lunes, febrero 25, 2008

La sombra de los versos



Diario Milenio-México (25/02/08)
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Snif, te lo prohíbo
Contra lo que acostumbran pensar los puritanos, no son las libertades aquellas señoritas que nos conducen al libertinaje, sino las prohibiciones. Cachondas varias de ellas, cómo no. No en balde asegura Georges Bataille que al cabo toda forma de erotismo se origina en los interdictos. Romperlos, desafiarlos, pretender fatuamente que se los ignora, ocasiona un placer que remunera con creces al infractor. “Soy una perra”, jadea la beata de cara al espejo y allá van cuesta abajo tantos días y noches invertidos en manosear rosarios. Se acusa a los pornógrafos de hacer dinero indigno a costillas de los humanos apetitos, y puede que lo suyo no sea exactamente digno del mayor encomio, pero hay que ver también el tremendo negocio que es prohibir.
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Quien prohibe no precisa hacer más inversión que unas cuantas coartadas retorcidas a modo para inventarse un pasadizo virtual entre el paternalismo autoritario y el bien común. “Es por tu bien”, decían los mayores cuando nuestro criterio de niños no alcanzaba para leer cabalmente la brújula de la propia convenencia. ¿Cómo es que, ya crecidos, podemos tolerar que otros vengan a hablarnos en el nombre de nuestro santo bien, asumiendo y forzándonos a asumir nuestra inapelable y quien sabe si ya definitiva minoría de edad? Si me diera por hablar a los prohibicionistas en nombre de su bien y su salud mental, empezaría por exigirles que empezaran dejando en paz a los míos. El hecho de que no consuma pornografía, ni realice propaganda política independiente, ni consuma tabaco en sitio alguno, difícilmente les da derecho alguno de prohibírmelo. Porque claro, prohibir es placentero, otorga sensaciones de poder equiparables a las que experimenta el cocainómano recién servido, y por supuesto causa adicción.
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El complejo rabioso
No obstante el clima de prohibicionismo que privaba en los años infantiles, recuerdo con simpática extrañeza que mis padres jamás me prohibieron fumar. “Dos cajetillas de Raleigh con filtro”, le pedía ciertos sábados al hombre de la tienda, quien mientras me cobraba se entretenía tachándome de escuincle vicioso. Acto seguido y sin darle respuesta, corría de regreso a la casa a entregarle a mi padre sus cajetillas y su cambio. De manera que nunca se me antojó, me parecía sosa, incomprensible esa manía de jalar y echar humo por la boca, y todavía más raro el sex-appeal que aquel acto tenía entre mis compañeros del colegio. Ahora bien, si al principio miraba a los fumetas con el respeto que inspira la osadía del villanuelo, luego me fui enseñando a mirarlos con cierta conmiseración. Me parecían ya demasiado infantiles, desde que se esforzaban por sentirse adultos y con trabajos parecían enanos; aunque eran preferibles a las cucarachas lambisconas que los delataban: “¡Profesor: Zutanito está fumando en el baño!”
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La prohibición no es sólo de quien la impone. Hay una voluntad de apropiación palpitando en lo oscuro de cada pobre diablo urgido de un gajito de poder. Una tendencia no menos adictiva que la experimentada por el prohibicionista, y además contagiosa como la rabia. ¿No es acaso con rabia que el ciudadano equis se injerta en policía transitoriamente para llamarnos la atención y tratar de forzarnos a cumplir con cierta norma estricta que pasamos por alto? ¿Quién no conoce a alguno de esos oficiosos ortopedistas de la conducta ajena, para quienes las nuevas prohibiciones son oportunidades de desplegar complejos de inferioridad resueltos a la usanza de Narciso? Hay que ver la fachita vanidosa que se cargan los hijos de vecino acomplejados cuando intentan prohibirnos una cierta conducta personal y ya nos amenazan con denunciarnos.
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Mi padre no come alfalfa
El problema con los prohibicionistas del tabaco no está en que, según dicen, un fumador activo se entregue a perpetrar la infamia de convertir a quienes le rodean —aún con su consentimiento— en fumadores pasivos, sino en la aberración de aceptar al prohibicionista y sus esbirros como prolongaciones de nuestros padres durante la vida adulta. Empeño que a la larga será inútil, aunque no improductivo para quienes se encargan de aplicar por ahora esas leyes, y en tanto administrar una nueva y jugosa fuente de ingresos. ¿Cuántos bares permanecen abiertos únicamente gracias al oportuno pago de sobornos a tantos funcionarios chantajistas? Imagino una escena doblemente asquerosa: el inspector chantajea al dueño del tugurio por no haber delatado a un fumador, mientras tres parroquianos exigen, de manera espontánea y coincidente, que se aplique la ley con todo su rigor.
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Somos legión quienes recordamos a nuestro padre soltando bocanadas de humo en la sobremesa, sin que nadie pelara los ojos por ello. No creo que en todas esas ocasiones —el coche, un restaurante, la sala de la casa— me causara algún daño irreversible, si bien me tranquiliza que hace más de veinte años no haya vuelto a prender uno de esos Raleigh de mierda, ni de otros. Mas si al aire viciado hay que referirse, cualquier ciclista o motociclista —heavy users del aire contaminado— podría corroborar la porquería de oxígeno que diariamente respiramos. Un problema que los prohibicionistas preferirían resolver, en un futuro próximo, multando a quien camine por la calle sin el debido tapabocas.
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El mero ejercicio de prohibirle cualquier cosa a los vecinos, amenazarlos, llamar a la patrulla, señalarlos, otorga al miserable alguna sensación de libertad, pero lo cierto es que nada molesta más a los prohibicionistas que cualquier forma de libertad ajena, a la cual rebautizan como libertinaje para hacer de ella un arma arrojadiza, y en tanto una palanca para el chantaje y la sumisión forzada. No tendría que sorprender a casi nadie advertir que entre los prohibicionistas menudean quienes admiran y ensalzan a los regímenes totalitarios, donde sin duda más en casa se sienten, ni que halaguen y emulen a sus caudillos. Su negocio es prohibir, su lugar quiere ser el de nuestros padres, y eventualmente el de nuestros padrotes. ¿Quién, por favor, le explica a estos celosos caballeros que no están con sus hijos, ni con sus putas?

domingo, febrero 24, 2008

Querido blog III (o una conversación donde un hombre intenta pasar revista a algunos recuerdos de su vida por motivo de su cumpleaños número 23).

Para Alma Flores Becerra, por tu lejanía agringada.
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23 de febrero de 2008, 10:43 pm
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La noche es fresca, cálida. Ya se han ido los vientos fríos, según yo. Al menos no tengo frío, ya es ganancia. Ha sido un día de descanso y lectura. Por fin termine de leer En busca de Klingsor del amigo Jorge Volpi, quizá con el que menos trato de los escritores de la generación del Crack, pero lo poco que he platicado con él me da por creerlo, al menos de mi parte siempre va a tener un afecto sincero. Sin duda, esta novela es portentosa. Está construida y sostenida bajo una frase dicha por Epimenides: Todos los cretenses son mentirosos. Esta frase va cambiando, por lo cual se convierte en la tesis de la novela. El escritor intenta jugar con esta idea y que a lo largo de la novela ira cambiando para decir: Todos los hombres mienten, o dicho por uno de sus personajes: Todos los científicos mienten. Es una novela que tiene como fin buscar la verdad: ¿existe o no un tal Klingsor y si existió, realmente fue el consejero más cercano que tuvo Hitler?, y por lo tanto evadir la mentira, pero si todos los hombres son o pueden ser mentirosos, la verdad se antoja como una empresa difícil de conseguir. El final, no puede ser mejor: la duda, la incertidumbre, dejando puerta abierta a la intuición personal. Porque la vida es eso: una incertidumbre.
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Antes de empezar a escribir, estaba buscando la mejor forma de hacerlo. No encontraba el camino de cómo tratar a esta hoja, Pitol, el único e inigualable me abrió la puerta. Sólo basto con abrir El arte de la fuga para encontrar algún ejemplo de ello. He tenido la oportunidad de convivir con Sergio Pitol y aún sigo sin poder olvidar cada momento, lo tengo guardado con una precisión fotográfica. Ojalá pudiera tener nuevamente la oportunidad de compartir el pan y la sal con él.
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Al Klingsor de Volpi le antecedió el Morelos, morir es nada de Pedro Ángel. Es cierto es una gran novela, con mayor facilidad o menos riesgo de perderse, pues a diferencia de Zapata, Morelos no es casi inexistente en cuanto a registros de su vida. Con esta novela compruebo una vez más la tesis que siempre he tenido sobre su forma de escribir, cuando utiliza una voz femenina para narrar, sin duda, lo hace mejor, con mayor soltura y libertad. Morelos como Zapata tienen un hilo conductor interesante en su narración: se conserva un mismo estilo, cambiando únicamente la perspectiva desde la que se es contada la historia. Con Morelos existe un testigo casi presencial, mientras que Zapata es un narrador omnisciente quien nos va contando todo, nunca estuvo ahí, sin embargo lo sabe todo. Yo me aventuro a concluir algo a todos los detractores del Zapata de Palou, esta novela fue narrada de tal forma por una razón: el narrador de la historia somos todos y nadie a la vez, todos tenemos en la mente un Zapata y creemos que dicha imagen es verdadera, única. En cambio, Morelos era necesario recurrir a un testigo, alguien que supiera lo que ignoramos. Nada se hace porque sí, siempre hay una razón y un por qué. Total si me equívoco en esta idea, es sólo eso, y me pertenece, nadie tiene porque adueñarse de ella, ni tomarla como una certeza absoluta, porque en la vida no hay certezas, hay suposiciones.
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El pasado jueves cumplí 23 años y quisiera regresar a mi infancia, hay tantas cosas que no pude vivir como me hubiera gustado. Uno aprende a madurar con camisa de fuerzas. A nadie le piden una opinión acerca del futuro que esperamos tener o si nos la piden, la echan por la borda. Uno es lo que puede ser, más no lo que quiere ser. Mentira que uno trace su propio porvenir. Más bien uno dibuja con la mayor precisión posible, pero nunca falta el chico malvado que nos mueve la mano para errar nuestro trazo, y tampoco sobra la niña coquetona que nos roba la concentración y al regresar no sabemos cómo continuar y si lo llegamos a hacer nunca será igual que la primera vez. Las circunstancias siempre vendrán a mover un probable plan. Uno crece siempre con carencias, infelicidades, disgustos, traumas. Unos aprenden a vivir a pesar de ellos, otros con ellos y otros intentan enfrentarlos, se vuelven escritores y acaban peor de cómo estaban: con más dudas, con más penas, con más dolores y con menos tiempo para convivir con el resto de los “normales”. Entre esos dolores, están los provocados por la muerte. Esa maldita puta mujer vestida de negro, tan pinche elegante y tan cabronamente ojete. Hace ya cerca de 7 años que perdía a la abuela paterna y ocho que perdía a la materna. Y cada día que me paro, pienso que fue apenas ayer. Es curiosa la vida, las personas se van cuando más las necesitan y están ahí cuando, quizá, probablemente menos te hacen falta. Cambiaría algunos de esos supuestos logros personales por una conversación con alguna de mis abuelas. Tenían tanta paciencia para escucharme y estaba tan seguro de que me entendían, que después de cada plática me sentía tan liviano como una nube.
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La noche de ayer le escribía a Carmen, una ya cómplice nocturna: que madure para olvidar el pasado. Y sin embargo, cada noche me siento como aquel puberto desprotegido que lloraba como perro que no tiene dueño, al saberme sin aquella compañera sapiente que era Salud para mí. Ella al partir, se llevo la mitad de mi sonrisa. Lo que resta de esa mitad se la deje a las amistades, por cruel que suene, pero la muerte de Salud me enseño que encariñarse con gente demasiado grande es aventarse a un abismo sin retorno, que sólo promete dolor y lagrimas. Pero por muy contradictorio que parezca en el banco de lágrimas hay un gran respaldo que se acabará seguramente cuando le toque su turno a mi Padrino Agustín, y otro tanto a ese gran personaje que decidí adoptar como mi abuelo sentimental: Sergio Pitol, nunca tuve la oportunidad de conocer a los míos, pero me los imagino como él.
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Son las doce de la noche, las cero horas, ni sábado ni domingo. El punto intermedio. La unión de las partes, y yo quisiera escribir que tengo mi otra parte. Pero no tengo nada. Son ya tres años de saberme solo. Tengo dos problemas: la timidez y mi gran defecto de ser tremendamente enamoradizo. Me gustan muchas a la vez, pero el miedo al fracaso no me permite concretar alguna de las posibilidades. Tal vez, inconscientemente esté apostando por una soledad eterna, sólo espero que no sean 100 años.
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Escribo porque es lo mejor que creo hacer. Leo porque la vida no me trae tantas satisfacciones como las que encuentro con cada libro. Siempre se escribe por o para alguien, o ambas. Mi por se llama Verónica Estay, la primera que me enseño el camino y me dio la capacidad de confiar en mí, mi para es tan prostituto, porque siempre será para la mujer en turno. Y todo intento de escritor, busca tener cómplices, al menos es lo ideal, yo tengo varios cercanos: Israel, Carmen, Leo como cercanos y pares; como lectores: Jenny, Abigail, Padua como las siempre constantes, y como los guías: Roberto Martínez, Pedro Ángel Palou, Ignacio Padilla y Jorge Volpi. Hay más, muchos más, pero el grosso modo, exige precisión.

