martes, septiembre 07, 2010

Correr con suerte (Diario Milenio/Opinión 07/09/10)

Dice que no se lo esperaba. Literalmente dice: “Uno no espera nunca algo así”. Luego levanta la taza del té —una taza pequeñísima, de intrincados diseños orientales, de la que asciende un humo con aroma a jazmín— y se la lleva a los labios con una lentitud casi exasperante.

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Dice que había decidido caminar esa noche porque sí. Eso lo dice después de titubear mucho, por mucho rato también.

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—¿Le sirvo más té? —pregunta, con ánimo de interrumpir la conversación, deseando no tener que contar nada. Es asombroso lo que uno puede hacer con un solo brazo: levantar una jarra, servir té, alisarse la falda antes de sentarse, acomodarse el cabello.

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Dice que no sintió sino que, al inicio, presintió su aparición. Hace un hincapié en la diferencia: sentir y presentir son cosas opuestas o distintas. Algo como un súbito estado de alerta, un latigazo de adrenalina, un silencio ensordecedor: eso la embargó. Éstas son mis palabras; no las suyas. Y después, casi de inmediato, describe la irrupción del zumbido: una abeja tal vez; la mosca que, enloquecida, da vueltas dentro de su propio frasco. Un enjambre.-

—Corrí —dice—, sin saber por qué. Corrí como loca. Corrí, yo que nunca corro.-

Este es el momento en que yo me llevo la diminuta taza a la boca y, por segundos apenas, el aroma a jazmín me hace pensar en las calles estrechas del barrio de una ciudad legendaria cuyo nombre no conozco. Bajo la vista. Guardo silencio. La espero.

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—Y empecé a gritar —susurra—. ¿Se imagina?

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Le digo que sí con la cabeza. El gesto, acompañado de la sonrisa muda, quiere decir que me resulta fácil imaginar eso: una mujer que grita en la calle, pidiendo auxilio. Le digo que sí, y la calmo.

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—Pero no había nada cerca de mí o detrás. Nadie. Hasta los fantasmas debieron pensar que estaba loca.

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Supongo que a ella eso le preocupa. Esto: dar la apariencia de estar loca. Supongo que a una mujer que tiene la delicadeza y el buen gusto de escoger el tipo de tazas en las que ahora tomamos este té delicioso, este té traído, con toda seguridad, del oriente en pesados barcos fantasmáticos, le debe preocupar lo que los vivos y los muertos piensen de su estado mental. De su normalidad.

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—¿Y entonces sobrevino el ataque?

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La mujer se detiene. El mundo se detiene. Suspendida, la taza parece un ingrávido objeto surrealista en el centro de la habitación.

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—Sobrevenir —murmura. Qué bonita palabra.

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Parpadeo. No puedo evitar la sonrisa. Si no estuviera tratando de obtener información sobre los ataques de la Mujer Vampiro, la Verídica, seguramente me detendría a considerar todas y cada una de las posibilidades de uso y desuso del sobrevenir, ese verbo. Lo enunciaría con ella una y otra vez hasta que la carcajada se volviera batiente y nada en el mundo importara, nada, excepto la palabra misma. Luego la partiríamos en dos, en mil pedazos. Jugaríamos con las sílabas, acentuándolas en los lugares más incómodos o silenciándolas a fuerza. Podríamos, incluso, traducirla a otros idiomas o retorcerla hasta que soltara el jugo. Haría eso y más, estoy segura, pero tengo una misión. Soy presa de una curiosidad.

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—El ruido —dice—, el sonido me rodeó. Un batir de alas o de tela. Eso parecía aquello. Golpes que no dolían, ¿me explico? Una gran turbación. Un no saber qué estaba pasando. Todo negro. Y, luego, todo más negro aún.

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Está tratando de recordar. Ve hacia la pared y ve en dirección al parque donde aconteció todo. Se ve caminar y, luego, correr, y trata de ver más allá. Su contexto. Árboles. Ramas. Raíces. Gotas de lluvia o de sudor. Nubes. Aire. Hojas sobre el pavimento. Un rato después se da por vencida.

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—Luego ya no supe —concluye.

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Un batir de alas o de tela. Golpes que no dolían. La turbación. Repito sus palabras mentalmente intentando darles un orden del que carecen. ¿A quién no le ha sucedido algo así? Un no saber qué estaba pasando. A todo eso, en otro encuadre, dentro de otro tipo de conversación, se le llama de otra manera. A todo eso, a veces, se le llama amor.

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—Debió haber visto algo más —murmuro apenas, incapaz de dejar la historia así, a medias. Y ella, como si despertara en ese momento de un mal sueño, sonríe.

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—Vi muchas cosas más, en efecto —asegura con los ojos súbitamente abiertos—. Las flores, por ejemplo. Los perros. Las hojas sobre el pavimento —enumera—. Pero nada de eso importa, ¿no es cierto?

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Sobre el rojo damasco del sofá, la mujer se queda quieta, aún más. Su brazo izquierdo: una lápida de yeso. Su cuello: vendas blancas alrededor. Sus mejillas: rasguños, moretones, inflamación. Me ve verla.

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—¿Tuve suerte, verdad? —parece que pregunta pero en realidad lo afirma. Parpadeo de nueva cuenta. Asiento. Sobrevenir, qué bonita palabra. Analgésico. Jazmín. Barco. La cabeza, de repente, llena de sustantivos. Esta vez corrió con suerte, sin duda. Pero eso, por pudor, porque el aroma del té ya me lleva hacia ese barrio de calles estrechísimas dentro de un país sin nombre, no se lo digo. Pudo haber sido, en efecto, peor.

