la Cuba de hoy mismo por la ventana Generación Y —así se llama el blog de Yoani Sánchez, ganador de ese Premio Ortega y Gasset que tantas comezones le provocó a Fidel—. ¿Cómo esperar que el anatema del dictador pudiera contribuir a mejor cosa que hacer crecer la bola de nieve tropical en que se ha convertido Generación Y?
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Alguna vez le pregunté a Wendy Guerra si su empeño en permanecer en Cuba respondía a los deseos de la persona y se oponía a los de la escritora. “Al contrario”, repuso, como si fuese obvio, “la escritora es quien no puede perderse lo que está sucediendo en Cuba”. Y claro, es obvio. Quien lo dude no tiene más que asomarse a Generación Y, donde un foco apagado basta para encender toda suerte de animosidades, hasta hace poco tiempo impensables para un régimen cuyos esbirros temían al envío de un e-mail no supervisado como a la fuga de un reo peligroso. Hay una libertad poco menos que envidiable en esa isla dentro de la isla, conectada a su vez con muchas otras, donde darse a escribir sobre las cosas simples es alzar esa voz ciudadana que tanto quita el sueño a los compañeros.