sábado, febrero 23, 2008

Bajo el Sol (Diario e-consulta Puebla 21/02/87)

Actualidad de Epicuro
Por Roberto Martínez Garcilazo

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Despreciable es
laVida pasada en
Servidumbre…
Lucrecio, La naturaleza
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Agobiados por la vulgaridad de la disputa pecuniaria de los políticos profesionales buscamos refugio en los autores imperecederos. Zafiedad, torpeza, arrogancia y ambición de los primeros; elegancia, discreción, sabiduría y austeridad de los segundos.
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Tito Lucrecio Caro y Epicuro, su maestro, son lo que hoy me ocupan y comparto.
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Según San Jerónimo, Lucrecio padeció ataques de demencia producidos por un filtro que le dio una mujer celosa y en sus intervalos lúcidos escribió algunos libros. Agrega el santo que el poeta terminó su vida por el suicidio. Uno de sus libros, supuestamente concebido y ejecutado en el benigno paréntesis del influjo de un maligno filtro de amor es La Naturaleza de las cosas. Marchena en el introductorio (Hernando y Compañía. Madrid 1918) escribió que:
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Vive Lucrecio en los años de la terrible agonía de la república; desde el principio de las luchas entre Mario y Sila hasta la muerte del sedicioso Clodio, período de grandes calamidades para Roma, en que las guerras civiles desatan todas las ambiciones, todas las codicias, saciadas con la sangre o el destierro de millares de ciudadanos de los más ilustres; período de corrupción política y moral, de desdichas públicas y privadas, del que fue testigo y acaso víctima el autor del poema La Naturaleza. (…) Sin ambición y sin amor, que detestaba, sin creencias religiosas, que aborrecía, no podía encontrar Lucrecio, dentro de aquella sociedad descreída otro aliciente a la vida que el ofrecido por la filosofía del deleite, llamada así la de Epicuro, y no con verdadera propiedad, porque si se encaminaba a encontrar el reposo, la quietud del alma y del cuerpo por una especie de muerte prematura, por el alejamiento de cuanto pudiera causar malestar en el cuerpo y el alma, no faltó quien la interpretase en el sentido de sistema, que permitía y aun ordenaba la satisfacción de los placeres mundanos.
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Lea el lector este fragmento de La Naturaleza de Lucrecio:
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Pero nada hay más grato que ser dueño
De los templos excelsos, guarnecidos
Por el saber tranquilo de los sabios,
Desde do puedas distinguir a otros
Y ver cómo confusos se extravían
Y buscan el camino de la vida.
Vagabundos, debaten por nobleza,
Se disputan la palma del ingenio,
Y de noche y de día no sosiegan
Por oro amontonar y ser tiranos.
¡Oh míseros humanos pensamientos!
¡Oh pechos ciegos! ¡Entre qué tinieblas
Y a qué peligros exponéis la vida
Tan rápida, tan tenue! ¿Por ventura
No oís el grito de naturaleza,
Que alejando del cuerpo los dolores,
De grata sensación el alma cerca,
Librándola de miedo y de cuidado?
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Su maestro, Epicuro de Samos, veinticuatro siglos después de ocurrido su efímero esplendor físico, sigue, hoy, vigente.
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Epicuro el filosofo del jardín, el maestro de Lucrecio –De rerum natura-, el que enseña que el placer es el bien supremo de la vida –el placer intelectual que no el concupiscente sensual que desasosiega las almas, destruye los cuerpos y perturba la paz de la convivencia en la polis-, el que declara que la felicidad verdadera es la serenidad que es fruto del vencimiento del miedo y de la incertidumbre del futuro, el que sostiene que el fin de la filosofía es la terapéutica de los temores del hombre que alcanzar debe mediante la reflexión la soberanía personal en el terreno mundo.
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Epicuro, el que descubrió que no hay alma teóricamente posible sin cuerpo. El atomista que postuló la existencia de un universo infinito y eterno. El de las virtudes éticas cardinales: justicia, prudencia y equilibrio –del placer y el sufrimiento. El hedonista del autodominio, la moderación y el desapego. El fisiólogo de la decisión moral que propuso la libertad de la voluntad a partir de la especulación teórica de la trayectoria impredecible de los átomos.
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El que construyó la imagen de la separación inconexa de los mundos de los dioses –seres perfectos y felices- y de los hombres –criaturas imperfectas avasalladas por el sufrimiento-. Leamos lo que sigue. De Lucrecio:
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Pues la naturaleza de los dioses
Debe gozar pos sí con paz profunda
De la inmortalidad; muy apartados
De los tumultos de la vida humana,
Sin dolor, sin peligro, enriquecidos
Por sí mismos, en nada dependientes
De nosotros; ni acciones virtuosas
Ni el enojo y la cólera les mueven.
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Epicuro el jardinero hedonista que construye con proposiciones y actos libres felicidad del hombre que piensa, que intelige, que lee el mundo y lo interpreta y modifica. Del hombre que por este medio alcanza la autarquía y la serenidad.
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Epicuro, el boticario metafísico que en sus lógicos alambiques compuso el tetrafármaco para curar el alma del hombre. Luchar y vencer los cuatro rostros del miedo (los dioses, la muerte, el dolor y el fracaso) es la vía de la libertad en autonomía moral. Dentro del cuarto de los miedos está el fracaso del hombre agobiado por el peso de la vulgaridad del mundo creado por el plutócrata sandía y voraz.
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Termino y cito, en gratuidad, los primeros versos de La Naturaleza:
-
Engendradora del pueblo romano,
Placer de hombres y dioses, alma Venus:
Debajo de la bóveda del cielo,
Por do miran los astros resbalando,
Haces ploblado el mar, que lleva naves,
Y las tierras fructíferas fecundas,
Por ti todo animal es concebido
Y la lumbre del sol abre sus ojos…

23

(Tomando prestada una costumbre que suele tener Pedro Ángel Palou, este poema o intento de ello, como conmemoración de mi cumpelaños 23).

1
Estar parado en un abismo inmerso
de soledad y recuerdos
que carcomen el presente
y no saber a dónde ir
ni cómo hacerlo.
-
Y no hay Virgilio que puedan guiarme
pero el camino correcto es aquél
dicen
pero nunca explican cómo se llega
ni para qué hacerlo
al cabo llego con satisfacción
para después llorar como un niño
al que le han pegado y no sabe por qué.
-
Hace tiempo que perdí el sentido
del tiempo, de la vida.
Ayer me desperté llorando
y hoy amanecí caminando de la mano
de Salud, su cuerpo apestaba
a un mundo desconocido,
y sin embargo, era cálida como la última vez
que me abrazó.
-
Aprender a perder y a sufrir
parece ser el regalo divino.
Vivir de fracasos y de efímeras alegrías
se vuelve el pan de cada día.
Perdonar a los que nos ofenden,
pide la oración,
y a quién se le reclama cuándo uno es abandonado,
cuándo le guardan sus juguetes y le exigen madurar.
-
Es fácil pedir y exigir perdón al otro,
pero nadie quiere otorgarlo
porque el orgullo corroe
y nadie quiere saberse derrotado,
se pierde el gusto y regocijo
de saber que el antagónico fracaso.
--
2
Y la nostalgia
de la infancia y los paseos por ese museo
al lado de ese primo que de repente fue
el hermano mayor que te faltó,
de ese padre que solía acompañarte
buscando conocerte y sin embargo,
siempre hubo una barrera que lo impidió,
de esos amigos que estaban ahí
cuando el mar inundaba mi vida;
me asalta cada noche
para impedir que me olvide.
--
3
Y descubrir la escritura como un mundo alterno
un desahogo
de aquello que nadie alcanzará a entender.
-
Saberse derrotado por esos miedos infantiles.
Las alturas son malas, el aire me puede empujar
de un incontable número de pisos
y entonces caeré al vacío,
cada piso es un fracaso,
sin oportunidad para defenderme,
o quizá una serpiente pueda irse enredado poco a poco
por mi cuerpo
e hipnotizarme con cada uno de mis fracasos
y luego abandonar mi persona que caminará
como zombi por la vida,
tal vez aparezca una mujer que jure amarme
para después partir
dejando a mi corazón cubierto de mierda.
--
4
Mejor abandonarse
y manejar en el carro de lo absurdo
por la carretera de la deriva
a mil por hora
lo más lejano del país del recuerdo
y la ciudad de la nostalgia.
Después cambiar, en algún poblado ,
de identidad
-
-
y comenzar de nuevo.