La sonrisa de La Barbie (Diario Milenio/Opinión 06/09/10)

Diga whisky, por favor

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Cuidado con las muecas. Por más que uno se aplique a disimular sus auténticos puntos de vista, y aun sepa controlar sus reacciones a ciertos estímulos extremos, difícilmente manda sobre esas expresiones inciertas que no obstante parecen elocuentes y con frecuencia infame dan de qué hablar entre los suspicaces. Cierto es que algunas muecas —como la de fastidio o la de repugnancia— son bien claras y no dejan lugar a dudas sobre el sentir genuino de quien las enseña, pero hay otras de cuya ambigüedad goza en sacar partido la maledicencia. Gestos que se congelan a media reflexión, sin que ésta necesariamente los ataña, se transforman en muecas que en sí no quieren decir nada, pero he aquí que la ambigüedad de marras permite un auspicioso rango de interpretaciones, de acuerdo a lo que cada uno prefiera comprender o dar por dicho y hecho. Por más que no comulgue con ellas la cabeza, o que esté distraída en pensamientos lejanos en el tiempo y el espacio, las muecas dicen y hacen horrores por su cuenta, y es así que de pronto tergiversan, calumnian o de plano condenan a quien tiene la mala suerte de liberarlas en el momento menos oportuno. Si los ojos pecan de delatores, las muecas no son menos que quintacolumnistas.

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El morbo, por su parte, es el paparazzo de las muecas. Helo ahí, con los ojos saltones y la baba colgando, ávido de atrapar in fraganti a los labios, los párpados, las mejillas, las cejas, en el instante mismo de plantar una mueca que parezca legible. Esto es, que sea interpretable. Lo de menos, al fin, es si interpreta bien lo que contempla, pues el morbo es como esos guías turísticos que traducen la lengua del cliente según coincide con sus expectativas. Tal como quien esboza la mueca inoportuna es libre de pensar lo que le dé la gana mientras tanto, quien cree que le ha leído el pensamiento se sabe aún más libre de sacar conclusiones, y luego compartirlas y hacerlas esparcir como hechos consumados y objetivos. Pues el morbo, sediento intransigente, narra sus conclusiones para así deleitarse llamando a nuevos gestos, ya de incredulidad, o indignación, o asco, entre tantos posibles: cada uno a su modo jugosa recompensa.

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Cuéntame qué cara puso

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De entre todos los gestos, especial avidez causan los del recién caído en desgracia. La idea de ponerse en su lugar, sin por ello dejar el confort del sofá ante la pantalla, y acaso proyectarse en la cabeza un trozo de su historia, es de por sí magnética y apenas resistible. Detrás de la mirada repentina de un forajido con las manos esposadas tiene que haber un thriller escondido; algo que vaya más allá del gesto y nos revele lo que ninguna crónica. Aunque de pronto baste con un detalle para que en cada crónica figure la interpretación idéntica de un gesto; tiene que haber un interés profundo en saber si el matón miró feo a la concurrencia, o si estaba muy triste, o temblaba, o el colmo: sonreía.

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Lo sorprendente, pues, no era que a un matasiete le llamaran La Barbie y en su expediente hubiera mucho más que siete bocas llenas de moscas, y aun que siete por siete, y se reconociera contrariado porque no lo dejaron terminar su chamba, sino que ante las cámaras esbozara una mueca con pinta de sonrisa, que al no ser franca ni tampoco amigable tendría que entenderse como retadora. No habremos sido pocos, entonces, los morbosos que fuimos en busca de la escena. En lo particular, me convencía poco la fotografía, y he aquí que en milenio.com estaba el video entero de la comparecencia. Casi treinta minutos, varios de ellos con el sicario estelar en close-up, erguido ante las cámaras con su playera de aspirante a polista. Más entero quizá que sus compinches, o en todo caso más consciente de su rango, épica y leyenda. Tamaño show, al cabo, se organiza en su honor, pero ni eso lo pone al mando de sus gestos. No en todos los minutos que permanezca frente a las cámaras, en la más vulnerable de sus horas.

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The shadow of your smile

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Si hay en el mundo espectros incontrolables, tienen que estar entre ellos los que torturan al cautivo solitario durante las horas que siguen a su captura. Una bola de nieve de miedos paranoicos y atropellados que eclipsan todo rastro de raciocinio frío, más aún si se esperan tres décadas de encierro y una ruina inminente, para empezar. Cualquiera que se acerque al video de La Barbie delante de las cámaras, lo verá inmerso en un monólogo interior que lo tiene moviendo los labios detrás de las ideas en tropel que como es evidente no puede parar. Imposible leer en esos labios, pero ya la mirada —plena de un cierto pasmo tragicómico— delata un malestar rendido a la evidencia. En un momento, el sicario se frota el párpado derecho, un ademán comúnmente asociado a la represión tardía del llanto. Pero es aún más tarde para que el sanguinario Édgar Valdez Villarreal convenza a nadie de sus nobles sentimientos, de modo que por más que masque rabia y lamente entre dientes su suerte de proscrito en la picota, los cronistas verán no más que una sonrisa desafiante. La del duro entre duros, en un mundo de blandos.