jueves, febrero 21, 2008

Los artistas e intelectuales ante la mediocridad cultural

Diario Milenio-Puebla (21/02/08)
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Insisto: es un deber de la comunidad intelectual y artística de Puebla (aquí involucro a los trabajadores de la cultura, a todos) el manifestarse en contra de la mediocridad, del abuso y de las mentiras que sigue pretendiendo hacer pasar como verdades el titular de la dependencia.
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Insisto: es un deber de la comunidad intelectual y artística de Puebla (aquí involucro a los trabajadores de la cultura, a todos) el manifestarse en contra de la mediocridad, del abuso y de las mentiras que sigue pretendiendo hacer pasar como verdades el titular de la dependencia.
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Es como un círculo vicioso: nadie se atreve a entregar apoyos sin proyectos. Y no habrá proyectos porque no existe la conducción de una persona que de verdad esté involucrada con la cultura. Al contrario, el titular de la secretaría a la que hago referencia lejos está de entender un ápice el asunto. Para él la propia palabra “cultura” no significa nada.
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Traigo todo esto a colación, muy a mi pesar de haberme prometido no tocar más estos temas, porque una fotografía aparecida en este mismo diario, luego de lo que el secretario de cultura, el Simpatías, llamó su “comparecencia”, me sacudió y me hizo volver a los motivos que había dejado atrás.
-La foto es para el Pulitzer y hay que darle su crédito a Mónica González: un compañero reportero gráfico luce una playera que tiene estampada la leyenda “¡Basta de mamadas!”
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¿Qué secretario de estado, me pregunto, en la historia de las comparecencias –llámese o no de cultura— ha tenido un agravante como éste? “¡Basta de mamadas!”, se observa en la playera en esa foto aparecida el día 15 de los corrientes mientras el Simpatías secretario Montiel mira nervioso hacia otro lado con la apariencia de no poder controlar los párpados que le brincan sin control.
-A todo esto, ¿qué opina nuestra comunidad “intelectual”? Nada, acá no pasan las moscas.
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¿Qué opina ahora el poetastro que escribió que la Dirección de Literatura vivía “atolondrada”? Nada. Fue beneficiario de una bequita. ¿Y los “asesores” actuales del secretario? Ah, los mismos que lo criticaban duramente y que aún con todo no lo bajan de un ágrafo… Nada, no dicen nada.
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¿Y que dice el plagiario comprobado de una “investigación de cuento” (entrego las copias a quien me las pida) que dirige la cultura de la Universidad Iberoamericana y que intentó empujarme –sólo lo intentó, a Dios gracias— durante mi visita a la Filec en el Inaoe? Nada, no dice nada.
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¿Qué hace un fotógrafo de la talla de Raúl Gil rindiéndole pleitesía a quien antes tanto despreció abiertamente? ¿Qué necesidad tiene un pintor de talla internacional, como Gerardo Ramos Brito, sirviéndole en el cargo de subsecretario al gris, al oscuro Simpatías? No lo entiendo. O lo entiendo a medias.
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Ahí quedará esa foto para la historia: “¡Basta de mamadas!” Y ahí quedará el comportamiento de nuestros artistas e intelectuales, que se han vuelto ciegos y sordos ante la mediocridad cultural. Y como decía el cronista de futbol: “No pasa nada/ No pasa nada”.

martes, febrero 19, 2008

Historia natural de la Cultura



Diario Milenio-México (19/02/08)
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¿Y cómo es el mundo después del mundo? ¿Cuáles son, exactamente, nuestras ruinas? ¿Cómo se lidia con el lenguaje cuando no hay nadie, en sentido literal, a quien dirigirlo? El discurso interrumpido, sincopado de Kate, la única protagonista de Wittgenstein’s Mistress, parece proponerse atender, de una u otra manera, a estas preguntas. Las referencias a ciudades paradigmáticas del mundo moderno y posmoderno, así como a sus museos —instituciones culturales dedicadas a la identificación y preservación del patrimonio cultural— son del todo relevantes en este sentido. Kate empieza su relato completamente autobiográfico asegurando que: “En el comienzo, algunas veces dejaba mensajes en la calle.// Alguien está viviendo en el Louvre, ciertos mensajes dirían. O en la Galería Nacional.// Naturalmente sólo podían decir eso cuando estaba en París o en Londres. Alguien está viviendo en el Museo Metropolitano, eso decían cuando vivía todavía en Nueva York.// Nadie vino, por supuesto. Eventualmente desistí de dejar los mensajes”.
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Aunque nunca está del todo segura acerca del tiempo que ha transcurrido entre esa época en que todavía buscaba a algún otro sobreviviente y la etapa en que cesó toda búsqueda (en algún momento aventura la cifra de 10 años), Kate sabe que ha viajado mucho entre un punto y otro del tiempo. Los recorridos de Kate, que van de Turquía (el lugar original de Troya) a París, de Pennsylvania a México, pasando por Madrid o Roma, configuran una suerte de mapa post-humano del globo. El mapa, como todo mapa, no es azaroso, no es una réplica a escala de lo que-está-ahí, sino una selección de deslizamientos que, en el caso de Kate, son sobre todo deslizamientos a lo largo de y en la cultura y sus artefactos. Así es como, con el mundo completamente vacío, con todo estrictamente a su disposición, Kate opta por vivir en museos y, de manera eventual, por vivir de ellos (quemando algunas obras, por ejemplo, para producir calor).
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Como en muchos de sus libros, Markson incorpora en Wittgenstein’s Mistress una plétora de referencias literarias, artísticas y filosóficas que van de la época clásica a los albores de la modernidad. La manera en que trabaja la mente de Kate en la soledad más absoluta, el acertijo de la memoria que entrelaza y, con frecuencia, confunde, evita que tales menciones a las Grandes Obras de Cultura se conviertan en simples evidencias del status quo o en ramplona reafirmación del canon occidental. Kate no sólo confunde (y al confundir cuestiona) con gran facilidad autores y obras (Anna Akmatova, por ejemplo, es un personaje de Ana Karenina), o piezas originales con sus versiones fílmicas (es fácil pasar de Hécuba a Katherine Hepburn, por ejemplo) sino que además, con un gran sentido del humor, se da a la tarea de reapropiarse de narrativas fundacionales de occidente. Tal es el caso de la Iliada. No por casualidad, uno de sus primeros viajes en el mundo post-humano que habita la lleva a Hisarlik, el nombre contemporáneo de la antigua Troya. Y tampoco por casualidad aparecen aquí y allá, una y otra vez, en ocasiones como hilo del relato, aunque más frecuentemente como interrupción al hilo de otro relato, los nombres de Helena, de Aquiles, de Héctor. Así, cuando en las inmediaciones del libro, Kate conjunta a Eurípides, Orestes, Climenestra, Elena, Casandra, y Agamenón, para rehacer la historia de Troya, esta vez alrededor de tópicos como la violación y el secuestro y las relaciones familiares, es imposible no hacer comparaciones, acaso ingratas, con ejercicios similares: la Iliada de Alessandro Baricco salta ahora mismo a la memoria.
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Reversibles y grotescos, necesarios pero abiertos, los artefactos de la gran cultura sin el cual el mundo post-humano de Kate resulta impensable, provocan así más ironía que asombro, más duda y tanteo que validación. Kate, eso queda claro desde el inicio, es una mujer atenta a los eventos de la alta cultura pero tal y como éstos aparecen en los diccionarios y en la cuarta de forros de algunos libros y en la carátula de ciertos discos (si Markson hubiera escrito esta novela una década después, Kate habría sido una gran navegadora de internet, sin duda alguna). En On Creaturely Life, Eric Santner interpreta el concepto de historia natural acuñado por Walter Benjamin de la siguiente manera: “La historia natural, como la entiende Benjamin, apunta así entonces a un elemento fundamental de la vida humana, a saber que las formas simbólicas en y a través de las cuales se estructura la vida pueden vaciarse, perder su vitalidad, romperse en una serie de significantes enigmáticos, “jeroglíficos” que de alguna manera continúan dirigiéndose a nosotros —colocándose bajo nuestra piel psíquica— aunque ya no poseamos la llave de su significado”. En este sentido, en el sentido en que Kate enfrenta a los artefactos de la cultura como formas vacías y enigmáticas que, sin embargo, continúan dándole sentido a lo que piensa y hace y ve, Kate es una especie de Virgilio que nos introduce, no sin grandes dosis de sentido del humor, al terreno de la historia natural de la cultura.

lunes, febrero 18, 2008

Naborita y su petróleo


Diario Milenio-México (18/02/08)
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¿Ahí, madre?
Hay personajes que nacen para la fama no tanto por distintos como por comunes. Por alguna razón, tal vez emparentada con la extraordinaria producción de baquetones que tan singularmente distingue a México, pocos protagonistas han conseguido el éxito atemporal del legendario Gordolfo Gelatino: aquel estupidazo fofo, narcisista y bueno para nada que a toda hora se jactaba de su nunca vista galanura merced a los halagos de su madre, doña Naborita, una Yocasta de entraña machista dedicada en cuerpo y alma a endiosar la supuesta apostura del gordito, al extremo de vender gelatinas y lavar ropa ajena con tal de no estropearle la guapura, que es lo que ambos están seguros que pasaría si el pobre chico —cuarentón evidente— se buscara un trabajo. “Muñecazo”, “Hijazo de mi vidaza”, “Papucho de papuchos”: la sufrida mujer no escatimaba elogios para el baquetón, que a su vez le pagaba por tan flacos favores con la moneda de una vanidad desbocada y patética.
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Hasta hoy, que ambos personajes aparecen en varias películas de los míticos Polivoces, Gordolfo y doña Naborita provocan carcajadas sintomáticas en sus audiencias, toda vez que su caso está lejos de ser aislado. Hay en este país Gordolfos y Naboritas para dar y prestar, no hay siquiera que ir lejos para encontrarlos en amigos, parientes y vecinos. “Yo lo hice solita”, clamaba con orgullo la madre del gordito, y juraría que he visto a decenas de madres sobreprotectoras esgrimiendo una vanidad equivalente cada vez que un prospecto de nuera se atreve a ensombrecerles el horizonte. Ninguna aprueba ni soporta la idea de compartir a su muñecazo, no ha nacido ni nacerá la mujer con los méritos bastantes para hacerse con un regalo en tal modo precioso e irreemplazable. Y cuando, pese a ello, el muñeco las desoye y contrae matrimonio por sus pistolas, más tarda el juez en darlos por casados que la suegra en ponerse en pie de guerra. “¿Por qué, Dios mío, me hiciste tan perfecto? ¿Por qué, Señor, no me diste algún defecto?”, solía cantar Gordolfo, entre los brincos jubilosos de esa “cabecita loca” que lo quería para siempre inútil. Nada, en suma, que no sonara sospechosamente familiar.
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Cabecitas de algodón
Como tantos expertos autoinvestidos, carezco de argumentos sólidos para hablar del petróleo o la energía eléctrica, si bien no tengo ni que esforzarme para reconocer a sus pintorescos y arcaicos defensores. Todos los conocemos por su capacidad para rasgarse las vestiduras cada vez que hallan lucro en la defensa a ultranza de lo indefendible. Se les oye la misma voz airada y patriotera que durante tantos años sostuvo en el poder a una camarilla de vividores, mentirosos y cleptócratas conocida como familia revolucionaria, para la cual la posesión y consecuente ruina de empresas estratégicas era no menos que una condición patrimonial. Quitárselas a ellos era por tanto arrebatárnoslas a todos los mexicanos, y eso nadie podía permitirlo. Había que sacrificarse en masa para dar oxígeno a aquellos monopolios estatales que si hubieran sido hombres en vez de instituciones patriarcales se habrían parecido mucho a Gordolfo Gelatino. Con una diferencia: en lugar de una sola Naborita, los elefantes blancos del petróleo y la electricidad tienen miles de ellas en las personas de sus defensores.
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-Igual que la señora Gelatino, los espadachines de Petróleos Mexicanos y Luz y Fuerza del Centro vibran de orgullo por su posesión, aunque ella signifique la consagración de su proverbial incompetencia. Ninguno de ellos, por supuesto, soportaría la humillación de hallarles un competidor nacional o extranjero, toda vez que más de uno practica activamente el chauvinismo científico y se horroriza automáticamente si alguien osa pedirles cualquier forma de competitividad, así sea para participar en elecciones libres, mismas que sólo consideran limpias cuando son ellos quienes las dominan. Enemigos de toda competencia real, los parientes espirituales de doña Naborita viven acostumbrados a elegir el privilegio por encima del mérito, y tildar a esa porquería de justicia social, así como a sus detractores de reaccionarios, cuando no de traidores a la patria. A juzgar por su fatuidad pedestre, tan propia de la madre de Gordolfo, se diría que al petróleo lo hicieron solitos.
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Cómprenme una gelatina
Escribo estas palabras horas después de haber llenado un tanque de gasolina en mitad de la Amazonia brasileña. Pude elegir Shell o Exxon, pero al igual que muchos brasileños me decidí por una estación de Petrobras. No sé muy bien por qué, pero como consumidor tengo una buena imagen de esa empresa, que amén de competir libremente con las extranjeras participa de forma muy activa en la cultura brasileña. No vayamos más lejos, hoy mismo vi O maior amor do mundo, de Carlos Diegues, patrocinada en parte por Petrobras. ¿Sería quizás más grande o más poderosa la petrolera estatal si se le dieran las facilidades propias de un monopolio? Lo dudo mucho. Los monopolios suelen deber su ineficiencia precisamente a esa pachorruda condición que les evita la monserga de esforzarse por alcanzar mérito alguno, más aún cuando los chauvinistas científicos identifican su baquetona existencia con la soberanía nacional. ¿Qué más mérito pueden ostentar, según sus entusiastas Naboritas, que el de ser furibundamente nacionales, únicos e intocables?
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Símbolos nacionales de ineficacia y corrupción, los grandes monopolios energéticos se miran al espejo preguntándose por qué Dios no les dio algún defecto, mientras sus defensores —alérgicos, como ellos, al trabajo— cuentan con la paciencia y la ignorancia de los contribuyentes, esperando que sean ellos quienes vendan las gelatinas y laven ropa ajena con tal de conservar vivo el orgullo de mantener a un gordo bueno para nada y dedicarse a predicar su apostura. Decía, pues, que conozco una buena cantidad de personajes de la vida real que comparten las cualidades de Gordolfo y su madre; todos, sin excepción, me han hecho reír tanto como los Polivoces, pero a la risa siempre le ha seguido una lástima fronteriza con la vergüenza ajena. Que es el caso con estos monopolios papuchos de papuchos, por cuya causa tengo que vender gelatinas.

sábado, febrero 16, 2008

viernes, febrero 15, 2008

Los escritores de periódico (larga anti-columna sobre columnistas).