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No basta, por lo tanto, con que la bestia sea sanguinaria, sino que hay además que maquillarla para que luzca así, luego entonces dé miedo y mueva a repugnancia, y alivie la conciencia saberla finalmente tras las rejas (tanto como tal vez la alteraría descubrirle por ahí un rasgo humano), y de algún modo quede al fin del día el buen sabor boca de quien vio caer no al malo, sino al Mal. De aquí a treinta años, no será raro que hasta el mismo Valdez Villarreal dé por buena y se crea la historia de esa Barbie injertada en Gatúbela que se reía en la jeta de Batman. Porque en última instancia muertos hay todo el día y a toda hora, pero qué tal villanos fotogénicos. Pasen a ver al león, solían decir los clásicos, y tóquenle la melena.

La locura, memoria exacerbada-Verónica de la Luz /Israel Velázquez (Diario Milenio-Puebla/Cultura 06/09/10)

Cristina Rivera Garza. La Castañeda: narrativas dolientes desde el Manicomio General, México, 1910-1930.

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Como hace 8 años en Nadie me verá llorar (Tusquets, 1999), Cristina Rivera Garza retrata secretos de rostros olvidados que consciente o inconscientemente perdieron la razón.

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Los internos de “La Castañeda”, aquél manicomio general inaugurado en septiembre de 1910 por Porfirio Díaz, atendió durante 58 años a 70 mil internos en un inmueble que al mismo tiempo de encerrarlos, los liberaba para dejarlos descubrir su incipiente álter ego.

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En un momento de crecimiento y desarrollo para México era impensable incluir en la sociedad a quienes no hacían lucir un país influenciado por las tendencias europeas de infraestructura; imposible que los epilépticos, alcohólicos y todos aquellos que mostraban comportamiento anormal, deambularan por las calles. La solución era desterrar a los locos.

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Con una investigación de cientos de expedientes de aquellos olvidados, Cristina Rivera Garza reabre las puertas del lugar mediante la novela documentada La Castañeda: narrativas dolientes desde el Manicomio General, México, 1910-1930 (Tusquets, 2010).

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La autora de La cresta de Ilión, Lo anterior y La muerte me da, siempre expuesta al mundo como la escritura –en sus palabras–, charla con Milenio Puebla para mostrar que quizá vivimos en una “Castañeda”.

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El primer concepto asociado con La Castañeda es la locura, ¿qué es la locura?

Uno de los argumentos del libro es que es muy difícil, sino es que imposible, dar una definición única y transitoria. Finalmente la locura es una relación, es una definición relacional que se establece entre lo que tiene la experiencia del cuerpo con estas situaciones límite, el aparato institucional que los trata, el aparato médico que se hace cargo de ciertos aspectos… digamos que la locura es un fenómeno en este sentido histórico, cultural desde niveles de complejidad mayúsculos.

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¿La locura es trágica?

Cuando empecé a hacer esta investigación, tenía todavía visiones más bien románticas del loco, y creo que lo explico al inicio del libro, lo que me encontré en los expedientes –sin quitar que algunos son los grandes locos, los grandes visionarios– fueron sobre todo historias trágicas, historias dolientes, historias de vidas rotas, partidas en muchos pedazos, en ese sentido son historias trágicas. También son historias trágicas en el sentido de sujetos de la historia activos que están haciendo un esfuerzo enorme por articular la narrativa de su propia vida pero que no necesariamente eso los pone en una posición de cambiar las cosas o el estado de las cosas. Si tomamos el término trágico en el sentido más amplio y no nada más en el de la catarsis aristoteliana, sino también el de quien está señalando continuamente la fuente de su infortunio y por lo tanto es parte de un discurso crítico de lo real, si eso lo tomamos en serio sí son historias trágicas.

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¿Tiene algo de mágico?

He tratado de esas nociones que son un poco más románticas… el loco visionario, el loco rebelde, el loco poeta maldito. No dudo que existan pero al menos los expedientes con los que yo tuve contacto más bien son del otro lado, del enfermo que sufre, de la familia que tiene dificultad para cuidar de un enfermo crónico, del último recurso que es “La Castañeda”, por una parte; por otra, claro, cuando hablamos de la locura, cuando leemos libros o poesía y cuando la utilizamos más como herramienta metafórica que como un análisis de la experiencia sí hay muchos otros niveles de interpretación y de conocimiento.

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La novela se sitúa en la frontera entre ficción e historia documentada, ¿qué tanto tiene de ficción?

Toda lectura es un acto de imaginación, cuando leo documentos lo hago desde una posición del presente, una posición social con todas las características de género, de clase, de generación, de etnia, de miles de otras cosas y eso es importante; y entre todo eso la imaginación cuenta. La gran diferencia, creo yo, entre situarse como alguien que escribe un libro de historia y alguien que escribe una novela es que en el libro de historia más vale que tu aparato documental sea fidedigno y que sea preciso, pero eso no quita la imaginación.

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Finalmente, los documentos en un archivo no te ofrecen la historia, no hay una cronología; aquellos que han estado en un archivo saben el tipo de violencia que uno ejerce sobre la misma documentación para obligarlos a contar una historia que queremos y estamos interpretando. En el caso de la historia estamos interpretando apegados, honrando ciertas reglas para que el aparato documental sea preciso y fidedigno.

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¿La imaginación tiene un límite?

La ficción no es libre de todo, la ficción tiene sus reglas, una serie de elementos como personajes, tiempos narrativos y perspectivas con los que lidiamos cuando estamos escribiendo. La ficción no se escribe de la nada, se escriben ciertas tradiciones que se honran, y claro, si quieres hacer un trabajo un poco más avezado hay que transgredirlas, pero con previo conocimiento de qué se trata.

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¿Cómo te conviertes en novelista a partir del estudio de la historia?