Bajo el Sol (Diario Cambio y E-consulta 14/02/08)
Por Roberto Martínez Garcilazo
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Para el maestro Sergio Lira Coronado.(Qepd)
La literatura es superior a la vida, decía.
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Conversación de sobremesa avivada por el vino.
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¿Quién es mejor; Umbral o Vicent?
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Así, lapidariamente formulada, la pregunta tiene mucho de desafío, de reto, de provocación.
A ver qué respondes, con qué respondes para defender tu posición de que Umbral, muerto y enterrado, escribe ahora todavía mejor que los vivientes.
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A ver qué argumentos esgrimes para demostrar que Vicent es hoy el más grande columnista en lengua española; más grande y perfecto que el fantasma del escritor muerto en agosto del 2007.
Dice el Uno que Umbral ya chocheaba.
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Que sus últimas columnas eran dictadas y se notaba el uso errático de la puntuación.
Dice el Otro que no y cita, ayudado por una lap top, un fragmento de la última columna que dedicó a Eugenio D’Ors, exactamente un mes antes de su muerte, 28 de julio del 2007:
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Don Eugenio d'Ors había venido de Cuba a hospedarse directamente en la calle de Sacramento, pasando de largo por Cataluña, adonde dejó una señorita enamorada y nunca vista, que se llamó Teresa, conocida y desconocida en las Ramblas como la Bien Plantada. Teresa era más famosa en Barcelona que en Madrid. Un día fui a comprar un libro de D'Ors y me lo pusieron caro. Cuando le protesté al quiosquero, me dijo: « ¿Caro por una peseta? Si lo supiera don Eugenio».
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Naturalmente, me llevé a casa el libro, que más que libro era un cuaderno de aquellos de novelas y cuentos, que se habían vendido mucho cuando la guerra y luego los chicos seguimos leyendo cuando la posguerra, que fue una época muy cultivada y muy Dorsiana. Metido don Eugenio en el bochinche de los armados, un admirador le dijo en el café, aludiendo a su uniforme espectacular: «Se ve que le gustan a usted los uniformes, maestro». Y replica D'Ors: «Me gustan los uniformes siempre que sean multiformes»
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(…)
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Las marquesas le invitaban a dar conferencias en su palacio solamente por ver cómo se vestía, que solía hacerlo a juego con el tema conferenciado. Así, para hablar de Goethe, se disfrazó de Goethe. En sus conferencias no se sabía qué atraía más, si la palabra o la aparición, porque lo suyo eran apariciones. Podemos decir que D'Ors promovió gloriosamente la cultura verbal de la época e hizo que esa cultura cobrase prestigio por un solo hombre y todos los que le imitaban. D'Ors no tuvo competencia de Ortega hasta mucho después, cuando ya se había retirado a su ermita marinera de la costa catalana, adonde subía y bajaba los pisos según la voluntad de su difícil escalera.
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Al quiosquero a quien le compré el libro de Novelas y Cuentos, reseñado aquí, le compraría yo más tarde Oceanografía del Tedio, que es su libro más sugestivo y gratuito, libro ni de izquierdas ni de derechas sino arte por el arte, prosa pura que no se somete a la jerga de los periódicos sino al juego y el hallazgo que luego sí han inventado otros escritores.
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Agotados sus hallazgos barrocos de última hora, tuvo que inventarse una hora penúltima de los que llamó Indalianos, que tenían tanto de Dalí como del propio D'Ors. Porque D'Ors, perseguidor de vanguardias, como el propio Dalí, y ahí está la crisolinfa paladiana, o sea un surrealismo dorsiano del que conservamos viva memoria adolescente. Toda guerra promueve genios.
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Enfermo de gravedad y todo –yaciente en una siniestra cama de hospital, el grandísimo escritor que fue Francisco Umbral está entero en esta su última prosa para El Mundo.
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Y de lo extraliterario ni hablar, -le dice el Uno al Otro- , que estamos juzgando escritores no monjas josefinas. Que si se paso a la derecha, que si negoció sus premios, que si traicionó a Cela, que si engañaba a su mujer… Nada de eso importa, sólo lo escrito que se actualiza cada que un lector abre un libo suyo.
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Y el Otro, el que por Vicent pleitea propone este texto:
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Cándido en latín significa blanco: de ese vocablo se derivan candor y candidato. En la antigua Roma, a los aspirantes a un puesto en el Senado se les llamaba candidatos porque en el periodo electoral se paseaban por el foro ataviados con una toga blanca para mostrar públicamente que tenían un pasado limpio y que también eran limpios sus propósitos. Hoy, el candor es una virtud poco apreciada en política. Si ante las próximas elecciones generales los políticos se presentaran en los mítines y debates de televisión vestidos con una túnica blanca para demostrar su honestidad, serían tomados por simples fantasmas. En los parques de atracciones suele haber un túnel del infierno donde los niños son asaltados por toda clase de momias y fantoches que suelen provocarles una risa nerviosa. En la vida pública existe también otro túnel negro que viene directamente de la Edad Media , lleno de espectros esquinados que causan los mismos nervios, no exentos de espanto, a muchos ciudadanos. Estos fantasmas no van enmascarados bajo una sábana, sino cargados con ornamentos bordados en oro. Lucen en lo alto del cráneo una mitra, vestigio de las astas de toro que simbolizaban el poder del hechicero de la tribu y que luego se convirtió en el bicornio de los faraones. Al verlos adornados con arreos tan terribles se podría esperar que hablaran con voz cavernosa desde el más allá con la ambigüedad de los oráculos. Nada de rodeos. Estos espectros hablan desde el altar con frases melifluas y el cuello blando para recordarnos que el infierno no es un parque de atracciones sino un fuego real donde vamos a arder por nuestros pecados aunque podríamos librarnos de ese castigo si votamos a la derecha. Frente al pistolerismo verbal de otros mensajeros de idéntica ideología, con una dulzura pastelera que esconde el garfio de acero, el Papa y los obispos alimentan el terror ante la nueva peste del socialismo. Los candidatos de la antigua Roma, al final, paseaban la toga sucia por el foro cubierto de basura. También el suelo de la política y de la Iglesia está lleno hoy de excrementos y ladridos. Pasar sobre ellos salvando el candor es toda una hazaña. Hay que votar al que llegue con la sabana más limpia y no sea un fantasma.
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El Uno responde esgrimiendo esta cita de Paco Umbral:
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Ese surrealista italiano que ahora ha muerto, se había comprado hace tiempo una parcelita en el cementerio y todos los días se llevaba flores a sí mismo. Era un gesto de humor negro. Creo que yo mismo -y todos los que escribimos a diario- me llevo flores cada mañana. Una columna, aunque sea política, es un ramo de palabras que en principio tejemos en nuestro propio honor y memoria. Escribimos para que se nos recuerde, aunque escribamos olvidando o para olvidar algo. La columna puede ser frívola, mundana, pasajera, humorística, política, grave, crítica, pero en principio no es sino eso: una corona de palabras, alegre o triste, que trenzamos cada día para que alguna vez se nos recuerde por ella. Yo he frecuentado el cinismo de decir que escribo por dinero, pero más cínico -y más verdad- es decir que se escribe para que no le olviden a uno. Mi cotidiano ramo de palabras lo llevo al periódico, pero sé que los plurales cementerios de las hemerotecas, los archivos, los ordenadores, los papeles, todos los medios de reproducción de la obra de arte -tan oportunamente estudiados por Walter Benjamin-, no sólo conservarán la esquelatura de mi prosa, sino que la multiplicarán. Un columnista no es sino un hombre que se lleva flores a sí mismo todos los días, pues sabe que primero -en seguida- morirá su columna, y luego morirá él, si antes no muere su memoria. Nadie tan obstinado por perdurar, ni siquiera el poeta puro.
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Pero se trata de una obstinación modesta, gacetillera, laboral. Casi quisiera uno que sólo le recordasen a medias, como el que dijo tal cosa, entre tantas cosas como decimos los escritores de periódico. Se trata, sí, de quedar un poco, sin panteón de hombres ilustres; sólo en el pequeño nicho de un recuadro -ya la columna tiene hechura de tumba sencilla-, perpetuado por un solo artículo, habiendo escrito tantos, ese recuadro que sale una mañana con tintas casi fúnebres de esquela mortuoria, por azares de taller.
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Todas las mañanas buscamos nuestra columna en el periódico como ratificación de que estamos -de que seguimos- vivos, y lo que encontramos es una esquela urgente que a la noche estará muerta y al día siguiente olvidada. Con el pequeño dinero que nos pagan en el periódico vamos comprando ese ramillete de cada día, cambiando de humor y estilo y tema todos los días, pues alguna de las columnas, vaya usted a saber cuál, quizá ésta, es la que quedará en la memoria de esos grandes desmemoriados de hemeroteca o de Casino que leen a los muertos con más placer que a los vivos, pues que gustan de comprobar, con cierta dulce crueldad, que el muerto se equivocó en el cambio de ministros, mientras que con el vivo nunca se sabe.
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Me gusta que la ocurrencia de las flores sea futurista, vanguardista, surrealista, porque uno empezó en esas cosas, hizo su bachillerato clandestino en esas escuelas, que estudié como nacientes cuando ya estaban muertas. Hay teatro del absurdo y poema surrealista en eso de llevarse uno flores a sí mismo todos los días. Yo lo venía haciendo durante muchos años sin saber por qué ni para qué. Y hasta creía que el artículo era por ganarme la vida. Y era por ganarme la muerte.
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El Otro, contraataca con esta de Vicent:
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En todas las universidades de Occidente, alumnos y profesores juntos, desde mitad del siglo XVIII, suelen cantar el himno Gaudeamos igitur para coronar un acto académico solemne. Se trata de un cántico que incita a los estudiantes a gozar de los placeres efímeros de este mundo antes de que sea tarde. Si la visita de Ratzinger a la Universidad La Sapienza de Roma no le hubiera sido negada, la conferencia del Papa acerca de la fe habría sido rematada por este himno epicúreo y nihilista, extraído del tratado Sobre la brevedad de la vida, de Séneca. Alicatado de armiños y terciopelos, con reflejos el oro por todas las partes del cuerpo, Ratzinger hubiera penetrado a pasitos cortos con las pantuflas bordadas en este centro de la ciencia hasta aposentarse en el sitial del aula magna, dispuesto a impartir su doctrina. Con una sonrisa entre tímida y mefistofélica hubiera hablado así a los estudiantes. La prueba irrefutable de la existencia de Dios es el mal, el dolor y la miseria que hay en este mundo. Si Dios no existiera, tanta maldad no sería reparada. Es necesario que haya un Ser Supremo para que remedie esta injusticia después de la muerte. Con este argumento Ratzinger hubiera vuelto a entronizar a Satanás, príncipe de las tinieblas, como el verdadero creador de la Divinidad. Después de elaborar este encaje de bolillos, el Papa con la bendición habría hecho brillar una piedra preciosa sobre todas las cabezas y los estudiantes de la universidad hubieran empezado a entonar su himno: "Alegrémonos, pues, mientras somos jóvenes, puesto que después de la alegre juventud y de la incómoda vejez nos recibirá el seno de la tierra. ¿Dónde están los que antes de nosotros pasaron por este mundo? Nuestra vida es corta, en breve se acaba, viene la muerte velozmente y no respeta a nadie. Vivan todas las vírgenes fáciles y hermosas, vivan las mujeres tiernas, amables, buenas y laboriosas". Atravesando este cántico con resonancias hedonistas, el Papa habría abandonado el paraninfo y en el aire del recinto, al final, hubiera quedado en suspensión la conquista del placer en esta vida caldeado por el fuego del infierno. Que nos sobreviva la belleza será siempre un consuelo, ya que la vida es corta pero el arte perdura.
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Y así se siguen, pleiteando con palabras ajenas magistralmente tejidas.
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Mientras eso pasa pregunto sobre los columnistas de México, políticos que no de arte como los antedichos.
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¿Quiénes son los que mejor escriben: ¿Zabludovky? ¿Granados Chapa? ¿Dehesa?
¿Y en Puebla, quiénes? ¿Yánez? ¿Manjarrez? ¿Andraca? ¿Mejía? ¿Luna? ¿Ruiz? ¿Proal? ¿Crisanto? Sin duda.
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Nuestra adversa circunstancia tal vez sea prueba de bajo nivel cultural o testimonio de una extraña discreción profesional de los que saben o, simplemente, desprecio de los intelectuales por la vida pública, no se.
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Pero el hecho ahí está: palmario, incontrastable, casi impúdico en su flagrante exhibición.
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En nuestro estado la prosa periodística está a la altura de los 7 años de escolaridad promedio del poblano estadístico.
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Los hombres de letras y los académicos rehúsan ocuparse de la vida pública por medio de su escritura.
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¿En este páramo, adicionalmente, qué decir del periodismo radiofónico y del televisivo; qué adjetivos usar para calificar la prosa verbal de los responsables de esos espacios noticiosos? ¡Qué adjetivos, Andrés Bello, qué sustantivos los de esos comunicadores y líderes de opinión!

jueves, febrero 14, 2008

El viento de la luna


Diario Milenio-Puebla (14/02/08)
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De Antonio Muñoz Molina, el año pasado la editorial Seix Barral editó su bellísima novela El viento de la luna. He de hacer un breve repaso de lo que narra la novela. Encuentro una ligera influencia de Salinger, de Philip Roth y de John Updike, el novelista contemporáneo más importante de Norteamérica.
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Hace años, un grupo de científicos afirmaron que el hombre no había pisado la Luna y que todo lo que se transmitió al mundo desde Cabo Kennedy el 20 de julio de 1969, había sido sólo una enorme ilusión provocada y planeada por los norteamericanos. Quién puede saberlo. Lo que es verdad es que ese “gran salto para la humanidad” de Armstrong, dio como motivo temático que Antonio Muñoz Molina escribiera una novela con una extraordinaria dosis de nostalgia, que se fija en la década de los sesentas.
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Creo que ahora hay una tendencia de la novelística contemporánea a contar la historia con los recursos donde la parte autobiográfica del escritor se llega a mezclar con la ficción, de tal manera que por momentos son la misma cosa. El viento de la luna es una novela excepcional.
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El personaje central –un adolescente onanista— evade siempre la realidad para adentrarse al sueño de los astronautas. La conquista de la luna es el perno sobre el cual gira todo el argumento. La novela es contada como si los hechos estuvieran sucediendo actualmente, en el momento y en la voz del personaje.
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Todo gira en la mente del personaje a partir de la vida de los astronautas, en todo lo que está pasando allá arriba, donde los cuerpos flotan el en espacio y se alimentan de vitaminas y cápsulas. “España es maravillosa vista desde el espacio,” dice el enviado especial de Radio Nacional a Cabo Kennedy.
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Cómo no mencionar los recursos del autor cuando habla de las telenovelas de la época o de las canciones de moda que, como dice Cardenal, pasaron rápido como los autos en la carretera.
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El viento de la luna deja una sensación plena de felicidad. Una novela narrada con la maestría de Antonio Muñoz Molina.

martes, febrero 12, 2008

Completamente autobiográfica


Diario Milenio-México (12/02/08)
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En la obra Wittgenstien’s Mistress, de David Markson, el tema lo enunciará la protagonista en el momento en que explica por qué ha decidido escribir una novela completamente autobiográfica: la soledad.
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No muchos utilizarían el adjetivo “autobiográfica” para calificar a Wittgenstien’s Mistress, la novela que el estadounidense David Markson publicó, después de ser rechazada en 54 diferentes ocasiones por otras tantas editoriales, en 1988 con Dalkey Archives, una casa editora que cuenta entre sus autores a Gombrowics, Sarduy, Stein, Luisa Valenzuela, Anne Carson, entre otros poetas y narradores caracterizados por arriesgar en sus tratos con el lenguaje. Pero esa es la palabra, precedida por el adverbio “completamente”, que utiliza Kate, la protagonista de un relato que inicia tiempo después (ni la protagonista ni el lector pueden nunca estar seguros de cuánto tiempo después) de haberse convertido en la única persona sobre el planeta tierra. Así, después de haber desechado la idea de escribir una novela (porque “la gente que escribe novelas sólo las escribe cuando tienen muy poco que escribir” y porque “las novelas son acerca de gente, mucha gente”), Kate llega a la conclusión, esto casi al final del libro, por supuesto, de que ella necesita escribir una novela “completamente autobiográfica” –un relato minucioso que registre todo lo que pasa por la mente de una mujer que “se despertó un miércoles o jueves para descubrir que aparentemente ya no había ninguna otra persona en la tierra./ Vamos, ni siquiera una gaviota, tampoco”. Refiriéndose a sí misma por primera vez con el ella de la tercera persona del singular, Kate reflexiona sobre lo que podría saber o no saber la narradora de tal relato completamente autobiográfico: sabría, por ejemplo, que “una cosa curiosa que tarde o temprano cruzaría por su cabeza sería que paradójicamente ella había estado prácticamente tan sola antes de que todo esto pasara como lo estaba ahora, incidentalmente. Vamos, siendo ésta una novela autobiográfica puedo verificar categóricamente que una cosa como ésa cruzaría por su cabeza tarde o temprano, de hecho.”
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El relato “completamente autobiográfico” al que el lector se enfrenta aquí dista mucho de los esquemas que empiezan el registro de una vida justo al inicio –con el nacimiento, por ejemplo– continuándola con estrategias lineales de acumulación, usualmente progresivas, que confluyen en el punto de la escritura del relato como momento de auto-validación del mismo. El texto de Kate, habrá que anotarlo, se aleja de ese tipo de realismo terso y explicativo que a menudo se asocia al género autobiográfico y que tanto atacaba Kathy Acker en alguno de sus memorables ensayos incluidos en Bodies of Work. Un verdadero realismo, un realismo radical, tendría que tomar un registro exhaustivo de lo que acontece frente y dentro del sujeto en cuestión, aseguraba Acker. Un realismo realista tendría, por fuerza, luego entonces, que estar muy cerca de la experiencia de la locura. Y ese sustantivo, por cierto, aparece muy pronto en la novela de Markson, ya como una como una sombra o como una premonición o como un inevitable. Porque, ¿estamos de verdad listos para creer que Kate es, en efecto, la última persona viva en el planeta?
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David Markson no pierde el tiempo investigando las posibles causas de la desaparición de todos-menos-uno los seres humanos de la tierra. Comprobar o rechazar la materialidad de esa hipótesis no constituye ni una preocupación ni un eje de un texto que, de entrada, le da la espalda a las preguntas que animan a la gran mayoría de relatos de fin del mundo. Se trata, por decirlo así, de un texto en la post-ciencia ficción. El tema, si es que hay uno, lo enunciará claramente la protagonista en el momento mismo en que explica por qué ha decidido escribir una novela completamente autobiográfica: la soledad. Kate no sólo es una persona solitaria, sino que se constituye a lo largo de su novela completamente autobiográfica en La Gran Sola. Y de esto, de la experiencia de la soledad, no da cuenta una anécdota precisa (aunque hay nociones aquí y allá de que Kate ha perdido un hijo, acaso de 7 años, cuyo nombre está casi segura de que es, o ha sido, Simon y cuya tumba visita, o ha visitado, de vez en cuando en México, de todos los lugares posibles) tanto como el uso del lenguaje mismo. La soledad o la pérdida, o la soledad resultante de la pérdida, no sólo se nota en la manera en que Kate organiza una autobiografía que, a fin de cuentas, es un relato para sí misma, sino sobre todo en la manera en que las oraciones de tal texto están escritas. La sintaxis de Kate es, digámoslo así, rara.
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Estructurado a través de “mensajes”, que no en pocas ocasiones constituyen “una forma inventada de escritura que nadie entiende”, su texto completamente autobiográfico se divide en pequeños párrafos toman la apariencia de versículos. En todo caso, son líneas en las que se desliza un universo completo, cuyo corte, a menudo abrupto, interrumpe el sentido de la oración, así como la noción de que una debe seguirse lógicamente de la anterior. En este sentido, no sería descabellado asociar este tipo de construcción a lo que Ron Silliman ha definido como the new sentence. Introducidas a menudo con adverbios relativos (lo que, donde, el cual), las frases de Markson son en realidad oraciones subordinadas que aparecen en la página, y en el texto, sin su antecedente o separadas de tal antecedente, como surgidas del silencio o de la nada.
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“La mayoría de las cosas en latas parecen comestibles, por cierto. Es sólo en las cosas empacadas en papel que ya no confío.// Aunque dos huevos estrellados son por lo que daría casi todo ahora.// Por lo que más seriamente lo daría casi todo, a decir verdad, sería por entender cómo es que mi cabeza se las arregla algunas veces para saltar de una cosa a otra como lo hace.// Por ejemplo ahora estoy pensando en el castillo de La Mancha otra vez. // Y ¿por qué mundana razón estoy también recordando que fue Odisea quien supo donde estaba Aquiles, cuando Aquiles se escondía entre las mujeres para que no lo obligaran a participar en la batalla?”.

lunes, febrero 11, 2008

Mata, pero no salpiques



Diario Milenio-México (11/02/08)
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1
Matar con moderación
“—Uno no lo desea, pero prefiere siempre que muera el que está a su lado”. Arranca así Veneno y sombra y adiós, tercer y último volumen de Tu rostro mañana, esa novela enorme de Javier Marías cuya conclusión hemos esperado sus lectores ávidos desde mediados de 2002, cuando se publicó el primero, Fiebre y lanza. No son esas, por cierto, palabras del protagonista, sino de su inmediato superior: Tupra, un inglés que presuntamente desciende de inmigrantes y trabaja al servicio secreto de Su Majestad. “¿Por qué no se puede ir por ahí pegando y matando?”, pregunta casi airado Tupra, aunque de hecho ya divertido ante lo que no deja más espacio que tildar de graciosa ingenuidad. Parecería que la pregunta tiene decenas de respuestas sensatas e irrebatibles, pero lo cierto es que son siempre más los sitios del planeta donde la gente va pegando y matando sin que nadie se atreva a impedírselo, acaso porque todos preferimos que sea siempre el de al lado quien estire la pata.
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A uno le simpatiza que James Bond pegue y mate, igual que le complace que seduzca y bese, pero difícilmente admite, aun manera tácita, que cualquier otro venga y lo haga en su presencia. Si han de matar, al fin, poco o nada les cuesta ir a hacerlo a otra parte, donde aquella sevicia no nos emponzoñe. Nadie quisiera ver desangrarse a la víctima, muchas veces no tanto por ella como por uno mismo, que ha de seguir viviendo y no quisiera hacerlo salpìcado de miedo, terror y repugnancia. Hay, ciertamente, quienes se horrorizan en altísima voz cuando se enteran de alguna masacre donde han muerto decenas o cientos o miles de personas, pero eso es pan comido frente al e-mail que hace unas horas te hizo llegar uno de esos imbéciles con famita de duros, donde una pobre rubia indefensa —tendría veintidós, veintitrés años— suplica ante la cámara que la dejen vivir, al tiempo que la mano de no se sabe quién levanta el arma, le dispara en la frente y ante la cámara salpicada de sangre le estallan repentinamente los sesos. Oficialmente, no se puede hacer eso, pero la filmación confirma lo contrario.
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2
Porque puedo, nomás
No se puede matar a un ser indefenso, menos aún emplearlo para matar a otros, pero abre uno el periódico y se encuentra con que los chicos de Bin Laden ahora se valen de deficientes mentales para hacer estallar sus bombas entre la multitud. Se imagina uno entonces al hombre del control remoto esperando el momento de apretar el botón de play (o el de stop, por qué no) y ver saltar el mundo por los aires sin que nadie le diga que no es posible hacerlo. ¿O no es verdad que lo hace porque puede? No se puede enviar niños a morir en el nombre de causa superior alguna, pero en su tiempo el ayatola Khomeini decretó que un menor de trece años muerto en combate se ganaba boleto directo para el Cielo, y así habilitó a incontables niños como prácticos detectores de minas. Reconforta, eso sí, saber que todo sucedió en otro tiempo, pero igual no hace mucho que leímos aquella noticia espeluznante sobre un pelotón de niños-soldados que a la vista de todos lanzaron a otro niño a una zanja, ya que le habían cortado los pies y las manos. ¿Existe, a todo esto, asesinato más común que el de un ser indefenso?
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La ley reconforta, de repente, sólo por cuanto tiene de embustera. Sabemos que al vecino le está prohibido saltar la barda durante la noche y acuchillar a toda nuestra familia, y puede que eso nos permita dormir, pero lo cierto es que en sentido estricto tiene toda la libertad de hacerlo. E incluso si lo hiciera, sería gran consuelo para los escandalizados sobrevivientes que le fuera aplicado todo-el-peso-de-la-ley, aunque muy bien se sepa que jamás ésta pesa igual para nadie. ¿Y si el consuelo cierto, el único plausible, fuese sobrevivir, poder espeluznarse y poner el tradicional grito en el cielo?
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3
Masacrar es humano
Oficialmente no se puede ir por la vida matando y secuestrando y traficando drogas en nombre de una causa teóricamente fraternal, con el apoyo de un dictadorcete que se llama a sí mismo bolivariano, pero las FARC lo logran sin que nadie lo impida, ya en la práctica. Basta con no enterarse, o con hacerlo tangencialmente —como se entera uno que la semana próxima caerán fuertes chubascos en el Noreste de África—, para volver contento a la diaria pachorra donde no hay otros muertos que los que nos obsequia Mr. Bond. No puede uno vivir sabiendo que las licencias para matar las obtiene cualquiera, en cualquier parte, sin otro trámite que el mero acopio de voluntad y cautela. Hoy día, ser lo que se dice civilizado consiste no en tratar de impedir abusos semejantes —una misión ingrata que nadie envidiaría— como en taparse oídos y ojos a tiempo, para que nada de esa mierda nos salpique.
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Cuando el protagonista de Marías —Jacobo, o Jacques, o Jaime Deza— narra el proceso de su envenenamiento, uno asimismo se hacer salpicar de literatura y digiere el veneno con mejor aptitud, de pronto preguntándose junto al señor Tupra qué motivos puede tener un hombre para sacarle a otro los ojos antes de proceder a degollarlo. No se puede hacer eso, se supone. No está bien, no es humano, pero ya la experiencia nos indica que nada hay más humano que la crueldad sin tope ni razón, y que ejercerla siempre estará bien desde la óptica de los sobrevivientes, que somos todos los aún no agraviados. “Mejor que fueron ellos y no yo”, respira alguien adentro de quien leyó el periódico y menea la cabeza con resignada y triste indignación. “Quién me dice si no ese niño mutilado había hecho peores cosas a niños más pequeños.” Qué sabe uno, al final. Quién es para juzgar. De qué le serviría dejarse salpicar la ingenuidad. Ya lo dice el refrán: Live and Let Die.

domingo, febrero 10, 2008

Agenda personal para esta semana:
A partir de este lunes, miercoles y jueves ,y por un mes estaré haciendo mis prácticas docentes. Un reto importante dar clases es sencillo, enseñar y lograr transmitir el mensaje no cualquiera lo puede hacer.
El miércoles asistiré al estadi Cuauhtémoc a ver como el Puebla de la Franja le da su buena dotación de camote a esos lindos gatitos que son los pumitas.
Uno sigue leyendo En busca de Klingsor de Jorge Volpi.
A ver qué pasa en esta semana.