Primero y antes que todo en mi vida soy escritora de textos… después decidí estudiar sociología porque me pareció importante conocer a mayor profundidad el mundo contemporáneo, más tarde decidí hacer un doctorado en historia porque la consideré relevante y que podía ser de gran uso para mí como escritora de novelas, cuentos, ensayos. Aquí ese orden está revertido.

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¿Cómo consigues el paso de la ciencia a la literatura?

Fue al contrario porque hice primero la novela como tesis de doctorado y en lugar de escribir inmediatamente este libro que es mi libro, digamos, serio y académico, escribí Nadie me vera llorar hace 10 años, era todo lo que no pude decir en el libro. Después de esa novela y de otros nueve libros me decido a publicar éste, pero ya en un registro muy distinto.

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¿Cómo se constituye el hecho histórico en lenguaje?

El hecho histórico es un documento, es una pieza, un objeto, puede ser texto, fotografía o un pedazo de algo para los arquitectos o arqueólogos, y lo que estamos haciendo en este momento es rondar ese texto para construir narrativas que nos den cuenta del presente más que del pasado.

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¿Qué distancia hay entre los locos de la modernidad y los de La Castañeda?

La diferencia es cómo los tratamos. Hay rupturas, hay momentos de gran estrés en la mente y le ponemos distintos nombres, depende en qué contexto nos encontremos. En 1910 alguien con epilepsia seguramente terminaría en “La Castañeda”, sobre todo porque se trataba de enfermos crónicos que representaban una gran carga para las familias, ahora no abría alguien aceptado en un hospital psiquiátrico sólo por ser epiléptico. Hoy no tenemos una gran “Castañeda”, tenemos una serie de hospitales que de distintas maneras se dedican a tratar a enfermos diagnosticados como enfermos mentales.

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Lo que cambia no es en sí la locura sino cómo la tratamos y cómo la ubicamos socialmente desde el espacio urbano hasta el espacio más abstracto de la ciudadanía como tal.

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¿Vivimos en una “Castañeda”?

De repente me levanto, sobre todo a últimas fechas, con la sensación de que no se cerró sino que “La Castañeda” se abrió y estamos todos adentro. Hay procesos generales que lo muestran, sobre todo el grado de violencia que estamos viviendo y la falta de escucha de nuestros gobernantes que entran ya en asuntos patológicos.

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¿Los generadores de violencia deberían pertenecer a una “Castañeda”?

Sabemos que parte de la violencia que se está viviendo, desde mi punto de vista, se debe a que no se ha legalizado el consumo de drogas. No se trata nada más de decir dónde los ponemos y cómo los reprimimos sino cómo cambiamos todo un sistema para que nadie se beneficie económica y políticamente de una situación como la actual.

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Soy y sigo siendo una convencida de que el día que se legalice el consumo de drogas –con cuidado y estudios médicos– y, sobre todo, cuando se haga un énfasis mucho más grande sobre prácticas cultuales en la ciudad, empezaremos a preguntarnos qué tipo de sociedad queremos crear y qué tipo de libertades podemos incentivar, qué tipo de vida más plena queremos vivir…

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Es decir… ¿no desterrarlos cómo hace 100 años?

Los porfirianos respondieron con la exclusión. Creo que hoy más valdría repensar nuestro proyecto de ciudad, repensar qué es el centro y la orilla, qué es el adentro y el afuera, antes de decidir unilateralmente a dónde va alguien o quién es ciudadano y quién no…

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Twitter… ¿última adicción?

Ya me estoy curando, estoy tratando de regresar a la realidad, por ahí de abril y mayo estaba twitteando demasiado, es un ejercicio maravilloso con la compresión del lenguaje, una comunidad muy interesante de escritores jóvenes que he tenido la gran fortuna de estar leyendo. Me parece que si se utiliza para leer, es una herramienta que puede producir tipos de escritura muy interesantes.

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¿Las redes sociales pueden generar el proyecto repensado de nación?

No sé si se pueda, lo que sí es seguro es que vemos una participación ciudadana mucho más horizontal. Creo que muchas veces de manera exagerada los que participamos en redes sociales nos sentimos como periodistas del mundo con la responsabilidad de estar reportando a cada instante qué es lo que sucede en esta exterioridad, algunos lo hacen muy bien.

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Me parece muy importante que nuestra fuente de información no esté concentrada sino diseminada y en este sentido me parece muy interesante el ejercicio de las redes sociales. A mí personalmente lo que más me interesa es el ejercicio escritural más que lo otro pero puedo ver lo otro también.

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¿Las redes sociales fortalecen?

Si las sabes usar son fuentes de comunidad y creo que es lo que necesitamos en esta sociedad donde no sabemos escuchar muy bien, no hacemos prácticas que nos produzcan como comunidad de abajo hacia arriba sino de arriba hacia abajo

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¿Próxima novela?

Traigo varias cosillas por ahí, a lo mejor regreso con una historia de estas pornográficas… hasta ahí puedo llegar…una probadita viene este mes pero estará para mediados de 2011…

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La Cédula Real...

Increíble y muy padre… además es una cédula que dice que soy real.

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Más que una enfermedad, ¿la locura es una pérdida y un olvido…?

Igual podemos decir que es una memoria exacerbada... una pérdida y un olvido… si acaso, una memoria exacerbada.

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Cristina Rivera Garza, escritora oriunda del estado de Tamaulipas, estuvo en Puebla el 2 de septiembre, en el Palacio Municipal, para recibir una copia de la Cédula Real.