jueves, febrero 07, 2008

Ciudadanía o vasallaje

Bajo el Sol-Diario E-consulta (07/02/08) y Diario Cambio (08/02/08)
Roberto Martínez Garcilazo
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Trabajar por el desarrollo de las competencias cognitivas de apreciación estética y de valoración crítica de la realidad es obligación de las instituciones.
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1
El martes 5 de febrero, durante la celebración del XCI aniversario de la promulgación de la Constitución del 1917, la magistrada Elba Rojas reflexionó, entre otros aspectos de la Ley Fundamental, sobre la garantía constitucional que significa el 3º. Constitucional, que por cierto –y esto yo lo afirmo, no la magistrado- además del trascendente valor jurídico que posee es una emotiva pieza literaria. Además, la juez disertó sobre la relación dialéctica que existe entre los movimientos armados y la consagración de las conquistas sociales en el estado de derecho.
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2
Bien, hipotéticos lectores míos, pues la efeméride nacional suscitó la siguiente especulación.
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Es el modo de vida el que educa integralmente a los hombres y a las mujeres.
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Es la manera, el procedimiento, que utilizan los miembros de una comunidad para satisfacer sus necesidades vitales de salud, empleo y educación la que determina su condición de libertad y dignidad personal. Su condición de realización y felicidad individual.
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Por otra parte, la calidad del servicio de los gobiernos, el respeto a las leyes por parte de individuos e instituciones, la transparencia electoral, las prácticas políticas de los partidos, el profesionalismo del periodismo que ejercen los medios forman parte del entorno educativo de la sociedad.
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Es evidente que, en esta perspectiva de educación para la ciudadanía, las escuelas y los profesores son sólo un factor más del proceso general.
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Aun en contra de la dureza de los datos empíricos, el ideal de un ciudadano que posea conciencia de su pasado cultural y, además, nociones de justicia y de bien social debe actualizarse permanentemente mediante la reflexión y el planteamiento de propuestas de acción porque, de otra manera, estaríamos condenados a sufrir la atrofiante pasividad de las mayorías agobiadas por la rapacidad de los grupos que para el peculado exitosamente se organizan.
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Trabajar por el desarrollo de las competencias cognitivas de apreciación estética y de valoración crítica de la realidad de los ciudadanos es obligación de las instituciones públicas de educación y cultura.
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Cumpliéndola cabalmente se honra la naturaleza republicana de nuestra organización social.
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Evadiéndola se propicia la discapacidad ciudadana de la población, el vasallaje de facto de millones de mexicanos que, por causa de la ofensiva y secular desigualdad, son reducidos a la condición de mayorías de miserables que malbaratan su voto a cambio de ínfimas prebendas.

La Filec en Tonantzintla



Diario Milenio-Puebla (07/02/08)
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La doctora Alma Carrasco Altamirano ha enviado ya la información necesaria a los medios de comunicación para que este 2008, como los años anteriores, los habitantes de esta ciudad de Puebla participemos todos –la invitación es amplia y abierta– en la Feria Internacional de la Lectura, a celebrarse los días que van del 14 al 17 de febrero en Tonantzintla.
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Alma Carrasco Altamirano ocupa la Presidencia del Consejo Puebla de Lectura, y año con año y con el mismo entusiasmo organiza esta feria que tiene como objetivo, más allá de la venta del libro –como es obvio– el fomento a lectura, el derecho y el no derecho a la lectura y la vinculación de la ciencia con la literatura.
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Hace un año estuvo Julieta Fierro dictando una conferencia para un público infantil. Es por eso que este año el evento adquiere mayor importancia, porque se llevarán a cabo varias actividades que tienen que ver con el encuentro de los libros. Hay que decir que la Feria Internacional de la Lectura se organiza en colaboración con el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (Inaoe) desde el año pasado, y que el Consejo Puebla de Lectura (CPL) es una asociación no lucrativa conformada por un grupo de personas que tienen en común la promoción de la lectura, la escritura y la ciencia.
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La Filec se ha visto enriquecida con el trabajo de estudiantes de servicio social de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, del Colegio Americano y del Centro Freinet Prometeo. Sin duda este 2008 la Filec será, como lo ha sido, un éxito.
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Ahora se reunirán, en las diversas actividades, un grupo de cuentacuentos, investigadores, editores, científicos y especialistas en la lectura. El encuentro con los libros –ha dicho Alma Carrasco– debe ser festivo.
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Otro de los propósitos de la Filec es acercar al público para que se conozcan las instalaciones del Inaoe. Por lo mismo se tienen programadas visitas guiadas a los telescopios, ahora con la novedad de que se podrán conocer los telescopios provenientes de la Universidad Nacional Autónoma de México.
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El poder de convocatoria de Alma Carrasco es envidiable: se instalarán más de sesenta stands en un área de mil metros cuadrados. Ahora también se llevará a cabo la noche astronómica, donde se podrá observar el cielo a través de los telescopios, al tiempo que habrá espectáculos al aire libre y en el auditorio.
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Se espera que ahora, este 2008, la cifra de visitantes supere los 13 mil registrados el año anterior. Yo espero que así sea. Destaco la participación y dedicación del compañero José Luis Santillán Palacios en la organización de la Filec.
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La cita es en el Inaoe (calle Luis Enrique Erro número 1/ Centro de Tonantzintla). Habrá constancias de participación.
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Felicitamos a Alma Carrasco por su iniciativa al organizar la Filec. Para mayores informes va este correo electrónico: cplectura@puebla.megared.net.mx
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Pues todos a Tonantzintla. Y mucho éxito. Va.

miércoles, febrero 06, 2008

Calle Sexta (El Mundo)


Diario Milenio-México (06/02/08)
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Para observar mejor Calle Sexta (El Mundo) , la pintura longitudinal de Héctor de Hoyos (Austin, 1962), es preciso elevar el mentón y arquear, aunque sea sutilmente, la espalda. Los brazos cruzados quedan a elección del espectador. Súbitamente empequeñecido frente a los dos bastidores superpuestos de manera vertical, el cuerpo queda listo así para recibir la acechanza, o el eventual impacto, del avasallamiento. ¿Y de qué otra cosa, sino del avasallamiento, se trata, a final o principio de cuentas, Tijuana?
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Pocos de entre los muy interesantes exponentes del arte visual y plástico de la frontera que se han dado a la tarea de reencantar (en el sentido benjamineano del término, claro está) Tijuana para un público transfronterizo y globalizado han optado por el estilo figurativo y, todavía menos, han elegido el realismo, y aún el hiperrealismo, para tratar con pasión y paciencia, con entrega y devoción los avatares de la vida cotidiana en la esquina más izquierda del país. Nacido en Austin, Texas, pero criado en San Bernardino, California, Héctor de Hoyos no llegó a Tijuana sino hasta después de años de vida en el centro de México y otros tantos en San Diego. De su encuentro cataclísmico con la vida fronteriza, experimentada en el cruce diario de la línea pero también en el laberinto del barrio que queda fuera de los binoculares de la moda, dan cuenta una serie de pinturas al óleo ejecutadas con la precisión del dibujante que sabe de líneas y perspectivas, y con la imaginación desatada de quien vive bajo cielos pavorosamente azules y entre gigantes que, brotando de la nada, acechan o protegen el cielo colindante de Tijuana.
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Acaso no es del todo azaroso que sea en el bastidor superior, en el bastidor del norte, donde galope, desbocado, el caballo blanco sobre el cual una bailarina encuentra un equilibrio fugaz, y bajo el cual un hombre, en apariencia joven, esté perdiendo El Mundo, la carta de lotería fielmente introducida en la composición. Y acaso es de suyo significativo que sea en el bastidor inferior, en el bastidor del sur, donde aparezcan las amplias avenidas tijuanenses, coronadas de cables de electricidad (presuntamente ilegales), por donde transitan y transan y trafican los hombres y mujeres de todos los días. Hay palmeras, en efecto, y los caseríos caen sobre las lomas que a veces, en un buen año, reverdecen en invierno. En medio de todo eso, partiendo en dos una composición que sigue siendo una, se extiende el limbo de lo real: se trata de un par de centímetros vacíos, hechos de pura pared, que ocupan el lugar de la tierra de nadie que es la frontera.
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Pero nada es sencillo o fácil de explicar o dicotómico en el mundo visual de De Hoyos: siendo hiper-realista, nada es, por supuesto, real. Como un Gulliver posmo que atraca o aterriza en tierras de dimensiones sorprendentes, De Hoyos plasma con estridente realismo escenas urbanas o celestes para luego introducir, en el momento menos pensado, en el ángulo acaso imposible, el animal o la persona que reta el sentido de la escala de lo cotidiano. De ahí que, en Calle Sexta (El Mundo) el monumental caballo del norte amenace con salir del cuadro para brincar, o peor: para chocar, contra la cabeza del espectador, y que la diminuta aunque musculosa niña esté a punto de perder el paso desde el lomo enfurecido del cuadrúpedo. Como junto a las esculturas ya colosales o ya pequeñísimas pero siempre hiperrealistas del australiano Ron Mueck, o como en las crónicas swiftianas que llevaban al doctor Lemuel Gulliver de Lilliput a Brobdingnag, o como ante las figuras de papel maché y resina que constituyeron la firma del escultor español Juan Muñoz, el que observa una obra de De Hoyos se desestabiliza y se desorienta. Su realismo, puntilloso y demencial, cuestiona siempre lo que toca o, mejor, lo que trastoca. De Hoyos trae al interior del cuadro la silueta de lo que está ahí pero violenta de tal manera sus dimensiones que configura así mapas inéditos, mapas inquietantes y críticos, mapas fronterizos de la frontera.
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Su frontera, por lo mismo, va más allá de la imagen normalizadota y comercial del laboratorio. La frontera de De Hoyos cruza la línea como lo hacen tantas otras cosas y mercancías y personas, pero se adentra luego en las colonias donde se vive la vida de todos los días, ahí donde Tijuana se produce y se reproduce atenta pero ajena al torbellino del estereotipo. Esta no es la Tijuana del glamour neoliberal, nocturna por naturaleza y trasgresora por principio, sitio de violencia televisada para el escándalo o agrado del espectador en turno. La de De Hoyos es una Tijuana que, no por diurna y cotidiana, es menos escalofriante o más poshumana. Ahí vive doña Aurora, quien acaba de llegar de Arizona a ocupar la casita que construyó con sus ahorros. Por ahí ronda el Chamachirri, el albañil con cierta proclividad a invitar las cervezas. Ahí pasan los chavos que van a la universidad pensando en otras nuevas inéditas maneras de decir Tijuana. Por sus calles bajan los transas y los que se dejan, los que se encomiendan a la virgencita de esto o aquello, y los que blasfeman contra dios. Ahí también hay balas. La Calle Sexta de De Hoyos no se detiene en la Estrella (tropo inmortalizado en la cartografía personal del escritor Luis Humberto Crosthwaite en el libro del mismo nombre) y ni siquiera registra la existencia del Dandy´s, lugar de moda entre artistas y visitantes. Entrañable y nimbada por el terror, más-que-real, cejijunta y bronca y anodina, La Calle Sexta (El Mundo) invita a la consideración del monstruo que se pervive en lo real, y que se exacerba, onírico y disoluto, en el hiper-real. Una verdadera lástima que la única manera de apreciar ésta y otras obras de De Hoyos sea, hasta ahora, la colección personal de Jean Francois Piché, director de la Alianza Francesa de Tijuana.