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Antes de presentar en Profética, casa de la Lectura La Castañeda: narrativas dolientes desde el Manicomio General, México, 1910-1930, Cristina Rivera Garza agradeció el galardón: “me gustaría pensar que éste y cualquier otro reconocimiento que se le dé a un escritor es sobre todo un reconocimiento a las labores culturales de una sociedad, especialmente en un país tan volátil y tan violento como el que hemos creado todos nosotros”.

sábado, septiembre 04, 2010

Dónde quedó el presidente-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 04/09/10)

Pertenezco a una generación que ha servido de catalizador a las anteriores y posteriores, a veces empeñosamente y a veces de manera circunstancial y porque era lo que le tocaba. Fue la masa de los nacidos en los años 60 la que se organizó sin intervenciones de ninguna autoridad para hacer cuadrillas de rescate en el temblor de 85, la que bajo el liderazgo de sus mayores defendió de manera pacífica pero intransigente la democracia municipal en Baja California, Guanajuato, San Luis Potosí; la que salió a votar en masa a favor de Cuauhtémoc Cárdenas y la que consiguió mediante presión en las urnas que la capital tuviera una Asamblea de Representantes y un Alcalde electo; la que sacó de la Presidencia al PRI, la que ha planteado la urgencia de proteger y ampliar los derechos de las minorías y ha conseguido transformaciones decisivas en estados como Coahuila y –otra vez– el DF.

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También es la generación que comenzó a consumir drogas masivamente, produciendo el mercado interno que desató la guerra entre los cárteles; la que se ha sustraído elegantemente del deber de pagar sus impuestos completos y tiene al país en una crisis de recaudación perpetua; la que está descubriendo –tardísimo– que no es suficiente con salir a votar y que ha transformado la política en la forma más onerosa de la industria del entretenimiento; la que subió la nota roja a la portada de los periódicos.

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El jueves por la mañana escuché el informe del Presidente por radio. Lo que encontré revelador no fue ninguna de las partes de su contenido –que sí importa– sino el hecho de que, pasados los primeros diez minutos del discurso, los noticiarios volvieron a su programación común, dejándolo primero sólo como sonido ambiental y desapareciéndolo una vez que se iban a corte comercial. Después de esos primeros diez minutos, me tomó tiempo volver a encontrar una estación en la que pasaran el informe completo y sin interrupciones. Tuve que prender la tele.

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El discurso mediante el cual el Presidente le informa a los votantes lo que ha hecho con su mandato y dinero era menos importante –en los noticiarios de radio que frecuento–, que el chisme de la federación mexicana de futbol o la renuncia o no de Cecilia Romero. Los nacidos en la década de los 60 somos responsables, también, de que la Presidencia de la República haya dejado de ser relevante.

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No hay explicaciones únicas ni responsabilidades no circunstanciales en este fenómeno, como sucede siempre en lo que podría ser materia de escritura: el Congreso no tiene una mayoría absoluta, pero no es culpa de nadie que el sistema mexicano sea tripartito (y anexas insuficientes); tampoco se puede encontrar un solo responsable de que las saludables interpelaciones a los informes de Salinas de Gortari hayan degenerado en que el Presidente simplemente no pueda poner un pie en el pleno de San Lázaro –una incongruencia a la que ya nos acostumbramos. Hay una mezcla de razones atávicas y miedos fundamentados que explican que el informe se haga a las nueve de la mañana de un jueves cualquiera. Hay incluso un regocijo más bien muy triste en que ya no exista “el día del Presidente”, como si ser presidente de México no fuera honroso o mereciera ser ocultado.

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Recuerdo el fervor con que leí a Paz y a Zaid de joven, la emoción con que me identifiqué con la crítica de Krauze al presidencialismo monolítico y la revelación que me significó descubrir por su vía a Cossío Villegas. Convertimos a México en una democracia, la federalizamos y municipalizamos, hicimos sujetos de crítica feroz a la figura presidencial y sus avatares por todo el ejecutivo. Lo que no recuerdo que alguien nos haya reclamado es el paso a la irrelevancia del presidente.

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¿Qué van a pensar de nosotros las generaciones del futuro? El trauma de la dictadura de partido ya no es pretexto para dejar hablando sola a la figura dirige el gobierno y encarna al Estado.

viernes, septiembre 03, 2010

Nostalgia de la hospitalidad-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 03/09/10)

La toma cenital se interna a ritmo de jazz en los concéntricos confines de una moderna torre de Babel. Las balaustradas de metal cromado se esfuerzan en vano por contener la actividad enfebrecida que bulle abajo, en el lobby, sobre las lajas marmóreas cuyo duotono no hace sino poner en relieve el colorido de la poblada y dinámica y embriagante escena (y esto en una película en blanco y negro).

Repica la campanilla del mostrador en solicitud de un botones que se ocupe de las maletas del hombre que se va, derrotado, o de la pareja, feliz, que arriba. Un mesero se apresta a su destino, sobre la palma extendida una charola de plata. Un mozo acude con un telegrama, otro libera a una mujer de sus paquetes de compras, otro más escolta a una familia a sus habitaciones.

Egresan por la puerta giratoria, que nunca interrumpe su danza circular, tres hombres de negocios que terminan de discutir un asunto que ha de enriquecerlos (o al menos eso creen). Ingresa al tiempo una mujer joven, maletín en mano: ha sido llamada como mecanógrafa pero sospecha ya que el cliente ha de requerir de ella también otros servicios. Un sonido puntual pero punzante anuncia el arribo del ascensor y, con él, el de la prima ballerina, sepultado el rostro bajo el cuello de su abrigo de visón para evitar las miradas de los curiosos, o acaso el dolor de estar viva. Un hombrecillo, perchado el cuerpo enclenque sobre el mostrador, reclama para sí la mejor habitación disponible, anuncia que la tarifa es lo de menos (el empleado que lo atiende con velado desprecio no lo sabe, pero acaso sea ésta su última morada). Otro -parece un hombrazo, fuerte y elegante, pero es aún más miserable- conversa en un rincón apartado con quien imaginamos su chofer; ha de ser, sin embargo un malviviente, así disfrazado para cobrarle -si es necesario con la vida- una deuda de juego. La cámara, paseante hasta ahora, se fija de pronto en otro personaje, que descansa con desdeñoso donaire en una butaca. Su sentencia es sucinta: “Grand Hotel: people come, people go, nothing ever happens”.

Va la gente, viene gente y nada sucede nunca: tal ha de ser el ethos de un gran hotel, como lo definiera la escritora alemana Vicki Baum en su novela del mismo título, y como muestra con deslumbrante solvencia la primera secuencia de la película basada en ella, dirigida por Edmund Goulding en 1932.

Me gustan los hoteles. Y no sólo como residencias temporales, destinos vacacionales o sedes propicias para la escapada amatoria sino, sobre todo, como espacios públicos, fin para el que fueron imaginados en el siglo XIX. En un gran hotel, cierto, se duerme, se descansa o se deleita uno en devaneos decadentes pero también se practican actividades que no precisan de una cama para su buen término. Un gran hotel es para casarse, para hacer negocios, para ver amigos, para comer, para comprar revistas, para leer el periódico, para cortarse el pelo, celebrar juntas y beber martinis. Es una oficina (pero cálida), un restaurante (pero amplísimo), un club (pero jamás privado).

Es, pues, un emblema de civilización y de democracia (aun si, qué remedio, elitista).

Acaso sea por ello que, ahora que vacaciono en Ixtapa, me enojó tanto lo que nos aconteció

a mi mujer y a mí hace apenas unos días. Veníamos de comer en un restaurante de Zihuatanejo pero habíamos decidido postergar postre y café para tomarlos en una heladería recientemente abierta en el Hotel Las Brisas, portento casi piramidal proyectado por Ricardo Legorreta en un acantilado. Al acercarse nuestro auto al edificio, nos sorprendió ver el acceso bloqueado por una cadena y a un tipo, uniformado y malencarado, apostado junto a ella. Con la mano nos hizo gesto de seguir nuestro camino hacia otra parte. Lo desoímos y perseveramos pero, limitados por la cadena, paramos. Se acercó. Bajamos la ventanilla para mostrarle nuestros rostros azorados: “Venimos al hotel”, le anuncié. Su respuesta fue la de un burócrata de caricatura: “¿Asunto o motivo?”. Tal fue el aplomo lógico de mi mujer al responderle “Pasear” que no pudo más que franquearnos el paso, aun sin con un mohín de triunfo imbécil.

La culpa no es suya sino de este nuevo mundo all-inclusive, tan excluyente. La culpa es de una sociedad paranoide y solipsista, que no comprende ya qué es el espacio público, que todo privatiza y, sin darse cuenta, a todos aísla. Sigue sin pasar nada, cierto, pero ahora nadie viene, nadie va, nadie ve. Una lástima.

Esta no es una presentación-Miguel Maldonado

Cristina Rivera Garza, La castañeda, México, Tusquets, pp. 331.

Me declaro irresponsable. Confieso que estaba dispuesto a hacer una presentación cabal y en forma, del modo que las hacen los más cumplidos: describen el tema central del libro, nos obsequian datos curiosos y encuentran correspondencias con autores de culto, los más profesionales eligen una cita representativa. Conozco muy bien a estos responsables presentadores que envidio, y seguramente elegirían la siguiente cita del doctor Rivadeneyra, precursor de la psiquiatría moderna: "Un cerebro rodeado por vicio, borracheras, descontento y pleitos, sólo podría reaccionar de forma amarga; de allí parte el inicio de la locura". Estos engolados presentadores proseguirían diciendo que Cristina Rivera Garza describe las maneras en que la locura se vincula desde siempre con el orden moral del poder en turno, que en nuestros días las cosas no han cambiado tanto. Pero yo, el presentador irresponsable, me opondría a esa idea rotundamente, diría que Cristina simplemente ha deseado presentar historias humanas, las formas en que un hombre se enreda en sus silogismos y otros los padecen, padecen los errores humanos, sufren, como diría Vallejo, golpes como del odio de Dios. Y que esto ha sucedido desde la verdura de los hombres. Un segundo presentador simpatizaría con el primero, haciendo labor de gremio, y diría que la modernidad, con su discurso del orden y el progreso, inaugura la relación de la locura con el poder: los enfermos mentales los designa el príncipe. Yo ya no insistiría en mi idea de que todos estamos en la nave de los locos, pacientes, psiquiatras y presentadores, y que lo importante es que Cristina ha dado luz a hombres de carne y hueso que han vivido en el margen. Luz al ruido triste que hacen los cuerpos cuando se aman, diría Cernuda. No, lo he dicho, no intervendría, me iría a casa con un acceso de cólera más que merecido.