lunes, febrero 04, 2008

Querido blog II (o una conversación entre una maquina y un hombre, donde el lector sólo lee)

Se ha ido al carajo el primer mes del año dos mil ocho y hemos comenzado desde el pasado viernes el segundo mes. Las clases no me han defraudado, quizá una se torna muy rutinaria como lo es Morfohistórica, la clase de Introducción a la Filosofía promete mucho aprendizaje, pero el grupo augura demasiada hueva, mientras que Tendencias contemporáneas 2 y Seminario de Novela Política se tornan demasiado lectoras, y serían extremadamente interesantes, pero temo que los alumnos de cada grupo no tienen ganas de polemizar. El Collhi está acostumbrado a respetar a las “vacas sagradas” de la literatura con el mismo fundamentalismo que profesa Bush u Osama Bin Laden.
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El primer día de este mes, trajo a mi vida el reencuentro con una amiga que conocí el primer año en mi amada preparatoria Emiliano Zapata de la BUAP y que partió primero a Toluca para después ir a vivir a tierras Norteamericanas. Mónica Natalia, Nataly para los amigos y el recuerdo, no ha cambiado mucho, sigue siendo la misma mujer tierna que conocí. Su percepción del mundo sí. Ella partió a tierras gringas 1 años después a los atentados del 11-S. Ahora que regreso y en un café del centro me habló de un Estados Unidos distinto, de poblados en los cuales la tecnología no ha sido capaz de terminar con sus estilos de vida, de estampas naturales que uno cree sólo suceden en las películas: autos parándose para ceder el paso a patos o venados, primaveras que nacen luego terminado el invierno, por aquí se derrite la nieve y ya están los tulipanes formando parte del adorno natural. Luego de ese rico café, nos dispusimos ir al cine a ver El Orfanato, una película por demás exquisita, que buscar hacer pensar al espectador, así como juega un tantito con su sentido de la percepción. Una película en la cual debes seguir todos los detalles, para realmente hilar todos los hechos relatados. En fin, fue un lindo viernes.
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Luego vino el sábado nada relevante más que el termino de la lectura de la novela Morelos, morir es nada de mi mentor y amigo Pedro Ángel Palou. Esta novela pertenece a una triología, quizá tetralogía, denominada: Sacrificios históricos, la cual busca desmitificar lo existente alrededor de personajes como Zapata (primer personaje de su novela perteneciente a esta triología) y ahora Morelos, luego sigue Cuauhtémoc. Los dos primeros, al menos, tienen una hermandad: fueron desde cualquier perspectiva los auténticos revolucionarios de cada movimiento, Zapata de la Revolución Mexicana y Morelos del Movimiento de Independencia. Ambos se encargaron de armar ejércitos en la zona sur de México que se basaban más en armar una estrategia para la guerra y en mucho corazón, que en la multitud y las armas sofisticadas. Pero de la novela hablaré de forma detallada en otra entrada. Terminada Morelos, me dispuse a leer Batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, una novela por demás formidable. Ágil en su lectura y que se lee en menos de dos horas, pero profunda en su crítica a una sociedad mexicana que se encontraba en una profunda evolución. Un valioso testimonio de un México que hoy se antoja casi lejano, por no decir inexistente.
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Ayer empecé a leer En busca de Klingsor de Jorge Volpi. Una novela que venía persiguiendo desde hace años y por fin la tengo en mis manos, desde el diciembre del año que se fue hace no mucho al olvido. Es una novela que por lo que llevo está perfectamente estructurada y bien escrita, quizá algo rígida, pero es parte del estilo que buscó el narrador, sin dejar a un lado su típico sarcasmo, ya estampa personal del propio Volpi en cada una de sus novelas.
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Así van los días. A ver qué sucede en los próximos.

Postales del Carnaval



Diario Milenio-México (04/02/08)
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1.Vade Retro, Cuaresma
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Si en el resto del mundo el año se termina en diciembre 31, en Rio de Janeiro hay que esperar al nunca mejor llamado Miércoles de Ceniza. Por lo pronto y hasta entonces, difícilmente existe ciudad preferible (aun si los especialistas en carnavales reivindican festines paralelos como el de Salvador de Bahía y el pernambucano de Recife). Entre el humor carioca —de por sí relajado, gozador, gostoso— y la ocasión extraordinaria por excelencia, las calles bullen del mismo entusiasmo que transpira su música el año entero, multiplicado por la expectativa de trescientos sesenta días de ilusiones. Así las cosas, duele mirar al cielo y preguntarse si hoy, el domingo grande, la lluvia va a parar.
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De Vinicius a Caetano, de Cartola a Cazuza, de Jobim a Ana Carolina, todos tienen al mismo protagonista. El Carnaval es el comienzo y el fin, el centro y las orillas, el origen de toda la música y la danza, la coartada primera de la alegría. De ahí que la cuaresma sea aquí más cuaresma —tiempo muerto y de muerte— que en el resto del mundo. Sólo que ahora llueve, la cuaresma está a tres días de caernos encima y Rio de Janeiro parece un niño a punto de quedarse con media fiesta de cumpleaños. Si en el sertón la lluvia se recibe entre bendiciones y alabanzas, el litoral la sufre como un castigo, mismo que se convierte en divino si cae a medio Carnaval: la única fiesta que da sentido al año, y por ende a la vida. Ayer mismo, con el sol hasta arriba y el termómetro fijo el el 35, la fiesta se extendía por las calles, conducida por un batuque omnipresente y alebrestada por miles —millones, ya haciendo cuentas— de piernas en vaivén permanente. Como si la ciudad y los cariocas y los turistas vueltos cariocas mostrasen una misma sonrisa interminable. La sonrisa carioca: nadie que se la tope la sabrá resistir a corazón helado.
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2. Amorosos malandros
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Recuerdo a Salvador de Bahía —la más africana de las ciudades brasileñas— 0como una batucada sin orillas, en las semanas previas a la fiesta grande. Mas lo que aquí sucede en estos días no se parece a ninguna otra cosa, empezando por el lugar común del Carnaval-de-Rio, cuya fama no alcanza para pintar con precisión alguna el sentimiento de libertad ancha que en otros sitios sólo se consigue durante algún Mundial de futbol —¿y qué sería de ellos sin el batuque verde-amarelho?—, aunque nunca con esta intensidad. Lo que los gringos llaman know how: solamente unos cuantos pueblos privilegiados tienen —tenemos, me parece— sapiencia semejante para el buen desmadre. Ser mexicano en Rio, durante el Carnaval, es tornarse carioca en cinco minutos.
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Hace un rato, el taxista me hablaba de los malandros, usufructuarios de esa misma sonrisa carioca que casi siempre toma desprevenido al turista indefenso y amigable. Luego de haber caído en otras ocasiones, uno sabe que pueden venderle cualquier cosa a cualquier precio si comete el error de tropezar en ese gesto en tal modo amigable que hay que ser un canalla para desdeñarlo. Y ahora que es Carnaval no queda más defensa que salir a la calle con un par de billetes medianos ocultos hasta dentro de los bermudas. Cualquier otro accesorio —a excepción de pelucas y antifaces— acusa algún riesgoso exceso de equipaje. Tal vez la diferencia entre estos malandros y los de diferentes latitudes sea que sólo aquí sonríen antes de cometer la fechoría. Quienes han padecido estas sorpresas están generalmente de acuerdo en ese punto: ya sentían quererlos cinco segundos antes del abrochón.
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3. La entraña del festín
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No hay gran festín sin bajas, por supuesto, pero es sólo en las grandes ocasiones cuando se vuelve a la guarida con un zapato de menos, y eso cuando menos. La idea es que ha llegado un festín cuya preparación tomó doce meses, y aun si lloviera es preciso llegar hasta el final. Soltar una por una, y eventualmente todas a la vez, las amarras de la rutina y el recato, que en Rio de por sí suelen ser pocas. Y eso lo saben aún mejor los visitantes, no es tan raro ver una rueda de gringos bailando en calzones en Copacabana, perdidos en la turbamulta que sigue con fervor a los batuqueiros por una u otra calle camino a nadie le importa dónde. Todavía ayer —hoy que llueve es domingo—, en vísperas del gran evento en el sambódromo, hervían las calles de propios y extraños resueltos a cobrarle tributo a la vida, como si en adelante no quedara ya nada sino fiesta. Me queda la creciente impresión de que no es muy plausible comprender el sentido íntimo de la música brasileña es necesario hacerse la idea completa de los días de alta ligereza que preceden a la cuaresma.
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“La favela no es fruto del marginal, la favela es un problema social”, reza una canción de Seu Jorge, dedicada a aquellos apóstoles de la miseria que encuentran pintorescas y rentables las carencias ajenas. Y allá está la favela de Vidigal, unos cientos de metros más allá de la playa de Leblon donde ayer mismo acontecía uno de esos desfiles espectaculares, tras los cuales se llega de regreso a la cama con los tambores aún retumbando en el cerebro. Sin todas estas fiestas, la favela sería un infierno nihilista donde no habría siquiera la ilusión de torcer por una escuela de samba, igual que luego, el resto del año, se hace lo propio en nombre del Botafogo o el Vasco da Gama. Por lo demás, sin la devoción ciega de la favela tampoco el Carnaval tendría sentido, ni alcanzaría tamañas estaturas. Hoy por hoy, por lo pronto, dentro o fuera de la favela, no hay quien no mire al cielo esperando el milagro del retorno del sol. ¿Quién querría cargar con el recuerdo amargo de las nubes negras por los próximos trescientos sesenta días? ¿Cómo no tener fe en San Jorge, Nuestra Señora Aparecida, Yemanyá y los demás, cuando nadie sino ellos parece suficiente para rescatar a la madre de todas las fiestas?