Juro que me esforcé en hacer una presentación como el que más. Pero mis empeños se veían interrumpidos a cada giro que me provocaba la lectura. Enfebrecido comenzaba a divagar, repetía para mi coleto que estamos jodidos desde el neolítico, recordaba películas sólo para locos, aquella elipsis de Kubrick en 2001: Una odisea en el espacio, la elipsis más larga en la historia del cine donde salen cavernícolas golpeándose a garrotazos y de inmediato astronautas dándose de coscorrones, clarísimo, me decía, Cristina hace una elipsis de cien años, allá en 1910, en La Castañeda, dando electrochoques a humillados y ofendidos y aquí en el 2010 a ráfaga de bala y coscorrones, coscorrones. Inmediatamente me contradecía, recordaba aquél cuento después película de García Márquez: el cuerdo que encierran por accidente o el loco que se siente cuerdo. Está claro, Cristina encontró la corriente literatura que hay en las instituciones, Kafka navega subrepticiamente a lo largo del libro (como podrán atisbar, empezaba a hilar frases de presentador responsable). Pero me refutaba de nuevo: qué tonto he sido, lo que Cristina cuenta son las vidas reales inadvertidas, es literatura de la realidad, como las de la Atwood, como aquel interno de La castañeda que por veintiún años entraba y salía sin que nadie de le diera derecho a decir una palabra (después se supo que fue ojalatero, campesino, creyente de la reencarnación y en un dios guardián del trueno), así como el cuento de Paz, llega el intendente y lo acusa de introducir sal en el agua, enseguida llega el jefe de comisaría y le echa en cara ser el hombre que vierte substancias en las aguas, después el prefecto de la policía lo interpele diciéndole "con que usted es el envenenador del agua.

Angustiado, alternaba mi lectura de La Castañeda con Nunca me verán llorar, pasaba de un libro a otro guiado por el ritmo de mi desesperación, acaso allí encontraría la clave del asunto, en esa novela de Cristina Rivera Garza basada en una interna de La castañeda, Matilda Burgos en la novela y Modesta B en los archivos de La Castañeda, y en el fotógrafo de los internos de nuevo ingreso, Joaquín Buitrago en la novela (personaje acaso inspirado por la personalidad de artista Julio Ruelas), enamorado de Matilda Burgos Modesta B., mujer que le preguntó cuando ella era prostituta y él fotógrafo de burdeles cómo se llegaba a ser fotógrafo de putas, y ahora de nuevo le pregunta cómo es que se llega a ser fotógrafo de locos. Y ahora me pregunto cómo es que se llega a terminar una presentación. Trabajo de locos.

Joaquín Buitrago fue fotógrafo de putas en los burdeles, de reclusos en las cárceles y de locos en La Castañeda (véase el desorden, ahora estoy haciendo una reseña de otro libro ), era el retratista de los lugares perdidos. Todos estos sitios son los espejos invertidos de la sociedad, en ellos el tiempo transcurre distinto, o más bien no transcurre, dice Michel Foucault que hay lugares que niegan el tiempo, sí, contradicen el discurso del progreso, de las almas buenas, se les exilia y a la vez se les idilia, cuántos que no han vivido en el encierro, infierno a veces, no lo prefieren a convivir con los usos de la sociedad. Está claro, me dije, La Castañeda es el espejo invertido de una época empecinada en la pulcritud y obstinada en el orden.

Con esta última frase: "La Castañeda es el espejo invertido de una época empecinada en la pulcritud y obstinada en el orden", creí haber encontrado el primer punto de mi participación este día, pero este hecho me incomodó, me hizo sentir el tercer presentador responsable, y como en mi imaginación ya me habían contradicho los otros dos, no aceptaba unirme a ese grupo de necios.

Decidí entonces, hace un par de días, escribir una participación jocosa, algo así como María Cristina nos quiere confundir, y yo me pierdo y me pierdo en la lectura de un libro que es dos, de una historia que es cien veces cien, de una materia médica que es también poética y profundamente humana en el afán de comprender a los otros, me pierdo en los laberintos del dolor, de la injusticia, de la ineptitud y sobre todo, en la complejidad de los afectos humanos, presentes también, o más presentes, en la vida en los márgenes.

En esta misma idea de una participación jocosa quería iniciar diciendo:

Sabía usted que un interno llamado Marino García, ingresado en 1919, fue ignorado durante doce años, que en su expediente no viene una sola palabra de sus labios, hablan de él el director, el jefe, el secretario el jardinero, pero nunca él habla de él.

Sabía usted que Rosario E. fue diagnosticada a su ingreso de padecer psicosis histérica, luego locura moral y años más tarde concluyeron que mejor tenía mal de melancolía.

Sabía usted que los pabellones de La castañeda tenían la señalética: pabellón de los imbéciles, pabellón de las sifilíticas, de los epilépticos, pabellón de los furiosos.

Sabía usted que hubo una época de un gobierno extremadamente conservador que consideraba el consumo de drogas, el alcoholismo y la conducta licenciosa como ofensas al Estado que ponían en riesgo el progreso, y que este régimen quería imponer su idea de orden a ultranza desembocando en la derrama de sangre de cientos de miles. Si usted sabía de esa época porque carajo no evito que se repitiera hoy día.

Todas los elementos del libro conspiraban contra mí, no podía concentrarme, la lectura siempre me desviaba, quizás esa es la gracia del libro, La castañeda nos remite a uno mismo y al otro, al primer dolor que sentimos aquella tarde remota, a la injusticia de institución que padecimos, a la primera esperanza cumplida, la cura lograda, el sosiego por fin.

Intenté también una presentación del todo académica, traer, por ejemplo, a Derrida y su libro Mal de archivo, donde enseña que los documentos ocultan más de lo que descubren, cosa que Cristina sabe y por ello quiso llenar los enormes vacíos con una novela que nos complicó más las cosas, que se conociesen los intersticios de Matilde Burgos/Modesta B. Quise decir que Roselyn Rey, en su libro Historia del Dolor, como muchos otros, ha ilustrado la relación íntima entre moral, poder y enfermedades, que compré el libro de Roselyn en Montreal en 2003, justo cuando padecía escasez y penurias, quería conocer las maneras históricas del dolor.

En fin, hago pública esta noticia de mi incumplimiento con la finalidad de que el grupo cultural la fuga –que estando en todos lados no hace honor a su nombre, a menos que ya hayan abandonado este recinto-, conozca los detalles de mi despropósito y me conceda las atenuantes del caso, a fin de no ser descartado en futuras colaboraciones.

Presenta Cristina Rivera Garza La Castañeda: narrativas dolientes (Diario Milenio-Puebla/Cultura 03/09/10)

Una obra que hurga en el México porfiriano.

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Cristina Rivera Garza, escritora y colaboradora de la edición nacional de Milenio, estuvo ayer en Puebla para presentar su más reciente novela La Castañeda: narrativas dolientes desde el Manicomio General, México, 1910-1930.

La Castañeda era una institución estatal que tenía por obligación recibir a pacientes mexicanos y extranjeros, que llegaban ahí ya fuera por su voluntad o porque eran llevados por sus parientes o por policías que los levantaban por medio de redadas, una de las prácticas usuales del gobierno de Porfirio Díaz.

Rivera Garza revisó los archivos de La Castañeda para realizar su tesis doctoral, y de esa revisión surgió el libro que presentó ayer jueves en Profética, Casa de la Lectura.

La escritora, quien es originaria del estado de Tamaulipas, estuvo acompañada por los también escritores Juan Carlos Canales, Miguel Maldonado y Alejandro Badillo.

jueves, septiembre 02, 2010

Cristina Rivera Garza en Puebla

6:00 PM
Sala de Cabildos del Palacio del Ayuntamiento de Puebla
recibe Cristina Rivera Garza
la copia de la Cédula Real de Puebla
de manos de la alcadesa Mtra. Blanca Alcalá Ruíz

Presentación del libro:
"La Castañeda. Narrativas dolientes desde el manicomio general, México 1901-1930"
de Cristina Rivera Garza
Participan: Juan Carlos Canales, Miguel Maldonado, Alejandro Badillo y la autora.
Jueves 2 de septiembre
7:00 PM
Profética, casa de la lectura (3 sur #701)

"La Castañeda, el testimonio de la locura"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 01/09/10)

Con gran atino, la editorial Tusquets ha sacado una colección Centenarios, donde se engloban una serie de ensayos y novelas que buscan abrir una discusión alterna a la planteada por el discurso oficial. Y dentro de esta colección que aparece el libro más reciente de Cristina Rivera Garza: La Castañeda. Narrativas dolientes desde el manicomio general, México, 1910-1930, un ensayo netamente histórico, pero con una narrativa completamente literaria.

Conformando por 264 páginas, este libro que antes fue la tesis tanto de Maestría como de Doctorado de la autora; cuenta el proceso de conformación del célebre nosocomio psiquiátrico La Castañeda, el cual iniciara su vida pública en medio de las celebraciones del centenario de la Independencia de México, inaugurado el 1ero de septiembre de 1910, hospital era una de las tantas representaciones que dentro régimen porfirista se alzaban como símbolo de progreso y modernidad.

Con soltura y sin la pesadez de un texto histórico Rivera Garza va llevando al lector por cada uno de los pabellones, pasillos, talleres y jardines que constituyeron a la clínica. Bien documentado y respaldado en teorías tanto psiquiátricas como en las memorias que diversos investigadores han aportado alrededor del propio lugar, Rivera Garza va desglosando cada uno de los aspectos que hicieron posible la existencia de este hospital, tan afortunada en sus inicios y accidentada en sus finales, el libro va explicando cómo se escogían a los internos y doctores, bajo qué condiciones se trabajaba y se era ingresado a dicho lugar; de igual forma los procedimientos bajo los cuales se dictaminaban ciertas enfermedades y el porqué de la distribución y división de los pasillos, donde eran ubicados los pacientes. Libro que evidencia las innumerables buenas intenciones que se tenían, sin embargo eran más las carencias para entender, interpretar, registrar y atender cada uno de los casos. De forma tal, que La Castañeda durante sus 58 años de existencia fue un hospital, un lugar de cobijo, una semi-cárcel y un asilo.

La Castañeda. Narrativas dolientes desde el manicomio general, México, 1910-1930, es al fin, un testimonio de cada las conversaciones e historias que tuvieron vida dentro de este lugar. Es también un libro que invita a regresar a otro: Nadie me verá llorar, la novela hermana de este ensayo histórico, cuyo personaje principal es una de las habitantes de este lugar: M. Burgos.

Un libro que también es una clara crítica la incapacidad de reacción que se ha tenido a lo largo de los años ante los avances y necesidades de una sociedad, pues al parecer en México es común hacer las cosas sin calibrar sus alcances y carencias.

Invitación

El jueves 2 de septiembre Cristina Rivera Garza recibirá a las 6:00 PM la copia de la Cédula Real en el Ayuntamiento de Puebla y a las 7:00 PM presentará La Castañeda. Narrativas dolientes desde el manicomio general, México, 1910-1930 en Profética, casa de la lectura. La acompañan Juan Carlos Canales, Miguel Maldonado y Alejandro Badillo.